martes, 14 de septiembre de 2010

Consigna3,grupo uno (Laura),por Manuela Iaciofani Saiz

El tesoro familiar
Abrió el portón del garaje  y la encontró parada en la puerta que comunica con la casa. Estaba pálida, con una mano apoyada en el marco y la otra en su cabeza. No parecía la misma mujer de que media hora atrás le daba las llaves del auto sonriendo y le decía  “traéte unas empanadas Nico, hoy no tengo ganas de cocinar”. Ahora tenía el aspecto de un fantasma.
“¿Qué hace parada ahí? ¿Qué habrá pasado? Ojalá no haya sido una discusión con mamá, que cara tiene por Dios” Pensaba Nicolás mientras se apuraba a estacionar. Su abuela lo esperaba inmóvil.
-¡Si te digo lo que encontré no me vas a creer!- dijo mientras sus ojos turquesa mostraban cada vez mas asombro. Nicolás hizo un gesto con la cabeza, no se le ocurrió qué decir- ¡Encontré las joyas!- soltó por fin Inés. Su nieto nunca las había visto pero sabía el problema que provocó en la familia la desaparición de las mismas; a esa altura se imaginaba que la abuela guardaba un cofre con un tesoro.
Un año atrás, unos ladrones habían entrado a la casa que compartía la abuela Inés con uno de sus tres hijos y la mujer de éste. En aquél momento ella pretendió que nada, mas allá del robo la preocupaba. Esa noche Nicolás y su mamá Olga la llevaron a su casa para que no pase la noche en ese lugar. Fue entonces cuando Inés confesó que sus joyas no estaban y que el mueble detrás del que las escondía no había sido movido. Tenía dos sospechas, o la empleada había encontrado el escondite y las había robado antes, o su nuera (que probablemente la había espiado más de una vez) aprovecho la situación del robo y la confusión para agarrarlas para ella antes de que llegara la policía.
Tanto Nicolás como su mamá sabían que las dos teorías eran posibles. Esa mujer era capaz de usar las pertenencias de la abuela y decir que ella se las había regalado. La empleada por su parte hacía días que no aparecía. De cualquier forma trataron de buscar la solución entre los tres sin decirle nada al resto de la familia. Pasado un año, al menos Nico se había dado por vencido.    
-Soy una tonta hijo querido, yo las había guardado en mi cuarto el día que vinieron los pintores. Cuando las vi me bajo el alma al cuerpo, te juro que me temblaron las piernas. Y pensar que la bruja de mierda, esa a la que me llevó tu mamá, me dijo que las tenía la sirvienta y que las diera por perdidas, ¿te acordás?- dijo Inés  expresando una mezcla de sentimientos.
Mientras las empanadas se enfriaban, por primera y posiblemente única vez, su abuela le mostraba las tan mencionada joyas. Ya de entrada la caja negra le pareció demasiado chica como para guardar un tesoro. Pensó entonces que quizás el valor era más sentimental que otra cosa, aunque dudo un poco, ella siempre decía  que tal o cual cosa iba a quedar para éste o el otro, cuando ella no este. El no quería pensar que ella podía faltarle algún día, la sola idea le llenaba los ojos de lágrimas.
Nicolás no sabía nada de pulseras, aros y esas cosas, pero Inés estaba tan entusiasmada que él empezó a meter mano y a jugar a que investigaba el tesoro oculto. Encontró una caja pequeña, era azul y suave al tacto. Cuando la abrió encontró dos alianzas de oro. Inmediatamente supuso que una sería la del primer matrimonio de su abuela, ese con el que había tenido a sus dos primeros hijos, que por las fotos viejas parecía más el padre de ella que su esposo. El otro debía ser uso con su propio abuelo, al quién no llegó a conocer pero que su mamá se encargó de que quisiera profundamente. Le gustaba estar en contacto con los objetos de su abuelo, sentía que en ese momento algo los unía.
Tomó los dos anillos al mismo tiempo, uno era ligeramente más pequeño que el otro, supuso que de joven ella había sido muy delgada, se la imaginaba distinguida y refinada a pesar de saber que había sido pobre, muy pobre. Miró el interior del primero y como había sospechado tenía las iniciales de ella y de aquél señor serio de la foto en la mesa de luz. Siempre se preguntaba “¿Por qué no tiene  una foto del abuelo en vez de la de ese viejo?, ¿lo habrá querido más a él?, ¿cómo mi abuelo se bancaba tener al otro ahí presente todo el tiempo?” Inés le había contado la historia de cada joya que Nicolás había agarrado, pero ahora miraba unos aros color aguamarina y decía “creo que estos son los que siempre me pide tu mamá”, como si no prestara atención a lo que sujetaba y miraba él con tanto interés.
La segunda sortija, extrañamente era la más pequeña, él había creído que era la primera que uso y que su abuela había adquirido más peso con los años, aunque por las iniciales de la anterior era imposible. Esta brillaba tanto que parecía nueva. La miró un rato imaginando el momento en que su abuelo la ponía en su dedo. Cuando busco las iniciales, no encontró lo que esperaba, otra vez las iniciales del primer marido, pero las otras no eran su abuela. Por un momento, no entendió nada y estuvo a punto de preguntarle quién era la otra en el anillo. Pero al levantar la vista, vio en la mano de Inés la alianza puesta. Su corazón se aceleró instantáneamente, “cierto que no se lo podía sacar, que estúpido soy, siempre lo lleva con ella”. Inés pareció no advertir toda esta revolución en su nieto, seguía concentrada en el tesoro.
Nicolás descubrió en ese instante que no era un mito, aquello que una tía lejana le contó a su mamá. La hermana de su abuela Inés, no sólo había sido la novia del señor, sino que además se había casado con él, y por la fecha en anillo, se dió cuenta de que no pasaron más de dos años entre el casamiento de una y otra con el mismo hombre. Repentinamente, Inés le sacó todo de las manos, tomó la caja  y mientras la guardaba le dijo: “querido mío, prendé el horno, esas empanadas de deben haber enfriado, apuráte así comemos que ya es tarde”. El tesoro seguiría oculto. 

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