La tormenta de Santa Rosa esta
vez había llegado en fecha y empapaba a Buenos Aires. Sus nubes parecían
deleitarse con cada gota que de ellas se desprendían y, tras un recorrido en
caída libre, golpeaban con brutal insistencia techos, calles, toldos e incluso
cabezas desprotegidas de paraguas. Esa mañana, Oscar llegó al cementerio de
Chacarita encabezando una columna de cinco coches, para darle una última
despedida al cuerpo sin vida de su mujer. Olga había fallecido hacía día y
medio tras una larga enfermedad, y ahora recorría los amplios terrenos del
cementerio bajo la lluvia helada de agosto y la compañía de un séquito de
familiares y amigos que ella nunca había querido.
Durante la pequeña misa que se
hizo bajo una galería en honor a Olga, la docena de personas compartieron
diferentes estados anímicos que se relacionaban directamente con la tristeza;
excepto Oscar, quien estaba inmóvil en una silla mirando el ataúd, con una
expresión de miedo que nunca había creído tener.
- Qué madera brillosa, ¿no? – exclamó silenciosamente Oscar
a su madre.
El cura habló de la vida y la
muerte, de los cielos y el infierno. En todo momento movía lentamente las manos
y se acomodaba los lentes por encima del tabique de su nariz. Para generar más
conmoción en los presentes, acariciaba de tanto en tanto el cajón barnizado y
señalaba el ornamento de estaño que simulaba a un delgado hombre crucificado.
Oscar no aguantaba más. Sus manos
comenzaron a temblar. Cada vez más fuerte y ambas apretaban el pañuelo húmedo
que tenía desde hacía horas. Sus dientes mordían los labios y los herían
provocando un leve sangrado. Se sacudía, como quitándose el agua de los hombros
y cuando la misa aun no había terminado se levantó, miró a todos y se marchó
tapándose la cara con las manos mientras daba pasos rápidos. Todos
permanecieron en silencio y, lamentablemente, guardaron el cajón con el cuerpo
de Olga dentro de un largo y frío nicho.
Oscar atravesó el cementerio en segundos; salió a la calle y
corrió por las veredas mojadas. En todo momento cubría su rostro con las manos
pálidas y sucias de barro. Luego de unas horas de caminar intercalando
distintas ligerezas e intensidades, llegó a su casa. Fue directo a la cocina,
chorreando agua de su tapado, hizo dos tés y los llevó sobre una bandeja a su
cama. Se agachó, con algo de dificultad y amarrándose de algunos muebles, y
mirando al cuerpo desnudo de Olga que yacía entre el rudimentario piso de
madera y el colchón, interrogó:
- ¿Sin azúcar, como siempre?
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