Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.
Docente: Di Marzo, Laura
Alumno: Gelmini Juri, Nicolás
Consigna 4: Escribir un relato con un objeto como factor de tensión o condensación narrativa.
Original
Tema del héroe
Las situaciones más extremas que Mario había imaginado que alguna vez tendría que afrontar no pasaban de incidentes más bien elementales, no muy apartados de su vida cotidiana de trabajador rural. En todo caso, no incluían manejar la Grand Vitara del patrón por la ruta 39 a 160 kilómetros por hora, con la hija del patrón en el asiento trasero desangrándose por una herida en la pierna. Sin embargo, y a pesar de la indiscutible peculiaridad de esa situación, Mario la había encarado con relativa frialdad, y se sentía sorprendido y hasta orgulloso por la forma en que había reaccionado. Eran las nueve de la mañana (él estaba en el galpón de pollos desde las siete y media) cuando escuchó los gritos de dolor y de auxilio, incluso oyó su nombre (después dudaría si lo había oído o no). Sabía que ese día iba a estar trabajando solo, que en la casa estaría solo Valeria, que el patrón y su mujer volverían de la ciudad después del mediodía. Los gritos lo sacaron del galpón y vio a Valeria parada en una sola pierna, con la otra sobre el alambrado, con las púas clavadas más o menos a la mitad del muslo. Lloraba y pedía ayuda. Mario corrió y la ayudó a zafarse del alambre de púa. La sentó en el pasto; la sangre salía en grandes gotas, como sale el agua de un caño agrietado. Mario le hizo un torniquete con su camisa. Luego corrió a la casa, tomó las llaves de la camioneta (el patrón se había ido en el auto) y subió a Valeria en el asiento trasero. Se dirigió veloz al hospital de la ciudad.
Valeria, la hija del patrón, había ido de visita una semana y desde que había llegado daba vueltas por la estancia. Sus padres la habían retado para que no se moviera tanto (había dicho que iba a descansar), pero ella parecía activa y despreocupada y se burlaba de los consejos que le daban; suponía que la trataban como a una niña de la ciudad, siendo que ella había vivido su infancia y adolescencia en el campo, y que estaba casada y viviendo con su pareja desde hacía cuatro años.
Mario y Valeria no tenían contacto entre sí más allá de saludarse por las mañanas; la veneración que Mario sentía por los patrones, transferida a Valeria (a quien no había conocido de niña; hacía tres años que él trabajaba allí), lo llevaba a una timidez humillante en su trato para con ella: apenas si la miraba a lo ojos, apenas si le dirigía la palabra. Valeria, por su parte, había aceptado ese trato, más por comodidad que por aspereza de carácter.
Mario pensaba en todo eso mientras manejaba a gran velocidad por la ruta 39, semidestruida por años de abandono estatal y falta de políticas públicas. Esquivaba un pozo, una deformidad del asfalto en forma de montañita, y miraba por el retrovisor la figura ya pálida de Valeria, que respiraba con dificultad, tocándose la panza; la miraba un segundo y apartaba la vista. No hablaban: incluso en esa situación, el código implícito de no-contacto que habían establecido seguía vigente. Mario había mirado de reojo la pierna lastimada de Valeria y el piso del auto: la sangre seguía goteando, a pesar de la presión con que había ajustado el torniquete (lo había atado bien), y todavía faltaban veinte kilómetros por esa ruta rota. Pensó en llamar por teléfono al patrón, pero no tenía celular, ni sabía como usar uno. Pensó que ella podría tener; en ese caso, ella llamaría o a lo sumo le pediría a él que hablara. A Mario le preocupaba mantener la distancia, así que dejó en manos de Valeria la iniciativa para la interacción.
Al atravesar Villa Horacio Mario percibió, por su respiración, que Valeria se debilitaba. Por mirarla, no pudo esquivar un cadáver de zorro aplastado sobre la ruta, cerca de la banquina, y el pequeño volantazo que dio desestabilizó levemente el auto, aunque sin mayores complicaciones. Mario se percataba de que era buen conductor, otra habilidad que poseía y que desconocía.
El trecho desde el campo hasta la ciudad Mario lo hacía al menos una vez a la semana, así que tenía establecida la sucesión de lugares por los que pasaría: después de Villa Horacio venía el hipódromo, después el rulo, el bulevar, el ciervo, el monumento. Ahora llegaban al hipódromo, y Valeria tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Mario aceleró, pasó el hipódromo, el puente sobre la ruta 14, entró al bulevar y esquivó tantos vehículos como pudo, hasta llegar a la rotonda del monumento y enfilar al hospital. En la explanada de la entrada entró la Grand Vitara tocando bocina; estacionó en la puerta cuando salían ya algunos médicos de guardia.
-Una señora herida en la pierna… en el asiento de atrás –dijo, y sin entender por qué, se quedaba sin aliento.
Los médicos se apuraron a ingresarla con una camilla. Mario estacionó la Vitara, llamó al patrón, que llegó a la media hora, y se quedó afuera del hospital, fumando. Tras otra media hora de espera, el patrón salió a la explanada.
-Perdió mucha sangre, pero zafó. La trajiste a tiempo. No se como agradecerte.
-No tiene que hacerlo, patrón. Faltaba más. -el patrón le dio las dos manos, mirándolo con ojos húmedos.
Valeria volvió al ¬campo dos semanas más tarde. Del accidente sólo le quedó el trauma y la pierna vendada. A Mario, por su parte, le quedó una sensación de satisfacción, de héroe anónimo que le sentaba bien. El patrón le había agradecido ya muchas veces y le había dado un aumento, que Mario humildemente había intentado rechazar.
Ni bien llegó, Valeria pidió que la lleven con Mario. Éste estaba en el galpón de pollos. Valeria pidió que la dejen ir sola. Entró rengueando y lo llamó por su nombre. Cuando la vio, Mario, se quitó la boina y se quedó mirando el piso.
-Señora –dijo con timidez.
-Gracias, Mario –dijo tiernamente Valeria, acercándose.
-Por favor, señora. Faltaba más.
-Tengo un regalo –Valeria se quitó un rosario que llevaba.
-No es necesario, señora –Mario tomó el rosario con su mano derecha.
-Decime Valeria.
-Valeria.
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