Hacia el sur
Como era costumbre cuando llovía torrencialmente en la ciudad de Buenos Aires, la estación de trenes Plaza Constitución se encontraba inundada y los pasajeros del tren Roca repetían el viejo dicho “llueve más adentro que afuera”. El techo de chapa de la estación, un colador gigante abatido por años de sol, dejaba que las cataratas de agua cayeran sobre la gente que tenía sus paraguas abiertos como si estuviera en la calle aguardando (¿el tren o qué, quién?). Mientras en los carteles las partidas de las formaciones se iban anunciando en color naranja neón y el vendedor de pañuelos descartables cambiaba (por la astucia típica de todos los vendedores callejeros) su canasta de paquetes blancos y de plástico, por paraguas que salían diez pesos (y por eso se doblaban con el primer viento), el frío del invierno húmedo le calaba los huesos a ella. Sufría hacía años una lesión en la rodilla izquierda que le había impedido bailar profesionalmente. Tal vez esa fue la razón por la cual, ante la imposibilidad de hacer arte, decidió estudiarlo. Se agachó a recoger una moneda que se le había caído de las manos. Se agachó y su rodilla crujió. Crujió su rodilla, protestó por el tiempo mientras limpiaba la moneda mojada y cubierta de la tierra (la mugre) característica de la estación; una mezcla de polvo de zapatos, saliva, arenilla, desperdicios de panchos y hamburguesas y residuos de alquitrán de cigarrillos apagados (voluntaria o involuntariamente). Se incorporó y se arregló la bufanda negra que le cubría la garganta. Siempre le gustaba volver al sur, a dónde había nacido. Le hacía bien alejarse del hollín de los autos que se le pegaba en la cara los días de humedad. Alejarse del olor a transpiración del subte en hora pico. Alejarse de los mil y un desconocidos que la miraban y la juzgaban sin saberlo. En el sur la esperaban sus santa ritas del jardín de la infancia, el aire todavía era limpio y los rostros (remendados, arrugados, cansados pero infatigablemente levantados al cielo) eran los mismos de siempre. Pero hacía un tiempo, ir al sur era como sentir una plancha de acero sobre su pecho. Tomaba el tren a Ezeiza y el tiempo que pasaba dentro del vagón, le permitía que su mente se dispersara, pensara los mil y un finales no felices. Las vías pasaban y pasaban, las estaciones se hacían más grandes, más lánguidas. Iban tomando personalidad, autoridad y dictaminaban la manera que ella debía sentirse.
-El de Ezeiza está anunciado para las 15.36. Ya llega, no te hagas problema. – le dijo él y le pasó la mano por el hombro (que reaccionó con un escalofrío prácticamente imperceptible). Con la otra mano sostenía un paraguas que intentaba preservar la funda de su bajo estrenado hace pocos días.
-Vos también, con este día de mierda y te traés el bajo. Después no te quejes no lo podés apoyar en ningún lado del vagón. ¿Para qué traés el bajo? No lo entiendo, sinceramente- exclamó ella con cierto desdén, con cierto desprecio.
-No quería dejarlo en mi departamento, porque ya sabés como se pone Federico cuando los instrumentos están solos para él. Y además, no sabés cuántos días vamos a estar allá…
-Vos lo elegiste como compañero de departamento, así que no te quejes. ¿Ves? Te quejás todo el tiempo.- le dijo ella, mirándolo a los ojos y corriendo el hombro para que dejara de abrazarla.
-Se que estás nerviosa, pero intentá calmarte. ¿No tomaste nada de lo que te dio tu hermana antes de salir?
-¿Vos estás loco? ¿Querés que termine como ella? Después no se acuerda qué nos dijo el médico, cuánto tiempo estuvimos esperando, cómo salieron los análisis y yo tengo que andar corriendo como una pelotuda porque ella está empastillada…Encima este día de mierda. Si hubiera sol, estaría mejor.
-No. Si hubiera sol, te quejarías porque el día no te acompañaría con lo que tenés que hacer. Al menos así, estamos todos mojados, todos fríos, todos hechos mierda juntos.
-Anoche pensaba que no está bien que me acompañes. Son demasiadas responsabilidades tan pronto. ¿Hace cuanto que dejaste a Valeria?
-Cinco meses, ya lo sabés ¿para qué preguntás?
-No, no me acordaba- le respondió ella abriendo su paraguas rojo. La lluvia había aumentado su intensidad y los charcos en el andén se hacían cada vez más hondos.- Ves, por eso te digo. Nunca la viste, nunca te la presenté y las vas a tener que ver así. No sé, me parece que no es justo para vos.
-¿No es justo para mi o no es justo para vos? Me parece que no querés que te acompañe. Esa puta costumbre tuya de ponerte la vida, los pensamientos y sentimientos de los otros sobre la espalda. Hacete cargo de que lo debas hacerte cargo, no de lo que yo pienso con respecto a todo esto. Además…- se detuvo un momento para recoger la funda con su bajo, que ya estaba siendo tocada por los hilos de un charco que se había ramificado-…si estoy acá es porque quiero. Y no, no tengo lástima por vos, porque ya sé lo que vas a decir. Así que cortala, Sonia. Esperemos el tren.
La gente se iba agolpando en los distintos andenes. La lluvia, se había transformado en tormenta de viento. Sonia volvió una vez más a arreglarse la bufanda, tomó la mano de Julián y dijo:
-Encima este día de mierda.
Sonó la bocina aguda y prolongada del tren que arribaba a la estación. Se mezcló con un trueno que hizo retumbar los techos de chapa y encoger imperceptiblemente a los pasajeros que estaban aguardando subir a la formación.
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