El Sur en primavera le hacía acordar a las fotografías viejas. El sol, antes apagado, de a poco comenzaba a alzarse y brillar, y le robaba casi sin proponérselo una sonrisa. Pero, enseguida, el frío cortante le entraba por los pies y recorría todo el cuerpo, dejándole en su lugar un gusto agridulce. Algunas fotos a veces le provocaban eso también. Por eso ahora no padecía el frío. Veía el sol y se acordaba de alguna foto con su hermana en La Boca o en la siempre sorprendida Córdoba y con eso bastaba para que el viento helado no la molestara y le dejara un gusto amargo. Nora estaba a salvo porque recordaba. Al que no le pasaba lo mismo era a Carlos, su marido, quien, en una mezcla de romanticismo y supervivencia, la abrazaba fuertemente mientras contemplaban sentados el paisaje que se les enfrentaba imponente.
- ¿Te gusta, amor? – preguntó con mucha atención.
- Sí - contestó algo cortada - mucho.
- Es hermoso, ¿viste? Cómo se ven las olas, el cielo…
- Sí, es cierto.
- Tuvimos mucha suerte, casi como si lo hubiésemos querido planear. ¿Cómo es que dice tu hermana? Los astros se alinearon, ¿no? Sí, sí. La ceremonia fue perfecta, a Del Palacio lo agarré en una semana feliz y comprendió todo esto perfectamente, Ari se va a lo de su novia hasta el martes, ahora el clima. Todo es ideal. La verdad que los astros se alinearon. No puedo creer que esté usando una frase de tu hermana – culminó, payaso, el flamante esposo, entusiasmado por su enumeración de hechos afortunados. Sin embargo ella no reía, le regalaba su atención, en cambio, a aquel mar gigantesco que empezaba en el acantilado.
- Es como si la naturaleza no quisiera que la tocáramos. Nosotros acá, ella allá, inalcanzable.
- Un verdadero espectáculo - agregó él.
- La naturaleza es sabia – continuó casi sin prestarle atención - es como si, después de tanto tiempo, se hubiese dado cuenta de todo y no nos perdonara. No me extrañaría que la tierra se haya levantado hace poco, de repente, así como si nada, para separarnos, para castigarnos con su intocable belleza. Me provoca pintarla.
- Y estoy seguro que harías algo increíble. Me alegro que te guste, para eso te traje, para que te despejes y disfrutes.
El silencio no era una cosa que les molestara. Si se habían casado, una de las razones era esa, que podían estar callados, cada uno haciendo lo que quisiera, y no pasaba nada, no se inquietaban. No era necesario para ellos decirse cosas, aunque de vez en cuando ella lo lamentaba. Y así fue que el silencio se hizo dueño de aquel momento por un rato, hasta que, fascinada por el paisaje encantador, la mujer lo rompió casi con inocencia.
- ¿Te acordás del viaje que queríamos hacer a Beijing?
- Sí, sí, me acuerdo – respondió él mientras se le escapaban algunas risas - ¿en qué estaríamos pensando?
- En conocer – agregó como con obviedad, bastante seria. Ver cómo es la gente, qué hacen mientras nosotros dormimos, qué mares se plantan a contemplar para siempre – redondeó ahora sí mirándolo con una sonrisa, dándose cuenta que había estado un poco seca. Esas cosas, conocer.
- Me acuerdo, sí. Recién arrancaba a trabajar. Vos estabas ocupada con tus cosas también. Una lástima. Igual siempre va haber posibilidades de ir. A lo mejor después de todo esto, cuando estés mejor, algún día vayamos, ¿quién te dice?
- Además en ese momento estaba Rita, ¿te acordás? – se apuró ella en agregar antes que las olas lo coparan todo de nuevo. Habíamos quedado que, si íbamos, ella nos hospedaba. ¿Qué será de la vida de Rita?
- Andá a saber, pasó mucho tiempo ya – contestó Carlos por compromiso, como si quisiese cambiar rápidamente de conversación porque lo aburría.
- Me gustaba Rita. Era loca. Se le cruzaba algo por la cabeza y lo hacía. Como lo de China. Me divertía mucho las cosas que se le ocurrían.
- Tenía mucha energía – recordó él, haciendo esfuerzo para no hacer un comentario que pudiera sensibilizarla pero que finalmente liberó - Y mucho tiempo al pedo. Yo también haría lo mismo si estuviese tan tranquilo.
- Recuerdo cuando nos enteramos de su enfermedad – continuó, otra vez ensimismada, dejando de lado la impertinencia de su marido. Estaba destrozada. Era como una niña a la que le habían quitado sus juguetes por portarse mal, por molestar mucho. Lloraba desconsolada. Ese día dejé todo y la acompañé. Al siguiente ya se encontraba haciendo planes disparatados de vuelta. ¡Qué mujer increíble!
Mientras hablaba, su mirada entusiasta controlaba sin éxito a las nubes que les bailaban cada vez desde más lejos en retirada Él ahora la había soltado y también relojeaba con cuidado el mundo encerrado en su camioneta que se encontraba distante a un costado. Se había vuelto a producir un vacío, pero esta vez más corto que el anterior. No tardó mucho en continuarle un suspiro de mujer que pareció prolongarse más que todos los silencios juntos.
- Tengo ganas de pintar.
- No podíamos traernos todo tu equipo, amor. Es mucho equipaje.
- Tengo miedo de olvidarme esto. ¡Mirá, ahora el cielo se esconde en el mar! – señaló maravillada.
- Ya podrás volver a pintar a la vuelta.
- Parece como si estuviera jugando, ¿viste? Necesito pintarlo.
- Cuando regresemos, podrás pintar lo que quieras tranquilamente – intentó convencerla, al mismo tiempo que hacía malabares con un celular que había sacado hace un rato de su bolsillo.
- Regresar… – se quedó pensando - ¡Regresemos! ¡Eso es! ¡Quiero regresar!
- ¿Ahora? – se sorprendió el hombre.
- Sí, ahora, quiero volver, quiero pintar.
- ¿Para pintar? ¿No lo estarás diciendo en serio?
- Sí, eso quiero, volver para pintar – se encaprichó.
- Amor, no vamos a volver para que pintes. Es nuestro viaje. Además nos costó mucho venir como para volvernos por caprichos. ¿Te estás escuchando? No tiene sentido - Cada frase que Carlos hacía le desnudaba más su disgusto - Si te gusta el paisaje aprovechalo, disfrutalo todo lo que puedas, vinimos para eso. Pero no me pidas que nos volvamos para pintar. A la vuelta vas a tener todo el tiempo necesario para hacerlo.
- Simplemente no quiero olvidarlo – balbuceó la mujer con una tristeza que le obligó a despegar su mirada del frente y a hacerla reposar en el suelo.
- No lo vas a hacer – sentenció él esta vez con menos fuerza.
Un llamado hizo que esa discusión terminara de apagarse. Las exclamaciones y los movimientos agitados a su lado no la molestaban. De todas maneras, se había acercado un poco más hacia el borde del acantilado para no volver a perderse ningún detalle de aquel horizonte sureño, dejando, cauta, que sus piernas acariciaran el abismo.
- Era Del Palacio, me quiere de vuelta. Las cosas no están bien en la agencia. No llegaron a terminar un proyecto para un cliente y me necesitan – explicó Carlos algo preocupado.
- ¿Y qué pensás hacer? – se interesó ella esta vez.
- Es importante. Debería volver.
- ¿Nos volvemos entonces?
- Deberíamos. Perdoname.
- ¿Nos vamos a ir en nuestra luna de miel?
- Lo sé – el hombre contestó algo dubitativo - lo siento, pero pensá, lo hago por los dos. Además…
- ¿Me puedo quedar? – lo interrumpió.
- ¿Te querés quedar? – preguntó descolocado.
- Sí, ¡mirá! – exclamó con ganas, casi levantándose por el alarido - ¡si es único esto! ¡el cielo se esconde tras del mar! ¡es como si estuviera jugando!
- Calculo que puedo ir solo. El proyecto se entrega mañana. Podría ir ahora, trabajar durante la noche, estar presente en la entrega y volver por la tarde – analizó cuidadosamente paseándose de un lado a otro - Haría rápido.
- ¿Qué proyecto?
- El del cliente, para el que me llamó Del Palacio.
- Ah, perdón. La mujer se quedó reflexionado unos segundos. ¿Viste el cielo como juguetea alegre? Me hace acordar a Rita – acotó nostálgica.
- Es muy lindo – dijo el esposo dándole la razón.
- ¿Seguirá en Beijing? Hace tiempo que no hablamos. Ella tenía ganas de hacer cosas extrañas, ¿te acordás? Siempre se preocupó por mantenerse muy ocupada. Eso nos distanció un poco.
- ¿Entonces no tenés problema si me vuelvo solo? – la interrumpió bruscamente. ¿No te enojás? Prometo que ni vas a sentir mi ausencia, sólo serán unas horas.
- No, andá, entiendo, está bien que vayas – respondió comprensiva - Yo me quedo acá.
- Bueno, dale, vamos, te alcanzo hasta la cabaña.
- No, me quiero quedar acá, después vuelvo sola, no es lejos. El paisaje es increíble – volvió a insistir extasiada. Es una lástima que estemos tan lejos. Parece como si fuésemos espectadores en un teatro y el firmamento estuviera en el escenario presentándonos su espectáculo. Tendría que pintarlo.
- ¿Estás segura? Es un poco tarde.
- Andá, no hay problema. ¡Qué pena que esté tan lejos! Como Beijing, como Rita… Me hubiese gustado ir a Beijing y visitarla – repitió reflexiva, mientras sus piernas se balanceaban alegres en el aire, copiando el entusiasmo de las fantasías que se escapaban por sus labios ¿Te acordás cuando decíamos que íbamos a ir?
- Lo vamos a hacer, algún día lo vamos a hacer.
- Seguramente el cielo está distante porque la naturaleza lo quiere así – comentó ahora algo melancólica, sin mirarlo - se da cuenta de cuánto la desaprovechamos. La lastimamos y se aleja.
- Bueno, amor – el hombre la cortó nuevamente apurado, al mismo tiempo en que le besaba rápido la cabellera que se le había despeinado por el viento - me voy, prometeme que vas a volver a la cabaña pronto.
- Lo prometo – asintió apagada - ¿Vos me prometés que vamos a ir a China, que me vas a llevar? ¿Te vas a acordar?
- Sí, querida, lo prometo – Carlos contestó por lo bajo.
La mujer acompañó con la cabeza el recorrido del vehículo alejándose. Unos instantes después, luego de volver a contemplar con detenimiento aquel paisaje que le había robado la tarde, se convenció de pintarlo y también que ya era hora de visitar Beijing. Pero eso no podría hacerlo con el marido, probablemente estando tan ocupado se olvidaría. Por todo ello, decidió subirse a aquel escenario de los sueños. En ese sentido Nora estaba a salvo, la naturaleza se acuerda de todo, es sabia.
Gonzalo Olaberría
1 comentario:
Hola que tal¡
Mi nombre es tania soy administradora de un directorio de webs/blogs, navegando por la red ví tu página y está muy buena, sería genial contar con tu site en mi sitio web y asi mis visitas puedan visitarlo tambien.
Si estas de acuerdo solo escribeme.
tajuanchita@gmail.com
Exitos, un beso
Publicar un comentario