domingo, 19 de septiembre de 2010

Mariana

Me pedía que la peinara. A mí me parecía raro porque siempre había creído que ninguno de los dos lo había hecho jamás. De todas maneras accedí. Incluso tener un pelo ondulado que se ramificara y le cubriera los ojos y la espalda entera requeriría un paciente peinado después de bañarse. Su pelo olía a fruta. Esto lo sabía. Me había costado un par de meses descifrar que, debajo de todo ese perfume frutal que la bañaba a diario para ocultar el olor a cigarrillo, también había un shampoo de manzanilla dando vueltas por su cabeza. Mientras le desenredaba los primeros cabellos, ella jugaba con un puñado de fotos que había sacado el otro día por Palermo. Se las pasaba de una mano a la otra con gracia y seleccionaba las mejores. A veces, cuando se enamoraba de todas, la invadía la duda. Recién ahí, parecía acordarse que estaba justo detrás de ella y, dándose vuelta con cuidado para no interrumpirme, me hacía elegir alguna. Entonces, cada tanto, gustoso, la ayudaba y le acomodaba el flequillo que el viento le había desacomodado a un hombre mientras leía en soledad bajo un árbol o luchaba por hacer presentable a otro joven rebelde que escuchaba música caminando por la calle. Desde el momento en que nos conocimos, supe perfectamente que las fotos y el pelo nos harían entendernos bien. Concentrado mirando aquellas imágenes, me sorprendió que el peine se escapara de mis manos y lograra aferrarse a algunos de esos rulos hermosos que todavía esperaban ser atendidos. Estaba bien agarrado. Por más que hacía fuerza no conseguía liberarlo. Entre tanto, ella, pensando que la masajeaba, me pedía que lo siguiera haciendo arqueando la espalda hacia atrás, en una atractiva medialuna que comenzaba en las sábanas y moría en sus hombros dorados que se me ofrecían tentadores. Pero lo cierto era que, aunque quería darle el gusto, ya no sólo luchaba por recuperar aquel peine, sino que también veía cómo ingeniármelas para desatar mis dedos que, de a poco, se iban enredando en su pelo ensortijado. Con cuidado, intentaba flexionarlos y estirarlos para zafarme pero no conseguía progresar. Giraba la muñeca con flexibilidad de derecha a izquierda, de arriba hacia abajo, y toda la mano se me hundía en aquella red implacable. Intenté ayudarme con la otra que tenía libre pero no hice otra cosa más que atarla también. Completamente enmarañado, me encontré braceando sin sentido entre otros peines viejos, libros y reproductores de mp3. Justo cuando casi la había terminado de peinar y se levantaba de la cama para cambiarse.

Gonzalo Olaberría

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