viernes, 24 de septiembre de 2010

Elba

Elba barría las flores caídas del Cerezo Japonés que habían comenzado a marchitarse y dejaban una pigmentación rosácea en las baldosas del patio. Con cierta violencia agitaba el palo de madera para que las pajas unidas logren despegar la mugre del suelo. Después echaba un poco de agua a los Pensamientos y rociaba rápidamente el pasto. Todas las mañanas de sol y también las nubladas baldeaba primero el frente y el jardín, antes de empezar con la limpieza interior, así no despertaba a la señora quien los lunes dormía hasta las diez después de recibir visitas los domingos por la noche. Ya en el tren, que iba desde La Ferrere hasta la estación y de ahí en el colectivo que se tomaba para terminar el viaje en casa de los Estevez, Elba jugaba a adivinar con què cosas se encontraría arriba de la mesa del comedor. Por lo general acertaba: el cenicero de cristal con tres o cuatro colillas de cigarrillos, cenizas por todo el mantel, copas con restos de vino tinto, algunas con rastros del rouge rojo de la señora, sin olvidar que cada tanto había uno que otro papel de bombón de chocolate y licor. Antes de poner el lavarropas dejaba el café preparado en la cafetera para la señora y las tostadas sobre un plato decorado con flores chinas, que ya habían perdido su gracia debido a innumerables lavados. Elba ya sabía con claridad que la ropa oscura iba toda junta, y jamás se debían mezclar con colores claros, lo había aprendido a raíz de los retos de la señora que tenía un particular desprecio por las prendas desteñidas. Mas tarde las colgaba al sol, porque la señora creía que de esa manera la ropa captaría energía, y si ella así lo consideraba, así debería ser. Claro que Elba también tenía sus creencias, como esconder debajo de la alfombra la pelusa que no recogió el escobillón, nunca limpiar debajo del microondas, o probarse de tanto en tanto algún vestido que la señora había puesto a lavar. Para Elba estas conformaban algunos de los desafíos de su día, le encantaba arriesgarse con esos pequeños peligros, y nunca olvidaba después de tender la cama de tomar el pote de crema francesa y pasarse un poco en su rostro. La untaba con adictiva desesperación sobre la grasitud de su nariz y frente, y lo que sobraba se lo pasaba entre las manos, corroídas por el amoníaco y la lavandina.


Pero esa mañana de lunes cuando cerró la puerta de entrada y colgó las llaves en el llavero se encontró con la señora sentada en la mesa de la cocina, portaba su deshabillé de seda desatado y restos negros de pintura corrida por debajo de sus ojos, hinchados de tanto llorar. “El señor se fue de casa, me dejó.” Elba, que no era buena para consolar a nadie, se sentó a su lado, le tomó la mano y le dijo que lo sentía mucho, pero que ella era una mujer fuerte y estaría bien. La noticia no le había sorprendido demasiado, los señores discutían permanentemente, Elba conocía todos sus odios y miserias, pero jamás había pronunciado palabra al respecto. Si ellos discutían en el living, ella se iba a limpiar el baño, siempre paraba la oreja, pero evitaba que la vieran. Esa mañana le preparó un té negro bien cargado, pero la señora apenas mojó sus labios en el borde de la taza. “Dichosa sos vos Elba, que tuviste a tu marido al lado toda tu vida, bueno se que falleció, y lo siento mucho, pero ¿A caso no fueron felices mientras vivieron juntos? A veces me pregunto de qué sirve tener todo, si al fin de cuentas cuanto menos se tiene más feliz se és”. Elba la escuchaba con atención, mientras juntaba la taza de té y la lavaba con detergente. Ese día le resultó más largo de lo que esperaba, antes nunca había tenido que escuchar a la señora ni tratar de consolarla. Elba vivía en La Ferrere, en una casa muy precaria, hacía poco se había quedado sola, sola al fin. Hacía diez años que trabajaba en lo de los Estevez, un matrimonio sin hijos, sin juguetes que ordenar, ni guardapolvos para planchar. Los días en la casa eran muy tranquilos, el señor se iba temprano a trabajar, antes de que ella llegara, y la señora después de desayunar se iba a hacer mandados o a casas de amigas. Elba estaba generalmente sola, y a ella eso le encantaba, por eso disfrutaba tanto cuando se iba de su casa a lo de los Estevez. Nadie le gritaba, nadie la insultaba, ni nadie le levantaba la mano. Cuando la señora la dejaba encender la televisión, veía Rosa de Lejos, su novela preferida, eso sí, siempre y cuando lavase ropa de mano, cociese, o planchase mientras tanto.

Mientras cambiaba el agua a las violetas, la señora, que cada vez se pegaba más a Elba, como si tuviera miedo a que se le escape, se lamentaba: “Y ahora me quedo sola, ¿Vos no te irás verdad? ¿Vos nunca me dejarás sola no? Yo ya estoy vieja, ya no puedo encargarme de una casa tan grande”. Elba pasó sus brazos, fuertes y seguros por el cuerpo de la señora, frágil y delgada a la que casi se le podía sentir los huesos de las costillas y le dijo que al día siguiente volvería como siempre, que nada cambiaría y que ella nunca la iría a abandonar. Tomó su cartera de cuero marrón, que alguna vez perteneció a la señora y se marchó. En el tren se compró una barra de chocolate Toffler y se bajó en su estación. El sol ya caía lentamente, se podía ver el cielo rojizo, y Elba que entendía de meteorología, predijo que el día siguiente sería despejado y caluroso. Caminaba despacio por las calles de tierra, sentía las gotas de sudor en su frente, decidió que al llegar se tomaría un baño. Entró a su casa, cerró la reja con mucha fuerza, debido a que estaba bastante deteriorada y costaba calzar la traba para pasar el candado. Sus dos ovejeros le festejaron como todas las tardes, dejó la cartera arriba de la mesada y se sentó mirando a la ventana del jardín. Por primera vez después de mucho tiempo se puso a pensar qué sería de la vida de la señora cuando ella ya no fuese más para su casa, también reflexiono cómo era que las cosas cambiaban de un momento para el otro, cómo un ataque de furia desataba hechos imprevistos, por último pensó que las personas tenían dos caras, que había cosas que se ocultaban a otras, que todos guardaban sus pecados, escondían su mugre debajo de la alfombra, barrían la tierra que les molestaba y no los dejaba ser felices, y enterraban aquello que les hacía mal, que los condenaba, que los maltrataba, en el fondo del jardín.


Lucìa Grasso.

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