viernes, 3 de septiembre de 2010
Afirmaciones
Por Deborah Valado
Papá toma el café con su amigo Luís. Mamá bosteza y no puede abandonar la mesa. Yo quiero irme, pero justo escucho que ese gordo bufón afirma que la literatura es una perdida de tiempo. ¿Cómo se atreve a decir algo así? No lo sé, siempre dice pavadas. Pero no puedo pronunciar ninguna palabra. Antes que mis labios se lleguen a mover, ya percibo la mirada de papá sobre mí. Un domingo no se puede discutir. Guardo silencio, pero por dentro sé que no coincido en nada de lo dicho, por el contrario, soy la primera en asegurar lo mucho que se gana con ella. ¿Qué hubiera sido de mis veranos encerrada en el departamento de la abuela sin ningún libro o ninguna hoja manchada por mi bolígrafo? ¿Qué hubiera sido de mis noches en el pueblo donde la única luz encendida era la de mi velador que alumbraba historias fantásticas? Tantas preguntas vienen a mí, pero también se esfuman. Lo que digo de ganar, no lo hago en vano, yo lo vengo materializando en mis relatos y a la par en los libros que degusto una y otra vez.
Escucho sus risas –la de papá y Luís – descargadas sobre la lastima que les producen que los escritores sean idealistas de la vida y estén envueltos en frivolidades. Tal vez sí podría decir que mi alrededor, a veces, desaparece y me evado en fantasmas ajenos, pero tampoco lo sentenciaría ante un jurado. Siempre escribo robando fragmentos de la realidad. Siempre los personajes de mis escritores preferidos se fusionan con algunos de carne y hueso. Escribir, en sí, lo vivo como la reconstrucción de la vida, de las otras que no me pertenecen. Nada viene de la contemplación abstracta sin antes haber cruzado la calle. Aunque no niego que, en varías oportunidades, sí debí encerrarme en mi cuarto para completar las hojas en blanco. Pero es como todo, sin antes haber sudado no hubiera podido saber qué era el sudor. Puede ser , también, que muchos hayan pensando sobre mi estado de locura al decir que había voces que me hablaban , sin embargo, no era como le pasaba a Juana de Arco, era el arduo trabajo de diseñar mis personajes para luego volcarlos con toda la mayor intensidad posible. Casi todo escapa de esa llamada inspiración divina, la mayoría de los relatos son producto de mis horas de escritura y reescritura, lejos queda la genialidad absoluta.
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