MAR DE FONDO
-¡No te escaparás fácilmente!- gritaba Gabriel mientras corría con un arma de juguete en la mano.
-¡Nos tienen rodeados!- exclamó de manera exagerada, pero convincente Julio, mientras se escondía tras un tronco gigante con su hermano Nahuel.
Las risas de los chicos se mezclaban con los sonidos ficticios de armas disparando, de cosas volando por los aires. La inocencia jugaba a la lucha y a la persecución.
Era un domingo soleado como cualquier otro, en cualquier casa de clase media del conurbano bonaerense. Las puertas de los patios abiertas, los manteles meciéndose con el viento y los ravioles de la abuela o el asado de papá, aguardando ser degustados (según la preferencia de cada familia).
Julio y Nahuel jugaban hacía tiempo con su primo Gabriel. Las pistolas que les habían regalado sus abuelos, representaban en su mente la manera perfecta de pasar un día lejos de los cálculos de área y superficie y la geografía argentina de sexto grado. Mientras, en la mente de la tía Maruca, las fotos de sus vacaciones en el Ribera Maya que le mostraba a todas las mujeres de la familia mientras cortaban tomate, hacían la picada y servían el fernet para los hombres que estaban en el living, eran la manera perfecta de deslindarse del resto de sus parientes, de ascender de escala social. Ya se había comprado el auto último modelo y el televisor de plasma. Ahora, mostrar esas fotos de aquel mar tan azulino y verde, tan calmo (que en verdad no disfrutó mucho, porque su matrimonio estaba en las últimas), eran la comprobación que ella era más.
Nahuel entró corriendo por la puerta de la cocina, sin mirar ni a los costados ni al frente. Entró corriendo con su arma de juguete apuntando a la nada. Desafortunadamente para Maruca (afortunadamente para el resto de las mujeres) la tromba producida por Nahuel, hizo que ella se cayera al suelo, desparramando las fotos de la Ribera Maya por el piso frío de color negro que ahogada los recuerdos de la arena caliente.
-¡Mamá, mamá! ¿No me dejás ponerme el gorro del tío que el otro día encontré en la caja del comedor?- dijo Nahuel casi sin tomar aire y sin atender a los protestas de Maruca.
Su madre, Cecilia, dejó de cortar el tomate sanguinolento y jugoso que tenía entre las manos. Con un gesto automático, apoyó el cuchillo sobre la mesada y gritó:
-¡Francisco! ¿Podés venir un segundo?
Francisco entró a la cocina con paso relajado y sereno, pero al ver la expresión de su esposa, su cuerpo se puso en estado de alerta intentando no enviarle a sus expresiones faciales las mismas señales. Debía mantenerse aparentemente calmo, que pocos o nadie se diera cuenta.
-¿Qué pasa Nahuel?
-Le pregunté a mamá si podía usar el gorro de boy scout del tío. ¿Me dejás?- a Nahuel se iluminó la cara.
-¿Dónde viste el gorro?- Francisco intentaba no ponerle presión a su mirada, desviando los ojos hacia Maruca que aún juntaba del suelo las fotos de aquel mar lejano.
-En la caja que tenés con tus cosas del secundario y de cuando eras chico. El otro día con Julio estábamos buscando una foto vieja del abuelo para poner en un trabajo que me pidió la señorita sobre la familia, y estuvimos buscando en la caja.- dijo serenamente Nahuel, agregando por lo bajo como en tono de confesión- No le preguntamos a mamá porque no nos deja, viste.
Cecilia hizo caso omiso a la confesión de su hijo menor, volvió a tomar el cuchillo y a cortar el tomate, mientras Maruca se reincorporaba del piso con sus fotos.
-Esa caja tiene cosas mías que son secreto.-Francisco con un nudo en la garganta, intentó sonar lo más convincente posible y no ajusticiar a su hijo por una curiosidad sana. Debía crearle (seguir creándole) un mundo de fantasía en torno a esos pocos objetos de su hermano mayor que guardaba en su caja. Crear un juego como el que seguían jugando Julio y Gabriel en el patio. Los sonidos de los disparos y frases como “¡estás muerto!”, “¡no, dará batalla, lucharé, no podrás conmigo!” entraban como viento de tormenta por el corredor de la cocina. Las demás mujeres de la familia parecían de cera. Casi no se movían, solo daban imperceptibles cortes a una lechuga, imperceptibles pasadas a las copas de vidrio que depositaban en una bandeja. La única que se movía constantemente de un lado para otro era Maruca que había reemprendido la ardua empresa de mostrarles a las otras que ella sí tenía suerte.
-¡Pero nooo paaa!- protestó Nahuel- Las cosas que tenés en esa caja están re buenas y Julio y yo las queremos usar para jugar.
-¿Qué cosas? El gorro de boy scout del tío se los presto si quieren, la remera de básquet mía también…- Francisco no quería continuar la lista, intentaba construir un muro alrededor de esos otros objetos.
-Si, esas yo las quiero. Pero también quiero la navaja antigua, la cantimplora esa verde y una bandera re copada con una estrella roja. Pero está media quemada pa. Tiene olor feo, como a viejo muerto. O la tirás o me la das a mí. ¡Es mejor! Julio no la quiere, dice que es fea y le da miedo. Los libros viejos del tío no los quiero yo tampoco. Tienen nombre muy difíciles y son muy largos, con letra chica. No me gustan.
Julio y Gabriel entraron corriendo y gritando a la cocina, tirando a Maruca de vuelta al suelo y lastimándola con las armas de juguete en alto. Alguna risa de alguna de las mujeres de cera de la familia se escapó, de manera casi imperceptible. Luego, el silencio y las fotos del mar otra vez en el piso.
-¡Te tengo! ¡Estás muerto! ¡Decí tus últimas palabras!- exclamó Gabriel apuntándole al pecho a Julio.
-¡Hasta la victoria siempre!- gritó Julio. Y se hizo el muerto.
-Eso lo leyó en una de las cartas que tenías en tu caja, papá…shhhh- le dijo por lo bajo Nahuel a su padre.
Su madre se cortó el dedo índice izquierdo con el cuchillo. La sangre se mezcló con la pulpa del tomate. Todos los adultos fueron a buscar pervinox, incluso la tía Maruca. Los chicos se quedaron con las armas en las manos y las fotos del mar en los pies.
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