miércoles, 1 de diciembre de 2010

No te necesito para amarte

De golpe entendí lo que pasó. Francis ya no estaba en el living leyendo el diario, ni recostado durmiendo su siesta de media hora, ni revolviendo los libros de la biblioteca del living leyéndome citas que le habían gustado. Ya no estaba. Se había ido para siempre. Empecé a darme cuenta de su ausencia cuando me encontraba extrañando detalles cotidianos, rituales del día, situaciones triviales que sólo compartía con él y con nadie más. Luego de unas semanas, me dispuse a abrir la caja fuerte que me había dejado. Era difícil. Abrir eso, que jamás había abierto era confirmar su muerte, y yo no lo quería muerto, lo quería conmigo.
Una tarde de otoño, en la que el viento agolpaba las hojas secas y amarillas en la puerta de entrada, me decidí por fin a abrir la caja. No me imaginaba con qué me podía encontrar, quizás por eso sentía miedo. Porque si alguien guarda algo en una caja bajo llave, es por algo.
Cuando la abrí me encontré con cartas. Muchas y amarillas. En un segundo pasó por mi mente que eran cartas de amor que me había escrito Francis ni bien empezamos a estar juntos y que por vergüenza no me las había dado en su momento. Ese sueño de cristal se rompió en mil pedazos cuando vi el remitente: Carolina Dubois. Siempre supe que no fui su único amor, que tuvo muchas amantes antes de mí, pero nunca pensé –o quise pensar- que mientras estuvo conmigo, estaba, también, con otra. Pero ese temor ahora se concretizaba en un nombre propio: Carolina. Las fechas confirmaban que habíamos compartido al mismo hombre durante el mismo tiempo. Sólo leí una, y no pude más. Ella lo quería, era imposible no quererlo, tenía una chispa diferente al resto del mundo ordinario circundante. Siempre cuando entraba a una reunión, o hasta cuando iba a la verdulería entablaba una relación de calidez y todos lo querían instantáneamente. Además, era muy inteligente, podía relacionarse con todo tipo de gente y con todos encontraba algún lenguaje en común. Podía hablar naturalmente hasta con el Presidente, como si lo hiciera todos los días, o con el mendigo de la calle Rodríguez Peña como si se conocieran de toda la vida. Siempre me dijo que no quería morir de viejo, no quería habitar un cuerpo anciano, él quería ser joven toda la vida. Morir a los 56 años pudo haber sido un deseo cumplido.
Pero morir joven implicaba dejarme, no tenerme en cuenta hasta cierto punto. Para mi, amar, implicaba no dejar al otro, pero nuestras concepciones chocaban. Una vez me dijo: “No te necesito para amarte.” Siempre producía en mi sensaciones de amor y de angustia, era un amor angustiante. Lo amaba y él me amaba a su manera, pero yo no lo poseía. El amor suele manifestarse o entenderse como una adquisición y posesión, y yo, aunque quisiera que así fuese, no podía poseerlo. Él era libre, pero yo estaba atada a él. Siempre lo estuve.
Cuando vi esas cartas, primero la odié a Carolina por existir y por haber nacido. Luego, sólo la odié por haberse cruzado con Francis en tiempo y espacio. ¿Por qué las personas se entrelazan? ¿Si no era Carolina, había podido ser otra? ¿Por qué yo no le basté? Siempre tuvo una vida social activa, salía con amigos y viajaba cuando podía. Además, le gustaba cambiar de trabajo seguido. Porque sino “se volvía un vegetal en vida”, como decía él. Una noche volvió tarde y yo me hice la dormida. Cuando se acostó al lado mío me abrazó y me besó la frente y en ese momento pude oler un perfume de mujer, ese perfume dulce que él me había mostrado en una perfumería de Roma, ese perfume que era su preferido. Quizás, siempre tuve pruebas delante de mis narices de que no era su única fuente de amor. Pero, como es sabido, frecuentemente uno no quiere abrir los ojos a situaciones que pueden producir dolor.
Tuvimos un hijo, y ese día, cuando lo tuve entre mis brazos por primera vez, me sentí completa. Toda la incondicionalidad que le pedía a Francis me la terminó dando nuestro hijo. Fuimos padres jóvenes, y él era un buen padre, aunque el suyo propio haya sido un ejemplo paterno un poco inquietante.
Una noche los encontré dormidos y abrazados en la cama de Iván. Iván era chiquito, habrá tenido unos tres años por aquella época y Francis había ido a su cuarto a contarle una historia que no hacía falta que invente porque antes de que nos casáramos se había recorrido casi el mundo entero y no tenía que inventar historias, sólo hacer un poco de retrospección de su propia vida. En ese momento, sentí tanto amor por ambos y pensé que podía dar mi vida, sin dudarlo ni un segundo, por aquellos dos seres que parecían tan frágiles en ese momento de sueño. Esa imagen mental nunca me la voy a olvidar, la veo a veces cuando me acuesto de forma mucho más nítida que una foto, porque, además, hasta me acuerdo de aromas de ese día. Yo había hecho pan casero y se olía la levadura invadiendo la casa, hacía calor y la atmósfera estaba pesada como si se largara a llover en cualquier momento. El olor a lluvia predecía el inminente acontecimiento y justo cuando los estaba mirando acostados y abrazados, empezó a tronar y una lluvia torrencial rompió el silencio e Iván se despertó. Yo bajé a cerrar las ventanas y Francis acostó a Iván. Y después nos quedamos horas charlando en la cocina y comiendo pan hasta la madrugada. Nunca tuvimos silencios incómodos, y si había silencios no eran para nada incómodos.
Ahora la casa nos queda grande, y cada hueco habitado me produce dolor. Cada rincón que miro me remite a un recuerdo vivido junto a él, algo que hicimos, algo que quisimos juntos. La casa respira a pasado.
Hace unos días decidí irme. Me llevo lo justo y necesario. Siempre quise vivir ligera de cosas, como lo hizo él en su época viajera. Iván me espera en Francia.
 Elena Hasapov Aragonés

martes, 30 de noviembre de 2010

UN CADÁVER EXQUISITO

¿Qué es una estrella fugaz?
Es ir hasta un lugar y olvidarse por qué habías ido.

¿Qué es la vida?
Es una casa llena de personas que no se conocen.

¿Qué es un espejo roto?
Es sonreir desde el estómago.

¿Qué es una mosca sobre un cúmulo de basura?
Es eso y nada más. No pienses en definiciones. La verdad es lo no dicho.

¿Por qué las mañanas de veranos suenan a ruta y termo de mate?
Porque preferís patalear y hablar bajo.

¿Por qué la lluvia cae al suelo?
Porque se rompen de placer los peces.

¿Qué pasaría si el mundo se cayera de la cama y se golpeara la cabeza?

domingo, 28 de noviembre de 2010

¿Por qué viste de negro?


Clara Mendez

Consigna: Cómo se enciende una historia, fragmentos de Chejov. Tomé de Notas del cuaderno de notas de Antón Chejov: Cuando, junto a su esposa vestida toda de negro, tan graciosa, él dijo adiós a su hermana, la idea de que debería viajar en el mismo compartimiento de su mujer comenzó a pesarle e inquietarlo.

¿Por qué están vestidos de negro?

La mujer era gorda. Hacía ruidos con su boca todo el tiempo. Era alérgica. ¿Eso era lo que le molestaba?, ¿Que sea gorda y ruidosa? Ella era una buena mujer, lo quería, era amable y cariñosa pero extremadamente ruidosa. No tan extremadamente ruidosa,  en realidad él era el intolerante, una vez que notaba un sonido no dejaba de escucharlo, de forma cada vez más intensa. Él era alto, usaba bigote. Se sentía culpable por detestar tanto los ruidos que hacía su mujer, porque ella era buena y lo quería, pero: ¿él la quería? ¿No será que comenzó a sentir aquellos ruidos cuando comenzó a dejar de amarla? Él había dado su palabra ante Dios, él debía amarla y cuidarla hasta que la muerte los separe. Pero había cosas que no controlaba.
Viajaban en tren, ella no paró de sonarse la nariz y de reír sola durante todo lo que duró su viaje, reía a carcajadas para que él le pregunte de qué reía y ella pudiera contarle. Él sabía que ella reía por eso, para que él le preguntara y así comenzar una conversación vacía como todas las conversaciones que mantuvieron en aquel viaje en tren. Ella le decía, entre carcajada y carcajada, “Julio…” para llamar su atención  y enseguida le contaba  alguna  anécdota que había pasado con su hermana sin que Julio siquiera la mirase.
El tema; ¿por qué fueron para ese pueblo en el campo? ¿Por qué vestían de negro? ¿Por qué ella sonreía? ¿Por qué ella podía disfrutar y él no? ¿Por qué Julio sentía tantas ganas de gritarle,  de golpearla? Julio no la golpeaba ni la insultaba, solo apretaba la mandíbula, se clavaba las uñas en las palmas de las manos, se mordía los labios y ella, cuando lo notaba, le decía “Perdón, te estoy hablando mucho para ser tan temprano a la mañana”  y se volvía a sonar la nariz. Julio pensó, cuando la miró aquella mañana, que tal vez si no tuviera pañuelos no se sonaría tanto, pensó que tal vez ella lo hacía por inercia, pensó que nadie podía tener tanta flema. Julio no le decía nada, no le quitaba los pañuelos, ni le pedía que deje de sonarse solo seguía con su mirada las manos de su mujer cada vez que se dirigían a la cartera y sacaban un pañuelo y lo llevaban a la nariz y se humedecía con aquél líquido que escurría de los orificios nasales como cascadas irritantes.
Entró el guardia del tren, pidió los boletos. Ella sonrió, metió las manos en su cartera y hurgó. ¿Por qué sonreía ante aquel acto tan rutinario? Julio sabía, él sabía que ella le iba a decir algo, que iba a hacer algún comentario amistoso, que iba a sonreír hasta que se le hagan hoyuelos en los cachetes rechonchos que conforman su rostro. Por eso miró hacia la ventana, abstrayéndose de la situación.  
-Bello comedor tienen.
Julio escuchó mirando por la ventana, se mordió los labios, pensó que era absurdo ese comentario, el comedor es un comedor, en todo caso puede ser agradable. Bellas son las flores o un vestido. Le irrita la interminable capacidad de asombro de su mujer. Su compulsión para  hacer siempre un comentario positivo, aunque sea idiota.
-Cuando quiera me avisa y le enseño la cabina del conductor del tren. Siempre llevamos a los niños, así que no creo que haya problema.
- Eso sería genial- Respondió ella llevándose el pañuelo a la cara. Se sonrojó, pestañeo repetidamente mirando al guardia. Julio pudo haber pensado que parecía una niña, pero que eso era patético, no tierno. El guardia se fue. Cerró la puerta corrediza de vidrio y saludó con la mano desde afuera
-Qué buena atención, qué hombre tan amable. ¿Sabías que es un tren de 1880? Estamos en un tren del otro siglo. Lo han restaurado este último mes.
-Los trenes duran mucho.
-Sé que los trenes duran mucho ¿Qué cosas dices? – Lanzó una predecible carcajada.
Julio sabía a dónde iba su mujer, lo sabía. No era tan necio como ella pensaba, pero no quería alimentar una charla amena, no quería que ella piense que él se estaba esforzando. Prefería que todo parezca más real, aunque si se estaba esforzando, desde adentro y por él. Nada tenía que ver el viaje ni aquella tarde en la cafetería de ese pueblo remoto que ya ni sabía por qué existía.
El tren se detuvo. El compartimiento donde estaban sentados se llenó del silencio invasor que llena los ambientes donde no se sabe qué hacer. Cuando el cuerpo sobra y no se sabe dónde meter las manos ni dónde dirigir la mirada. Se sentía el silencio, el motor había perturbado a todos los pasajeros durante ya 4 horas pero en este momento sentíamos la necesidad de que algo sonara para no escuchar nuestros propios pensamientos. Julio gritaba en silencio. Yo estaba ahí y lo escuchaba. Estaba atado a aquel asiento, miraba por la ventanilla. Había un puesto de diarios y el canillita dormía la siesta del medio día. La mujer no cesaba de sonreír, sonreía una y otra vez, las puntas de su boca apuntaban al cielo infinito. Julio clavó sus uñas en la palma de su mano por última vez. Humedeció sus labios, iba a hablar.
-¿Estás despierto? Julio, ¿Me escuchas?
-Si- Dijo Julio y abrió los ojos que se habían demorado en un pestañeo.
-Bajo a recorrer la estación, parece que vale la pena.
Y era una pena, era una maldita pena lo que iba a ocurrir. Julio sabia, sabía cómo iban a transcurrir los hechos.
La mujer se bajó, casi provocando la situación que les relato en este momento, el hecho que hace que valga la pena siquiera contar la existencia de Julio. Julio era un pobre hombre, sumiso a su irritante mujer. Pedía en gritos mudos que lo salve de aquella situación.
La mujer bajó, caminó flameando su holgada falda negra por el andén, como los gatos que caminan por las medianeras tentando a los perros que ladran e intentan atraparlo. Julio miraba por la ventana, se mordía el labio inferior. Transpiraba. La mujer saludó con la mano el tren que ingresaba a la estación, unos niños revoltosos se asomaban por una de las ventanillas.
Por lo menos hoy las puntas de su boca no apuntan más al cielo, por lo menos el negro de su ropa hoy significa duelo. Lo cierto es que Julio sube nuevamente al tren en este momento, no sé dónde viaja, pero veo que viste de negro otra vez.
Dicen que la situación hace al ladrón. Dicen que la mujer se tropezó, dicen que Julio tenía problemas motrices. Él y yo sabemos que no los tenía, que hoy los tiene porqué él cree conveniente tenerlos. Cuando los hechos resultan tan convenientes parece que fueron provocados, no hijos del azar. Dicen que no fue doloso, ¿Cuál es la diferencia después de todo? Culposo, doloso, crimen de todas formas.
Cuando la policía llegó todos estábamos en nuestros lugares pero las puntas de su boca ya no apuntaban al cielo, ni al infinito cielo azul.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Enigmas

Por Nayla Simeone


Muerta la madre, el hijo volvió a la Argentina casi como turista: hablaba mal español. Quería levantar el departamento que fue de su padre, de quien tan poco le hablaba la madre, y cuando lo hacía, era con amargura.

Era como retroceder en el tiempo. Estaba tal cual había sido 10 años atrás. Sus paredes grises, y los muebles negros tapados de tierra y cubiertos por telarañas. Dos telas rojas envolvían el sillón que había sido de la abuela. Las copas añejas que tanto alcohol habían sostenido, y los ceniceros de varios países. En la heladera todavía estaban pegados de los imanes de los viajes. Ya no estaban los electrodomésticos en la cocina, pero sí la barra que fue testigo de tantos encuentros.

Hizo ir a un cerrajero para que abriera la caja fuerte. Encontró cartas. Se dio cuenta por el tono de que eran cartas de amor, soeces algunas, sentimentales otras, la autora se dirigía al destinatario con un nombre privado, acaso secreto, y se afirmaba también con sobrenombre. Dedujo que eran cartas de su padre a su madre. Dedujo que se quisieron mucho. Sin embargo, no entendía aquello de “los encuentros ocultos”, ni tampoco a qué se referían cuando hablaban de un secreto compartido. Hubo algo que nadie supo, o que no se debía saber. Sobre todo su entorno más cercano. Eso hacía que ninguno de los dos fueran felices. De hecho, la falta de libertad era un tema recurrente a lo largo de cada línea.

Yo fui la que escribió esas cartas. La ficción me permitió cambiar detalles de la historia. Su hijo lo sabe sin saberlo, y no me conoce ni me imagina. Yo siempre supe de él, y a pesar de eso, no deje de amar a su padre. Nunca lo logré, ni lo lograré. Nadie más supo de él. Ni siquiera su hijo. Ni siquiera este cuento.

Algunos sueños ( Tp : 7 sobre cuento tradicional) Deborah Valado - Grupo 1


-          ¿Querés jugar?
-          ¿A qué?
-          Respóndeme sí querés jugar.
-          Bueno, pero primero decime a qué.
-          ¿Tantas preguntas necesitas? ¿No confías en mí?
-          Como no voy a confiar en vos, gila.
-          El gila estuvo demás. Decime sí querés o no jugar.
-          Está bien.
-          ¿Sí o no?
-          Te dije, está bien.
-          Como te cuesta decir  sí. Siempre lo mismo vos, pero no importa. El juego es uno nuevo que invente yo, más bien, lo acabo de inventar me parece. Es así, tomamos unas cajas y en cada una de ellas, ponemos frases, que el otro  no sepa cuáles,   de películas, telenovelas, serie, obras de teatro  según el género y luego al azar las interpretamos frente al otro, ¿qué te parece?
-          ¡Cuánta imaginación que tenés! Me sorprendes.
-          Martín, no me tomes el pelo.
-           Luly, no te tomo nada. Pero me dio gracia que dijeras que vos lo inventaste, porque  algo parecido jugué la semana pasada en la clase de teatro.
-          Ah, bueno, perdón, yo todavía no voy a las clases, me las arreglo como puedo para jugar a ser otra.
-          Está bien, no te saques.
-          ¿Sabes qué? Ahora me parece que no quiero jugar. Me  quitaste las ganas.
-          Eso se llama histeria femenina. ¿Acaso estás indispuesta?
-          ¡Qué hijo de puta que sos! ¿Cómo te atreves a decirme eso?
-           Yo no quiero decir nada, pero a todas les pasa lo mismo.
-          Bueno, pero, ¿sabes?, te equivocaste, no me vino un carajo.
-          Me decís a mí, pero la boquita que tenes vos deja mucho que desear.
-          ¿Ahora me vas a decir cómo tengo que hablar yo? Lo que me faltaba.
-          ¡Por Dios! Te propongo mejor si improvisamos alguna escena, ¿te va?
-          Mmm…
-          Ves ahora la que no responde de una sos vos, después me decís a mí.
-          Ni me dejaste hacerlo. Sí, me copo, pero yo propongo el tema sobre el cual hacerla.
-          Siempre autoritaria vos, pero dale ya fue.
-          Somos una pareja que está a punto de divorciarse.
-          Siempre la misma idea, decí que no soy tu novio, si no pensaría que me queres dejar disimuladamente.
-          ¡Qué pavote te pones!
-          ¡Ay!, perdón, ella...
-          Me haces reír, sábelo.
-          Mira, no quiero ser malo, pero  tu tema es trillado. ¿Me dejas proponer otra cosa?
-          Después me decís autoritaria a mí y me bardeas.  ¿Vos qué sos entonces?
-          ¿Podemos dejar de pelear?
-          Vos empezaste.
-          Está bien.
-          ¡No! No me des la razón como a los locos, ¿puede ser?
-          ¿Me vas a dejar proponer algo?
-          A ver, ¿qué idea magnifica tenes?
-          Como te gusta…
-          ¿Cómo me gusta, qué?
-          Nada….
-          Uff…
-          Sos una linda loca, una loca linda. Volviendo al tema de la impro, podemos hacer de dos mercaderes varados en una habitación hasta el otro día de compra. Desde allí, el que hable primero da pie a la propuesta específica y así vamos desarrollando el conflicto.
-          ¿Dijiste dos mercaderes, hombres?
-          Sí, ¿qué tiene? ¿No me digas que te molesta? En la vida del actor hay que pasar por cualquier X situación. Es así, pura adrenalina. ¡No te va a venir mal ponerte los pantalones enserio!
-          Sos maldito cuando queres. Está bien, me someto al reto. Soy tan buena que cuando sea una actriz famosa, te voy a reconocer como mi  primer gran maestro.
-          Gracias, hermosa.
-          ¡Mátate!
-          ¡Cuándo quieras!
-          ¡Basta de delirios! ¿Necesitamos algún vestuario? Creo que algo podemos sacar a mi hermano.
-          Puede ser… pero mejor no, deja… así como estamos, estamos bien.
-          Ok. ¿Quién comienza? Yo me quedo acá tirada en la cama, no tengo muchas ganas de moverme.
-          Empiezo yo. A la una, a las dos, acción. Escúchame José, me parece que no hice bien las cuentas y la señora del mercado de la Bahía se quedó con el vuelto.
-          ¿En dónde tenes la cabeza? Nos vamos a terminar fundiendo si seguís pensando en cualquier cosa, más específicamente, en polleras que no te corresponden.
-          Te prometo que fue mi último error.
-          No me prometas nada, Dios te está escuchando.
-          Igual te confieso, Luisa es la mujer que me trasporta a otro mundo.
-          A mi no me recites poesías.
-          Ya estás viejo, por eso no sentís el amor tal cual yo lo siento.
-          Mis 70 años no olvidaron la pasión.
-          Como usted diga señor. ¿No querés un refresco? El calor y el cansancio del viaje me  aploman.
-          No, gracias. Sólo quiero dormir un rato.
-          Pero nena, ni empezó la acción y, ¿ya te querés dormir?
-          Martín, me sacaste la inspiración. Es parte de la escena, ¿por qué interrumpís? Podes hablar sólo y después me despertas o cuando escuche algo interesante me levanto.
-          Sí, es verdad, perdóname.
-          ¡Qué sea la última vez!
-          Hacete la dormida de vuelta. Escena dos. A la una, a las dos, acción. ¡Cómo ronca este viejo! ¿Quién lo diría? Pensar que a mí se me fue el sueño y él duerme como un niño. Aunque lo veo y me recuerda a mi padre. Sí, ese viejo ofuscado pero con mucha vitalidad y, de vez en cuando, con sonrisas que agrandan su rostro.
-          ¡Carlos!
-          ¡No dormiste nada! Decime.
-          ¿Te parece poco una hora? Mi cuerpo ya es otro. Tuve  un sueño extraño. Estaba en una Isla y un tábano se posó en mí y me indicó ir a cavar y como hipnotizado fui y encontré un jarrón lleno de oro.
-          Vos siempre ambicioso, ¡hasta en tus sueños!
-          Imagínate yo con ese dinero, lo que podría hacer, o al menos con una pequeña porción.
-          ¿Una pequeña porción?
-          Sí,  y con ello nunca más salir a recorrer comercios, sólo quedarme en el jardín de alguna casa podando mis árboles.
-          Yo tengo algo ahorrado.
-          ¿Qué?
-          Yo tengo algo ahorrado y podemos hacer un trato.
-          ¿Un trato?
-          Sí, te ofrezco que me vendas tu sueño a cambio de trescientas monedas de oro.
-          ¿Me lo estás diciendo enserio? ¿Por qué yo te lo vendería?
-          ¿Acaso no te interesa esa cantidad de dinero para no trabajar nunca más?
-          Sí, pero es extraño que vos quieras comprarme el sueño, como el sueño mismo que tuve ¿cómo te lo doy?
-          De las transacciones yo me encargo, ¿estás dispuesto o no?
-          Hasta que no vea las monedas delante de mí no lo creo.
-          Pues bien, ahora las busco, las tengo en mi bolso.
-          No, deja, confió en tu palabra.
-          Luly, ahora podemos poner  como una voz en off para finalizar, ¿te parece?, así contamos lo que les pasó.
-          Dale, pero ya estoy cansada, tengo las neuronas quemadas. Así que termínalo como quieras.
-          Está bien. A la una, a las dos. Acción. Carlos estaba convencido de comprar el sueño porque mientras José dormía había visto salir y entrar un tábano por su nariz. Al escuchar el sueño que había tenido, dio cuenta que podría ser verdadero aquel relato. Hicieron el trato, Carlos compró el sueño y con dichas instrucciones viajó a la Isla, encontró el tesoro y se convirtió en el hombre más  rico y feliz del mundo. José, tuvo sus trescientas monedas de oro,se compró su casa con jardín, pero nunca más volvió a soñar.
-          ¡Bravo, bravo! Lástima que siempre hasta en los juegos querés que pierda. Mejor ándate, no quiero pelear.


 

Daniela

La narrativa de ficción                                             Comisión 1 Cátedra Klein
Profesora:  Irene Klein
 Alumno: David Pérez                                             Trabajo practico Nº 7

Consigna:  trabajar la temporalidad del relato (  completo o  parte del mismo) que envío (de Silvia Molloy, Varia imaginación) como adjjunto ( también quedó en lo de César):
alterar el orden de las acciones ( iniciarlo desde el final) , incluir pausas descriptivas, analepsis, escenas para  transformar la linealidad de este relato y resignificar la historia y de esta manera ofrecer a los lectores nuevas posibilidades de interpretación.
  
   Baje el antifaz y me vi rodeado por una oscuridad privada. Absolutamente mía. Pensé en soñar, en agilizar el viaje. Intente empezar a reconstruir alguno de mis clásicos sueños agradables, para dejar luego que mi inconsciente hiciera el resto, pero sin embargo no me sentía cansado. Fue entonces que no encontrando nada que poder soñar y sin desearlo empecé a recordar el por qué de la extraña circunstancia en la que me encontraba. El por qué de viajar a Buenos Aires.
    Hacia solo unos días se cumplía la segunda semana que Daniela, mi madre, estaba en cama. Fue por lo corto de la charla con el doctor que me di cuenta de lo que sucedía. Ya no había mucho que hacer, no había indicaciones ni recetas nuevas. Daniela no iba a levantarse para ponerse bien.
   Ni bien ella cayó en cama, contraté una enfermera. Luisa se encargaba de que ella estuviera bien y tuviera todo lo que necesitaba. Y si… como Daniela me reclamaba, yo podría haber pedido unos días en el trabajo y no tener que “meter una extraña” en casa. Cuando aún vivía con ella, recuerdo que siempre se rehusó a contratar una mucama. Si bien el dinero abundaba y la casa era un desastre, porque Daniela estaba todo el día trabajando,  ella nunca había querido contratar a nadie que le ayudara con los quehaceres domésticos . Yo tenia bien claro el perfil psicológico de Daniela, a veces me enroscaba mas aun y encontraba relaciones que fortalecían ese perfil imaginado. El lema tácito de Daniela era “yo puedo sola”. A veces pienso que papá tal vez murió tempranamente por ese deseo de Daniela de lograr todo sin ayuda de nadie. Si bien sabia tan poco de el…tal vez ella pensaba que no lo necesitaba…que con su figura maternal me era suficiente…pero no era así. Siempre se lo había reclamado, saber más de papá. Pero nunca nada concreto, ninguna anécdota, solo datos sueltos y críticas, muchísimas criticas.
 Interrumpí a Luisa, quien miraba televisión en la cocina, para avisarle que ya se había marchado el doctor y podía prepararle la cena a Daniela. Subí las escaleras para despedirme. Era algo que me hubiera gustado poderme ahorrar. Simplemente despedirme con un grito de “chau” desde la puerta. Siempre había recriminación en la mirada de Daniela. Especialmente a la hora de la despedida.  Entre en la habitación y ella lentamente abrió los ojos.
-No sé para que sigue viniendo-  la ultima palabra escapó rápido de su boca para verse seguida por una tos seca.
-Está intentando ayudarte…un poco de fe Daniela…un poco de fe…-esa noche no tenia ánimos para ello, reponer esperanzas sin tenerlas no era algo que me saliera bien.
- El de la fe era tu padre, ya ves lo poco que yo ayudo- apreté los puños- yo sin embargo siempre luche desde lo que podía ver y sentir…sé que no voy a estar mucho más acá.- Me senté en un sillón ubicado en un rincón de la habitación, buscando las palabras indicadas pero al no encontrarlas me limite a mirarla.- Sé que me guardas rencor por no haberte podido dar un padre…ya sea los recuerdos del que tenias o uno nuevo.
-Hiciste lo que pudiste Daniela…yo no te culpo.
-Lo que pude… sin embargo aunque te parezca extraño nunca pude dejar ir a tu padre- sus ojos se empezaron a humedecer.- Por eso nunca pude darte uno nuevo…quiero pedirte un favor, el último y más importante, quiero que vuelvas a Buenos Aires y vendas nuestro viejo departamento. Ese departamento representa otra vida para mi y quiero llevármela conmigo también.
-Basta de posdatas Daniela, te vas a poner bien- la bese en la frente –nos vemos mañana ¿si?
Daniela no respondió, se limitó a mirarme. El llamado de Luisa, horas después, en medio de la noche, no me sorprendió.
   Me desperté sobresaltado ante la mirada de la azafata y sintiéndome desorientado, estaba en casa. 
   Abrí la puerta, aunque no sin tener que forzarla un poco. Daniela, no había mandado a nadie a limpiar ese lugar en los diez años que no estuvimos. El olor a humedad me llego con la fuerza de una cachetada. Recuerdos vagos, mínimos, imágenes. Mientras recorría los cuartos haces de recuerdos relampagueaban  en mi cabeza. Mi cuarto, el de ellos, y finalmente lo que mas curiosidad me generaba, el estudio de papá. La caja fuerte estaba sin el correspondiente cuadro ocultándola, por lo que inmediatamente me llamó la atención y captó mi curiosidad. La puertecilla estaba entreabierta. Empecé a pasar rápidamente hojas… algunos documentos de importancia dudosa . No leí nada en extensión, solo lo suficiente como para identificar mínimamente que era. Volví la mirada hacia la caja fuerte y note que bajo ese montón de documentos había un fajo de cartas. Cartas de mi padre. Las leí vorazmente imaginándome una temprana relación entre  él y Daniela. Poco a poco las frases empezaron a hacer ruido.     Referencias a encuentros breves, dificultosos. La imagen de lo prohibido. Deje caer las cartas mientras esperaba que ese dolor en el pecho se volviera llanto, un grito…pero que saliera de mi pecho. Mientras cerraba la puerta del departamento un par de lágrimas cayeron pensando en Daniela…pensando en mamá. 
      

Lo falseado (consigna: trabajar la temporalidad a partir "Ruin", de Molloy)


Estaba por cerrar, el pibe ya se había ido, quedaba el alboroto de la tardecita. Había pensado dar una vuelta antes de volver a casa. En eso entró un hombre, con cara de perdido, peinado hacia el costado y de lentes.
            – ¿Abren cajas fuertes? – dijo con voz de extranjero. Respondí que sí. Pensé en cerrar y hacer ese trabajito de últimas; el domicilio, además, quedaba a la vuelta de la cerrajería.
            Mientras ordené y bajé la persiana del local el otro esperó fumando, después me propuso ir a pie.
En la cerrajería hacemos de todo, aunque raramente se trate de cajas fuertes. Preguntar qué hay dentro de la caja fuerte sería una indiscreción, sin embargo, es en parte la misma que comenten aquellos que nos contratan. ¿Qué quería ese franchute con una caja bloqueada? Enseguida le saqué el acento francés, pero el gesto de los ojos y la forma de sonreír no me daban con un país europeo, que, al fin y al cabo, tanto que decimos de los chinos, los extranjeros para nosotros son todos extranjeros y más o menos iguales. Éste no entraba directamente en ese casillero. En el ascensor me dijo que había nacido en Buenos Aires y tras la muerte de su padre, él y su madre se habían ido a Francia; el departamento al que entrábamos era su casa, aunque era la primera vez que regresaba.
Al parecer, todo lo que había contado el franchute era cierto. En el living había un olor a encierro que espantaba, podrían haber pasado por ahí diez, quince, veinte años, no sé, y si no fuera porque me hacía que el tipo andaba por los treinta y pico, podrían haber pasado cuarenta también, porque ante el primer descuido simplemente se pasan y andá a contarlos después.
Un complejo de cortinas gruesas, doble, negra y bordó, cubría las ventanas y dejaba fuera la luz y el barullo de la calle Tacuarí. Me dijo que lo siguiera y avanzó con un paso familiarizado con el lugar. A lo largo de un pasillo, con tono de disculpas, recordó que no había vivido nadie allí desde que él era niño, por eso la humedad y el polvillo.
– No se preocupe, si hubiera vivido gente aquí cada día, igual tendría polvillo; es una constante – le dije
Había visto que el empapelado de la cocina tenía panzas, brotes de humedad y bordes despegados, como si con ello las paredes se esforzaran por persuadir, por quebrar alguna curiosidad. En el dormitorio esta sensación era todavía más precisa. La alfombra y el empapelado de las paredes también estaban algo deformes. La frazada se me hacía que era de tiza colorada, moldeada como frazada. Adentro de un armario, empotrada en la pared, de treinta por treinta, esperaba con su oído atento y desconfiado, y a la vez como el sabio, que si a pesar de la humedad y del polvillo todavía guarda un secreto, uno que desde el comienzo supo saldría a la luz, no puede, en el momento del don, evitar dar la lucha: estaba la caja vieja y fuerte, y una robusta cerradura. Me gustan esas viejas, pero ya no sirven.
– No sé qué puede haber adentro.
– Espero que no la cuide más que esta cerradura – dije, y el franchute entendió y se rió, y ahí confirmé que la risa era de por acá nomás.
Abrí mi caja de herramientas y busqué una ganzúa para cerraduras de gorjas que había comprado recientemente, de última tecnología, que me ahorraba andar forcejeando.
– ¿Desde cuándo tiene la cerrajería?
– Desde hace mucho.
– Si siempre fue del barrio, tal vez conoció a mi padre o a mi madre.
– Me acordaría si tuviera la capacidad de ésta – dije, y golpeé el metal de la caja fuerte. El franchute quería que yo trajera cosas de treinta años atrás, para eso está el pequeño Larousse; pero como al entrar había visto una mesita ratona con un par de botellas, y ya que había cerrado el local, estando a un pelo de hacer pasar la última parte de las correderas, le pregunté, por las dudas, el apellido.
– Ilara.
Otro clic y la puerta se abrió.
– No hay nube de abejas ni momias – dijo el franchute, alegremente.
– Así parece – dije.
– Qué fácil lo hizo – dijo.
– Se trata de una llave falsa.
Le dí lugar para que abriera del todo la puerta y revisara el interior. Me puse a un lado a ordenar nuevamente la caja de herramientas.
Sacó un manojo de cartas atadas con una cinta rosa. Estaban escritas con tinta negra y una letra chiquita, que se había mantenido durante años formando esas cartas casi salvajes, aún cuando la mano que las escribiera prefiriese, hoy, un teclado ligero. Me abstuve de seguir mirando, dije que me iba.
– Tal vez me puede contar algo sobre este lugar, y sobre mis padres, tal vez. Mi apellido es Ilara. ¿Conoce?
– Me lo dijo – le recordé.
– Deber haber algo para tomar, mi madre, por lo menos, tenía cierta inclinación…
– Tal vez quiera leer esas cartas.
– No ahora, puedo hacerlo más tarde – dijo y salió de la pieza. Enseguida volvió con un Ballantines. Miró la etiqueta. – … del ’70.
Fuimos al living. El chico buscó un par de vasos y sirvió.
– No hay hielo, pero hay quienes dicen que el whisky añejo se toma sin hielo.
– No nos queda otra.
Los sillones eran mullidos pero al sentarnos en ellos se desprendió un olor a lana enmohecida, a polilla podrida; el living, de pronto, se volvió una caverna.
– ¿Siempre tuvo una cerrajería? – dijo con sus erres echas de gárgaras; estos franceses…
– Si. Mi padre era cerrajero, armó el local y finalmente, después de un período como docente de filosofía en una escuela secundaria, yo terminé trabajando ahí, porque trascendía mis idas y vueltas de joven – dije, pero el chico escuchaba a medias, y otro tanto leía las cartas. No me proponía llamarle la atención porque no quería que dejara las cartas.
– ¿Fue profesor de filosofía? – dijo después de un silencio, sonrió, y volvió a una hoja que tenía desplegada.
– Un tiempo…
– …a tu lado – empezó a leer – hay una simpleza que me avergüenza, una especie de pampero que me deja desnuda, flacucha, y risueña. Pero no tonta, querido, no sola. Es como una propuesta que aparece al rondarte: amar desde varios ángulos, todos a la vez, volver como viento norte. – leyó y sonrió con gestos nuestros, y dijo que se trataba de una carta a su padre, que le había enviado su madre, aunque firmaba como Melinda.
– No sabía que la llamaban Melinda. Tampoco sabía cómo ella amaba a mi padre, ni qué le proponía a una mujer.
Siguió:
Al quererte así, desplegada, me siento menos mezquina, y todo lo que nos rodea me parece igualmente particular y erótico.
Avanzó algunas hojas. Terminé el vaso. Y el chico estaba ahí, buscando en la caja fuerte algo así como su origen, las causalidades que lo trajeron al mundo, y a cada rato decía “je, je”, o echaba unas risistas como la correntada cuando pasa bajo la puerta, “psss”, “je, je, je”.
– Mi español no es bueno. Una vez que llegamos a Reims dejamos, sabe, lentamente, de hablar español.
– Entiendo – iba a decir algo sobre las palabras y el sentimiento que provocan, pero me serví otra medida y recargué el del chico. Entonces él me alcanzó una de las cartas.
– Su español es mejor. ¿Le molestaría?
Ahora quería le leyera cómo habían sido las cosas. Agarré la hoja y pensé en el empapelado de la pared de la cocina, en la alfombra del cuarto. Iba a buscar los lentes en la caja de herramientas, pero me acerqué la página a la cara y con un tono como para que escuchara el chico o toda una reunión en el living, dije:
Al mediodía plaza Lezama tiene una predominancia de verdes frescos, como las hojas jóvenes y casi transparentes de los lapachos; a la tarde todo es falso, lo que se ve y lo sugerido, son un engaño; diría que la cosa empieza con la retirada, a la tardecita, cuando yo digo que el cielo es rosa, y vos que anaranjado, y en esa mezcla incierta aparece como una clave para dudar de Lezama, y abrir nuestro propio parque, que tiene siempre colores nuevos e  inventados. Adelanto… pero tal vez no sea el momento de abrirnos, tengo miedo de que todo se complique, que nos queme el sol de Lezama.
Cuidate, te quiero
Melinda.
– No conocía este costado literario de mi madre.
– Bueno, tengo que irme.

Le agradecí el whisky, me dijo que se iba a Francia en dos días pero que quizás pasaría por la cerrajería a saludar. Ya en la calle, entre el traqueteo de la caja de herramientas que me golpeaba la pierna, pensé en Melinda, en esa letra difícil de descifrar pero inconfundible de mi difunta esposa. Pensé también en el pibe que andaría por ahí, y a quien le esperaba, tal vez, un horario de cerrajero, una caja de cerrajero, pero, en rigor, ninguna llave. Había esa bruma de polvillo que se levanta en noviembre, sólo que era julio, o agosto.

Javier Yanantuoni

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Trabajo 7. Grupo 1 (Laura Di Marzo).

Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.

Docente: Di Marzo, Laura

Alumno: Gelmini Juri, Nicolás

Consigna: Relato sin consigna (está en el lugar de la consigna 7)

Original


El vestido con rayas diagonales blancas, negras y verdes lucía mejor afuera que adentro del boliche. Daniel lo divisó por primera vez desde lejos, al otro lado de la plaza; luego, sentado en el bar, lo pudo apreciar en toda su voluptuosidad al pasar Meli frente a la mesa donde él se había pedido, a contramano de sus amigos, un amargo whisky nacional. El vestido era perfecto para el cuerpo de Meli, las rayas anchas y continuas le marcaban los pechos, los pezones, las nalgas; en la fila para entrar al boliche los colores resaltaban entre las demás vestimentas. Sin embargo, una vez adentro y en medio de la pista, agitándose y oculto por el humo, el vestido no hacía grandes diferencias, y Meli pasaba por una chica más de esas que bailan en grupo y a las que hay que atacar en grupo a eso de las tres, tres y media.
Daniel había llegado tarde a la previa, por lo cual debió arrancar directamente por las bebidas fuertes, ya que no tendría tiempo para estirar con la cerveza. Apenas le alcanzó para un whisky en casa de Lucas y otro en el bar antes de ir todos para el boliche. Daniel esperó serio a que la fila para entrar se moviera. Unos cuantos metros adelante veía a Meli, suelta y entretenida.
Entraron y fueron todos a la barra a comprar para tomar. Daniel ya tenía año y medio de salidas nocturnas y su necesidad de alcohol aumentaba mes a mes. Desde la barra mantenía los ojos sobre Meli. Hacía varios fines de semana que quería encararla, había averiguado que estaba sola, y ese sábado se había prometido que la sacaría a bailar. Su problema era que era tímido, y con razón: no era un chico agraciado, su cara no era proporcionada, tenía la frente muy grande y los pómulos salientes, y usaba el pelo siempre corto, lo cual no le aportaba nada de onda a su aspecto. Tampoco se vestía bien. A nivel levante, las salidas eran para él un fiasco tras otro; por eso las rellenaba con alcohol, y por eso tenía que tomar cada vez más.
Pidió un whisky, y luego otro. Meli desaparecía cada tanto de la pista para volver con un vaso de Gancia. Daniel notaba como ella se iba excitando, como bailaba cada vez más frenética. Miraba cada movimiento, los momentos en que levantaba los brazos o la cabeza, la forma coordinada y erótica de mover su cuerpo. Se hicieron las tres de la mañana y los dos amigos más facheros del grupo se fueron solos, dejando a Daniel con Lucas y Fernando. Daniel se dijo que a las tres y cuarto sacaría a bailar a Meli.
Sabía que lo más probable era que ella lo rechazara, pero se negaba a resignarse a las chicas feas, las cuales parecían ser su destino inevitable. Sabía que físicamente no le daba para pretender una chica como Meli, pero pensaba que podía suplantarlo, quizás, con chamuyo. Lo cierto es que tampoco le alcanzaba con eso, y en ese punto se le manifestaba de modo cruel su falta de experiencia, porque ya tenía dieciocho y continuaba siendo virgen, el único del grupo, lo cual no solo lo humillaba ante los otros sino que le provocaba inseguridades y alimentaba sus posibilidades de fracaso. Y no solo no había debutado aún, sino que tampoco había besado realmente a una chica, apenas si le habían dado un piquito, pero no un beso real.
A las tres y diez un grupo de chicos (más grandes) se acercó al grupo de amigas de Meli. En un instante estaban todos en pareja. A Meli la sacó a bailar un chico robusto de camisa a cuadros, que la rodeaba con su brazo y la apoyaba, acercándose cada vez más, hasta besarla. Meli se veía a gusto. Daniel se resignó, como todas las noches, y pidió otro whisky. Justificó su infortunio pensando que a cada persona le toca lo que le toca, que el mundo está ahí, y limita las posibilidades. Leyó las etiquetas de las bebidas al fondo de la barra: Fernet Branca, Tía María, Hiram Walker, Breeder’s Choice, Old Smuggler. Olfateó con fuerza el whisky de su vaso, y sintió un placer lejano pero real. Las chicas seguirían distantes, las contemplaría a la distancia. A una pija de distancia.
No le quedaba mucho por hacer. Se dispuso a emborracharse y a mirar algunos cuerpos femeninos apetitosos; luego los mezclaría en su imaginación con la pornografía bajada de Internet y se dedicaría con vigor a masturbarse.

Trabajo 6. Grupo 1 (Laura Di Marzo).

Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.

Docente: Di Marzo, Laura

Alumno: Gelmini Juri, Nicolás

Consigna 6: Escribir un relato con final fantástico

Original


-…es que nunca se sabe qué puede pasar. Vos no sabés qué te va a pasar cuando salgas de acá. Te puede pisar un auto o se te puede caer un balcón encima.
-Eso es un invento, no es así. Yo sé lo que me va a pasar mañana y pasado y la semana que viene. ¿Sabés qué me va a pasar? Nada. Me voy a seguir teniendo que levantar a trabajar. No me va a pisar ningún auto ni me va a aplastar ningún balcón, no me va a pasar nada raro.
Entraban los primeros clientes a la parrilla y la charla entre Julio y Lucho pasaba desapercibida entre el ruido de puertas, zapatos, autos y pedidos. El televisor molestaba con imágenes innecesarias. Esperaron sus menús 2 (milanesa con huevo frito y papas fritas) sentados contra la ventana que daba a la ochava de la esquina de Independencia y Perú.
-Vos no sabés el futuro. No podés saber si mañana te caés de la escalera y quedás parapléjico. No es que yo tenga miedo, sino que quiero vivir el hoy porque no se si mañana voy a poder.
-Eso es un típico discurso posmo. No te preocupes del mañana, viví el hoy y que todo se vaya al carajo. No planifiques nada, no construyas nada si total te vas a morir. Que no te importen las generaciones futuras, viví y disfrutá vos y el resto que se caguen.
-Pará, yo no digo eso. Yo lo que digo es que no sabés lo que te puede pasar, nada más.

La moto, que avanzaba por San Juan, se detuvo a mitad de cuadra, entre Tacuarí y Piedras. Pato, que viajaba de acompañante, descendió, se despidió de Maxi, que manejaba, y caminó avenida abajo, hablando por celular. Se paró en la esquina de Piedras y miró a su alrededor; el día era hábil y estaba agitado. Observó el bullicio a lo largo de la calle: midió distancias, tamaños de bolsos, personas, vio pasar a Maxi con la moto y supo que debía decidir rápido. Maxi se detuvo al otro lado de la calle y miró hacia atrás con suavidad. Sin dejar de hablar por el celular (o de simular que hablaba), Pato esperó dos rojos del semáforo hasta que encontró un blanco, una mujer joven y distraída, la cartera de cuero colgada en un solo brazo. Con disimulo atendió a la gente a su alrededor, la que se acercaba y la que se alejaba; calculó sus movimientos y el tiempo que le daría el cambio de luz para correr hasta la moto: nada podía salir mal. Guardó el teléfono, que era la señal para Maxi, hizo una última recorrida visual y su tensión muscular aumentó de repente. La mujer de la cartera se acercaba sin cuidado.

-How much for this one? –preguntó el turista con acento inglés señalando una figura en bronce de Carlos Gardel al lado de un farol, que esperaba un comprador en medio de postales, recuerdos, souvenirs, banderines, pins y prendas de vestir con alusiones a la Argentina, a su capital y a sus mitos y emblemas.
-Fifty pesos ¬–respondió el aburrido empleado con acento provinciano.
-I’ll take it.
El muchacho envolvió la pequeña escultura del ícono tanguero con varios papeles. Luego hizo un paquete más prolijo y finalmente lo metió en una bolsa de nylon. Recibió del inglés el billete de cincuenta y lo despidió con un poco amable Thank you, good bye.
El inglés y su mujer salieron del negocio con la bolsa conteniendo lo que luego sería la prueba material de su paso por Buenos Aires. Mitad por aburrimiento y mitad por cansancio, decidieron ir a comer. Habían dado vueltas por San Telmo toda la mañana y ya era mediodía. Caminaron por Independencia sin encontrar ningún restaurante, hasta que desde Bolívar divisaron la parrilla en la esquina siguiente. Mientras esperaban para cruzar, el inglés tomó una profunda bocanada de aire y levantó la mirada hacia los edificios que los rodeaban.
-I don’t like this city –reflexionó.

La acción fue perfecta. En menos de veinte segundos estaban los dos sobre la moto cruzando Chacabuco botín en mano. Había sido fácil: la joven mujer no tuvo tiempo de reaccionar al arrebato y al empujón, apenas si pudo gritar, y cuando lo hizo ya nadie podía ayudarla. Velocidad y decisión habían dado resultado una vez más. La metodología consistía en guardar la cartera en una mochila y no detenerse en ningún semáforo hasta estar a doce cuadras o más del lugar del hecho. Al llegar a Perú doblaron hacia el centro como si nada. Después de muchos robos ya estaban entrenados para disimular, se conocían y sabían qué hacer y cómo. Antes de llegar a Carlos Calvo, un policía los vio: en realidad lo que vio fueron dos hombres en moto con una mochila, en todo caso sospechosos. Maxi lo notó y tuvo que detenerse a esperar el semáforo, intentaba que pasaran desapercibidos. Pero el sagaz agente, lentamente, comenzó a acercarse. Perspicaz, apenas notó que se aproximaba, Pato advirtió a Maxi y éste arrancó lo más rápido que pudo, justo cuando la luz se ponía verde y el policía les ordenaba que se detuviesen.

-¡Dos menú dos, cincuenta y nueve! –se oyó desde el mostrador. Con gestos de hastío y hambre Julio y Lucho se levantaron a buscar los pedidos y condimentar las milanesas.
-Son los discursos del sistema –djio Lucho mientras abría un paquetito de mostaza-. Te los dicen para que consumas y gastes todo hoy, ya mismo, porque si no es ahora puede no ser nunca. Después te das cuenta que tu vida es una mierda y que estás lleno de deudas y no tenés futuro.
-Tampoco es tan así, no es que no planificás nada. Solamente es darse los gustos que uno quiere, no preocuparse tanto por lo que viene después, porque puede ser que no tengas un después –la ketchup caía espesa sobre el aceite que cubría las papas fritas.
Tomaron los cubiertos de plástico y volvieron a la mesa. Estaban mojando las papas en la yema de sus respectivos huevos fritos cuando inesperadamente entraron el inglés y su mujer. Sus caras de gringos, su ropa blanca y limpia y los lentes de sol marcaron un contraste violento con el resto de los clientes de la parrilla, todos trabajadores que no tardaron en dirigirles miradas de burla y desprecio. A pesar de ello los dos ingleses enfilaron para el mostrador con confianza y examinaron los menús que se ofrecían. Discutieron un momento y luego, en un castellano defectuoso, hicieron sus pedidos.

Maxi actuó por impulso y maniobró entre los autos como pudo. Avanzó por la cuadra y logró dejar atrás al policía que había intentado perseguirlos a pie. Atravesaron Estados Unidos: si lograban cruzar Independencia el policía ya no podría ver el rumbo que tomaran y, si tenían suerte, estarían seguros. Maxi aceleró y desde la mitad de la cuadra vio la luz verde cambiar hacia la amarilla; por la velocidad que llevaba la moto le sería muy difícil doblar a la izquierda sin peligro. Se jugó a cruzar la avenida entera a riesgo de chocar contra algún conductor ansioso. La luz cambió a rojo cuando empezaba a cruzar; los autos que esperaban amagaron a avanzar y tocaron furiosos bocinazos. Iban por el tercer carril cuando desde atrás del último auto se adelantó un ciclista. Maxi clavó los frenos e intentó un volantazo fatal.

El inglés y su mujer esperaron la comida con paciencia. Julio y Lucho los señalaban con la cabeza y los ojos y se sonreían. Los turistas, con su pedido (también un doble menú 2) en las manos, buscaron una mesa vacía y eligieron una próxima a la de Julio y Lucho; éstos se sintieron incómodos con esa elección. Los ingleses comieron velozmente. Julio y Lucho los miraban de reojo pero ya no se sonreían. Hubieran querido que se fueran tan rápido como comieron. Aún masticando el último bocado, el inglés abrió el paquete que contenía la figura en bronce de Gardel. La examinó un rato y luego la dejó sobre la mesa; el pequeño Carlitos estaba en pose de entonar algún tango de tono humorístico. El inglés miró a su mujer satisfecho.
-Bad food –dijo con tono quejoso. En ese momento se oyó en toda la parrilla una acelerada furiosa seguida de bocinazos, de una frenada y de un golpe de fierros contra fierros al mismo tiempo que gritos de terror. Antes de que nadie pudiera mirar, el cuerpo de Pato entró por la ventana que daba a la ochava, rompiendo el vidrio y cayendo sobre la mesa del inglés y su mujer; ésta se levantó gritando de modo histérico.
-A la mierda. Pero qué gringos mufa. ¿Así que no nos iba a pasar nada, eh? –dijo Julio irónico, mirando el cuerpo tirado sobre la mesa. Luego miró a Lucho: la sangre salía de su cara herida por las astillas del vidrio.
El inglés se levantó tranquilo de la mesa, como si entendiera todo lo que pasaba. Pato respiraba agitado. El inglés lo tocó con cuidado; apenas se sintió tocado, Pato levantó la cabeza y todos vieron su cara llena de sangre. Se levantó con dificultad y cayó al piso. Quedó sentado y luego se reclinó hasta quedar completamente horizontal. Sobresalía del medio de su pecho la mitad de la estatuilla de bronce.
-I said I didn’t like this city –dijo el inglés con voz cansada.

martes, 23 de noviembre de 2010

En la plaza ( Tp 6 Final Fantástico) Deborah Valado


Debate en la ciudad: ¿Borges o Arlt? Decían que de la complementariedad resultaría el perfecto escritor. Pero era sábado y la gente que frecuentaba la Plaza del Lector parecía no  prestar su atención  a los críticos literarios que asesinaban o revivían libros en hojas de periódicos que luego serían envoltorios de docenas de huevos.
Cuatro bancos sobre el perímetro  circular de la plaza, en uno de ellos, una mujer: Tez blanca, cabellos castaños, traje rojo, zapatos negros, anteojos de sol y cartera rosada. Sólo ella estaba sentada. Los demás transeúntes paseaban en diversos caminos, algunos para la biblioteca, otros para la Av. Las Heras, otros para la confitería.
En diagonal a ella, un hombre se sentó.
Una mirada, primero de él hacia ella, luego en viceversa sin que nadie lo percibiera. Él abrió su maletín, quitó su libreta y lapicera, contempló el espacio y se puso  a escribir. Ella se sacó sus lentes y comenzó a obsérvalo de punta a punta. Él levantó la vista y dio cuenta del duelo que ella le había propuesto con sus ojos.
Él no pudo resistir ante ella. Lo consumió ,poco a poco, hasta que desapareció.

El reencuentro

Por María Luz Gianni Bosse

Yo no quería mudarme a otra casa, a otra ciudad. Iba a extrañar a mis amigos y a mi escuela, entre otras cosas. Me gustaba mucho mi barrio. Cuando empezaba el otoño las calles se teñían de rojo, marrón y amarillo. Me encantaba subirme a los árboles y pasar horas allí mirando lo que sucedía a mí alrededor, sin que aquellas personas supieran que yo estaba allí. Pero ahora en la nueva casa, el barrio es distinto. Y a mi me produce tristeza. No hay árboles, ni calles de tierra, ni esta el ruido de los pájaros. Es decir, esta todo eso, peor yo ya no lo disfruto; porque esta lleno de gente. Nos mudamos por el trabajo de papá, pero yo no quería. La nueva casa era grande, tenía más habitaciones de las que necesitábamos. Mamá no quiso venir con nosotros, ella necesitaba estar tranquila. Me lo dijo el otro día mientras se despertaba de su siesta. Pero yo no entendía porque nos había dejado, si una madre siempre tiene que estar con sus hijos.


Cuando llegamos al nuevo hogar, acomodé mis valijas en lo que sería mi cuarto, en la planta alta. El lugar estaba muy sucio, por lo que tendría que hacer una buena limpieza sola. Mi papá nunca ayudó con esas cosas. Entre al cuarto y las telarañas se hacían notar como aguas danzantes en pleno parque de diversiones. Los muebles eran viejos, por lo que habría que darles una buena mano de pintura. “Lo compré porque era una ganga. Se hace una pequeña restauración y listo”, se excusó mi papá cuando lo miré desilusionada al cruzar el umbral de la puerta principal. Pero ahora en mi habitación la escena se tornaba aún peor. Quite las telarañas con la mano, y sople el polvo que había en la mesita de luz para acomodar las primeras cosas de mi valija. Pero al soplar, el polvo era tal que entro todo en mi nariz y me hizo estornudar como nunca. Caí al suelo y creo que me pegue la cabeza con el armario que había atrás. Quede unos minutos inconsciente, no se cuantos exactamente. Me desperté cuando mi papá me llamó para ayudarlo con una caja que contenía papeles del trabajo. Cuando bajé las escaleras todo retumbaba en mi cabeza, el rechinar de los escalones partía mi cabeza en dos. “Bravo, Mariana, la próxima vez acórtate que sos alérgica al polvo”, me decía a mi misma mientras intentaba bajar las escaleras con equilibrio. Mi papá me noto rara y me pregunto que me pasaba. “Nada, es tu casa que me pone de mal humor”, le contesté fríamente. No quería que se preocupara por mí, el enojo de la mudanza no se había apaciguado entonces. La noche nos encontró en vela, literalmente, ya que mi papá no había tenido tiempo de pedir la instalación de la luz en la central eléctrica. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, el golpe había sido más fuerte de lo que pensé, y me preocupe un poco. Decidí ir a dormir sin comer, porque el rechinar de la cacerola o el castañar de los dientes, ya retumbaban en mí, de solo pensarlo. No había desarmado la valija en su totalidad por lo que tuve que escarbar en ella para encontrar mi pijama. Agacharme para buscarlo me mareo un poco, esto ya no me gustaba nada. Encontré el rayado, verde y violeta. Me lo puse y me acosté en la cama. Pero unos segundos más tarde sentí náuseas y fui al baño. En el camino me tropecé con unas cajas y muebles que no supe divisar en una noche oscura. Me pasé toda la noche vomitando. Me sentí extraña. Sin duda, mi cuerpo rechazaba este nuevo lugar al cual poco le encontraba de interesante. Miré mis piernas y tenía como cuatro moretones. Maldije la nueva casa y los muebles que no conocía.

Los días que siguieron fueron más tormentosos. Los dolores de cabeza y malestar estomacal eran cada vez más agudos. Vino un médico, pero no me encontró nada grave. “Estas somatizando el cambio”, me dijo. Pero si era solo eso no se porque se quedo tanto tiempo hablando con papá. Con mi debilitamiento constante, comencé a ver a mamá más seguido. Ella venía a verme cuando papá trabajaba y la señora que me cuidaba hacía los mandados. No quería tener roces con él, eso me decía. La subida a los árboles ya eran cosa del pasado, solo podía recordarlo como símbolo de los momentos felices que pasaba cuando estábamos todos juntos en mi casa que tanto me gustaba. Los días transcurrieron y cada vez había más gente en casa, se escuchaban voces en las otras habitaciones, el olor a comida en un horario especial, gritos y mamá comenzó a sentarse en mi cama, ya no se escondía tanto de papá. Pero cuando el venía a mi cuarto, hacía como que no existiera. Yo no sabía que la relación estaba tan mal entre ellos. Empezó a cambiar todo cuando ella se pasó semanas en la cama porque no se sentía bien. El olor de los pasillos había cambiado, y me daba más náuseas. Yo no podía levantarme de la cama, así que tenía un balde cada vez que me sentía mal. La comida de Marta, la señora que me cuidaba, era cada vez más fea, y mi papá estaba muy triste cuando lo veía. Él me decía que eran problemas en el trabajo, pero yo sabía que había algo más. Estaba preocupado por mí, porque no podía jugar como antes. Pero mi mamá me decía que todo iba a salir bien y que pronto estaríamos los tres juntos de nuevo.

Una mañana mi mamá apareció por la puerta de la habitación. Nunca la había visto tan linda. Llevaba un vestido blanco, con detalles en color nácar. Me dijo que era hora de irnos, que ya estaba curada. Yo le creí porque cuando la vi, todos los dolores se me fueron y me sentí en paz después de aquellos días insoportables en la habitación. Me paré, ella me tendió la mano y salimos juntas. Me prometió que papá vendría pronto con nosotras y que yo lo podría ir a visitar cuantas veces quisiera. Al salir de la habitación me dijo “te extrañé hija”.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Betina ( TP 4 Objeto ) - Deborah Valado


        Juan Ramón espió el reloj, faltaba todavía media hora para volver a su casa. Las tablas de números se le mezclaban con las ansias de salir de esa puta oficina. Aunque lo pensaba dos veces y era su segundo hogar. Horas y días enteros dedicaba a llenar planillas, a contar, a sumar, a ocultar. La vida de un contador podía resultar interesante a los 20 años, pero luego a los 40 ya no lo era tanto. Pero era así, esa era su vida, así que la apreciaba como tal. De chico cuando le preguntaban qué iba a ser de grande nunca sabía responder. Tenía el sueño de atravesar el mundo, ser un marinero con todas las sirenas disponibles sólo para él. Sí, la eterna condena del egoísmo también había llegado a su cuerpo, pero no sabía si le había traído problemas, más bien - según él - lo alivió de muchas mujeres que sólo quisieron joyas de su billetera. Aunque, siempre en boca de otros, ellas ni se habían acercado por su aspecto de sequedad.

         Hizo un recuento de las tareas pendientes antes de volver, no se tenía que olvidar bajo ninguna circunstancia de comprar el nuevo alimento balanceado para Félix, ni tampoco de las piedritas, ya había mucho olor en la habitación, creía que los dos se iban a desmayar sí ese día no las cambiaba.

       Pasó Marcela, siempre indiferente, pero aún así se mostró toda con su escote fatal. La semana anterior luego de tantos mails tirados en su casilla, Juan Ramón se había acercado con total seguridad al escritorio de ella, había pensado – al no recibir ninguna respuesta - que se hacía la difícil porque de verdad él le atraía. Aunque, cuando a penas le quiso preguntar le lanzó: “Sos un pelotudo. No me molestes más.”, y se fue hacia la cafetería. Esa agresión, no obstante, lo calentó más, pero sabía igual que ella era de otro hombre y nada más que eso podría expresar por él.

         Juan Ramón volvió a su escritorio, puso la cabeza frente a la computadora, cerró el programa, apagó todo, guardó los papeles en el maletín, saludó en general, bajó por las escaleras y al fin respiró, aunque aire contaminado, pero más que eso no podía pedir.

           Caminar por la ciudad debía ser una de las cosas que más le encantaba, no obstante, lo tenía que hacer rápido, Félix, tal vez, empezaría a rasguñar las almohadas, no toleraba que él llegara tarde. Siempre se preguntaba cómo sabía la hora exacta que volvía y nunca se respondía, sólo llegaba antes que pasara algo.

        Abrió la puerta, lo encontró sobre la cama, fue hacia él. Lo miró fijo y lo saludó con las palabras de siempre, se agachó y se dejó lamer las manos. Dejó el maletín, puso la comida, cambió las piedritas, prendió la radio, destapó la cerveza, se echó al sofá. Félix terminó de comer, le gruñó con afecto y se subió a sus piernas, se quedaron dormitando hasta el final del programa de jazz.

          Antes que sonara la melodía china del despertador Félix saltó de la cama. Juan Ramón se asustó y también pegó un salto. Se cambió y sus pasos hasta el baño fueron automáticos. Se miró al espejo, se sacó las lagañas, abrió la canilla, se mojó las manos y el rostro, se cepilló los dientes, volvió a refrescarse, se peinó, se puso gel, se sonrió y fue a preparar el desayuno para los dos. Como a Félix también le encantaba la leche con cereales, sólo tuvo que dividir las partes y servir directo. En esa mañana no quería escuchar noticias, así que apretó play al disco de jazz. Mientras trataba de cantar sobre las pistas, sonó el timbre. Pensó quién podría visitarlo y no llegó a ninguna conclusión. Atendió, era el cartero. La sonrisa más grande de su vida se hizo dueña de sus pómulos. Recibió la caja, pero ya era tarde para abrirla. Otro día de resignación lo esperaba. Guardó la reliquia, se despidió de Félix y salió.

         No había nada peor que viajar en el subte como una sardina en una lata a punto de cerrarse. No sabía por qué había tomado la decisión de hacerlo, sólo lo hacía por una estación. Pero, en verdad, la noche anterior había soñado de nuevo con ella y entonces pensó cruzársela por mera casualidad. Pero no tuvo dicha oportunidad.

       La oficina, siempre tan pálida como sus mejillas. Nada fuera de la común. Las agujas volvieron a marcar la hora de salida y se fue.

      Gritó para sus adentros: “¡Qué alegría! ¡Hogar de nuevo!” Antes que nada se dirigió hacia la caja y a penas lo saludó con un gesto a Félix. Y ahí estaba ella, toda desinflada. “¡Sí, al fin tengo a mi muñeca Betina!”, exclamó. Tal vez encargarla había sido una de las incontables decisiones que muchos años tardó en concretar, sin embargo, tanto lo gratificaba que, en ese mismo momento, borró el tiempo de su ausencia.

        Buscó el inflador de la bicicleta. Recordó haberlo dejado arriba del lavarropas. No lo encontró y ya se ofuscó. La preocupación lo desorientó en su propio espacio y convirtió a la memoria en un ente inalcanzable. Pero por suerte, mediante un giro corporal su atención visual ganó la partida y descubrió el inflador entre la ropa para lavar. Mientras la fue inflando, Félix miraba desentendido. Juan Ramón la palpo hasta que sintió que estaba tan robusta como le fascinaba y para no ser descortés los presentó mutuamente.

         Betina era rubia como una de esas alemanas de revistas y 100-65-95 eran sus medidas, ella era perfecta para él. Pero la miró y le faltaba algo, estaba pálida y hasta le dio la sensación que en cualquier momento se le ponía la piel de gallina, tenía que ir a comprarle maquillaje y ropa. Todavía el shopping no había cerrado así que aprovecho para hacerlo de inmediato. Trató de hacer el menor ruido posible, Félix ya se había quedado dormido. La besó en el frente y con lástima la encerró en el placar.

        Las calles resultaban otras, su alegría las pintaba. Llegó al shopping, entró al primer local de etiqueta femenina que encontró, le compró un precioso vestido azul, mintió y dijo que era un regalo para su novia. Salió pensando qué más podía comprarle, pero sin que por ello lo absorbiera demasiado. Ingresó al supermercado, fue al sector de ropa interior, sabía que los precios estaban más bajos que en cualquier otro comercio. Volvió a cambiar la destinataria de las prendas, ahora , ante una encargada del sector, trató de evitar cualquier gesto que lo delatara, pero tampoco entendía por qué tenía que estar pendiente de la mirada ajena, sin embargo, lo estaba. Pidió todo muy rápido y caminó hasta la zona del basar, el changuito sólo llevaba - hasta ese momento- un camisolín de encaje, un conjunto de corpiño y tanga, unas medias y un portaligas. Su cabeza estaba más baja de lo común, no podía dejar de sonrojarse ante el supuesto cruce con una señora mayor. Tomó una caja de copas y continuó hacia la fiambrería, tenía ganas de comer – a la noche - una buena picada. En fin, terminó de tachar la lista de compras y ya estaba parado enfrente a las cajas. Otro tramite fastidioso el de pagar, pero ya resuelto volvió a la casa con más ganas de verla.

      Estaba delante de él, bella. Juan Ramón le puso sólo el vestido azul, le pintó los labios de marrón brillante, la dejó recostada en el sillón y empezó preparar las cosas para la cena. Félix maullaba, también ya tenía hambre. Descorchó un vino, lo sirvió en las nuevas copas, brindó por ambos. Su atención estaba en Betina, se olvido de servirle la comida a Félix y se recostó al lado de ella. Se preguntó: “¿Tan atractiva puede ser?” Para él era mágica, lo atrapaba como el juego a un niño, para dejarse ser otro personaje. Y en eso se había convertido, en otro. Un otro que se exponía sin pedir nada a cambio más que vivir.

           Una gran velada fue la noche, al otro día se despertó al lado de ella. A Félix no lo había dejado subir, se quedó – a pesar de su voluntad – en la alfombra de entrada. La rutina se impuso, otro día de oficina lo esperaba y no podía saciar su deseo de quedarse.

        El trabajo era un caos a contraposición de las plazas de Buenos Aires que, a penas subía la temperatura, se hacían más plenas para disfrutar unas cervezas allí. Se propuso que, antes de ir al departamento, iba a pasear un rato.

       Luego de muchas vueltas, ya eran ya eran las once de la noche cuando llegó al departamento. Su vista se dirigió al sillón. Percibió que Betina estaba un poco más flaca, se acercó para corroborarlo. Creyó que al final no era de tan buena calidad sí tan rápido se desinflaría. Pero al acercarse, se sorprendió con lo peor que podía esperar: tenía la espalda toda rasguñada. Furia, mucha. Bronca, mucho más. Llamó a Félix, pero no aparecía. Abrió el placard, y nada, Por debajo de la cama, tampoco. Félix estaba acurrucado en las toallas del baño. Allí lo encontró y sin control le clavó la cuchilla que minutos previos había tomado de la mesada.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La felicidad de Z

por Agustín Saavedra

Conocemos un solo día en la vida de Z. Sabemos que trabajaba en su casa, aunque no sabemos de qué, si trabajaba en la computadora o tenía un taller, si tenía empleados, si trabajaba de noche, si había estudiado; no, mejor no entremos por ahí, eso ya no lo sabemos, pero en definitiva no importa. Z salía a caminar después del trabajo, eso sí hace a la historia.
Era el segundo día más frío del año, según habían dicho en la radio y en la televisión. Z había encontrado de casualidad unos guantes mientras revisaba un cajón en busca de pañuelos descartables. Luego, el abrigo y la bufanda para salir a la calle. Z salió a caminar, dije, y en la primera cuadra ya pudo escuchar el ruido.
Sabemos del ruido porque Z lo escuchaba, pero no sabemos de dónde venía, es decir que podía venir tanto de un equipo de música de una casa cualquiera, como de un semáforo roto o de dónde se nos ocurra. Era, eso sí, una única nota que permanecía y, con los minutos que avanzaban, empezó a crecer.
Z miró a su alrededor y descubrió que el ruido venía del cielo, o de los techos, desde arriba, digamos. Desde luego que no sabemos cómo ocurría eso, pero ni siquiera Z se lo preguntaba, porque ya se ocupaba en caminar más rápido para llegar a su casa lo antes posible. Todos hacían lo mismo: caminaban, cruzaban avenidas sin mirar a los costados, algunos se tapaban los oídos porque el ruido se hacía de verdad insoportable.
Ahora empezaban a chocarse entre sí, a correr, a gritar, a golpearse contra las paredes, contra los blancos autos estacionados. Z no era lo excepción, eso lo sabemos porque podemos verlo discutir con un gordo viejo de barba, podemos verlo agarrarse a un poste para no perder el equilibrio.
Pero hay que reconocer una cosa: en ese caos, en ese abismo ruidoso, Z al fin pudo reconocerse y compactarse con el otro. Influyó, suponemos, la posición del día. Pero aclaremos otra cosa, los días no importan, los números no hacen a esta historia, cualquier día es hoy, digamos, porque en Z no volvió a asomar lo que aquella vez pasó.
Sabemos, aunque no podemos comprobarlo, que Z visitó otras calles, negocios de otros, que se compactó con gente lúcida, que iguales trabajos señalaron su cuerpo; y no, nunca, eso ya no pasó, ya no volvió sentir esa unión en la calle. Porque sentir algo en unión, aunque fuera, y lo fue, un ruido azul, frío, insoportable, significó para Z un posible abrazo voluptuoso.
Pero sucedió una cosa más, y de eso sí fuimos testigos, aunque, como sabemos, es muy difícil de contar. Porque ¿quién le desea a quién un trabalenguas? ¿Quién le desea a quién un maldito momento hermoso? Entonces claro, Z quedó trabado, clavado, y cómo no vamos a quedar así, nosotros, que también vimos lo pasó.
Dije, la gente se agolpaba como en un tornado pero sin viento, con ruido azul. Eso mismo quiero contar, cuando Z quedó girando sin saber qué hacer. Entonces vio a una mujer que, por qué no, bien podríamos llamarla M.
Decía: la calle, la gente y Z eran una misma cosa que vibraba con el sonido. M, en cambio, con un paraguas, se disponía a cruzar la calle. No llovía, hacía frío, eso lo sabemos desde un principio, era el segundo día más frío del año.
M de todos modos tenía un paraguas y no parecía alterada por el ruido. Era más joven que Z, pero la manera en que llevaba el paraguas expresaba una madurez vital. Los autos, encapsulados, pasaban a toda velocidad, por eso M no podía cruzar la calle. Entonces Z se acercó, M lo vio llegar y se hizo a un lado para que Z pudiera entrar. Y ahora lo sabemos: bajo el paraguas no había ruido.
Allí abajo y junto a M todo estaba bien: un verdadero momento de felicidad, un mundo propio en donde nada era hostil. Es decir que Z y M se separaban de la calle y del ruido para caminar juntos en el abrazo del paraguas.
M propuso acompañar a Z a su casa, y eso hicieron, caminaron hasta llegar a la casa de Z. Sabemos que en el camino no hubo conversación y, tristemente, ya no sabemos mucho más. Conocemos la forma en que se despidieron y podemos, si se quiere, intuir algo por la cara de Z durante aquella noche: una firme confusión.
El ruido, la calle, la gente, el paraguas, M, no sabemos qué estuvo de más, qué representa qué, si algo fue sincero o todo una triste manipulación nuestra. Por lo demás, sabemos que Z tampoco lo sabe, y que M, por su parte, no se enteró ni siquiera que hubo, para Z, un ruido azul, un maldito momento hermoso.