viernes, 24 de septiembre de 2010

Aldea California



Después de casarse vivieron un año más en el duplex del centro. Habían comprado en Aldea California, una próspera zona de casaquintas, cuando Julio quedó efectivo en su trabajo y Asunción entró en el Juzgado Civil y Comercial de la provincia. Para llegar al Juzgado ella tenía que salir en el auto treinta y cinco minutos antes. Se escurría de la cama, se duchaba, hacía café y antes de partir, durante los primeros días, se detenía un par de minutos para oler los pinos y explorar el paisaje. Después se subía y mientras se calentaba el motor hojeaba los expedientes que idealmente debía despachar antes de regresar. Estaba en eso una mañana en la que vio, a través de la ventanilla, un bicho que se paseaba por la galería. Le pareció que era un alacrán, de modo que bajó a comprobarlo. En dirección al césped, cruzando la galería, avanzaba el alacrán con la cola relajada. Asunción lo pisó, después apagó la luz titilante de la galería y corrió al auto porque se hacía tarde. A veces, Julio la escuchaba acelerar el motor y alejarse.
Así eran todas sus mañanas; ellos se recordaban, uno al otro, que era su triunfo pues, allí, daban ganas de levantarse. Antes de irse a la oficina, Julio solía trotar por las calles vecinas aunque últimamente se había quedado por fiaca, y se había masturbado. Por la tarde era ella la que primero llegaba. Pero la tarde que nos importa había ocurrido lo contrario. Julio no encontró, como era lo normal, a su mujer en el escritorio, de modo que calentó agua y luego se sentó en la galería a tomar mate. Asu llegó al anochecer. Había decidido ponserse al día con los viejos expedientes para evitar que se acumularan con los nuevos; perseguía un objetivo: dejar de llevarse trabajo a casa. Esto se lo comentó a Julio ni bien llegó y cuando él preguntó a qué se debía, entonces, el atado de papeles que traía consigo, ella dijo que eran de Pilar Suárez: le había pedido, como favor, una revisión. A Julio todo le pareció bien, le cebó un mate y le dijo que así podrían dedicarse el uno al otro todo el tiempo que estuvieran en la casa. Asu pensaba igual. Se acercó, le rodeó el cuello y lo besó. Había oscurecido, así que ella fue a encender la luz de la galería y comenzó, nuevamente, a hablar sobre los tribunales con su forma entusiasta y decidida. El foquito de luz titilaba.
– ¡Hoy perdí más tiempo buscando legajos y limpiándolos que resolviéndolos! Casi no hablé con Pilar porque quería terminar todo en el día y sin embargo estuve dentro del depósito de archivos la mitad de la mañana. Esto, aunque no parezca, perjudica la justicia.
– ¿No hay personal que les evite eso?
– Si, pero es difícil encontrarlos. Cuando los veo en el bar y los llamo me toman el pelo, no vienen. Se la pasan ahí dentro. Son empleados estatales.
– En la oficina las chicas de maestranza trabajan bien, hay que reconocerlo.
– ¡Ya empezamos! Bien, me importa un pito, decí lo que quieras de La Oficina de los Copados –dijo Asu, y Julio sonrió; ella tampoco se lo había tomado en serio–. A los archiveros de los otros juzgados tenés que entrar con un barbijo y una linterna, así que el nuestro tan mal no está – sugirió Asu; le devolvió el mate y fue hacia el interruptor de la luz –. Uno de mis legajos se trataba de un hombre que acosaba verbalmente a su mujer, la molestaba pero no tanto con temas sexuales, tampoco la puteaba mucho, al menos esa es la declaración de la mujer, sino que le marcaba sus defectos, la comparaba con otras mujeres, le hablaba de cosas que no entendía – apagó la luz y volvió a encenderla. Seguía titilando –. Ella dijo que lo dejaba y él la frenó, le explicó por qué no le convenía hacerlo, que no le iban a hacer caso, que si se dejaba vencer así daba un mal ejemplo a sus hijas pero sobre todo que ella no podría dejarlo porque él estaba dispuesto a darle todo el placer que quisiera, que él, a su modo, la amaba. No dejó de acosarla, pero ahondó en sutilezas, usaba silencios; así que ella fue a lo de una amiga, después a un psicólogo y finalmente a la policía. En la policía le dijeron que pidiera el divorcio y acá estamos – repitió una vez más la operación con el interruptor sin conseguir nada nuevo –. Hay que cambiarlo –dijo Asu. Entró al comedor y trajo de allí una silla para alcanzar la lamparita que colgaba del techo inclinado de la galería. Julio la siguió con la vista y una vez que ella, erguida, con los brazos extendidos y las tetas que empujaban la blusa, elevándose, a veces, con las puntas de los pies, hubo intentado por tercera vez desenroscar el foquito, se paró y la relevó. Trepó a la silla y al tocar el foco con la mano derecha esta saltó hacia atrás y se contrajo. Se había confiado en que el cristal estaría frío. Se miró los dedos: latían colorados.
– ¿Vos no te quemaste? – ella se miró los suyos y encontró ampollas en las yemas del mayor, del índice y del pulgar. Julio se olvidó de su ardor y del foco, tomó las manos de su mujer, le dijo que esperara allí y entró en la casa. Volvió con una bolsa con hielo y una servilleta, azorado por el accidente.
– No me arden –dijo Asu sin asombro. Julio le apoyaba la bolsa envuelta, a su vez, por la servilleta y la interrogaba mirándola. Dejó de presionar los dedos con el hielo y estos quedaron nuevamente a la intemperie: cada uno de ellos tenía una cúpula de líquido que interrumpía sus huellas digitales. La piel se había extendido y brillaba húmeda. Sin miedo, pero con suavidad, acarició las ampollas y lo invitó a que él también lo hiciera – No me arden –repitió. Julio las tocó con desconfianza y pasó a mirarse sus propios dedos. Tenía las uñas largas, había dicho, durante la mañana, en la oficina, que iba a cortárselas y todavía estaban allí, un poco mugrientas.
– Es raro que te salga la ampolla y que no te hayas quemado –dijo Julio todavía con la mano levantada, los dedos hacia el cielo, como si estuviera sosteniendo un contraejemplo. Asu se reía.
– Es raro, si – el asunto le causaba gracia, pero su risa era de reconocimiento –. Puedo sacar una asadera del horno con las manos desnudas y no pasa nada. Lo descubrí el otro día. Pero sería una estúpida si lo hiciera a cada rato.
El asentía con la cabeza automáticamente. La bolsa con hielo fue a la mano de Julio y este preguntó:
– ¿Dónde hay más bombitas?
Había en el cuartito de afuera. Antes de dejar la galería miró a su mujer, estaba sentada a oscuras e indolente; la oyó sorber el mate. El cuartito era una pequeña habitación que lindaba con el baño, se entraba por el patio y era el depósito de todo lo que no se usaba cotidianamente, y de lo que molestaba dentro de la casa. El lugar estaba aún sin limpiar y tal vez guardaba objetos que, por olvido o desprecio, habían dejado los dueños anteriores; sin embargo había evitado que quedara adentro todo lo que habían mudado. De hecho, aún había cajas y bolsas de consorcio que ni siquiera estaban abiertas, que yacían así desde que habían llegado Aldea California y ninguno sabía bien qué guardaban. Cuando Julio entró pudo sentir un olor repelente, como a veneno, mezclado con el tufo de los anticuarios.
– ¿Vos qué hiciste? –le preguntó ella; lo había seguido y lo esperaba afuera. Hablaban casi todo el tiempo y no les impedía el que uno estuviera ocupado. Ya no era raro que el otro no lo escuchara, aunque no dejaban de hablar.
– Fue un día normal – dijo Julio, sin ganas de contestar, orientándose entre los bártulos.
– Pilar me pasó dos casos para que los mire. Uno se trata de un profesor jubilado que se estaba afeitando sentado en el inodoro y se le cayó la prestobarba sobre la pierna. Estaba en calzoncillos y se cortó con la hoja una várice que le sobresalía de la entrepierna. El viejo, solo en la casa, contuvo la pérdida con un pañuelo hasta que pasó a gotearle, se alertó y por las dudas llamó una ambulancia –hizo una pausa, chupó el mate – ¿Querés un mate? – preguntó Asu.
– No –dijo Julio. Una madera cubierta de polvo, a la altura de su pecho, era el estante de las herramientas. Había frascos con tornillos, un martillo, destornilladores, varillas de metal, correas de caucho, todo esto dentro de una caja de zapatos algo vencida, otro frasco con tuercas y otro con un polvillo colorado, etiquetado, cuya leyenda decía “veneno para bichos”, y entre paréntesis, “hormigas, chinches, alacranes, esposas, suegras, etc.” Julio reconoció su letra y sonrió. Asu continuaba:
– En la guardia del Cullen le preguntaron cómo se había cortado y le dijeron que enseguida lo buscaban, pero tardaron veinticinco horas y el tipo se desangró. Los primos del viejo hicieron juicio contra el hospital y contra los encargados de la guardia.
Julio la oía como si la voz de Asu emergiera de entre las bolsas y las cajas. Corrió algunas herramientas para tratar de encontrar un foquito. Tanteó, luego, el estante superior y tocó unas bolsas, supuso que dentro estaban las botas que le habían regalado en la oficina, era una superficie llana y flexible; avanzó a pesar del polvillo de los viejos estantes que tenía sobre la cabeza; la humedad había brotado la pintura, la madera henchida era irregular y se descascaraba; elevó un centímetro las yemas para no astillarlas y chocó contra un bloque duro, como una maceta, no supo qué podría ser, lo corrió y llegó hasta otra caja de cartón, la bajó y allí había tres bombitas de distinto amperaje. ¿Qué otra cosa no sentía?, se preguntó mientras decidía qué lámpara iba a usar. La risa de Asu resonaba dentro del cuartito al comentar el segundo caso que le había pasado Pilar: era una denuncia de licantropía. Julio no dijo nada. Había que limpiar ese cuarto; no era sofocante, pero ya tenía las manos grises. ¿Qué otra cosa, pensó, creía él que Asu sentía pero que tal vez ella no sintiera? Eligió una de 100 wats, devolvió la caja al estante y al salir del cuarto, esquivando los bártulos, agarró al pasar una careta de lobo que estaba a la vista, se la puso y salió aullando y rugiendo. Asu se reía.
– ¿De dónde sacaste eso? Sos un loco.
– No sé, estaba sobre una de las bolsas. ¡Ah! Me la dieron en una fiesta de la oficina… sí, no me acordaba.
– En La Oficina, veo –dijo Asu.
– ¿Cómo están esos dedos? – le preguntó mientras ella se iba con el termo, olvidándose el mate.
Julio volvió a la galería y subió a la silla. Escuchó la ducha del baño. Recordó que nunca se habían puesto de acuerdo con la temperatura del agua las veces que, en invierno, intentaron bañarse juntos. Sujetó portalámpara, tocó con la otra mano el cristal de la bombita para cambiar, la desenroscó y finalmente puso la otra en su lugar. Tecleó la llave de luz y volvió el parque, los sillones de la galería, las plantas, pero la lamparita seguía titilando. Dedujo que el problema estaba en el portalámparas.

Esa noche cenaron y tomaron vino. Tenían previsto ver una película pero, en cambio, empezaron los abrazos en el sillón;  él intentó con nuevas poses y con trucos viejos, mas en una ocasión Asu debió calmarlo diciéndole que no fuera tan torpe. Finalmente, con los ojos cerrados, dijeron que se amaban, y él la sintió dormirse. A la mañana se despertó y repasó con la mano el ancho de la cama, todavía tibia. Se levantó, se asomó a la ventana y el auto ya no estaba. Fue en calzoncillos hasta la cocina y allí, con los granos marroncitos y usados, la cafetera estaba para lavar. Salió al patio y entró al cuartito. Esa mañana abrió todas las cajas y las bolsas que aún estaban tal cual como las habían dejado al mudarse, registró cada bulto. Encontró objetos que desde la época del departamento del centro que estaban sepultados en cajitas o en bolsas; había fotos, su colección de botellas de licores, libros que había leído antes de casarse; apartó y hojeó el primer tomo del Teatro Completo de Arlt y en el apuro de guardarlo, pues, llegaba tarde al trabajo, se raspó el antebrazo con el filo de una de sus hojas y sintió un leve, pero continuo, ardor.
Asunción llegó a Aldea California casi a la misma hora que el día anterior. Julio la esperaba regando las plantas.
– ¿Terminaste todo el trabajo?
– Casi – dijo y suspiró, maniobrando con la cartera y los expedientes hasta llegar a él para saludarlo con un beso. Sostenía una sonrisa cansada. El atado que traía era aún mayor que el de la víspera – ¿Trabajaste en el patio? Parecés un jardinero con esas botas – dijo. Julio tenía puestas botas de goma bordó, estaba de frente a una sucesión de arbustos e intentaba no desviarse de lo tallos que quería humedecer.
– Lo había pensado, pero ya está oscureciendo; digamos que me las puse para regar – respondió avergonzado. Ella no le sacaba los ojos de encima ni dejaba de sonreír.
– Esas son las que te regalaron en la oficina, ¿no?
– ¡Claro! – dijo, y la miró de reojo, pensando que se venía una escenita.
– Me gusta el color. Yo te voy a regalar el sombrero – dijo Asu y largó unas carcajadas. El también sacó unas risitas, y, desde donde estaba, pasó a regar las plantas del fondo.
– Vení.
Julio largó la manguera, buscó una linterna que había dejado a mano y se la entregó. – Vos dame luz mientras yo cambio el portalámparas.
– ¿Podemos dejarlo para mañana?
Pero él ya había entrado en la casa; de pronto el lugar quedó a oscuras. Asu encendió la linterna y lo vio venir con una silla y con un portalámpara. Lo encandiló hasta que llegó; Julio trataba de evitar el eje de la luz, cabeceando a los costados. La apercibió.
– Creo que voy a agarrarle la mano – dijo Asu en tono afirmativo –. En unos días voy a conseguir darle, en el mismo día que me lleguen, una solución a cada expediente. Cosa que no se acumule nada. Que en cada día se termine el trabajo que se presente en el día.
– Lo mismo podés hacer acá.
– Y si yo puedo hacerlo, todos pueden –dijo como si las palabras de Julio hubieran caído en una grita antes de llegarle a ella.
– Alumbrame, por favor.
Ella estaba inquieta y desatendía su tarea, de modo que Julio debía tantear los cables a ciegas. Tenía que pelarlos y pasarlos por unas arandelas metálicas, bien pequeñas, a los costados de la parte interior del nuevo portalámpara, y, una vez ensartados allí, debía ajustar el tornillo que dejaría conectados los cables a los contactos. No estaba nada cómodo sino que tenía los brazos extendidos al máximo, Asu iluminaba el parque, sus dedos gordos maniobraban mal y fallaban en meter los cables en los agujeros de manera que el peso en los hombros, y en las piernas, crecía y lo iba entumeciendo. Ella se puso a hablar de los casos que había comentado ayer. La mujer acosada verbalmente no consiguió el divorcio; era previsible, dijo, porque el tipo no la trataba mal, sino que era una especie de pervertido que no estaba previsto por el código del divorcio. La familia del hombre que murió desangrado tampoco consiguió nada porque los abogados del hospital dijeron que las ambulancias, a lo largo del día, habían tenido que atender casos más graves a lo largo del día, como heridas de bala, paros cardíacos, embarazos. Extrañamente la denuncia por licantropía había conseguido que se abriera una causa, tal vez sin ninguna intención seria, y esto era algo indignante para ella y su concepto del derecho. Una vez que Julio tuvo los cables pasados por el ojal y sólo faltaba ajustar los tornillitos, con mucho cuidado para que no volvieran a salirse los alambres, advirtió que había olvidado el destornillador. Asu, harta, dijo:
– Tengo que ir al baño. Te dejo la linterna acá.
– Me olvidé el destornillador. Haceme un favor, a la vuelta traeme un destornillador del cuartito. Llevate la linterna.
Ella giró y apagó la linterna. No había luna ni luces en la casa, ni en todo el patio, de modo que Julio quedó prendido a las arandelas, procurando que no se escaparan los cables, con las piernas que se dormían y a oscuras. Una vez más, en ese largo día, pensó en su Asu. No hizo ninguna escena, se dijo. ¿Eso quería decir algo? ¿Algo más que no se había mostrado celosa, como siempre? A medida que la vista se le acostumbraba aparecían algunos objetos cercanos, pero la puerta de entrada estaba doblando la esquina, en el otro lado de la casa, y no la veía. ¿Debía creer que ella, su Asu desde hacía por lo menos tres años, cuando se casaron, no había tenido celos esa tarde? ¿Ni sería, en adelante, nunca más celosa? ¿Y qué debía pensar de la noche anterior? ¡Cómo le ardían los hombros y el cuello!
– Están organizando una nueva fiesta para este fin de año – dijo con voz temblorosa pero asegurándose de que ella escuchara. Sin embargo, no tuvo respuestas. Se oían ruidos dentro de la casa. Julio se concentraba en no soltar los contactos, aún cuando empezaban a sudarle los dedos. No quería perder el trabajo que le había costado llegar hasta ese punto en el que los cables esperaban enhebrados. Escuchó abrirse y cerrarse la puerta de entrada y supuso que iba hacia el cuartito. Tal vez ahora se asuste con la careta, pensó. Pero no hubo gritos ni nada, aunque ya no podía afirmar que no se hubiera asustado. No menos que si un grito lo hubiese tumbado de la silla. Acaso porque acababa de aprenderlo, decidió lo siguiente: la querría como si ella fuera sólo la imagen que él se hacía, confiaría sólo en lo que él veía, y en nada más. ¿Se había quemado Asu con la lamparita? No. ¿Y las ampollas? Pero no era ella, su Asu, la que se había quemado. Lo veía claro. Pasaron unos minutos en los que Julio no supo otra cosa de su cuerpo más que estaba dormido, el ardor se había transformado en otra sensación, una especie de taconeo de hormigas continuo que sentía a lo largo del cuerpo, toda su atención estaba puesta en sostener una respiración constante y corta para contrarrestar las vibraciones en las piernas y en los brazos, hasta que finalmente, anunciada por un redondel movedizo de luz, apareció Asunción. Blandía el destornillador como si fuera un chupetín, y sonreía. Cuando Julio le tendió la mano sintió que toda su sangre cambiaba, en ese mismo instante, la dirección que llevaba en sentido contrario; empezó a correrle el agua. Ajustó los contactos.
– Subí el disyuntor.
Asu entró, abrió el paso de electricidad y a la vuelta puso a prueba el trabajo de Julio. Los 100 wats del foquito iluminaron, de una vez por todas, la galería y el patio; él estaba sentado, pálido y desorientado.
– ¡Se hizo la luz! – dijo ella.
El hormigueo del cuerpo ahora circulaba alrededor de su cabeza en forma de nube. Pero la oscuridad se fue abriendo y apareció nuevamente su Asu, ella lo felicitaba, le decía “mi electricista” o “mi jardinero”, se reía, le revolvía los pelos, decía que se había ganado el derecho a una cena. Julio asentía calladamente. Se paró, dio unos pasos y detuvo la mirada sobre una mancha en la nuca de Asunción. Le pareció que era un bicho, un alacrán. Se preguntó qué sentiría su Asu si un alacrán le picara en la nuca. ¿Gritaría? Pensó que no. ¿Aguantaría hasta mañana? La vio entrando. Acaso ya fuese tarde, y aún se guardó el decirle: tenés un alacrán en la nuca.

Javier Yanantuoni

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