jueves, 23 de septiembre de 2010

Espacio vacío


En cuanto llegó a la casa, a la vuelta de la escuela, corrió al patio mientras llamaba a Tomy. Solía responder enseguida pero esta vez no lo hizo. Fue hasta el borde del cantero y miró detrás de las grandes plantas que su mamá con tanto cariño cuidaba.  
Entró a la casa y fue a su habitación. No lo encontró durmiendo arriba de su cama, y miró dentro del placard, del que se cayeron algunas remeras que había dejado amontonadas esa mañana luego de tironear de debajo de la pila la que llevaba puesta en ese momento. Tomy tampoco estaba en el living, arriba del sillón. Entró en la cocina y lo buscó debajo de la mesa de madera, y atrás de la heladera. Salió por la puerta principal, enojado con su mamá porque, como siempre, parecía no estar dispuesta ni interesada en buscarlo. 
Por su cabeza de rulos rubios pasó un recuerdo de esa otra vez en que llegó a casa y algo faltaba; algo importante.
-¡Hola Fran! ¿Cómo estás?
Franco giró y miró a quien le hablaba. Era Ana, la vecina que siempre venía a tomar mate con su mamá, pero nunca se sentaba, porque siempre estaba camino a algún lugar, apurada. Y se quedaba horas tomando mate parada mientras las dos hablaban de lo cara que está la verdura. Él no entendía por qué se preocupaban, como si las verduras fueran muy ricas. Él prefería milanesas de pollo.
- Bien, estoy buscando a Tomy. ¿Vos lo viste?
Blanca lo miró sonriendo raro, con esa cara que él no sabía bien qué significaba, porque no sabía si era que estaba triste o qué.
- Capaz salió a pasear…
Esa respuesta hacia juego con su mirada.
- Voy a caminar por el barrio, así me ve y se acuerda de que tiene que volver.
Empezó a caminar por la cuadra, despacito para tener tiempo de ver todo a su alrededor. Paseó por los jardines de los vecinos. Buscó atrás del portón de Katy, porque como tenía una gata Tom siempre se escapaba a su casa, pero no lo encontró ahí.   
Mientras caminaba miraba cuidadosamente las copas de los árboles florecidos, al tiempo que llamaba a su mascota y hacia ese ruido, imitación de un siseo, que le habían enseñado a usar de llamado.
Cuando llegó a la esquina miró a los dos lados antes de cruzar, aunque por su calle no pasaban muchos autos. ‘Es un barrio tranquilo, un buen lugar para criar a un chico, sobre todo en nuestras circunstancias…’ comentaba a veces su mamá cuando charlaba con la abuela cuando venía de visita.
Había muchos chicos en esa cuadra, por eso no se sentía solo.
Llegó a la plaza del barrio y se sentó en un banco de piedra. Sabía que había caminado mucho tiempo y que mamá debía estar preguntándose dónde estaba. Pero no sabía si lo saldría a buscar.
Se paró y dio dos pasos lentos, sin saber qué rumbo tomar. Pensó que lo mejor era seguir buscando, y no volver a casa y resignarse, como había hecho cuando papá se perdió. 


Bárbara Bonfili

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