En cuanto llegó a la casa, a la vuelta de la escuela, corrió al patio
mientras llamaba a Tomy. Solía responder enseguida pero esta vez no lo hizo.
Fue hasta el borde del cantero y miró detrás de las grandes plantas que su mamá
con tanto cariño cuidaba.
Entró a la casa y fue a su habitación. No lo encontró durmiendo arriba
de su cama, y miró dentro del placard, del que se cayeron algunas remeras que
había dejado amontonadas esa mañana luego de tironear de debajo de la pila la
que llevaba puesta en ese momento. Tomy tampoco estaba en el living, arriba del
sillón. Entró en la cocina y lo buscó debajo de la mesa de madera, y atrás de
la heladera. Salió por la puerta principal, enojado con su mamá porque, como
siempre, parecía no estar dispuesta ni interesada en buscarlo.
Por su cabeza de rulos rubios pasó un recuerdo de esa otra vez en que
llegó a casa y algo faltaba; algo importante.
-¡Hola Fran! ¿Cómo estás?
Franco giró y miró a quien le hablaba. Era Ana, la vecina que siempre
venía a tomar mate con su mamá, pero nunca se sentaba, porque siempre estaba
camino a algún lugar, apurada. Y se quedaba horas tomando mate parada mientras
las dos hablaban de lo cara que está la verdura. Él no entendía por qué se
preocupaban, como si las verduras fueran muy ricas. Él prefería milanesas de
pollo.
- Bien, estoy buscando a Tomy. ¿Vos lo viste?
Blanca lo miró sonriendo raro, con esa cara que él no sabía bien qué
significaba, porque no sabía si era que estaba triste o qué.
- Capaz salió a pasear…
Esa respuesta hacia juego con su mirada.
- Voy a caminar por el barrio, así me ve y se acuerda de que tiene que
volver.
Empezó a caminar por la cuadra, despacito para tener tiempo de ver todo
a su alrededor. Paseó por los jardines de los vecinos. Buscó atrás del portón
de Katy, porque como tenía una gata Tom siempre se escapaba a su casa, pero no
lo encontró ahí.
Mientras caminaba miraba cuidadosamente las copas de los árboles
florecidos, al tiempo que llamaba a su mascota y hacia ese ruido, imitación de
un siseo, que le habían enseñado a usar de llamado.
Cuando llegó a la esquina miró a los dos lados antes de cruzar, aunque
por su calle no pasaban muchos autos. ‘Es un barrio tranquilo, un buen lugar
para criar a un chico, sobre todo en nuestras circunstancias…’ comentaba a
veces su mamá cuando charlaba con la abuela cuando venía de visita.
Había muchos chicos en esa cuadra, por eso no se sentía solo.
Llegó a la plaza del barrio y se sentó en un banco de piedra. Sabía que
había caminado mucho tiempo y que mamá debía estar preguntándose dónde estaba.
Pero no sabía si lo saldría a buscar.
Se paró y dio dos pasos lentos, sin saber qué rumbo tomar. Pensó que lo
mejor era seguir buscando, y no volver a casa y resignarse, como había hecho
cuando papá se perdió.
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