Ni bien la señorita terminó la lectura de la efeméride del día, mi mano ya tomó la lapicera y se descarriló de copiar las frases del pizarrón para trazar a aquellos hombres que habían luchado como “San Martín”.
Cascos verdes, barquitos azules y todavía la hoja queda media vacía. Sobre la otra mitad debería dibujar la bandera, el monte, el cielo y el sol. Aunque tengo mis dudas si durante la escena que me imagino ya había amanecido.
Josefina empieza a mirarme con mala cara, estoy seguro que me va deschavar. Pero hoy no me importa, ayer estudie todas las tablas así que no tengo miedo de pasar al frente. Deliro tal como mi prima que mientras nadie se daba cuenta ella estaba en Marte bailando con los marcianitos. En este caso, por un momento mi cabeza se traslada a aquellas islas por debajo del continente y creo que soy un soldado con todas las letras. ¡Qué valiente que soy, nunca más le voy a tener miedo al gordo Matías!
Vuelvo a prestar atención a la clase. La realidad siempre es otra. Parece que un ex combatiente nos va a venir a contar lo que vivió en aquellas islas desde que desembarcó aquel dos de abril. Como soy el aspirante al cargo de redactor del periódico de la escuela debo hacerle muchas preguntas. ¿Siempre soñaste con ser soldado? ¿Cuánto tiempo estuvieron entrenando antes de ir al combate? ¿Eran muy rudos los ingleses? ¿Cómo fueron tus días en Malvinas? ¿Qué armas usaban?
Mi compañera, como es la costumbre, abre la bocota para sobresalir. No deja de contarnos lo que supone que sabe. Pero yo la interrumpo:
-No, no eran súper héroes. Eran chicos comunes que sin saber ni cómo disparar los llevaron al combate. Estaban luchando por las tierras que nunca nos quisieron reconocer como propias. ¿No señorita?
-Sí, por la soberanía de los tres archipiélagos: Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur. Bueno, ahora que parece que se armó el debate, ¿qué más saben sobre lo que pasó aparte de lo que les leí al principio de la clase?
-¡Sí, qué son de todos nosotros porque pertenecen a la Patagonia argentina! ¡Esos ingleses son ladrones!
-Daniel, ¿cómo vas a decirlo así? Tenes y todos tienen que analizar las situaciones, además no se puede faltar el respeto a nadie. Esto así no es un debate.
-Disculpe señorita. Sé que me fui de mambo. Pero no sé porqué reaccione así. Tal vez es porque el otro día estaba mirando la tele junto a mi hermano mayor y casi, por dos números, sale sorteado para entrar a la colimba. ¡Nos pegamos terrible susto! Ahí, comenzamos a recordar lo de la guerra, y se nos ponía la piel de gallina. ¡Sí qué fueron fuertes los que nos defendieron! Pasaron ya muchos años y ahora ya no están esos militares para mandar a nadie. Igual, todavía no entiendo muy bien las causas, pero creo el gobierno militar sólo se propuso volver a pedir por las Islas Malvinas no porque Chile quería tener el control del Canal de…, se me olvidó ahora el nombre, pero ahí por el Atlántico Sur. Si no más bien porque estaban perdiendo poder acá. Mi mamá me dijo que ella pensaba que íbamos ganando. Todos los diarios y noticieros anunciaban cuantos caídos ingleses había y sus rendiciones en algunos lugares, cómo estaban bien cuidados nuestros soldados e inclusive que íbamos ganando. Ella estaba muy entusiasmada, había salido a festejar a la Plaza de Mayo. Pero luego, todo fue mentira. El 14 de junio fue la rendición. Siempre digo, la realidad es otra. Nadie tampoco nos ayudó. Chile se vengó y Estados Unidos, obvio que iba estar atrás de Gran Bretaña. ¿Y los militares? Mejor termino acá, al menos esta guerra hizo que se fueran.
Nadie dice nada. Se quedaron apabullados con mis palabras.
Percibo que Josefina tiene una bolsa con muchos caramelos y se me viene lo que me contó mi tío. Levanto la mano y la señorita me deja opinar de nuevo:
-Ehh… nada… que me acorde lo que, también, me contó mi tío. Resulta que escuchó que los militares habían hecho un acuerdo con las fábricas de golosinas. ¡Sí, esos señores de traje habían vendido el papel de todas las cartas que los familiares les mandaban a los soldados para que luego sea reciclado! ¡Qué negocio perfecto! ¡Pero no! Un día, un nene abrió su dulce y leyó “te extrañamos”. Iba a ser desapercibido el hecho, pero justo era el hijo de un caído quien lo abrió.
Otra vez, el aula permanece en silencio. Horror se percibe en las miradas. Suena el timbre del recreo. Salen corriendo. Josefina se quedó asustada, tira su bolsa a la basura. Yo como soy un gran varón, la tomo con disimulo, la guardo en mi mochila y me voy silbando.
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