Después de
casarse vivieron un año más en el duplex del centro. Habían comprado en Aldea California,
una próspera zona de casaquintas, cuando Julio quedó efectivo en su trabajo y
Asunción entró en el Juzgado Civil y Comercial de la provincia. Para llegar al Juzgado
ella tenía que salir en el auto treinta y cinco minutos antes. Se escurría de
la cama, se duchaba, hacía café y antes de partir, durante los primeros días, se detenía un par de
minutos para oler los pinos y explorar el paisaje. Después se subía y mientras
se calentaba el motor hojeaba los expedientes que idealmente debía despachar
antes de regresar. Estaba en eso una mañana en la que vio, a través de la
ventanilla, un bicho que se paseaba por la galería. Le pareció que era un alacrán,
de modo que bajó a comprobarlo. En dirección al césped, cruzando la galería,
avanzaba el alacrán con la cola relajada. Asunción lo pisó, después apagó la
luz titilante de la galería y corrió al auto porque se hacía tarde. A
veces, Julio la escuchaba acelerar el motor y alejarse.
Así eran todas
sus mañanas; ellos se recordaban, uno al otro, que era su triunfo pues, allí, daban
ganas de levantarse. Antes de irse a la oficina, Julio solía trotar por las
calles vecinas aunque últimamente se había quedado por fiaca, y se había
masturbado. Por la tarde era ella la que primero llegaba. Pero la tarde que nos
importa había ocurrido lo contrario. Julio no encontró, como era lo normal, a
su mujer en el escritorio, de modo que calentó agua y luego se sentó en la galería
a tomar mate. Asu llegó al anochecer. Había decidido ponserse al día con los
viejos expedientes para evitar que se acumularan con los nuevos; perseguía un
objetivo: dejar de llevarse trabajo a casa. Esto se lo comentó a Julio ni bien
llegó y cuando él preguntó a qué se debía, entonces, el atado de papeles que
traía consigo, ella dijo que eran de Pilar Suárez: le había pedido, como favor, una
revisión. A Julio todo le pareció bien, le cebó un mate y le dijo que así
podrían dedicarse el uno al otro todo el tiempo que estuvieran en la casa. Asu
pensaba igual. Se acercó, le rodeó el cuello y lo besó. Había oscurecido, así que ella fue a encender la luz de la galería
y comenzó, nuevamente, a hablar sobre los tribunales con su forma entusiasta y
decidida. El foquito de luz titilaba.
– ¡Hoy perdí
más tiempo buscando legajos y limpiándolos que resolviéndolos! Casi no hablé
con Pilar porque quería terminar todo en el día y sin embargo estuve dentro del
depósito de archivos la mitad de la mañana. Esto, aunque no parezca, perjudica
la justicia.
– ¿No hay
personal que les evite eso?
– Si, pero es
difícil encontrarlos. Cuando los veo en el bar y los llamo me toman el pelo, no
vienen. Se la pasan ahí dentro. Son empleados estatales.
– En la
oficina las chicas de maestranza trabajan bien, hay que reconocerlo.
– ¡Ya
empezamos! Bien, me importa un pito, decí lo que quieras de La Oficina de los Copados –dijo
Asu, y Julio sonrió; ella tampoco se lo había tomado en serio–. A los
archiveros de los otros juzgados tenés que entrar con un barbijo y una linterna,
así que el nuestro tan mal no está – sugirió Asu; le devolvió el mate y fue
hacia el interruptor de la luz –. Uno de mis legajos se trataba de un hombre
que acosaba verbalmente a su mujer, la molestaba pero no tanto con temas
sexuales, tampoco la puteaba mucho, al menos esa es la declaración de la mujer,
sino que le marcaba sus defectos, la comparaba con otras mujeres, le hablaba de
cosas que no entendía – apagó la luz y volvió a encenderla. Seguía titilando –.
Ella dijo que lo dejaba y él la frenó, le explicó por qué no le convenía
hacerlo, que no le iban a hacer caso, que si se dejaba vencer así daba un mal
ejemplo a sus hijas pero sobre todo que ella no podría dejarlo porque él estaba
dispuesto a darle todo el placer que quisiera, que él, a su modo, la amaba. No
dejó de acosarla, pero ahondó en sutilezas, usaba silencios; así que ella fue a
lo de una amiga, después a un psicólogo y finalmente a la policía. En la
policía le dijeron que pidiera el divorcio y acá estamos – repitió una vez más la
operación con el interruptor sin conseguir nada nuevo –. Hay que cambiarlo –dijo
Asu. Entró al comedor y trajo de allí una silla para alcanzar la lamparita que
colgaba del techo inclinado de la galería. Julio la siguió con la vista y una
vez que ella, erguida, con los brazos extendidos y las tetas que empujaban la
blusa, elevándose, a veces, con las puntas de los pies, hubo intentado por
tercera vez desenroscar el foquito, se paró y la relevó. Trepó a la silla y al
tocar el foco con la mano derecha esta saltó hacia atrás y se contrajo. Se
había confiado en que el cristal estaría frío. Se miró los dedos: latían colorados.
– ¿Vos no te
quemaste? – ella se miró los suyos y encontró ampollas en las yemas del mayor,
del índice y del pulgar. Julio se olvidó de su ardor y del foco, tomó las manos
de su mujer, le dijo que esperara allí y entró en la casa. Volvió con una bolsa
con hielo y una servilleta, azorado por el accidente.
– No me arden
–dijo Asu sin asombro. Julio le apoyaba la bolsa envuelta, a su vez, por la
servilleta y la interrogaba mirándola. Dejó de presionar los dedos con el hielo
y estos quedaron nuevamente a la intemperie: cada uno de ellos tenía una cúpula
de líquido que interrumpía sus huellas digitales. La piel se había extendido y
brillaba húmeda. Sin miedo, pero con suavidad, acarició las ampollas y lo
invitó a que él también lo hiciera – No me arden –repitió. Julio las tocó con
desconfianza y pasó a mirarse sus propios dedos. Tenía las uñas largas, había
dicho, durante la mañana, en la oficina, que iba a cortárselas y todavía
estaban allí, un poco mugrientas.
– Es raro que
te salga la ampolla y que no te hayas quemado –dijo Julio todavía con la mano
levantada, los dedos hacia el cielo, como si estuviera sosteniendo un
contraejemplo. Asu se reía.
– Es raro, si
– el asunto le causaba gracia, pero su risa era de reconocimiento –. Puedo
sacar una asadera del horno con las manos desnudas y no pasa nada. Lo descubrí
el otro día. Pero sería una estúpida si lo hiciera a cada rato.
El asentía con
la cabeza automáticamente. La bolsa con hielo fue a la mano de Julio y este preguntó:
– ¿Dónde hay
más bombitas?
Había en el
cuartito de afuera. Antes de dejar la galería miró a su mujer, estaba sentada a
oscuras e indolente; la oyó sorber el mate. El cuartito era una pequeña
habitación que lindaba con el baño, se entraba por el patio y era el depósito
de todo lo que no se usaba cotidianamente, y de lo que molestaba dentro de la
casa. El lugar estaba aún sin limpiar y tal vez guardaba objetos que, por
olvido o desprecio, habían dejado los dueños anteriores; sin embargo había
evitado que quedara adentro todo lo que habían mudado. De hecho, aún había
cajas y bolsas de consorcio que ni siquiera estaban abiertas, que yacían así
desde que habían llegado Aldea California y ninguno sabía bien qué guardaban. Cuando
Julio entró pudo sentir un olor repelente, como a veneno, mezclado con el tufo
de los anticuarios.
– ¿Vos qué
hiciste? –le preguntó ella; lo había seguido y lo esperaba afuera. Hablaban
casi todo el tiempo y no les impedía el que uno estuviera ocupado. Ya no era
raro que el otro no lo escuchara, aunque no dejaban de hablar.
– Fue un día
normal – dijo Julio, sin ganas de contestar, orientándose entre los bártulos.
– Pilar me
pasó dos casos para que los mire. Uno se trata de un profesor jubilado que se
estaba afeitando sentado en el inodoro y se le cayó la prestobarba sobre la
pierna. Estaba en calzoncillos y se cortó con la hoja una várice que le
sobresalía de la entrepierna. El viejo, solo en la casa, contuvo la pérdida con
un pañuelo hasta que pasó a gotearle, se alertó y por las dudas llamó una
ambulancia –hizo una pausa, chupó el mate – ¿Querés un mate? – preguntó Asu.
– No –dijo
Julio. Una madera cubierta de polvo, a la altura de su pecho, era el estante de
las herramientas. Había frascos con tornillos, un martillo, destornilladores,
varillas de metal, correas de caucho, todo esto dentro de una caja de zapatos
algo vencida, otro frasco con tuercas y otro con un polvillo colorado,
etiquetado, cuya leyenda decía “veneno para bichos”, y entre paréntesis, “hormigas,
chinches, alacranes, esposas, suegras, etc.” Julio reconoció su letra y sonrió.
Asu continuaba:
– En la
guardia del Cullen le preguntaron cómo se había cortado y le dijeron que enseguida
lo buscaban, pero tardaron veinticinco horas y el tipo se desangró. Los primos
del viejo hicieron juicio contra el hospital y contra los encargados de la
guardia.
Julio la oía
como si la voz de Asu emergiera de entre las bolsas y las cajas. Corrió algunas
herramientas para tratar de encontrar un foquito. Tanteó, luego, el estante
superior y tocó unas bolsas, supuso que dentro estaban las botas que le habían
regalado en la oficina, era una superficie llana y flexible; avanzó a pesar del
polvillo de los viejos estantes que tenía sobre la cabeza; la humedad había
brotado la pintura, la madera henchida era irregular y se descascaraba; elevó
un centímetro las yemas para no astillarlas y chocó contra un bloque duro, como
una maceta, no supo qué podría ser, lo corrió y llegó hasta otra caja de
cartón, la bajó y allí había tres bombitas de distinto amperaje. ¿Qué otra cosa
no sentía?, se preguntó mientras decidía qué lámpara iba a usar. La risa de Asu
resonaba dentro del cuartito al comentar el segundo caso que le había pasado
Pilar: era una denuncia de licantropía. Julio no dijo nada. Había que limpiar
ese cuarto; no era sofocante, pero ya tenía las manos grises. ¿Qué otra cosa,
pensó, creía él que Asu sentía pero que tal vez ella no sintiera? Eligió una de
100 wats, devolvió la caja al estante y al salir del cuarto, esquivando los
bártulos, agarró al pasar una careta de lobo que estaba a la vista, se la puso
y salió aullando y rugiendo. Asu se reía.
– ¿De dónde
sacaste eso? Sos un loco.
– No sé,
estaba sobre una de las bolsas. ¡Ah! Me la dieron en una fiesta de la oficina…
sí, no me acordaba.
– En La Oficina, veo –dijo Asu.
– ¿Cómo están
esos dedos? – le preguntó mientras ella se iba con el termo, olvidándose el
mate.
Julio volvió a
la galería y subió a la silla. Escuchó la ducha del baño. Recordó que nunca se
habían puesto de acuerdo con la temperatura del agua las veces que, en
invierno, intentaron bañarse juntos. Sujetó portalámpara, tocó con la otra mano
el cristal de la bombita para cambiar, la desenroscó y finalmente puso la otra
en su lugar. Tecleó la llave de luz y volvió el parque, los sillones de la
galería, las plantas, pero la lamparita seguía titilando. Dedujo que el
problema estaba en el portalámparas.
Esa noche cenaron
y tomaron vino. Tenían previsto ver una película pero, en cambio, empezaron los
abrazos en el sillón; él intentó con
nuevas poses y con trucos viejos, mas en una ocasión Asu debió calmarlo diciéndole
que no fuera tan torpe. Finalmente, con los ojos cerrados, dijeron que se
amaban, y él la sintió dormirse. A la mañana se despertó y repasó con la mano el
ancho de la cama, todavía tibia. Se levantó, se asomó a la ventana y el auto ya
no estaba. Fue en calzoncillos hasta la cocina y allí, con los granos marroncitos
y usados, la cafetera estaba para lavar. Salió al patio y entró al cuartito.
Esa mañana abrió todas las cajas y las bolsas que aún estaban tal cual como las
habían dejado al mudarse, registró cada bulto. Encontró objetos que desde la
época del departamento del centro que estaban sepultados en cajitas o en
bolsas; había fotos, su colección de botellas de licores, libros que había
leído antes de casarse; apartó y hojeó el primer tomo del Teatro Completo de
Arlt y en el apuro de guardarlo, pues, llegaba tarde al trabajo, se raspó el
antebrazo con el filo de una de sus hojas y sintió un leve, pero continuo,
ardor.
Asunción llegó
a Aldea California casi a la misma hora que el día anterior. Julio la esperaba
regando las plantas.
– ¿Terminaste todo
el trabajo?
– Casi – dijo y
suspiró, maniobrando con la cartera y los expedientes hasta llegar a él para
saludarlo con un beso. Sostenía una sonrisa cansada. El atado que traía era aún
mayor que el de la víspera – ¿Trabajaste en el patio? Parecés un jardinero con
esas botas – dijo. Julio tenía puestas botas de goma bordó, estaba de frente a
una sucesión de arbustos e intentaba no desviarse de lo tallos que quería humedecer.
– Lo había
pensado, pero ya está oscureciendo; digamos que me las puse para regar – respondió
avergonzado. Ella no le sacaba los ojos de encima ni dejaba de sonreír.
– Esas son las
que te regalaron en la oficina, ¿no?
– ¡Claro! –
dijo, y la miró de reojo, pensando que se venía una escenita.
– Me gusta el
color. Yo te voy a regalar el sombrero – dijo Asu y largó unas carcajadas. El también
sacó unas risitas, y, desde donde estaba, pasó a regar las plantas del fondo.
– Vení.
Julio largó la
manguera, buscó una linterna que había dejado a mano y se la entregó. – Vos
dame luz mientras yo cambio el portalámparas.
– ¿Podemos dejarlo
para mañana?
Pero él ya
había entrado en la casa; de pronto el lugar quedó a oscuras. Asu encendió la
linterna y lo vio venir con una silla y con un portalámpara. Lo encandiló hasta
que llegó; Julio trataba de evitar el eje de la luz, cabeceando a los costados.
La apercibió.
– Creo que voy
a agarrarle la mano – dijo Asu en tono afirmativo –. En unos días voy a conseguir
darle, en el mismo día que me lleguen, una solución a cada expediente. Cosa que
no se acumule nada. Que en cada día se termine el trabajo que se presente en el
día.
– Lo mismo
podés hacer acá.
– Y si yo
puedo hacerlo, todos pueden –dijo como si las palabras de Julio hubieran caído
en una grita antes de llegarle a ella.
– Alumbrame,
por favor.
Ella estaba
inquieta y desatendía su tarea, de modo que Julio debía tantear los cables a
ciegas. Tenía que pelarlos y pasarlos por unas arandelas metálicas, bien
pequeñas, a los costados de la parte interior del nuevo portalámpara, y, una
vez ensartados allí, debía ajustar el tornillo que dejaría conectados los
cables a los contactos. No estaba nada cómodo sino que tenía los brazos
extendidos al máximo, Asu iluminaba el parque, sus dedos gordos maniobraban mal
y fallaban en meter los cables en los agujeros de manera que el peso en los
hombros, y en las piernas, crecía y lo iba entumeciendo. Ella se puso a hablar
de los casos que había comentado ayer. La mujer acosada verbalmente no
consiguió el divorcio; era previsible, dijo, porque el tipo no la trataba mal,
sino que era una especie de pervertido que no estaba previsto por el código del
divorcio. La familia del hombre que murió desangrado tampoco consiguió nada
porque los abogados del hospital dijeron que las ambulancias, a lo largo del
día, habían tenido que atender casos más graves a lo largo del día, como heridas
de bala, paros cardíacos, embarazos. Extrañamente la denuncia por licantropía había
conseguido que se abriera una causa, tal vez sin ninguna intención seria, y
esto era algo indignante para ella y su concepto del derecho. Una vez que Julio
tuvo los cables pasados por el ojal y sólo faltaba ajustar los tornillitos, con
mucho cuidado para que no volvieran a salirse los alambres, advirtió que había
olvidado el destornillador. Asu, harta, dijo:
– Tengo que ir
al baño. Te dejo la linterna acá.
– Me olvidé el
destornillador. Haceme un favor, a la vuelta traeme un destornillador del
cuartito. Llevate la linterna.
Ella giró y
apagó la linterna. No había luna ni luces en la casa, ni en todo el patio, de
modo que Julio quedó prendido a las arandelas, procurando que no se escaparan
los cables, con las piernas que se dormían y a oscuras. Una vez más, en ese
largo día, pensó en su Asu. No hizo ninguna escena, se dijo. ¿Eso quería decir
algo? ¿Algo más que no se había mostrado celosa, como siempre? A medida que la
vista se le acostumbraba aparecían algunos objetos cercanos, pero la puerta de
entrada estaba doblando la esquina, en el otro lado de la casa, y no la veía.
¿Debía creer que ella, su Asu desde hacía por lo menos tres años, cuando se
casaron, no había tenido celos esa tarde? ¿Ni sería, en adelante, nunca más
celosa? ¿Y qué debía pensar de la noche anterior? ¡Cómo le ardían los hombros y
el cuello!
– Están
organizando una nueva fiesta para este fin de año – dijo con voz temblorosa
pero asegurándose de que ella escuchara. Sin embargo, no tuvo respuestas. Se
oían ruidos dentro de la casa. Julio se concentraba en no soltar los contactos,
aún cuando empezaban a sudarle los dedos. No quería perder el trabajo que le
había costado llegar hasta ese punto en el que los cables esperaban enhebrados.
Escuchó abrirse y cerrarse la puerta de entrada y supuso que iba hacia el
cuartito. Tal vez ahora se asuste con la careta, pensó. Pero no hubo gritos ni
nada, aunque ya no podía afirmar que no se hubiera asustado. No menos que si un
grito lo hubiese tumbado de la silla. Acaso porque acababa de aprenderlo, decidió
lo siguiente: la querría como si ella fuera sólo la imagen que él se hacía,
confiaría sólo en lo que él veía, y en nada más. ¿Se había quemado Asu con la lamparita?
No. ¿Y las ampollas? Pero no era ella, su
Asu, la que se había quemado. Lo veía claro. Pasaron unos minutos en los
que Julio no supo otra cosa de su cuerpo más que estaba dormido, el ardor se
había transformado en otra sensación, una especie de taconeo de hormigas
continuo que sentía a lo largo del cuerpo, toda su atención estaba puesta en sostener
una respiración constante y corta para contrarrestar las vibraciones en las
piernas y en los brazos, hasta que finalmente, anunciada por un redondel
movedizo de luz, apareció Asunción. Blandía el destornillador como si fuera un
chupetín, y sonreía. Cuando Julio le tendió la mano sintió que toda su sangre
cambiaba, en ese mismo instante, la dirección que llevaba en sentido contrario;
empezó a correrle el agua. Ajustó los contactos.
– Subí el
disyuntor.
Asu entró,
abrió el paso de electricidad y a la vuelta puso a prueba el trabajo de Julio. Los
100 wats del foquito iluminaron, de una vez por todas, la galería y el patio; él
estaba sentado, pálido y desorientado.
– ¡Se hizo la
luz! – dijo ella.
El hormigueo del
cuerpo ahora circulaba alrededor de su cabeza en forma de nube. Pero la oscuridad
se fue abriendo y apareció nuevamente su Asu, ella lo felicitaba, le decía “mi electricista”
o “mi jardinero”, se reía, le revolvía los pelos, decía que se había ganado el
derecho a una cena. Julio asentía calladamente. Se paró, dio unos pasos y detuvo
la mirada sobre una mancha en la nuca de Asunción. Le pareció que era un bicho,
un alacrán. Se preguntó qué sentiría su Asu si un alacrán le picara en la nuca.
¿Gritaría? Pensó que no. ¿Aguantaría hasta mañana? La vio entrando. Acaso ya
fuese tarde, y aún se guardó el decirle: tenés un
alacrán en la nuca.
Javier Yanantuoni
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