“Juguemos en el bosque mientras el lobo no está,
juguemos en el bosque mientras el lobo no está,
¿lobo, está?”
Anónimo
Anónimo
La siesta, espacio sagrado. De dos a cuatro: dormir y tal vez soñar. Pero a mí sólo me encantaba interpretar todo lo soñado con los ojos abiertos. Eran las dos y cuarto de la tarde cuando escuché el último portazo de las habitaciones. Esperé menos de cinco minutos y en punta de pies me escapé al lavadero. Un palacio era chico para abarcar las fantasías que habían allí. Más que fantasías, era toda la ropa que poco a poco le había robado a la abuela. En fin no era mucha, pero sí suficiente para lograr mi espectacular vestuario.
¿Quién me habrá mandado a probarme los tacos de mi abuela? Ni el psicoanálisis de Freud aún creo que pueda desentrañarlo. El impulso siempre guió a mi piel hacia otras iguales, pero antes de ello siempre quise ser reina, “la reina”.
Me cambié apurado por el escalofrío que mi cuerpo sentía. Me saqué el pulóver, la camiseta y me puse el corpiño, el vestido y la capita. En seguida tiré el pantalón, el calzoncillo y los intercambié por el bombachón y las medias. Los zapatos y el maquillaje fueron el retoque final. Me sonreí al espejo, parecía una madona, una verdadera reina aunque me faltara la corona. El mundo se rendiría a mis pies.
Relajación y acción. Comencé por el monologo. Punto final y la música ya sonaba en mi mente a la par de los movimientos que yo coreografiaba. La perfección estaba lejos, pero no importaba, era feliz de todos modos. Algún día del otro lado estarían los aplausos de muchos. Broadway quedaba en el norte de mis aspiraciones, no obstante, tampoco devaluaba mis actuaciones para cualquier sucucho. Pero, de repente, los aplausos estaban allí. Me costó distinguir si era mi imaginación o el real presente lo que los hacía pulsar. Giré hacía a la puerta, pestañeé y descubrí las manos de papá. Quedé inmóvil. Su sonrisa me sorprendió y hasta me alivió el susto, pero la primera palabra encogió todo mis músculos:
–Mariquita. ¡Bravo, bravo! Sí, mírate lo que sos: Una mariquita… ¿No querés ir a tomar el té con las señoras de la Iglesia? ¡Dios mío! ¿A dónde hemos llegado? Sos la vergüenza de mi hogar, yo a tus 12 años estaba trabajando para mantener a mi familia. ¿Y vos? Mírate, sos una mariquita cantando y bailando, faltando el respeto a todos. ¡Si tu abuelo se enterara!
No podía responderle ni con gestos. Él continuaba con sus gritos:
– Ya te lo repetí muchas veces .No sé de dónde se te vinieron esas barbaridades a la cabeza. ¿A caso no te dimos un buen ejemplo en esta casa?
En ese instante, su rostro se enrojeció, se quitó el cinturón, amagó con pegarme y me escondí detrás de la silla. Dando golpes sobre la pared me provocaba:
–Mariquita, salí de ahí. ¿Ahora tenes miedo? Yo te voy a enseñar entonces a ser un macho verdadero.
Un impulso visceral atravesó mi garganta, me levanté y al fin escupí:
–¡Qué no se te ocurra tocarme!
–¡Insolente mariquita! ¿A tu padre te animas a hablarle así? –Volví a retorcerme, él se puso de nuevo el cinturón–. Mejor que te cambies, bajes lo antes posible y te bañes.
–Sí – entre dientes le respondí.
Su mirada recorrió todo el lugar, tomó un bolso, no dijo más nada y bajó. Me quedé temblando. No sabía qué hacer. Antes que mis lágrimas desdibujaran mi pintura me saqué todo. Pero pareció que tardé un siglo.
En el living comedor estaban papá, mamá, la abuela, Felipe, Joaquina y su novio; todos atentos al televisor con la pantalla nula. Papá escuchó mis pasos y me invitó a sentarme. Nadie me miró. El aire estaba contaminado de complicidad. Me senté en el sillón de la punta. Parecía una corte. No hacía falta que nadie pronunciara ninguna acusación sobre mí, las altas voces de sus conciencias me atormentaban. Y yo cada vez más débil, sin poder contar lo que sentía. Joaquina se animó a espiarme. Tal vez quería decirme algo, pero justo papá interrumpió nuestro lazo:
–Bueno, familia, en esta ocasión en la cual nos encontramos tengo el agrado de presentarles a la nueva bazofia de nuestro apellido –se río con mucha ironía y me señaló con su dedo –. ¡Sí, vos! ¡Qué nos deshonras por la vida que querés llevar!–Tomó la mano de mamá que estaba desconcertada–. Esto que van a ver es la muestra de la mayor ofensa que un individuo pueda hacerle a su familia y a su pueblo.
Después de acusarme se acercó a la cómoda, prendió la video y las imágenes empezaron a brotar. ¡Era yo, reina, “la reina”! No me olvido más esos posteriores segundos. La abuela se tapó con su pañuelo. Felipe largaba carcajadas. Joaquina y su novio me quisieron defender con la explicación de que me gustaba el teatro. Mamá llegó a estar de acuerdo y a señalarle a papá que él estaba muy alterado y que eran cosas de chicos. Igual papá no iba a cambiar su juicio. Yo sabía que tenía dos caminos: asumir mi identidad e irme de casa o seguir fingiendo, olvidar el juego, quedarme y evitar el derrumbe del techo.
Luego de una nube de griteríos pude confesar lo siguiente:
–Sólo estaba ensayando el show sorpresa para el cumpleaños de la abuela.
Deborah Valado
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