martes, 31 de agosto de 2010

G1 TP3: Gigarrillos y una flor

Por Daniel Francisco

La estación Mitre del ramal Mitre – Retiro es cabecera y se encuentra en Olivos entre algunos edificios vistosos y casitas bajas con techos de tejas que decoran los primeros metros de vías rumbo a Capital Federal. Su andén está forjado por grandes placas de hormigón que se inclinan sobre sí mismas cuando los pasajeros circulan sobre ellas. Hay algunos árboles. Algunos asientos.
Sobre una escalera de seis escalones, que une el andén con una plaza, se halla una pareja que parece discutir entre murmullos y caras de amargura.
- Esa es mi realidad – decía ella con algo de resignación y continuaba-, durante estos meses quise plantear esto que me sucede, o nos sucede, pero me ganaba el miedo, me paralizaba la idea de perderlo todo.
- Debiste contármelo antes porque yo también tengo el derecho a elegir – sentenciaba él con algo de enojo en su mirada aunque la escondía entre algunos papeles que estaban abandonados en el piso de tierra de la plaza.

Previamente, María Laura y Gustavo habían tomado un café en el abandonado bar de la estación. Él había comido tres medialunas y ella apenas había bebido el café de a sorbos pequeños pero seguidos. Él había comenzado su lunes como todos los días de la semana: tomaba el tren en Retiro y durante algunas horas se paseaba por los vagones para ganarse la vida en base a dádivas, mientras tocaba alguna canción pegadiza y que apuntara a los sentimientos de los pasajeros. Tenía 36 años y pasaba sus días en la casa de sus padres, en el barrio de Glew, en la zona sur del conurbano bonaerense. Su trabajo era cantar en el tren entre las estaciones de Retiro y Mitre, durante gran parte del día, y pocas veces cambiaba de recorrido. Ese lunes había quedado en encontrarse con María Laura en Olivos a las 11 de la mañana.
Ella tenía 24 años, vivía en San Fernando y era estudiante de Bellas Artes. Esa mañana no había ido al trabajo para encontrarse con Gustavo. Su objetivo era contarle todo lo que a ella le afligía aunque eso trajera cambios en la vida de ambos, incluso de la relación. Era un todo o nada.

- No, no fui a trabajar porque no me sentía bien. Ahora estoy mejor; o no, no sé – eran las palabras que María Laura esgrimía con nerviosismo.
- Bueno, pero ¿qué pasa? Desde anoche que estás rara, que no hablás, que estás evadiendo no sé qué. Me citaste acá, bueno, contame qué pasa.

En ese momento, María Laura supo que iba a contarle lo que tan preocupada la tenía. Era un secreto que podría destrozar la relación o fortalecerla, aunque ella estaba convencida que esto último no ocurriría.
De golpe, y sin premeditarlo más, abrió su boca y no paró de hablar durante siete minutos. Gustavo se acercaba y luego se alejaba. Jugaba con el estuche de su guitarra y fumaba contagiosamente mientras se sentaba en la escalera de chapones verdes y se paraba para apoyarse en la baranda del mismo color. Esta vez a María Laura no le molestaba el humo del cigarrillo.

- Pero estoy bien – pareció culminar María Laura y siguió- me hice los estudios en su momento y ya pasaron tres años. Al principio fue muy difícil porque más allá de tantas pastillas, la cabeza estaba en cualquier lado y pensás lo peor.
- ¿Y por qué tardaste tanto tiempo en decírmelo? –preguntó Gustavo con algo de descuido.
- Porque me daba vergüenza, porque no encontraba el momento, porque mi sexualidad desde ese momento es distinta y vos ahora me pedís otro tipo de compromiso para el cual vos...- y fue interrumpida por Gustavo.
- Nada de compromisos; yo pensé que como somos una pareja constituida que pretende algo más que un simple noviazgo, estaría bueno disfrutar del sexo en todos sus aspectos.
- Por eso mismo es que yo ahora tengo la necesidad y obligación de contarte qué es lo que sucede en mi cuerpo. Si bien yo ya lo acepté, entiendo si vos no podés, si vos no querés.

Mientras ellos conversaban y evaluaban las posibilidades de ahí en mas, una docena de trenes llegaron a la estación, permanecieron un instante y volvieron a partir. Por la plaza caminaron niños con guardapolvos, madres cargando mochilas y varios jóvenes que aprovechaban algún rincón con sol para almorzar y regresar a sus trabajos.
            Luego de varios minutos de silencio, María Laura y Gustavo abandonaron la escalera y treparon al andén. Esperaron al tren mientras él fumaba el último cigarrillo de su atado –que solía durarle el día entero- y ella manoseaba una flor un tanto ajada. Cuando llegó el momento de partir, entraron al furgón, se acomodaron en un asiento un poco maltratado por los años y viajaron en silencio durante más de 20 minutos. Antes de descender del tren, Gustavo dijo:
- Tengo miedo.
- Yo también – acompañó María Laura junto con la mirada repleta de lágrimas.

Grupo 1 - TP 3_ Diálogo - Nora Zicovich Wilson, Antes del tren

  Antes del tren
     
     
      Están en silencio, hace rato que no se miran a los ojos. Juan golpea rítmicamente la cucharita contra la taza. El ruido es molesto, pero Julia no quiere hablar. Ausente en su mundo de luces, colores y sombras de las molduras del techo en la Estación Constitución, no quiere saber nada con hablar, con volver a poner los pies en la tierra, y hacerse cargo de que quizás todo termine. Mira la gente que pasa, apurada, de un lado a otro, en una masa amorfa y sin cara, supone que probablemente ella tampoco tenga cara para todos ellos, y se pregunta cómo no se da cuenta todo el mundo de cómo le pesa el pecho, de lo difícil que le es respirar, del terror que se le acumula en la garganta y le estrangula la voz.
      La cucharita comienza a golpear con más fuerza todavía. Esto no hace nada bueno por sus nervios. El sonido la irrita y la llena de ansiedad.
      Julia pone una mano sobre la de Juan para detenerlo. Lo mira a los ojos. Juan desvía la mirada de inmediato. Algo en los ojos de ella le hace sospechar que pueda ser verdad lo que se teme. Algo en su manera de mirar. Algo en sus orejas. Deja la cucharita y se mira las manos. Algo en ellas también le hace sospechar. Todo le hace sospechar. El ruido y la cantidad de gente lo ponen nervioso. Quiere estar ya en el interior del tren, avanzando, yendo a alguna parte, porque nada es más angustiante que esos larguísimos minutos de hacer tiempo. Deja vagar la mirada por las tazas acomodadas detrás de la barra, escucha las voces y las transforma en música en su cabeza. “Oda a la ansiedad”, se llamaría. El humor que siempre había acompañado su sempiterna melancolía ahora ya no es gracioso. Suspira y piensa. Mira a Julia, pero no hasta los ojos. Le habla al cuello de Julia.

- ¿Qué pasa si dice que sí?

    El cuello de Julia se comprime nerviosamente. Oye su voz.

- ¿Y qué? ¿Si dice que sí, qué?

    La mano de Julia acaricia su vientre, que todavía no creció. No falta mucho para que empiece a notarse el embarazo. Julia se pregunta qué sentirá cuando llegue la primera patada, quién será ella cuando llegue la primera patada. Y los ojos se le llenan de lágrimas y vuelve a mirar la masa amorfa de personas que van y vienen, y que no notan que sus ojos acaban de llenarse de lágrimas, ni les importa.

- Yo te amo.
- Por favor, Julia…
- Yo te amo igual. No me importa.

    Juan comienza a golpear rítmicamente la cucharita de nuevo, Julia resopla y él se detiene. Apoya la cucharita. Se rasca la cabeza. Piensa en su carrera de músico, en el escándalo si sus sospechas fueran ciertas y saliera a la luz.

- A mí me importa.

    Se miran a los ojos unos instantes, y Juan baja la mirada.

- Bueno –dice finalmente -, no pensemos en el tema por un rato…
- ¿No querías hablar?
- No quiero pensar.

    Ella lo mira a los ojos, que ya no la miran. Sonríe con tristeza y se deja llevar por sus pensamientos lejos de esta estación, lejos de esta situación incómoda. Se va lejos, en el espacio y en el tiempo. Y sonríe.

- ¿Te acordás de cuando éramos chicos?... Bueno, yo era chica.

    Juan sonríe un poco, también, deseoso de olvidarse por un momento de sus sospechas fundadas, del embarazo, de las dudas. Deseoso de volver a mirar a Julia como antes.

- Sí, claro que me acuerdo. Eras una nena muy bonita, ya.
- Yo me acuerdo -se ríe – de que me agarraba a la cerca y te espiaba con tus amigos. Eras el gran misterio, para mí, el chico grande…
- Y vos la vecinita molesta.
- No es cierto, me querías…

    La mira con ternura melancólica.

- Sí, te quería.
- Y me comprabas golosinas.
- A veces.
- Yo ya estaba enamorada de vos… -dice Julia, y mira a Juan a los ojos. – Cuando te fuiste, pensé que me moría.
- ¡Qué melodramática! –se ríe -Tenías ¿cuánto? ¿Seis años?
- Sí, pero es cierto. Nunca me olvidé de vos –le toma la mano a Juan y se miran, sonriendo -. Hasta que me vine yo también a Capital y de pronto, en una fiesta de la galería, allí estabas. Mirándome fijo detrás de tu violín.

    Juan se ríe, y acaricia la mano a que agarra la suya.

- No te reconocí.
- Yo a vos sí. De inmediato.
- Y no me dijiste nada.
- No quería que me vieras como aquella vecinita molesta.

      Se ríen y se miran, y por un segundo cálido vuelven a ser uno. Pero entonces él retira la mano y el aire se enfría.

- Ojalá me lo hubieras dicho ese día.

    Ella lo mira.

- ¿Y entonces qué hubiera pasado?
- No sé…

    Julia se acaricia la panza, sintiendo que se le cierra la garganta. Dándose cuenta de que no van a poder volver el tiempo atrás.

- Juan… Padre no es el que pone un espermatozoide.
- Para mí sí. O por lo menos, de quién es ese espermatozoide importa. Mucho…
- A mí no me importa.
- ¿No importa? ¿Ser o no el padre de alguien no importa? ¿De quién es hijo un hijo no importa?
- ¡Me importa tres carajos la biología y el padre biológico, Juan! ¡Y otros tres carajos el pasado! Solamente me importa una cosa: ¿me amás? Eso es nuestro futuro, ¿me amás?

    Juan mira un segundo a los ojos de ella, pero inmediatamente fija la mirada en la taza de café.

- No puedo contestarte eso, todavía…

    Julia cierra los ojos, traga con dificultad, y mira al costado, con el llanto ardiendo en su nariz. Se acaricia la panza.

- Sí me amás. Me lo dijiste mil veces antes… sos un cobarde.
- Quizás sea un cobarde, pero tengo moral.

    Julia le clava la mirada, incrédula.

- ¿Me estás llamando inmoral?
- No… - duda – Bueno… Tu moral es un poco más relajada que la mía, la verdad.
- ¿Mi moral es más relajada?
- Te la das de artista, y se supone que está todo bien, y que las reglas del mundo no se aplican a vos.
- Mi moral es más relajada… ¿Querés hablar de Magalí, Juan?
- No, no quiero hablar de Magalí.
- Si vamos a hablar de moral…
- No quiero hablar de eso, Julia, es agua bajo el puente
- Ah, claro, cuando es tu moral, es agua bajo el puente…
- ¡Julia, no te estoy hablando de eso, vamos!
- Yo te hablo de amor, no de moral. Yo te amo. Pese a todo. Y sí, no me importa la moral.
- Bueno, yo no soy tan liberal.- dice, secamente.

    Julia lo siente como una bofetada.

- Juan… No es que esto realmente no me importe… Pero creo que no tendría que separarnos… Como no nos separaron tantas otras cosas. Estoy embarazada, y es tu bebé. ¿Qué más importa?
- Ya sé que es mi bebé. Eso nunca estuvo en duda. Y yo me voy a hacer cargo…
- ¡No me interesa que te hagas cargo, la puta madre! ¡Quiero que estés conmigo! ¡Si no vas a estar conmigo, no te hagas cargo!

    Juan se frota los ojos, sobrepasado. Mira el reloj.

- Julia, si resulta que sí… que es verdad… ¿cómo va a salir este bebé?...
- Nuestro, va a salir. Y si le pasa algo, lo vamos a querer porque es nuestro. Tampoco es justo para mí. Pero yo no tengo miedo de decir “te amo”. Yo me la banco. Y eso para mí es moral. Si él dice que sí, que es verdad, que sos…
- Callate, Julia.
- Da igual si lo digo o no. Te amo igual, ¿entendés? Y sigo con vos. No cambia nada.
- ¡Sí, cambia todo!

    Julia ve en sus ojos que es cierto, que no puede ocultárselo más a sí misma. Si les confirman sus sospechas, cambia todo. Si la respuesta es “sí”, cambia todo. Porque cambia todo para él.

- ¿Me vas a dejar?
- Por favor… ¿Cómo vamos a ser una pareja normal, en estas condiciones?
- ¡No me interesa ser normal! ¿De qué tenés miedo? ¿Del bebé? ¿De que tu mami no me quiera?
- Mi vieja te odia, desde que naciste.
-  No me odia.
-  Sí te odia, y esa es la mejor prueba.
- ¿Prueba de qué? No prueba nada.
- Mínimamente da para sospechar, ¿no?
- No, no da para sospechar. Cortala.
- Tus viejos pasan diez años buscando un bebé…
- Cortala, Juan.
- Y de pronto, tu vieja queda embarazada, y te tiene a vos.
- Basta. A mí no me importa eso…
- Y salís rubia, y mi mamá te odia… ¿No te hace sospechar?
- Basta.
- Tus orejas, ¿no? ¿nada?
- Basta, Juan …
- Que los dos seamos tan artistas, igual que mi viejo…
- ¡Basta! ¡Cortala!
- Y que el tuyo haya dejado a tu mamá…
- Por favor, Juan… -las lágrimas comienzan a resbalar por sus mejillas – Callate…

    Se quedan en silencio. Juan la mira llorar. Quiere consolarla, pero no puede. Quizás no la ama tanto como le había prometido. Quizás es tan malo como su padre. Mira el reloj. Mira a Julia y desvía la mirada. Suspira.

- Vamos, Julia, ya es la hora.

    Sin mirarla, deja una propina sobre la mesa y se pone de pie. Julia lo sigue a través de la estación, sometiendo los deseos de sus manos de tocarlo. Los deseos de sus brazos de envolverlo, de su boca de besarlo.
      No, nunca más, si él no quiere. Nunca más.
      Entonces se decide.
    Se detiene, justo debajo de uno de los rosetones del techo, del más alto, en el cenit del arco abovedado. Juan camina unos pasos más antes de notarlo. Finalmente, se da vuelta y la mira.

- Yo no voy. –dice Julia.

    Juan se acerca a ella resoplando, y la agarra de la muñeca.

- Dale, Julia, dejate de joder. Vamos.

    Ella niega con la cabeza, lentamente. Entonces Juan la mira con atención, y le sorprende ver en sus ojos una expresión totalmente serena.

- No voy a ir... –sonríe con tristeza - Vos andá, Juan, enterate. Tomá tu decisión… Si no volvés conmigo, yo ya voy a saber. Lo voy a entender, no te preocupes. Y voy a respetarlo. Pero no puedo tomar esa decisión con vos; no puedo estar charlando seis horas con vos por qué tenés que dejarme aunque no quieras. Yo nunca voy a estar de acuerdo…

    Se miran a los ojos unos segundos que parecen eternos. Juan busca desesperadamente en los de ella un asomo de duda, un indicio de miedo. Pero no lo encuentra. Están tranquilos, seguros y en paz. Julia baja la mirada y se da media vuelta. Echa a andar con paso tranquilo.

- ¡Julia!

    Se detiene y da media vuelta. Juan la mira unos instantes y camina hacia ella. Se detiene frente a ella, la observa, se muerde el labio, duda, se debate contra su fuerza de voluntad, contra sus principios, contra su moral… Y finalmente la abraza. La aprieta contra sí, le besa la cabeza, le huele el pelo... Ese olor tan conocido de manzanilla, óleo y Julia, le llena la nariz. Le da una paz que no siente dentro suyo, y que ya nunca más va a sentir. Al hablar, se le quiebra la voz.

- Vamos a casa.

Grupo 1 - TP 2_Mirada Infantil - Lepra, de Nora Zicovich Wilson

Lepra


     La verdad, me muero de frío. Estamos acá desde las once de la mañana, y me pregunto si no podíamos verlo por la tele. Están todos los canales, acá. Seguro que está en todos los canales. Encima de que comí nomás un pebete de jamón y queso, me estoy pegando un embole terrible.
     Me llega un mensajito de Cami, que está en el recreo y me pregunta dónde estoy yo. Y sí, ya son como las tres de la tarde y todavía encima no votó nadie. O uno, qué sé yo. Creo que votó uno que habló como tres horas. No sé, porque yo estaba escuchando música con el celu. Después mamá me hinchó las pelotas que dejara la música y levantara  un cartel. Le respondo a Cami que estoy acá, en el Congreso, pegándome un embole porque mamá encima no me da pelota. Podría estar calentita en casa mirando tele. O en la escuela, aunque más no sea, en el recreo, jugando con Cami. Cami es mi mejor amiga desde primer grado. Siempre jugamos juntas en el recreo, o si viene a casa a estudiar ponemos un DVD. Nos gustan las de Disney, las pelis, pero más vemos High School Musical y todo eso. Nos encanta bailarlo y seguirle la letra, aunque está en inglés y mucho no entiendo, pero cantamos fuerte, y la última vez que se quedó a dormir, papá nos hacía callar y al final nos sacó el DVD. Igual nos quedamos hablando en la cama como hasta las dos de la mañana, hasta que nos quedamos dormidas.
     Mamá me dijo que hoy no quería que fuera al cole, porque quién sabe qué pueden llegar a decir ahí, que por qué no me habrá mandado a una escuela católica. Yo no hubiera querido ir, porque no me gustan los uniformes, aunque algunos están buenos, como el que tenía Antonella en Patito Feo, pero porque ella le ponía accesorios, también, y se pintaba. Mamá no me quiere dejar usar esas cosas, dice que soy muy chica. Tengo agujeritos en las orejas, pero tengo los mismos aritos desde que nací. Mamá dice que cuando termine la primaria me los voy a poder sacar, antes no.
     Tenemos prueba la semana que viene, de lengua, pero mamá dice que porque falte un día en sexto grado no me voy a morir. Yo soy buena en lengua, igual. Cami no. Ella es buena en matemática, que es lo que papá dice que sirve. Que lo importante es saber de números. Y últimamente dice que también le preste atención a ciencias naturales, para aprender que los machos no van con los machos ni las hembras con las hembras, que es antinatural. Mamá decía que estaba de acuerdo. Y es raro, porque no suelen estar de acuerdo en nada. No es que mamá le lleva la contra a papá, es que en general se calla la boca. Cuando papá habla no se discute.
     Mah sí. Yo me vuelvo a poner los auriculares, ya no aguanto más los gritos y los cantitos. Ahí está. No sé si será la música, pero todos parecen más contentos ahora. Bah, no. Nosotros no. Los otros. Ellos, parece que fueran a una fiesta. Todos con la banderita esa del arco iris, cantando, saltando, bailando... Nosotros nada que ver. Algunos rezan, otros levantan los cartelitos del papá y la mamá. Pero los otros le ponen onda. Qué sé yo, se quieren casar y dicen que está bien. Yo no sé qué pienso de eso. Papá dice que no estoy en edad de pensar, sino de callarme la boca y aprender. Yo igual pienso, qué sé yo.
     Qué linda canción, qué romántica. Es re vieja, pero me encanta… Juntabas margaritas del mantel…
     Cami ayer me escribió una carta y todavía no le contesté. Tendrá que ser mañana, porque hoy, al final…

- ¡Mamá!
- ¿Te dije o no te dije que te sacaras esta porquería de las orejas? Escuchá esto, Sabrina. Es importante. Es el futuro de todos nosotros.
-  Dame, mamá, dale… Me aburro…
-  ¡Te voy a dar, aburrirte! ¡Esto me lo quedo yo!

     ¡Y se guardó todo en la cartera, nomás, con celular y todo!
- Abrí las orejas, y prestá atención –mamá me agarra la cara y me hace mirar alrededor-. Mirá esto, mirá estos depravados. ¡Mirá!

     Y miro, prestando un poco de atención. La verdad que los homosexuales hacen más quilombo que nosotros. Nosotros más que nada rezamos. Bah, yo no…

- Rezá conmigo. – me dice mamá.

     Entonces yo me agarro de las manos de otras señoras igual que en la misa y hago que rezo, así mamá no rompe. No sé para qué estoy acá, la verdad. Papá no quería que yo viniera, pero mamá insistió. “¡Sabrina tiene que entender la importancia de la familia cristiana –gritó a papá -, que un chico tenga un papá y una mamá!”. Se pusieron a discutir; creo que nunca los había visto discutir. O nunca había visto que mamá le gritara a papá. Papá no quería que yo viniera porque no quería que estuviera rodeada de gente así, desviada, pervertida. Dijo que era una enfermedad, una enfermedad contagiosa, como la lepra.
     Me mandaron a mi cuarto y ellos se quedaron discutiendo en susurros. Yo prendí la tele, y puse Disney Channel. Justo estaban dando el final de La Bella y la Bestia. Es mi favorita. Y ahí, al final, cuando ellos se besan, yo me puse colorada y me quemaron las orejas, porque me acordé de mi primer beso. Mamá y papá no saben nada, si se llegan a enterar me matan. Pero yo me acuerdo y me pongo roja, y todavía no lo puedo creer. ¿Será esto amor? ¿Estaré enamorada? Pienso en eso todo el tiempo, me acuerdo, y me pongo a sonreír como una boba, y siento como que me burbujea el pecho. Y de pronto me acuerdo de que estoy en la ronda de oración, y me pongo seria, con cara de rezo, mientras miro alrededor a ver si alguien me vio sonreír así. Pero me acuerdo y me cuesta no hacerlo de nuevo. Y ahí estaba pensando justo en eso, en el final de La Bella y la Bestia, cuando mi papá me abrió la puerta del cuarto de golpe. Pegué un salto, y cuando lo vi me dio un poco de miedo. Pensé que se había enterado de algo, y me iba a dar una paliza. Estaba serio, casi enojado. No habría hablado con mamá más de cinco minutos, pero plantó los pies en la puerta. “Mañana vas a ir al Congreso con tu madre”, me dijo. Y se fue. Papá me recuerda mucho a la Bestia al principio de la película. La vez que se lo dije a mamá me dio un sopapo.
     Ahora estoy pensando en todo lo que podría hacer en mi casa. Podría estar viendo la tele, o escribir un poema secreto. Hoy sería uno secreto, sí, y ya sé de qué se trataría... Escribo, en general. Escribo poemas todo el tiempo. Los que son más graciosos o en chiste se los regalo a Cami. Los otros no. Los otros me los guardo yo, porque son míos. Los guardo en una cajita adentro de un cajón debajo de la cama. Esos no los lee nadie. Me muero si los lee alguien.
     De pronto se rompe el círculo de oración y miro alrededor. Se acercaron con una cámara de un canal y parece que se trenzaron a discutir dos tipos, delante. Uno está diciendo que los gays tienen derecho a casarse. El otro estaba recién rezando con nosotros. Lo está tratando al primero de inmoral. Le dice que cómo va a entender un chico si tiene dos padres hombres o dos madres, cómo va a saber quién es quién. Y eso es cierto, que en casa está muy en claro quién es quién. Papá es el que manda, mamá la que obedece.
     Se insultan. Al otro que habla, que tiene voz así como de maricón, le gritan de todo. Puto, desviado, inmoral… Me parece que uno de atrás le gritó “Satanás”. Un poco exagerado, digo yo…
     Y yo empiezo a pensar en cómo sería mi casamiento, y cómo sería mi vestido de novia. Acampanado y medio rosa, seguro, como el de La Sirenita. Y me pongo colorada pensando en ese beso secreto que tuve. Y me parece increíble que haya estado en mis labios unos segundos...  Creo que incluso tocamos las lenguas un poquito. Pero nos dio vergüenza y lo dejamos ahí. Mamá y papá no saben nada. Solamente Cami sabe. Y yo.
     Comienza a haber un tumulto enorme. Empieza a haber gritos, y gente preguntando. Los de la bandera del arco iris saltan y festejan. Un voto a favor de ellos. El grupo de oración se vuelve a juntar. Busco a mi mamá con la mirada. Está indignada, persignándose, mirando con odio el pito inflado que hay en un costado. Viene hacia donde estoy yo. Me corro, porque pienso que va a pasar, del envión que trae, pero no. Se pone atrás mío y me sujeta la cara, esta vez con mucha fuerza. Arriba, veo el globo que dice “Comunidad homosexual”.

- ¡Mamá!... –digo entre dientes, casi sin poder mover la mandíbula – ¡Me duele!
- Mirá, Sabrina, mirá alrededor.

     Cierro los ojos, porque las manos de mamá me están haciendo mal.

- Me duele…
-  ¡Mirá, Sabrina! –me grita, sacudiéndome. Con algo de miedo, miro alrededor. Nunca la vi a mamá tan sacada – Mirá eso, mirá esta… ¿gente? Animales, son. O ni siquiera. Los animales saben qué va dónde. ¡Mirá eso!

     Me vuelve a sacudir la cabeza, y me la gira para un lado. Hay un travesti gordo transando, mal, con un tipo. Me quedo con la vista fija. Nunca vi una cosa así. Me da como impresión.

- Asqueroso, es. Antinatural. Eso es ser homosexual ¿Lo ves? ¡Es una enfermedad asquerosa!
   
     Me suelta la cara bruscamente y señala. Hay muchas parejas besándose y festejando. Dos señoras agarradas de la mano, dos pibes jóvenes sonriéndose. Un grupo salta abrazado y otro hace flamear una bandera de colores inmensa.

- A esto vamos, Sabrina – me dice mamá, y me ya da miedo lo sacada que está -. A esto. A esta depravación. Mujeres con mujeres, hombres con hombres. Esto es una inmundicia, es pecado, es un insulto a Dios. Están enfermos, están todos enfermos.

     Me pone un dedo en el pecho y empuja fuerte.

- ¡Rezá! ¡A todos estos se los va a llevar el Diablo, Sabrina! ¡Se los va a llevar al infierno! ¡Rezá, Sabrina! ¡Rezá por nuestras almas!

     Mamá se persigna y yo también. Pero mientras ella reza yo miro alrededor. Y ahora sí que presto atención, y me da miedo. De pronto toda esta gente que festeja se me hace maligna. Empiezo a ver o que dice mamá, depravación en la cara de ellos. Veo al travesti gordo transando con el tipo. Veo las lenguas de ellos, afuera de las bocas, lamiendo. Y de pronto mi primer beso se me hace asqueroso. Y veo a dos mujeres abrazadas, un chico joven y un tipo grande chuponeándose. Me da náuseas, y miedo. “Rezá” escucho la voz de mamá en la cabeza “Se los va a llevar el Diablo, ¡rezá!”. Y empiezo a rezar, para adentro, un padrenuestro. Lo rezo mecánicamente, casi sin pensarlo. “Padrenuestro questás en loscielos, santificado sea tunombre. Ven ganosotros turreino”. Y de pronto empiezo a imaginarme la furia de Dios sobre nosotros. Sobre todos. Sobre ellos y sobre nosotros. Viene su reino. Empiezo a acordarme de catequesis, del diluvio, y de cómo la maestra nos dijo que había una ciudad llena de homosexuales que Dios había destruido. Y de pronto me marea el ruido, los gritos, los cantos, las cámaras, los rezos. ¿Y si Buenos Aires se llena de homosexuales? ¿Nos vamos a morir todos?
      “Hagasé tu voluntad, asiénla Tierra comoenel Cielo” digo, pero me arrepiento apenas lo digo, y me da miedo de que se haga esa voluntad. La veo a mamá rezando frenéticamente, con los ojos cerrados, y balanceándose un poco. Me doy cuenta de lo cerca que están todos. El travesti, las mujeres de la mano, el chico y el viejo lamiéndose. Todos. “Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas…” me da terror de haber ofendido a Dios, del castigo. Terror de una ciudad homosexual, del rezo de mamá, los gritos y golpes de papá. “Líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal”. Cierro los ojos con fuerza y rezo con todo lo que puedo, tan fuerte como me sale, como recé cuando creí que me iban a cambiar de escuela y lloré por dos días seguidos. Creo que me balanceo, ya no siento el frío, uno las manos, rezo.
     Líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del…
     Me sobresalta una mano en el hombro, y abro los ojos de golpe.

- ¿Es tuyo?... Se te cayó, ¿no?

     Y tengo delante mío a uno de ellos. Un hombre grande, con algunas canas. Tiene voz de afeminado y una bandera multicolor anudada al cuello. En la mano tiene mi bufanda, y la estira hacia mí. Lo miro con espanto. Está demasiado cerca, y siento el olor agrio de su aliento, y veo la depravación en su sonrisa, y me da miedo. Y está muy cerca, demasiado cerca…

- ¡Fuera! –le grito con terror, y lo empujo.

     Veo que se tambalea, pero no se mueve, mirándome con sorpresa. Se queda donde está. Está demasiado cerca, me da miedo que Dios me confunda con uno de ellos.

- ¡Depravado! ¡Maricón! –lo empujo con fuerza, esta vez, y le pateo la pierna con furia.

     Grita de dolor, se sujeta la pierna y me mira, incrédulo. Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre… No puedo entender su mirada. Ya no entiendo eso, ni nada. Pero cuando el maricón se me acerca, mi mamá aparece a mi lado y me abraza, enfrentándose a él con la mirada. Se miran un rato, y al final el maricón se va. Me dice maleducada, tira mi bufanda al piso, y se va. Mamá y yo nos quedamos viéndolo irse.  Cuando ya está lejos, mamá me abraza con fuerza. Me besa la frente y me abraza más fuerte. Yo todavía no puedo reaccionar.
     Aún estoy agitada y asustada cuando se separa de mí y se agacha a recoger mi bufanda.

- ¡¡No la toques!! –le grito, y ella se detiene a mitad de camino. Me mira – Es contagioso. Como la lepra.

     Mamá me mira unos segundos a los ojos. No entiendo su mirada, tampoco. Me acomoda el flequillo detrás de la oreja y me acaricia la mejilla.
     Y me dice:

-  Vamos a casa.

     Mientras camino detrás de ella, con las manos en los bolsillos, intentando no tocarme con nadie, pienso en la carta de Camila. En la pregunta al final de la carta de Camila. La que no respondí.
     Mañana voy a responderle que no. Y que ese beso fue un error.
     Y que está enferma...
     Y que no me hable nunca más.

lunes, 30 de agosto de 2010

Verano sin Club

 María Luján Tilli

Pelota, cancha, pasto, pileta… -Francisco, es tu vieja, vení a atender nene- me grita Hugo, el gordo que atiende el buffet del Club. “Tenés que venir a casa ya con tu hermana. Vienen en malón desde el fondo. Van a prender fuego el Club” dice mamá del otro lado del teléfono. -Virginia vení, mamá está loca, me habló a los gritos por teléfono recién. Habla de un malón- está sentada en el piso del otro lado de la cancha en pose con sus amigas, hablando con los tarados de básquet. -¿Qué malón?- contesta, -No se, vamos antes de que venga y se enoje.-
A mi hermana no le gusta que la manden, menos su hermano menor, menos delante de los tarados de básquet. Se levanta de golpe y me empuja a un costado. Yo camino apurado detrás de ella, “Virginia esperame, tengo la bici atada”. “Dejala, vamos a ver que quiere la vieja y volvemos”. Camino a casa mi hermana patea la tierra haciéndomela tragar, como siempre voy detrás de ella. Me duelen los brazos, la pileta me cansó. Las cuatro cuadras a casa parecen estirarse, tardamos años en llegar. Hace mucho calor, me siento incómodo, no hay nadie en la calle y pienso en el malón que nombró mamá. Virginia murmura insultos para la mami. ¿Quién podría querer incendiar el Club? Virginia mira la tierra, apreta los puños y la boca. Creo que la mami espiaba por la ventana cuando llegamos porque abrió la puerta ni bien pisamos la vereda de casa. La cocina está a oscuras. Toda la casa.

Tele prendida, humo. Humo, humo, gritos, cacerolas, gritos, calles cortadas. Humo, humo.

-¿Qué pasa?-

-Se fue todo a la mierda, ustedes dos no se mueven de acá, no se les ocurra salir ni a la esquina.-
Mi bici.

Las manos de mamá tiemblan, están coloradas de tanto apretar un paquete de cigarrillos. Virginia la mira con odio y desaparece pegando un portazo. Se encierra en el cuarto, no me deja entrar. Vuelvo a la cocina, la panza me hace ruido, tengo hambre. La mami no se da cuenta así que me preparo solo la leche. Tengo ganas de comer galletitas marmoladas pero prefiero no pedir permiso para ir a comprar. Mamá frente a la tele, grita, llora, se toma la cara con fuerza. La gente en la tele corre, grita, llora. Mamá se deja los dedos marcados en los pómulos blancos, ahora rojos. El cenicero es una montaña de colillas. No saca los ojos de la pantalla del televisor, no me contesta. Me canso, me aburro. Virginia por fin me deja entrar al cuarto a buscar mis juguetes. Habla por teléfono con sus amigas, se prueba la ropa nueva que recibió para su cumpleaños. Espera que mamá nos deje volver a salir pronto para estrenarla. Yo también quiero hablar con mis amigos. Quiero ir a rescatar mi bicicleta.

-¿Puedo ir al Club mamá?

-¿No entendés que es tierra de nadie? ¿No ves la televisión?

La gente se toma aviones en la tele, llora y se va. Acá afuera no pasa nada, está todo igual, yo lo sé, espié por la terraza. Mamá me fajó, me descubrió. Me dijo que estoy buscando que los saqueadores me peguen un tiro, que nos maten a los tres. Estoy casi seguro que en el supermercado de la otra cuadra miran el mismo canal que mamá. Están en el techo hace una semana, desde que volvimos del Club con Virginia y no volvimos a salir. Están ahí arriba día y noche, con armas largas. Pero no pasa nada. Mi bici, sigue en el Club. Por suerte tiene cadena.

sábado, 28 de agosto de 2010

El Paseo


El olor a tostadas y café que venían de la cocina me despertaron de repente y lo primero que vino a mi mente fue un deseo casi desesperanzado de que sea un día de sol. Pero mis cachetes y mi nariz estaban demasiados fríos como para que se cumpla mi anhelo y al mirar hacia la ventana confirmé mi temor: estaba el cielo todo gris, lleno de nubes negras y la gente en la calle estaba muy abrigada con gorros, tapados y bufandas. ¡Cómo odiaba que los domingos amanezca así!, justo el día que más me gustaba de la semana, pero claro, los días de sol siempre se reservaban para aparecer los lunes, los malditos lunes en los que debía ir al colegio. Todos eran iguales, me levantaba después del tercero o cuarto grito de mi mamà, me cepillaba los dientes me vestía, y bajaba a la cocina. Papá siempre estaba sentado en la punta de la mesa, leyendo el diario y protestando, mamà, escuchaba la radio y me servía las tostadas con dulce de ciruela mientras Nenè me repasaba el guardapolvo, porque al colegio había que ir siempre impecables, me decía mamà. Después me acompañaba Nenè, mi escuela estaba a dos cuadras de casa, pero yo las caminaba despacito esperando que algún meteorito o con menos suerte un perro me mordiera y me haga volver a casa y mamà no pueda decir ni A. Nunca pasaba eso.

En cambio los domingos siempre lluvia, siempre frío, el día que venía la tía Pina y me llevaba a pasear por lugares imprevistos, pero eso no me importaba, yo sacaba mi pilotìn, mi paraguas y la esperaba en el porche.

Ya eran las once de la mañana y la tía nunca llegaba tarde, siempre estaba a las diez menos cuarto con su tapado de piel, con una bolsa de medias horas y dejando un rastro de colonia Henno de Pravia por donde caminara. “No va a venir hoy Clara, entrà que hace frío y vas a resfriarte”, me decía mamà desde la puerta. Pero yo sabía que no me iba a fallar, quizás se había quedado dormida, o alguna vecina se le había puesto a dar charla en el camino, o capaz que un meteorito… “No no basta de pensar tonterías, ya va a llegar” repetía en mi cabeza.

A las doce menos cuarto vì de lejos el caminar apurado de un tapado rojo y sentí que mi corazón se agitaba y me corría la sangre por todo el cuerpo. ¡Tía Pina viniste! Grité y la abracé. Estaba como preocupada, y no quería que mamà sepa que había venido, entonces siguiendo sus órdenes tomè el paraguas del porche y nos fuimos rápido a la parada del colectivo. ¡Cómo tardaba en llegar! La tìa me dijo algo de que el país entero estaba parado, pero no me importaba a mí. Yo solo quería aprovechar mi día de paseo, y cada vez perdía más tiempo. Casi no había gente en la calle, pensé que era raro, porque a todos les gusta salir los domingos y disfrutar del fin de semana. Pasaron dos señoras vestidas de negro casi rozándome mi vestido y me diò mucho miedo, podían haber sido brujas y haberme hecho algún maleficio.

Después de caminar como una hora, ya podía sentir ampollas en los pies, porque las botitas me apretaban bastante, mamà insistía en que ese era mi número de calzado, y que una niñita debía tener pies pequeños pero los míos ya no entraban bien allì.

A medida que llegábamos al centro pude observar que las personas que caminaban por ahì miraban mal a mi tìa y de pronto una mujer, también vestida toda de negro le murmuró “desalmada” al pasarle por el costado. Yo le pregunté porque habían dicho eso, pero ella empezó a hablarme de animales, de perros muertos que se les había acabado la rabia, y yo pensé ojala que no sea Ronnie el perro del abuelo.

Parecía que la gente se había vuelto loca, aparte no entendía porquè copiaban esas modas de las revistas que leía mamà, y me di cuenta que ahora se usaba la ropa toda negra, en hombres y mujeres, y yo sentí mucho miedo porque todos parecían como personas muertas, tristes caminando por la calle, no les quedaba para nada bien copiar las revistas, pensé. Cuando pasamos el edifico enorme de columnas grises, que tenía el techo de forma redonda, y estaba siempre lleno de palomas, llegamos a nuestro lugar preferido: la confitería del Molino. Allí había comido las mejores tortas de milhojas de toda mi vida y los submarinos eran con mucho más chocolate que los que hacía Nenè, ella le ponía poca azúcar y siempre le quedaba nata en la tasa, a mi la nata no me gustaba nada, me daba asco. Pero cuando quisimos entrar salió un mozo de adentro de la confitería y nos dijo que estaba cerrado, que no sabían cuando iban a poder volver a abrir. Y claro, pensé se habían vuelto pobres y tuvieron que cerrar, como dice papá en este país los que se habían esforzado y tenían un buen pasar debían perder todo para entregárselo a los vagos y atorrantes que no quería trabajar. La tía Pina se enojó muchísimo, me apretó fuerte la mano y me dijo que volveríamos para casa, que ya no se podía vivir más acá que todos debían pagar las decisiones de unos pocos. No podía creer que se había terminado mi paseo, pero de pronto cuando cruzábamos la calle volviendo para el edificio vì que se estaba llenando de capas negras, de gamulanes, de flores blancas, muchas y por todos lados, en formas de círculos gigantes y había mucho olor a cumpleaños, a cuando soplas la velita de las tortas. Yo no veía nada eran todos altos y las mujeres lloraban muy tristes, yo estaba realmente asustada, parecía una invasión de muertos vivos que nos iba a atrapar a mi tía y a mí. Nuevamente me amarró fuerte del brazo y empezamos a caminar rápido, alejándonos de la muchedumbre, caminamos, caminamos y caminamos hasta que me largué a llorar porque me dolían mucho los pies. Igual ya estábamos cerca de mi casa, habíamos llegado a la pared alta de ladrillos, al lugar donde dormían las personas que ya no se volverían a despertar, así que me tranquilicé. Cuando me volví a calzar los zapatos porque ya sentía mucho frío y en cualquier momento se iba a largar a llover, levanté mi cabeza y vì letras escritas. Como la señorita Ana me había enseñado a leer estaba contenta de que iba a poder entender lo que decía en el paredón del cementerio: V de vaca, vii v de vaca de nuevo, viva el ca casa nn cer, viva el cáncer. ¡Qué cosas raras que escribía la gente! Cuando busqué a mi tía para preguntarle que querían decir esas palabras ella ya estaba al final de la cuadra y me apuré porque no quería quedarme sola, quien sabe lo que podía pasarle a uno, podían venir brujas de negro, perros con ganas de morderme, o se me podía caer un meteorito encima y no contaba el cuento.

Lucía Grasso

Tarde naranja

Terminaba el partido y nos íbamos. Por eso papá, apenas el árbitro de amarillo pensando que ya se había jugado lo suficiente hizo sonar su silbato, apagó rápido la tele y me dijo que me pusiera algún abrigo que íbamos a buscar las tarjetas. La verdad venía esperando bastante este día, pensaba que era un sábado de emociones. Primero el partido, después a la tarde ir a buscar las tarjetitas de cumpleaños. No eran grandes cosas pero eran pequeñas caricias que no se dan siempre y que, al fin de cuentas, terminan haciendo de un día algo especial, distinto a la mayoría. Sin embargo, ahora me encontraba algo decepcionado, lo cual era normal. Ya de a poco se iba acabando todo, había terminado el partido, en instantes tendríamos en nuestras manos las tarjetas y probablemente la alegría de que estuvieran conmigo duraría algunas horas más, hasta que se contagiaran la cotidianeidad de alguna mesa conocida o de algún viejo cajón. Por otro lado, todavía quedaban países por jugar, a unos miraría con algo más de interés que a otros pero, claro, no era lo mismo, al menos ahora.

Estoy seguro que papá pensaba lo mismo. Mientras caminábamos al local noté que tenía un andar poco enérgico, distinto al habitual que los años trabajando en el Centro le habían dado. También me di cuenta que la sonrisa que tenía a la mañana se le había desdibujado un poco y que su mirada no se despegaba del piso. Esto último me llamó menos la atención, supuse que se estaría cuidando de tropezar con algunas de las tantas baldosas rebeldes que últimamente obstaculizaban el paso. Tal vez debería haberle sugerido que levantara la vista. No para mirar hacia adelante, me parecía inapropiado, que no lo entendería por ahora. Además confiaba que yo, que estaba un poco mejor, por hoy podría guiarlo un poco. Más bien, debería haber levantado la vista hacia arriba, al cielo, que había tomado un color naranja hermoso, fuerte y furioso, pero no dejaba de ser un espectáculo increíble. Lamenté también que no hubiera nadie caminando por el barrio en ese momento para verlo. La avenida Rivadavia estaba completamente vacía. Que hubiera habido más negocios abiertos podría haber ayudado un poco, lo cierto es que ni siquiera pasaban autos a toda velocidad para ignorar el fenómeno, era como si toda la gente estuviese al tanto que enseguida íbamos a retirar las tarjetas y que con eso finalizaba definitivamente el sábado.

No tardamos mucho en llegar. El comercio estaba metido en una pequeña galería al aire libre, que a su vez se encontraba apretada entre grandes negocios techados, y cerrados por supuesto. Realmente era un respiro en aquella avenida en días agitados. Si uno se cansaba un poco de esquivar tanta gente, tranquilamente podía entrar en aquel lugar y sentarse un rato en los bancos que seguro un estratega había ubicado enfrente de sus locales. Usted descanse, pero, eso sí, no deje de mirar y comprar. El lugar de las tarjetas era el único que estaba abierto allí a esa hora. Seguramente el dueño no miraría fútbol, o no sería de acá. Cuando entramos, el vendedor, que se encontraba cantando alegre mientras, agachado, acomodaba algunos productos en su vidriera, se levantó casi de inmediato, sorprendido de tener clientes un día como hoy. No obstante, miró a mi papá y casi al instante recordó su cara, la que unos días antes se había acercado a pedir unas tarjetas personalizadas de cumpleaños. Obviamente no eran para él, las había pedido para mí. Estaba en una época en la que mis amigos hacían cumpleaños bastante seguido, entonces los regalos se multiplicaban y las tarjetas que patentaban que esos presentes eran míos, o de mis padres que los compraban y me cedían los reconocimientos, desaparecían. El comerciante no tardó mucho en encontrar las tarjetas, las tenía separadas a un lado de su mostrador. Cuando nos las dio, su rostro esbozó una mueca burlona. Y, sinceramente, no era para menos. Si era extranjero, era lógico que le causara risa que mis tarjetas tuvieran impresas inocentes pelotas de fútbol. Hoy estaban fuera de lugar. Por eso me apuré en quitárselas de las manos a mi papá. Le sonreí brevemente, como una muestra sincera y verdadera de que me gustaban pero, por sobre todas las cosas, de agradecimiento por habérmelas comprado y de haberlas venido a buscar después del partido, y las escondí en un bolsillo de mi campera.

Una vez que salimos, a partir de una propuesta de él, nos dirigimos al parque que estaba a unas seis cuadras de allí. Pensé en no aceptarle la oferta, en hacerle un favor, seguro que desde que salimos de casa estaría pensando en volver. Aunque también imaginaba que tal vez distraerse un poco afuera no le haría mal, y esto terminó por convencerme para ir. Llegamos y, luego de inspeccionar un poco el lugar, decidió sentarse sobre el pasto, desplomándose pesadamente, descubriendo manojos de bronca que hasta entonces había sabido controlar bastante bien. Yo, sin hacer comentarios, lo acompañé. Cerca de allí, había unos chicos que pateaban una pelota hacía varios minutos. Mi papá, seguro cansado de mirar tanto fútbol en el día, no los seguía, pero a mí me llamaban mucho la atención, no jugaban mal, y además había varios que tenían la camiseta de nuestra Selección, exactamente la misma que tenían los jugadores que habían perdido hace un rato. Y, de pronto, de tanto mirar, empecé a sentir unas ganas locas por jugar con ellos, de correr, patear la pelota, pasársela al resto. Sabía que quizás no debía, que era preferible acompañar a mi padre, pero era más fuerte que yo, tanto, que uno de los chicos advirtió mi concentración en lo que hacían, se acercó y me preguntó si tenía ganas de acompañarlos, que les faltaba un jugador para poder empezar un partido. Enseguida, lo miré a mi papá que, pese a su desencanto, en silencio, y probablemente habiendo advertido también como mi cuerpo se despegaba inquieto del suelo por atracción con la redonda, con un gesto de aprobación me liberó, demostrando, pensé, algo de lo que tanto me insistía cada vez que mirábamos juntos un partido, los códigos del fútbol. Mientras me alejaba con el chico, pude ver en un momento cómo mi papá desde abajo lo miraba atento, como si lo inquietara lo alto y rubio que se veía desde allí o el hecho que llevara puesto extrañamente un buzo de arquero, el de la Juventus italiana, el de Van der Sar, nombre que gigante y amarillo llevaba estampado en su espalda negra. Empezado el partido me encontré con bastante habilidad con la pelota, raro teniendo en cuenta que siempre me costaba bastante al principio ajustar los pases para que mis compañeros los recibieran con comodidad. De todas maneras, viendo cómo el cansancio con el correr de los minutos me alejaba de las jugadas, me alegré en confirmar que tenía compañeros que jugaban bastante mejor que yo, de esos que nunca necesitaban tener un buen día o rezar antes para jugar bien. De vez en cuando, aprovechaba para juntarme y tocar la pelota con uno de los de camiseta argentina, que tenía mucha técnica, para que papá mirara. Yo le dejaba la pelota, él se sacaba de encima uno o dos jugadores, con la elegancia con la que seguramente también evitaba estudiar para las pruebas y así pasar los ratos peloteando en el parque, y después me la devolvía, recién cuando, con lo que podía, me apuraba en llegar al área contraria de un pique, haciendo claramente la tarea más sencilla. No me lucía pero cumplía, siempre era así, y con eso me alcanzaba y me iba aplaudido. Por eso, luego de intentar hacerlo un par de veces, me encontré también con que eso había sido suficiente también para llamar la atención de mi papá, que ahora nos miraba analítico, como siempre lo había hecho. Pero, luego, con los chicos advertimos que, de a poco, no sólo era mi padre el que miraba, sino que una multitud vestida de celeste y blanco empezó a acercarse a los alrededores de la canchita improvisada y a murmurar, opinar sobre cómo jugábamos. Entonces, a partir de allí, las responsabilidades comenzaron a crecer. Todos empezamos a jugar más concentrados. Los pases se hacían arriesgando menos, para que no haya errores. Se tiraban empecinadamente más tiros al arco para mejorar el espectáculo. Se corría cada pelota que parecía inalcanzable con una voluntad gigantesca, como si por llegar a ella estuviéramos convencidos de poder cambiarles el resultado de aquel otro encuentro triste. Y las personas se daban cuenta y respondían en consecuencia. Si aparecían jugadas de riesgo se empezaba a escuchar el aliento entusiasmado de afuera. Y si, por ahí, el partido dejaba de ser vistoso, entonces se arrimaban tímidamente cánticos, que creí no se escucharían en días, para levantar el nivel. Ya para ese entonces, el cielo anaranjado había mutado transformándose en un azul profundo, con suaves brisas que nos renovaban el ánimo a todos y avisaban que la noche también quería ser parte de todo ello, en especial del gol. Y éste llegó en uno de los tantos pases seguidos que nos hicimos en continuado con mi socio, el habilidoso. En una de esas paredes, llegué al fondo del área rival por la derecha y, presuroso, toqué la pelota hacia el medio, logrando que esquivara al arquero y haciéndola rodar en forma paralela a la línea de gol, perfecta, igual que esa tarde naranja lindísima que mi papá y toda esta gente se había perdido por mi culpa, por lamentarse en sus casas conmigo el hecho de haber comprado aquellas tarjetas, para que apareciera el gambeteador de Argentina por el otro lado y la empujara con cariño al arco. Y el goleador gritó y fue el grito eufórico de todos en el parque. En ese momento, a nuestro alrededor, los celestes y blancos se fundían felices en abrazos conmovedores de distintos matices. La gente que se había asomado desde los balcones de los edificios cercanos también aplaudía agradecida, salvo aquellos pocos que miraban desde los viejos y lujosos rascacielos y, desentendidos, no comprendían que pasaba. Van der Sar, esta vez en el suelo, se lamentaba no haber podido tapar aquella pelota que le terminó costando el partido, y mi papá volvía a recuperar la sonrisa de la mañana, que yo esperaba le durase otros cuatro años.

Gonzalo Olaberría

viernes, 27 de agosto de 2010

Ovillos y aviones

Tengo un ovillo de lana en la mano y lo tiro por el suelo para que ruede y se desarme. Rueda, que rueda hasta que ya no rueda más. Se corta.


Mamá me despierta.
No esta igual que siempre, tiene mirada frenética y pelos que se le salen del rodete. Me dice que vaya a la cocina para el desayuno. Se equivoca: pone primero la leche y después la cucharadas de nesquik, y ella siempre pone primero el nesquik y después la leche. Yo me quejo porque mi chocolatada esta oscura y ella la tira en la pileta y arruga su cara.
- Ahí tenes, Julieta.
Después se da vuelta y nadie la sigue. Creo que se arrepiente porque vuelve corriendo enseguida y me acurruca toda en sus brazos dejándome sin respirar. Y yo creo que llora. Mamá no llora para afuera, pero se le nota. Hace lo mismo cuando mi papá le grita.

Ahora mi papá entra a la cocina. Esta más viejo y feo que ayer. Repite una y otra vez que no se puede comunicar con el tío Ricardo, que no se puede comunicar con él.
Por suerte, mamá me suelta a mi y se va a abrazarlo. Ella lo abraza a él, pero él no la abraza a ella. Yo juego con mi chocolatada tranquila. Hago sorbos cortos y largos, y veo como la leche se desliza por la pajita fluor como pasadizo secreto.
Mis papás susurran por lo bajo. Los grandes siempre se preocupan por todo.

Cuando el ovillo se corta, le hago un nudito con las dos puntas y lo vuelvo a hacer rodar.

Estoy acostada en la cama por que hoy no voy a la escuela. Lo decidió papá.
Me veo la panza porque la remera me llega hasta el ombligo. Se parece a una pelota. No, mejor a una montaña. Pongo mis dedos en vertical y hago como si estuviera caminando hacia la cima. Escucho pasos que corren y paro de subir montañas
Ahora miro el techo, porque si cierro los ojos no sueño. Hay puertas, y ruido de televisión fuerte, y preguntas que hablan del tío Ricardo, y yo no sé.
Mamá me dice que no lo vemos mucho porque vive en un país más lindo y mejor que el nuestro. No me acuerdo de su cara, pero si de su mano en mi cabeza cada vez que me ve, y de cómo me despeina como si fuese un perro. Se nota que no tiene hijos.
Lo que si me gusta del tío Ricardo es que siempre nos manda regalos. La última navidad le regaló a mi hermano un videojuego de gente que se dispara y se muere, y a mi una muñeca que habla. Pero mi muñeca no habla castellano, entonces yo no entiendo lo que dice, y por eso le puse en el rincón de mi cuarto. Esta ahí; vaciada, abandonada y diabólica. Tiene ojos grandes y boca dibujada y mirada que mira. A veces soy yo la que mira y a veces, me mira ella. Creo que me da más miedo ahora porque pienso en tío Ricardo.

Cuando llego al final del ovillo, lo corro de punta a punta, y me tiro patas para arriba a descansar.

Me despierto por una puerta que se cierra. No me gustan los ruidos de puertas. No se quien es el otro que las abre. Me gustan más las ventanas, y ahora que miro a través de ellas, no veo nada raro. El paisaje siempre es igual; un parque grande y la casa del vecino; blanca, lisa, fría. Inmensa como la mía. No hablamos con los vecinos, no hablamos con casi nadie. Mi papa dice algo del cuchillo y la espalda, y mi mamá se calla siempre.
Suena el teléfono, y alguien corre por el pasillo. Yo salgo de mi cuarto y camino por la alfombra gris hasta que llego a las escaleras. Me gusta contar los escalones o bajar como artista de cine. O con ojos cerrados.
Pero mi papá ahora no tiene los ojos cerrados. Los tiene secos y su cara esta dura, y mira la televisión y ni se da cuenta que estoy ahí. Y yo ahora también miro la tele, y veo aviones, edificios, y fuego, y otros, y gritos y…
- Julieta
Grita mamá y me agarra en sus brazos y me aleja de papá y su cara inmóvil, pero yo me acuerdo de esa cara hasta ahora de noche que estoy en mi cama, y veo la muñeca y pienso en el tío Ricardo. Y no se porque todos están tan preocupados por él, por que mi mamá dice que vive en un país mucho mejor que el nuestro.
Esa noche no sueño con ovillos. Sueño con fuego y aviones.

Paula Schrott




El escondite perfecto

_Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas _ le dije despreocupado mientras Eloisa se iba en el auto con su papá. Se veían cansados, tristes. Eloisa ya no jugaba como antes, era bueno que se tomara unas vacaciones. Nos habíamos conocido ocho meses atrás, cuando empecé a tomar clases de español con la señorita Ana. Me fascinaba esa casa vecina de techos altos, con pisos de parquet bien lustrado y numerosos recovecos donde escabullirse a la hora de la siesta. Me quedaba ahí todas las tardes porque papá siempre tenía que trabajar.
Jugábamos desde que terminaba mis deberes hasta que la llamaban desde la extraña escalera caracol que iba para el sótano. A medida que Eloisa bajaba los escalones, con sus zapatitos de charol gastados, su cara se iba haciendo más opaca, hasta que desaparecía por completo. Entonces la señorita Ana cerraba la puerta rápido y la tapaba con un perchero de pie repleto de carteras y bufandas y tapados de piel. “es nuestro secreto ¿eh?”, me decía siempre.
En las tardes me pasaba horas pintando mapas del colegio. Líneas bien gruesas para separar los países y puntitos ordenados para separar los estados. “Que no se mezcle nada. Nada tiene que juntarse” cacareaba todos los días la maestra de geografía con su peinado tirante y la cola de caballo que le llegaba a la cintura. Eloisa no era buena pintando, lo que sí sabía era esconderse. Era una experta. Se escabullía por todas partes y hasta sabía aguantar la respiración para que nadie la encontrara. Nos divertíamos con la condición de no salir nunca y correr al ático si alguien entraba a la casa. El papá de Elo no salía mucho de su escondite y cuando lo hacía parecía invisible. Tenía aureolas azules alrededor de sus ojos y su piel era casi blanca, casi transparente. Nunca hablaba. Nunca se reía. En cambio papá era un hombre muy divertido, tenía muchos amigos y vivía de reunión en reunión. Me gustaba verlo descansar en su escritorio, leyendo el diario y fumando una pipa como la de Sherlock Holmes.
A veces lo llamaban y tenía que salir en estampida hacia lugares completamente desconocidos para mí. Me daba tanta rabia que no me prestara atención, que prefiriera andar con esos hombres verdes. Algunos eran tan altos como jirafas y caminaban como monos, pero sin la gracia que causan los monos. Cuando estaba aburrido los imaginaba peleándose por una banana y me divertía un poco. Otros tenían nariz de rinoceronte y cada vez que comían se les podía ver lo parecidos de sus dientes a los colmillos de las hienas del África. (¿Hay hienas en África o solo acá, en Alemania?) El peor de todos, el de ojos de serpiente, es el que se llevaba mi odio, porque era el que más tiempo pasaba con papá. Creo que yo no era el único en el barrio que lo odiaba. Una vez en el almacén una señora le susurró “salvaje” a sus espaldas. Pero el tonto ni se dio cuenta.
No sabía muy bien de que trabajaba papá. Escuché decir al abuelo que se dedicaban a cazar animales. Eso era muy peligroso, porque había muchas alimañas sueltas en esos días. El abuelo lo repetía todo el tiempo. Un día le conté a papá de mi nueva amiga para que reviente de los celos. Para que pase más tiempo conmigo. Creo que funcionó. Nunca antes me había escuchado de esa manera. Prestándome atención en cada detalle de lo que yo le decía y saboreando mis historias de mapas de colores y juegos de escondidas. Creo que papá estába celoso de Eloisa.
 Ese mismo día a la tarde el hombre verde de ojos de serpiente agarró al papá de Elo por el hombro y la acompañó hasta el auto. Tal vez no era tan malo después de todo. Algunos vecinos, cabezas de jabalí, miraban intrigados, pero nadie se acercó a saludarlos. Yo esperaba que ella pudiera descansar. Sin embargo nunca más la volví a ver. Los días se acumularon, formaron meses, veranos, años. Creo que ella encontró con su papá el escondite perfecto.
_Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas _ le dije despreocupado mientras ella me miraba con sus ojos de globo terráqueo y subía al auto.
 _Pobre animalito de dios_ dijo mamá llevándose su pañuelo de seda la boca.
 _Animalito no ma, Eloisa.

Gisele Calvo
Desparramo los restos de la cena temprana. Tiro todas las miguitas del mantel. Rodeo la mesa con mi mano abierta. Nadie me escucha. Pregunto: ¿Me ves? afuera suenan unos cachos o cachas. Unos candombes o coros, canciones, versiones. En el balcón de casa están mamá, papá y la Gorda, cabeza afuera chusmeando todo ahí abajo. “El corralito” dicen: ¿Qué? ¿De dónde escaparon las ovejas?, ¿no pastaban en la calma Pampa? Es como los pastos cortos del patio del abuelo, o como los pollitos caídos dentro de la caja de cartón ahí olvidados. Casi me hago bolita y ruedo entre los chillidos de las cacerolas abiertas del rumor estrépito de la vereda repleta. Los hierros, los teflones, las pavas, una orquesta enorme gritando. Papá puteaba bajito mientras señalaba a mamá quiénes andaban ahí caceroleando. La Gorda y yo prendimos la tele: apareció Cavallo que decía que se iba, ¿adónde? Pensé en las ovejas de aquel corral, en el campo abierto, en las ganas de irme a la playa a jugar con las olas y el mar. “Entre las idas y las venidas parecía que estallaba el mundo” - eso le decía Susana a mamá cuando se cruzaron en el pasillo, justo el día después de las cacerolas y el corral. Afuera crisálida pálida la luz, los edificios la muerte, la huída la nube cruda. Era la niña que mora que espera. En la pantalla los saqueos, las caras del llanto, ¿qué era un país? ¿Qué era una Nación? Silencio. ¿Me ves? Ni madre ni padre me ven mientras lloro en la ventana los ojos del otro. Quiénes son ellos, cuáles sus amores, cuáles sus muertes, sus tiros, su sangre. Cuál su corral.


Natalia Romero

La gente se vuelve loca cuando hace calor

La gente se vuelve loca cuando hace calor, imaginate que Papá Noel se abriga de rojo para viajar por todo el mundo muerto de calor, trepando los techos para repartir los regalos que los chicos le piden y sus ayudantes, los Papá Noeles truchos, lo copian con la misma cantidad de abrigo por las calles de Buenos Aires. Los que mamá llama truchos piden limosnas, “De algún lugar hay que reunir los fondos para tantos regalos", me explica.
La gente se pone nerviosa cuando hace calor y se enojan porque no nieva como en Nueva York, se pelean y compran compulsivamente como si el mundo se terminara el 25 de Diciembre.
Corrían los últimos días antes de Navidad y no teníamos los pasajes para ir a las Toninas donde nos esperaban como todos los años los Gomez para comer el cordero el 26 por la noche, asique mamá no me llevó al club sino que nos subimos al tren y al grito de nuestro vecino que decía “no vayas para capital, está por explotar todo” nos fuimos para Retiro. Me pareció un poco exagerado; hacía calor, más de 30° seguro, pero no iba a explotar nada, aunque claramente se estaría mejor nadando con la profe Sandra. Salimos del andén y no había casi gente. Los molinetes estaban liberados, no había un solo guardia y aunque mamá pasó directamente yo igual introduje el boleto, me encanta como la máquina lo chupa y lo escupe en cuestión de segundos, me altera y me emociona cuando sale abruptamente.
Caminamos por las calles que siempre están atiborradas de gente vendiendo chucherías, posters, carteras, chipás pero esta vez estaban desiertas, no había nadie ni siquiera esperando uno de los 5 millones de colectivos que pasan por ahí. Mi mamá me agarró fuerte la mano, la sentía nerviosa, sus manos transpiraban, agarraba fuerte su cartera y soplaba para correrse el flequillo de la cara, acto absurdo que repetía una y otra vez solo para no soltarme ni soltar la cartera y corrérselo con la mano.
Mamá tenía miedo, no sé si el calor la pone mal, no sé si tenía miedo de no conseguir pasajes para ir a las Toninas, yo trataba de explicarle que no pasaba nada, que si no llegábamos al mar este verano podíamos ir a la pileta con la profe Sandra, que Pocho iba a entender, que no se preocupe, que seguro podían invitar a alguien más para que se coma lo que sobrara del codero, a ella le molesta tanto tirar comida “Mueren tantos chicos de hambre por día, en un país tan fértil, en el granero del mundo muere gente de hambre, desnutridos” repite mi mamá indignada casi diariamente. Pero no me escuchaba, esta vez mis palabras no llegaban a enternecerla, no sentía mis mimos en la palma de su empapada mano, no se daba cuenta que mis pies casi no tocaban el suelo porque ella me estaba arrastrando y no podía seguirle el ritmo, estaba agitada y con calor y de mi espalda caían gotas y gotas.
Al fin llegamos a la estación de ómnibus. Me encanta ese lugar, sus pasillos largos, las ventanillas, los empleados sentados del otro lado del vidrio vendiendo vacaciones, la gente corriendo con sus valijas con rueditas, los cafés, el olor a café, las escaleras mecánicas, todo es mágico porque también hay aire acondicionado. Encontramos la ventanilla que mamá estaba buscando, esperamos que una señora termine de dictarle sus datos al empleado de la agencia de viajes y pasamos. Mi mamá fue rápida, precisa, dictó el eterno número de mi DNI y del suyo, le dio la plata que se sacó del corpiño sin siquiera sonrojarse frente al vendedor que miraba como quien mira algo que ya vio 100 veces, recibió los pasajes, se dio medio vuelta, volvió a tomarme de la mano muy fuerte y nos fuimos. Mamá iba callada, y eso me obligaba a estar callada a mi también y yo quería decirle tantas cosas, como que no entendía porqué no había gente en la calle, quería preguntarle acerca del temita ese de que este año Papá Noel no iba a dar regalos porque prefería regalarle comida a las familias, quería preguntarle si ese fondo de Papa Noel que reunían los Papá Noeles truchos por las calles tenía algo que ver con Fondo Monetario Internacional que los periodistas en la tele nombraban sin parar, quería pedirle si por favor podíamos ir a tomar un helado a Freddo, que era lo que hacíamos siempre que íbamos capital, pero algo me decía que hoy las cosas eran algo diferentes.
Cuando estábamos por entrar a la estación de tren, mamá se detuvo un instante, creo que se dio cuenta que yo tenía mucho calor y aunque ella nunca puede disimular cuando está preocupada por algo, igual me dijo “Hace mucho calor, vamos por el helado, después de todo en 5 días nos vamos a las Toninas, hay que festejar”. Subimos por la plaza que está llena de árboles, buscamos la sombra, llegamos a Santa Fe y caminamos pero cuando estábamos por cruzar 9 de Julio nos encontramos con toda la gente que no estaba en el resto de los lugares. Estaban todos juntos, se veían a los lejos derecho por 9 de Julio y cualquiera podía decir que estaban festejando que había llegado el verano, pero no… algo me decía que hoy las cosas eran algo diferentes. Había humo, se escuchaban gritos y disparos, habían tanques y más humos de colores… no había ganado River, no había un recital… “Esto es una protesta lau” me dijo mamá. Una protesta, esa palabra resonó en mi cabeza. Yo protestaba cuando Marcos se quedaba media hora bajo la ducha porque después a mi no me quedaba agua caliente entonces me tenía que bañar con agua fría, yo protestaba cuando tenía que levantar los platos de la mesa y los varones se quedaban sentados, yo protestaba cuando algo era injusto.
Mamá se quedó quieta en medio de la avenida mirando, petrificada como quien mira algo que recordará el resto de su vida. En medio de la quietud en la que estábamos nos sorprendió una molestia en la nariz, luego se nos cerró la garganta, como cuando mamá lustra los muebles de madera con ese producto que tanto mal me hace. Empezamos a toser las dos. Entonces comprendí que el helado ya era un imposible. Mamá giró en el mismo eje y me dijo que debíamos volver, que era peligroso estar ahí, que nunca se imaginó, que era una inconsciencia. Caminamos rápido sin mirar los semáforos porque realmente no pasaba ningún auto y llegamos en unos pocos minutos a Retiro nuevamente. El tren no venía. Salimos a la calle y mamá sentenció “Vamos a la casa de la abuela”, nunca visitábamos a la abuela, simplemente no la veíamos. No es mala persona, es siempre muy simpática y las veces que le pregunté a mamá porqué no almorzábamos con ella todas las semanas como hacían mis compañeras de colegio, por ejemplo, ella solo respondía “Vive en Recoleta”.
Caminamos mucho más rápido, volvimos a cruzar la plaza, cruzamos 9 de Julio nuevamente pero inevitablemente volvimos a quedarnos paradas mirando, observando el tumulto de gente protestando. Aunque no veíamos detalles, solo un bulto negro de gente, se sentía la violencia, la tensión. Realmente algo estaba a punto de estallar. Recordé a nuestro vecino. Yo podía sentir las suplicas internas de mi madre para que lo que fuera que vaya a explotar explote cuando ya estuviésemos a salvo en el departamento de Recoleta de la abuela.
Llegamos, 6to A, ascensor de grandes espejos que nos devolvían nuestra imagen multiplicada. Era un laberinto; nuestra imagen se repetía hasta el infinito, como si el tumulto de gente se hubiera mudado al ascensor y estuvieran todos protestando ahí adentro al lado nuestro y mi mamá quería escapar pero quería protestar, mi mamá quería gritar, mi mamá estaba enojada, a mi mamá no le gusta Recoleta, no le gustan los ascensores con tantos espejos que copian la misma imagen y la repiten hasta el cansancio, a mi mamá no le gusta comer y limpiarse la boca con servilletas bordadas.
Mi abuela abrió la puerta y con cara de reproche le dijo a mi mamá algo que ella no escucho o que hizo de cuenta que no había escuchado, pero se refería a la seguridad y a mi edad. Entramos y mi mamá prendió inmediatamente la tele. Mostraban al tumulto de gente, había policías, estaban los tanques, el humo que ahogaba a la gente y muchas armas. Arrastraban a un chico, el se resistía pero los policías insistían tanto que los pantalones se le bajaron y se le vio la misma raya que se le ve al mecánico que mensualmente arregla el auto que mamá no se resigna vender. Se escuchaban gritos, disparos, disparos y gritos y por encima la voz del periodista relator. Ya no se escucha cuando se está viendo a un policía golpear con su garrote a un hombre tirado en el piso. Mi tío siempre dice que para ser periodista deportivo no hace falta terminar el colegio, yo creo que los periodistas no saben mucho de nada, solo hablan de lo que se les ocurre mientras las imágenes nos dicen todo.
Las imágenes mostraban la misma calle en la que habíamos estado paradas hace unos minutos observando aquel bulto negro, pero se veían patrullas de policías, ambulancias y rostros enojados. No eran enojos como los de mi mamá que lo esconde detrás del flequillo o que sonríe cuando quiere gritar. Eran enojos golpeando vidrios, llorando a los gritos, enojos que corrían en tumultos de enojos más enojados porque estaban juntos porque la injustica los tocaba a todos, porque todos habían levantado la mesa para que algunos se queden repitiendo el plato incesantemente. Estaban enojados y rompían, golpeaban y gritaban. Era una protesta y mientras la veíamos sabíamos que la recordaríamos siempre.
A las 6 de la tarde, luego de que mi mamá y mi abuela tomaran 3 pavas de mate mi mamá decidió que era hora de irnos, mi abuela que no quería que nos vayamos porque no quería estar sola, porque ese departamento era enorme para ella, porque no nos ve nunca y le gustan los niños, quería que nos quedáramos. Ella solo decía que era peligroso, que solo por eso debíamos quedarnos. Mi mamá, que no se siente cómoda en Recoleta y que había discutido toda la tarde y ya no le quedaba aliento para seguir argumentando en contra del Fondo (nunca le gustó Papá Noel, es más… yo nunca lo vi, mamá nunca lo invitó a casa), agarró su cartera y luego de decir “En algún momento tenemos que irnos” me tomó la mano, otra vez muy fuerte, otra vez caminamos tan rápido que mis pies no tocaban el piso, otra vez el calor, otra vez las gotas en mi espalda, otra vez la locura de la gente porque sufre del calor, porque a nadie le gusta tener tanto calor.
En Retiro esta vez había gente; atendiendo en las ventanillas, esperando el tren, algunos señores de traje de esos que solo se ven en Capital porque en mi barrio nadie se viste con tanta ropa cuando hacen 30 grados. Esperamos bastante tiempo hasta que llegó nuestro tren, y a la media hora estábamos en casa nuevamente. Nuevamente la tele, nuevamente el bulto negro, el tumulto enojado, la protesta. A las 8 la temperatura había bajado un poco, mamá y yo nos habíamos pegado una ducha y estábamos en nuestros pijamas de verano, con el pelo mojado, cerca del ventilador mirando la tele. Mamá se paró y fue a la cocina y yo deseé en voz baja que cocine las patitas de pollo que solo cocina cuando está cansada y quiere sacarse el trámite de la comida rápido de encima, pero en cambio volvió con una cacerola vacía y un cucharón de madera. La miré desconcertada, ¿qué estaba buscando?, ¿qué quería cocinar?, cuando salió al balcón pensé que iba en busca del perejil que tiene plantado en una maceta, pero no… empezó a golpear la cacerola rítmicamente con el cucharón de madera y entonces salí a acompañarla y escuché que muchas personas más hacían lo mismo. Subí la vista y observé el cielo, estaba estrellado, la luna brillaba como si estuviera observando los hechos, atenta y entretenida. Clik, clik, clik, clap, clap, clop era un concierto de cacerolas vacías, era una protesta, una pataleta de todo Buenos Aires. Nadie quería bañarse con agua fría.
Me subió un hormigueo por las piernas hasta llegar a mi estómago. Hacía calor pero yo tenía escalofríos por todo el cuerpo. Algo estaba pasando, algo grande estaba pasando, yo me daba cuenta. Mi mamá lloraba, pero no estaba triste, sino enojada. Por un momento detuvo el golpeo rítmico para acercarme a ella, yo me aferré a sus piernas y ella volvió a golpear la cacerola vacía, sin perejil. Éramos una sola persona en un balcón golpeando una cacerola, pero no estábamos solas porque ya éramos parte del bulto negro, del tumulto.
La televisión se mantuvo prendida los siguientes días y las imágenes eran siempre las mismas, la casa rosada, un helicóptero, protesta, calles, el bulto negro, señores golpeados, bancos con sus vidrios rotos. Efectivamente algo había explotado, algo debía apagarse, o pagarse nunca entendí muy bien. Lo que si sé es que nuestras vidas no volvieron a ser iguales luego de aquel día. Mi mamá y yo nos convertimos en una sola persona en ese balcón y aunque pasamos hambre muchas noches más aparte de esa, hoy sabemos que formamos parte de un tumulto, somos un pedacito más de aquel bulto negro que tanto interés nos causó aquel día en 9 de Julio.
Papá Noel no vino esa Navidad, pero en cambio todos entramos a las tiendas y tomamos lo que necesitábamos, cumplió su promesa de regalarle comida a las familias en vez de traer regalos. De esa manera las cacerolas estarían llenas y no harían tanto ruido el 25 de Diciembre.
Clara Mendez

Un cumpleaños diferente

Hoy mamá estuvo repitiéndome todo el día que mañana vamos a festejar un cumpleaños muy importante. Un cumpleaños raro, porque no es de una persona como siempre recuerdo haber festejado un cumpleaños, sino de nuestro país, “de nuestra patria”, dijo mamá. Todavía no sé como se puede festejar un cumpleaños de un país, ¿quién sopla las velitas? ¿A quién se le hacen regalos? Y si le hacen regalos, ¿cómo es que los usa la patria? Yo realmente no sabía con qué festejo me iba a encontrar al día siguiente, porque, además, mamá había contado en la cena que la patria iba a cumplir muchísimos años, y que era todo un suceso que nosotros lo presenciemos. Yo sabía que la patria era mi país, Argentina o Buenos Aires (siempre me confundía, cuando me preguntaban en qué país vivo, yo decía Buenos Aires y cuando me preguntaban de que provincia soy, decía Argentina), pero me la imaginaba como una señora muy grande que se mecía en su silla y tejía sin parar y lo que iba tejiendo iba llenando cada espacio vacío de su casa y que la lana brotaba de las ventanas, debajo de la puerta y se esparcía por el jardín. Y yo tenía ganas de regalarle una bufanda para que dejara de tejer y pueda hacer lo que quiera, como ir al parque o tomar el té con sus amigas mayores.
Finalmente, llegó el día. Nos vestimos y salimos, sorprendentemente, no tan elegantes como me esperaba. Mamá me puso un pantalón de esos de los que me gustan, los cómodos- y no, menos mal, algunos de esos vestiditos con medias largas que yo odiaba ponerme en los cumpleaños de mis compañeros del colegio-. Mamá se vistió como todos los días y salimos. Pero ya en la calle, se paró de golpe y dijo: “¡Me olvidaba! Ahora nos ponemos la escarapela.” Dicho esto, pinchó mi campera y la suya con esas escarapelas que teníamos desde antes que yo naciera y que siempre me ponía cuando había un acto patrio en el colegio.
Mamá se agarró de la cabeza cuando llegamos al subte, se ve que mucha gente quería saludar a la señora Patria, y no nos podíamos ni mover. Muchos la dejaban pasar porque me veían a mí, me sonreían con cara de tontos –como cuando ven un bebé lindo o a un nene que no pasa de los 4 años, en mi caso justo estaba al límite- y nosotras pasábamos aprovechando esa situación desdichada para mí. Era como tomar provecho de mi desgracia infantil, quería ser grande e ir al secundario, y de esto me daría cuenta un par de años después.
Mamá exclamaba de a ratos: “¡quién me mandó a venir acá con esta criatura!” y cosas así y yo notaba su disgusto, se ve que no contaban con tantos invitados cuando armaron la fiestita. Cuando tratamos de bajar del subte era lo mismo, invitados por acá, invitados por allá. Yo me preguntaba cómo hicieron para mandar tantas invitaciones, me pareció que la viejita que se mece tiene mucha plata y mucho tiempo para organizar algo tan grande.
Cuando salimos, finalmente, de la boca del subte había todavía más gente, yo no lo podía creer y mamá creo que tampoco, por la cara que puso. Había vallas por todos lados y la gente se amuchaba, yo no veía nada y mamá en un momento me dijo: “olvidáte que te suba a los hombros, ya estás pesada y grande para eso”. Así que me tenía que olvidar también de poder lograr ver lo que estaba del otro lado de las vallas.
Yo ya estaba aburrida de ese cumpleaños y quería volver a casa, y cuando le quise agarrar la mano a mamá, en vez de encontrarme con la mano conocida me topé con una mano grande y áspera de un señor bigotudo. “No vez que yo no soy tu mamá, nena”, me dijo medio malhumorado. Yo no sabía si largarme a llorar o gritarle que no soy estúpida y que me doy cuenta que ese señor feo de bigotes no es mi mamá. Pero me quedé callada, creo que por la angustia de la situación en la que me encontraba y por eso no podía sacar palabra alguna de la garganta. Se me acercó una viejita con cuatro escarapelas puestas en su saco de florcitas y me preguntó si me había perdido. Yo sólo afirmé con la cabeza. Ella entonces me dijo que me quede quietecita al lado de ella, así no nos movemos y logran ubicarme más rápido. Después de cinco minutos eternos veo la cabeza de mamá agitándose y casi con lágrimas en la cara, me agarró fuerte y me abrazó más fuerte aún, tan fuerte que yo tenía miedo que se pinche con el alfiler de mi escarapela y de la suya. “Viste querida, no nos teníamos que mover”, me dijo la abuelita. Mamá le agradeció que me haya cuidado y hasta le dio un beso en la mejilla arrugada. Y yo también, claro, todo lo que hacía mamá tenía que hacerlo yo. Y si no lo hacía seguro me iba a decir: “¿No le vas a dar un beso a la señora que te cuidó?...ya la conocía.
No nos quedamos mucho más en el cumpleaños, nos fuimos enseguida después de saludar a la señora y claro que en colectivo. “Aprovechamos que no viaja nadie ahora” me dijo mamá. En el viaje me quedé dormida y soñé con la viejita, me la imagine tejiendo sin parar y cuando entramos a casa le dije a mamá: “por lo menos conocimos a la señora Patria.”
Elena Hasapov Aragonés

jueves, 26 de agosto de 2010

La gente ajena


   Todo gracias a papá, hasta el fuego era gracias a papá. Cada mañana que mamá prendía la hornalla para hacer el café con leche, ella me lo recordaba “Papá esta trabajando para que por esta hornalla salga fuego”. Papa trabajaba para que las hornallas, las estufas y los calefones de cada casa pudieran seguir llevando calor a las familias argentinas. Así me lo había contado papá  y él no mentía, salvo por aquella vez que me apuró a comer con la promesa de postre cuando solo había fruta. No solo era una tarea importante sino que papá trabajaba para el estado, era parte de la nación, como el solcito de la bandera o los versos del himno. Yo estaba muy contento de que papá fuera mi papá. El era mi mejor amigo, más aun que Juan, del cole. Por eso me extrañó mucho aquella  noche…
   Papá llegó callado, sin sonrisas, sin preguntas sobre mi día.  Saludó con un beso mudo y después se fue con mamá a su pieza, yo quería contarle sobrel el gordo Tomasino que me estaba molestando en los recreos y de Julieta que estaba cada día mas linda y yo con mas ganas de decirle lo que me gustaba. Pero…”Mamá y Papá tienen que hablar”.
  Después de un rato salieron, mamá sonreía, papá se acerco a mi, puso su mano sobre mi cabeza y me sonrió cansadamente. “¿Qué tal tu día campeón?” me preguntó, mientras se sentaba a la mesa dejándose caer en la silla, a lo que empecé a contarle todo. Papá siempre escuchaba con atención pero no ese día, intente inflar la historia con Julieta diciéndole que tenía pensado decírselo pero ni siquiera eso llamo su atención. Cenamos en silencio mirando la tele. Fue solo recién a la noche cuando me acosté que sentí ese silencio quebrarse, lentamente, como se siente la bocina de un tren que se acerca.
  Nuestra casa no era grande como la de Juan que tenía tres cuartos pero al menos tenía un cuarto para mí solo, cuando Juan tenía que compartir el suyo con uno de sus hermanos. Según me dijo Papá y a mis ojos también, yo era un privilegiado. Él lo decía por tener  yo un cuarto para mí solo, cuando él no había podido tener nada de él, “todo para compartir” me contaba. Pero yo sabía que era afortunado, más que nada porque el cuarto de papá y mamá estaba pegadito al mío. Así cuando yo soñaba con cosas feas podía llamar a mamá sin moverme de mi cama, y ella venía a contarme un cuento para que volviera a soñar con cosas lindas. 

   Esa noche sentí susurros .Era papá hablando con mamá al otro lado de la pared, no entendí muy bien, pero era algo sobre un tal “hijo de puta” y muchas preguntas con “Y si…” y otras con “cómo”, después de un tiempo los interrogantes callaron y pude contar ovejitas a lo que llego el sueño.
   Al otro día mientras tomaba el café con leche, mamá me contó. Parecía que papá ya no trabajaba para la nación. El presidente, quien no era un buen peronista, lo cual supongo que será ser mala persona, había vendido el lugar donde papá trabajaba a “gente ajena”. Me puse triste en aquel momento pero no terminaba de entender por qué…
   Mas días pasaron y papá ya no era el mismo, era como si en vez de vender el lugar donde trabajaba hubieran vendido su sonrisa. Preguntaba poco y escuchaba menos aún. No solo las preguntas se perdían sino también su mirada, se iba para los rincones de la casa, a veces  del techo otras del piso. 
   Era un viernes a la noche. Yo  hacía tiempo no tenía muchas historias para contar, pensaba en como ayudar a papá. Pensaba en ser presidente y volver a hacer de papá tan nacional como la escarapela, por eso últimamente prestaba mucha atención en el cole y estudiaba todo lo que podía. Papá llegó y de una al cuarto, ni hola, ni beso, mamá lo siguió cerrando la puerta. Al rato papá y mamá salieron. Los dos tenían la cara hinchada y los ojos algo colorados. Papá me abrazó, me deseó buenas noches y se fué a dormir. Cené con Mamá y la tele a la cual mamá no prestaba la más mínima atención, yo tampoco miré ni comí mucho, intenté averiguar que pasaba pero mamá me mentía y decía que nada. Después a la cama. Esa noche se escuchó una enumeración interminable de “Y ahora…”, no pude dormir, intenté contar ovejitas pero eran pocas al lado de la cantidad de preguntas.
 David Pérez

Bárbara Bonfili

Fuimos a la 9 de julio por Belgrano. Había mucha gente por todos lados. Muchos tenían banderitas argentinas, yo quería una pero cuando llegamos ya no las repartían. Había mucha gente y avanzábamos muy despacio. Mi mamá me agarraba la mano muy fuerte  y yo trataba de seguirla esquivando a la gente. Cuando llegamos al centro de la calle vi que había rejas, la 9 de julio parecía un corralito muy largo. Todos se amontonaban contra las vallas, pero en el medio no había nadie. La calle estaba llena de papelitos, como si hubieran reventado una piñata gigante. En la escuela nos habían contado que era un día muy especial porque era como el cumpleaños del país, y todos estábamos invitados a la fiesta. Todos miraban en la dirección del Obelisco, pero yo no veía nada interesante, hasta que a lo lejos aparecieron unas luces de colores. Mi papá me sentó en sus hombros para que viera mejor a las carrozas que se acercaban. Si miraba a los costados veía muchas cabezas que se iban haciendo chiquitas. Cuando la primera carroza pasó frente a nosotros me asusté porque había ángeles con alas muy grandes, y cabezas de animales. Una música rara sonaba muy alto. A una chica de vestido blanco la paseaban por el aire, como si volara.
Después pasaron los granaderos. Los reconocí porque estaban vestidos igual a mis compañeros en los actos de la escuela. Nevaba y hacía frío. Atrás de ellos venían unos barquitos blancos con gente vestida de anaranjado. Después pasaron unos camiones con gente bailando arriba. Todos hacían palmas y sonreían.
Atrás venía un barco muy grande y brillante, y los de arriba saludaban, vestidos con ropa rara. Mamá me dijo que en un barco como ese habían venido mis tatarabuelos hacía mucho tiempo, pero yo no le creí mucho.
Ahí llegaron muchos chinos vestidos iguales con un dragón muy grande. Atrás de ellos venían unos señores que se parecían a las fotos de hace mucho tiempo que salen en las revistas que me compran mis papás. Y aparecieron un montón de taxis con hombres sentados arriba tocando un instrumento raro, acordeón creo que se llama.
Después pasó mucha gente con carteles como los que hay a veces en el Congreso, cuando la calle se llena de gente y el colectivo no puede pasar.
En una carroza había un auto colgando y algunos hombres corrían alrededor, como que volaban. Yo me hubiera subido pero seguía en los hombros de papá. Igual nadie se subía. Al lado del auto había muchas heladeras enormes, parecidas a la que hay en la casa de mi abuelo, y unas personas vestidas de blanco subían y bajaban como si fueran arañas. La gente se reía y aplaudía. Después pasó un libro colgado de una grúa.
En la carroza siguiente llovía, y muchas mujeres caminaban por el borde, abajo de la lluvia. Tenían pañuelos blancos brillantes en la cabeza, y eso me hizo acordar a los ángeles que hay en el cuadro de la habitación de mi bisabuela. Ahí nadie se reía. En un momento una señora frenó y miró a la gente, y estaba muy triste. Eso no parecía una fiesta.
Los señores que venían atrás estaban vestidos de negro y tenían cascos, pero no como los que usa mi tío para andar en moto. Se escuchó una explosión, pero no sé qué pasó, porque el ruido me asustó y cerré los ojos.
Los abrí cuando escuché música alegre, y vi un montón de gente bailando vestida de todos colores.
En la otra carroza había señores vestidos de traje tirando billetes. No sé por qué nadie se acercaba a juntar algunos.
Después apareció la piñata y se llenó de papelitos blancos y celestes, pero no la reventaron. Menos mal, porque era tan grande que seguro el ruido me hubiera asustado.
Bárbara Bonfili

Para escribir, ¿es necesaria la inspiración? Deberíamos pensar a qué nos referimos con esta palabra: ¿a una idea genial que de pronto aparezca en nuestra mente, un estímulo repentino a nuestra imaginación, una imperiosa necesidad de contar algo de manera urgente? Creo que no. Creo que para escribir lo importante es, primero, mirar el mundo y de dejarse inspirar. Mirar cada cosa cotidiana con otros ojos, desnaturalizar. Imaginar mundos posibles, dejar que la mente vuele. Luego, enfrentarse a la hoja en blanco y escribir, leerse, reescribir. Pienso que la escritura es, precisamente, un proceso que depende de la voluntad de quien escribe.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La felicidad de la creación

Es la una del mediodía, afuera el sol brilla intensamente y la gente camina apresurada por las veredas, puedo observarlos desde las ventanas del bar en donde me encuentro. Hace poco más de dos horas salí de un teórico y vine a tomar un café para matar el tiempo hasta que se haga la hora de entrar a otra clase.Traje un par de apuntes con la ilusión de poder terminarlos, pero pasó más de media hora y no consigo salir de la primera página. Mientras una imagen rebota en mi cabeza haciéndome recordar que queda poco tiempo para el final y que debo concentrarme, pues aún me queda mucho más por leer, desde la esquina de la mesa una página en blanco de mi cuaderno me grita, casi implorando, que no la ignore. Pero como siempre, en medio de un cuatrimestre no hay tiempo para construir mundos imaginarios en páginas en blanco, el tiempo debe ser invertido en leer al menos cinco apuntes para cada una de las materias que se estén cursando y preparar finales, solo así el tiempo tendrá un sabor productivo.
Aún de este modo, con tantos pensamientos taladrando mi cerebro, no puedo esquivar esa página en blanco, y en ese preciso instante me viene el recuerdo de una profesora que en una de sus clases preguntaba acerca de la afirmación “Para escribir es necesaria la inspiración”, hago a un lado los apuntes, tomo la página en blanco y comienzo a escribir.
Creo que para escribir hacen falta muchas cosas además de la inspiración: lo principal es tener ganas, ganas de contar algo, algo que despierte en el escritor la necesitad de ser contado y recién en ese momento encadenada viene la inspiración. Con respecto al tiempo, recuerdo haber leído alguna vez en algún lado que, si se plantea el problema del tiempo para escribir es porque no se tiene el deseo, y adhiero a esta idea, ya que para hacer muchas cosas (no solo escribir) uno nunca tiene tiempo, pero si el deseo existe los tiempos aparecen.
La ficción es un buen punto de partida a la hora de escribir, nos rodea todo el tiempo, nos propone nuevos mundos, nuevas aventuras y la posibilidad de crear emocionantes sensaciones. Cuando pienso en la idea de si es o no evasión, me vienen muchas preguntas, ¿evasión de que? De la realidad. ¿Qué es en verdad la realidad? Porque evadir si uno puede desde su visión construir, construir a partir de la realidad que uno ocupa, que uno vive. La cuestión no se resume en pensar si es o no evasión sino en invitarse a la felicidad de la creación.


Cintia Angelini

Que alguien me explique por qué

Por Nayla Simeone

Parecía un día como cualquier otro. Yo estaba con él mirando la televisión en el quiosco. Nos entreteníamos con Los Simpson mientras se hacía la hora de que yo volviera a mi casa. Nada rompía con la tranquilidad que nos contagiábamos mutuamente. Sólo nos reíamos de los chistes que hacían los muñecos amarillos.

Se hicieron las 6, y sola caminé hasta la parada. Había mucha gente y los autos tocaban bocina. Muchos autos, muchas bocinas. Me sentía un poco aturdida, aunque seguía tranquila, pero el calor de diciembre no ayudaba demasiado. Llegué a la parada, y me senté a esperar el micro Chevallier, que me llevaría a destino.

De repente, él vino corriendo. Hacía 10 minutos que nos habíamos despedido. Me pidió que no me fuera, que alguien quería hablar conmigo por teléfono. Volví al quiosco y tomé el tubo. Era mi hermano mayor: “tengo miedo”, me dijo. “Son miles, corren, gritan, y pasan con las cosas cargadas al hombro. Esto parece una guerra y tengo miedo de que entren en casa”, agregó. Mi hermano nunca miente. Quería estar ahí con él. No sé por qué estaba tan lejos.

Miré el televisor, y cambié de canal. La gente estaba desesperada. Todos gritaban al mismo tiempo con los ojos sacados. Todos acusaban tener hambre. Todos. Parecía como si se hubieran vuelto pobres de un segundo a otro. ¿Y yo? Estaba en el quiosco, rodeada de cosas que en un rato podían estar en manos de otros, y no a cambio de dinero. Quería un abrazo de mi hermano, y que todo se terminara ahí. No soportaba ser parte de eso, que ni siquiera entendía bien qué era. ¿Todos tenían hambre de repente? ¿Nadie tenía dinero?

Finalmente él decidió llevarme en auto. En la ruta nos frenaron y nos quería obligar a que los lleváramos a Campana. Pero él los supo esquivar. Sus rostros eran horribles. Algunos lo tenían tapado. El asfalto era un desierto, aunque cada tanto un grupo de hombres se nos acercaba nuevamente con intención de frenarnos, y nos miraban seriamente. Yo no emitía ni un sonido.

Después de un largo recorrido, llegamos y nos encontramos con el desastre. Cual hormigas, miles de personas corrían todas en la misma dirección. De aquel bonito lugar en el que mi mamá me hacía elegir siempre algún capricho, sólo quedaban las paredes, el techo, las puertas y algunas chapas. Era un malón corriendo con cajas y carritos llenos de cosas. ¿Eran pobres y tenían hambre? Mucha gente muere de hambre a diario, pero yo nunca había visto una cosa así.

En mi barrio los nenes no jugaban. Los padres pasaban por la puerta de mi casa con heladeras y lavarropas. ¿Eso también era porque tenían hambre? No entendía muy bien. Finalmente pude entrar a mi hogar. Él era una circunstancia, igual que todo lo que estaba sucediendo. Decidió regresar. Lo saludé y me bajé del auto.

Atravesé la puerta de entrada, y cuando entré a la cocina, todos estaban como hipnotizados frente al televisor. Nadie me explicó. Miré y vi autos prendiéndose fuego, gente con palos, caras tapadas, y un hombre ensangrentado que temblaba tirado arriba de una escalera y nadie lo ayudaba. Nadie. Me dolió la panza. La miré a mi mamá y supe que él me había preservado de todo aquello. Por eso no entendía nada. Tenía un nudo en la garganta. La abracé y sentí un gran alivio. Me puse a llorar, porque esa gente que veía lastimada podíamos ser yo, mi mamá, mi papá, mi hermano o él. Aunque no lo éramos me desesperaba no saber qué pasaría al día siguiente. No entendía por qué la gente tenía tanto enojo.

Sonó el teléfono y atendí. Era Don Alberto. Me dijo que le avisara a mi papá que si nos quedábamos sin comida, él tenía la puerta de atrás del almacén abierta, pero que no le avisáramos a nadie. Parecía que todos teníamos hambre al mismo tiempo. Y que por primera vez desde que yo existo, todos queríamos zacearla al unísono.