María Luján Tilli
Lo único que tenían en común era esa hache como inicial y la mudez que grita. Helena pintaba paisajes de ánimo gris solapado en intensos naranjas y verdes. Hablaba poco, no reía a carcajadas y fumaba un cigarrillo por mañana. Hace tres años había dejado de exponer y vender. Algunas de sus mejores obras acumulaban mugre en su atelier. Las visitas médicas comenzaron a ser parte de la rutina y Hernán fue la última excusa que necesitaba para dejar de salir y reír a carcajadas. Sólo los viernes a la tarde iba hasta Le Monde a tomar un café con Víctor. –Me casé, ayer- le dijo - El domingo nos vamos a Puerto Madryn quince días. No quiero ver a nadie y el dice que necesita descansar.- Víctor mirando el vacío contestó –no hace falta que te diga cuanto lo siento. Bien sabés que no vas a escapar de nada refugiándote en ese imbécil que no te ve. No entiendo tu necedad Helena- Besó la mejilla opaca de su hermana y salió del bar.
Hernán esperaba en el auto en la vereda de enfrente. Cuando vió salir a Víctor, bajó la ventanilla, prendió un pucho y esperó. Miraba sin mirar la figura trasparente de Helena, sobre la ventana del bar. Helena arrugada, encorvada, deshabitada, pidió otro café, se secó dos o tres lágrimas y también esperó. Hernán no bajó a buscarla así que tomó a sorbos breves, muy breves, su último café en Le Monde. Sin mirar cuanto sacaba de la billetera dejó plata en la mesa, salió y cruzó la calle hacia el auto.
El viaje en avión duró poco menos que una eternidad. La llegada a la casa vacía después de dos años, fue el espanto de una hache que grita. Sin desarmar las valijas Helena se clavó frente al ventanal que daba al mar. Vió el acantilado. Un brillo gris recorrió sus ojos.
Hernán marcaba un círculo vicioso con los pies en el porshe mientras caminaba con el celular en la mano. La otra la zamarreaba esquizofrénicamente o la metía en el bolsillo un par de segundos. Helena escuchaba sus pasos, sus directivas telefónicas como una tormenta a la distancia, incomprensible, tumultuosa, pero lejana. Sus ojos estaban en el acantilado.
-Caminemos Helena, aprovechemos el aire antes de que oscurezca- Dijo él luego de cortar con golpe seco el celular.
-Hace frío, mejor mañana-
-A vos te gustaba ese acantilado, vamos para allá.-
- Me gustaba. Ahora apenas si tengo fuerzas para mantenerme en pie-
-Seguramente tengamos que volver antes, te voy avisando. Tengo cosas que hacer en la oficina si o sí, antes de fin de mes.-
-No me sorprende, pero yo puedo quedarme.-
-Vos no te quedás sola acá. Te volvés conmigo, allá te tengo cerca por cualquier cosa. Es por los dos Helena, es por los dos.-
Helena miraba la ventana, ya no el acantilado. Miraba el marco blanco, comido por la sal marina, las aureolas en el cristal, las manchas en los bordes de la pared. La casa de Madryn volvía a ser esa jaula moribunda que había dejado dos años atrás. Volvía a retorcer el dedo en la misma llaga. El paisaje parecía una proyección repetitiva, agobiante.
-Vamos al acantilado-
-No quiero Hernán, tengo frío.-
-Vamos, nos va a hacer bien- dijo Hernán sin mirarla y salió golpeando la puerta detrás de si. Helena lo siguió automáticamente, los brazos le pesaban y se agitaba. Hernán se acercó al borde del acantilado mirando el horizonte, el punto más lejano posible con el mentón levantado. Helena se acercó mirando los puñados de pasto apretados entre las piedras. Se agachó, tomó una piedra y la tiró al vacío.
-Ya está, mucho aire puro para mí, entremos ya- dijo Hernán
"Podés parar, estoy acá imbécil, parada detrás tuyo siguiendo tus estúpidos pasos que no van a ningún lado. Pará Hernán, pará..." Pensó a los gritos Helena, mientras lo partía con los ojos secos y negros. Hernán se alejaba apurado llevándose otra vez el celular a la oreja, zamarreando su mano izquierda enviando directivas a la oficina. Helena tomó otra piedra, la apretó con sus manos grises y saltó al vacío acantilado.
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