viernes, 24 de septiembre de 2010

La Topadora

Por María Luz Gianni Bosse

Apenas había conciliado el sueño cuando una topadora la encontró en medio de la calle en un tímido atardecer. Los autos y la gente, el murmullo y los gritos, habían cesado de un instante al otro. Era ella versus la topadora cara a cara, a punto de enfrentarse sin poder alejarse de aquella embestida. Los edificios parecían verla sin apartar sus extremidades del centro de la escena, se agachaban y reclamaban “sangre”, “pelea”, “conmoción”. Susana estaba conmocionada, sin ninguna duda ya que, minutos antes estaba en la conferencia por la venta de los terrenos de Madison, un nuevo barrio privado. Pero ahora no había tiempo para pensar en ventas, diseños, muestrarios o inversores. La topadora estaba ahí y había que hacerle frente o sucumbir en el intento. Sus manos temblaban, claro esta que ella no tenía idea de cómo hacer que la máquina se alejara, pero debía hacerlo; ya que luego tenía un partido de tenis impostergable. Cara a cara la topadora, con su color amarillo pálido, y Susana, con sus medias deportivas apenas estrenadas, se miraban fijamente, con las cejas fruncidas y los puños cerrados. Susana da un paso hacia delante, se agacha como su fuese a correr cien metros llanos, toma impulso y se abalanza hacia la máquina. En ese momento Susana abre los ojos y la noche inunda el cuarto.


Su cara pegada a la almohada, con un rastro de baba en ella, denotaba un cálido silencio de madrugada interrumpido por los ronquidos ensordecedores de su marido Ricardo, que se encontraba en la cama próximo a ella. “La topadora”, pensó. Y con un leve respiro de resignación, se dio media vuelta hacia el otro lado de la cama. A veces era una topadora, otras un coro desafinado, u otras una manada de porcinos a punto de desfallecer encima de ella. Pero una cosa era siempre cierta, una vez que se despertaba de madrugada por los ronquidos del marido, no había forma alguna de volver atrás. Ella siempre trata de dormirse antes, mientras Ricardo mira la televisión, o se queda en la computadora. Sin embargo, una vez que se acuesta en la cama solo él duerme y descansa en paz. “Que descanse en paz para siempre”, pensaba Susana, en aquellas noches de insomnio en la cual la invadía el odio. Sin poder pegar un ojo, pensaba en la conferencia de mañana: en ventas, diseños, muestrarios o inversores; a su vez que escuchaba una cierra eléctrica retumbándole los oídos.

Se levantó y supo que ya no podría volver a conciliar el sueño, ni jugar al tenis. Abrió la heladera, buscó la leche y se sirvió en un vaso. “Capaz esto me permita dormitar”. Sentada en la cocina escuchaba la quinta sinfonía de Beethoven, con años de desafinación incluida en el combo de medianoche. “Mañana me compro un colchón y duermo en el living”, volvió a decirse a sí misma. “No puedo más, años y años así. Le pedí que se compre las tiras nasales y nada, egoísta de mierda. Y yo mañana tengo una conferencia en la cual tengo que ser la más despierta, si quiero vender los terrenos. No es justo” se decía una y otra vez. Luego de unos minutos, decidió volver a la cama. Al dar un paso más que la acercaba al cuarto, iba maldiciendo con los ojos rojos de cansancio y con unas ojeras que lentamente comenzaban a surgir. Se sentó en la cama y lo miró. Parecía tan feliz en su quinto sueño que a Susana le daba ganas de taparle la nariz y la boca y que se ahogara. Estaba cansada, extenuada que cada noche sea igual a la anterior y que a el no le importara. “Bueno a mi ahora tampoco me va a importar, que se vaya al cuerno”. Irradiaba odio por sus venas, se sentía incomprendida. Se acostó boca arriba. Acto seguido le tapo la boca con una media que sacó del placard y le agarró la nariz con el índice y el del medio. Ricardo se ahogó, se levantó inconsciente de un golpe y se dejó caer nuevamente a la cama. “Como una bolsa de papas”, volvió a vociferar. Desistió de la idea, se volvió boca abajo, se tapo los oídos con la almohada. Nada. Nada. Nada. El camión con acoplados no dejaba de bocinar. Lentamente el día se despertaba de un relajado sueño. “Suertudo”, se quejaba. Y volvía a fulminar a su marido con la mirada.

Unos segundos más tarde, como si fuera mágico pero irreal, poco genuino, Ricardo dejó de roncar. “Me quedé sorda”, pensó Susana. Y comenzó golpearse la cabeza con la palma de la mano para destapar sus oídos como si recién saliera de la pileta. Hacia un lado y hacia el otro. Se escucho el sonido de los pájaros. Ella los escucho. ¿No se había quedado sorda? Lo miró a su marido, el se encontraba boca arriba, relajado, después de una noche de calmado e intenso sueño. Ella se acostó y en un instante cerró los ojos y quedó profundamente dormida. Ahora podía dormir y podía jugar al tenis. Hoy y todas las noches siguientes. Por siempre. El sol había salido una vez más para Susana y ella lo vería en pocas horas.

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