martes, 14 de septiembre de 2010

Grupo 1. Trabajo 2.

Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.


Docente: Di Marzo, Laura

Alumno: Gelmini Juri, Nicolás

Consigna: Diálogo entre dos personajes (Trabajo N°2).

Original



Los motores



El tren salía a las doce de la noche (23:59), y ellos llegaron al bar de la estación media hora antes. Llevaban poco equipaje (él, mochila y estuche de violín; ella, cartera y bolsa de nylon), teniendo en cuenta el destino que indicaban los boletos.

El bar estaba vacío. Se sentaron en una mesa cualquiera y pidieron cada uno un café. Ella jugaba con los saquitos de azúcar, los sacudía, y tenía un cigarrillo apagado en la mano, que no prendería. Él la miraba a los ojos con la espalda apoyada en el respaldo.

-¿Te acordás la dirección para cuando lleguemos? –preguntó él.

-Mendoza 2346 –dijo ella enseguida, levantando la mirada.

-Entonces voy a tirar el papel –dijo él después de un suspiro. Ella lo siguió con la mirada mientras el se levantaba rompiendo el papelito.

-¿Creías que no me iba a acordar? –dijo ella, entre altiva e insultada. Él tiró el papel y volvió a la mesa sin contestar. El mozo les sirvió los cafés con expresión neutra.

-¿Qué hora es? –preguntó ella. Ahora él miraba el mostrador. No contestó.

-¿Me decís la hora? –volvió a preguntar ella. Las mujeres no soportan el silencio, y él se vio obligado a contestar algo.

-Falta –dijo él secamente. Ella lo miró sintiéndose nuevamente insultada; pero a pesar de ello, siguió intentando conversar.

-Espero que la casa esté bien. Van a ser un par de meses.

Él no contestó.

-Esteban dijo que es en un barrio, lejos del centro. Eso me parece importante, ¿a vos no?

Pasaron unos segundos.

-Sí, es importante –dijo él finalmente-. Por eso nos vamos de acá, porque hay demasiada gente. Allá… allá vamos a estar tranquilos. -Su tono era el de un maestro que repite la lección por cuarta vez.

-No creo que vayamos a estar muy tranquilos –dijo ella con severidad-. No va a ser igual que acá. No me lo creo. Cuando pase el tiempo vas a ver que vas a querer volver. Y yo tampoco estoy segura de poder acostumbrarme. Yo sé todo lo que dijo Esteban de la seguridad, de la información y todo eso, pero tengo una vida también. ¿Qué vamos a hacer todo el tiempo? ¿Escuchar la radio?

-Yo tengo el violín –dijo él, pretendiendo hacer un chiste. La cara de ella se congeló en una expresión de sorpresa desagradable. Él siguió-. Y tenemos todos los libros que dijo Esteban que hay allá, y podemos comprar el diario, escribir. Tampoco tenemos que quedarnos quietos sin hacer nada. Hay que tener cuidado, nada más.

Pasó un minuto. Él observó a su alrededor disimuladamente; todo parecía tranquilo. Miró a lo largo de los andenes y hacia la puerta de la estación. Estaba bien entrenado.

Se hicieron las doce menos diez, y el tren llegó. Inesperadamente aparecieron más pasajeros, muchos. Él se sorprendió por no haberlos visto antes. Ella se levantó rápido, mirando el piso, moviendo el cigarrillo en la mano, sin encenderlo. No había tocado el café. Él se movió lentamente, fingiendo tranquilidad. Dejó el dinero sobre la mesa, habló casi en susurros.

-Disimulá un poco, querés. Lo único que falta es que algún perejil se avive y nos hagan abrir los bolsos y el estuche.

Tras estas palabras ella se quedó inmóvil. Él la tomó del brazo y se dirigieron a la formación. Mostraron los boletos; el guarda los miró con normalidad y les indicó los asientos. Subieron al tren, acomodaron los bolsos y se sentaron. Él la tomó de la mano; ella estuvo a punto de llorar.

Quedaban unos pocos pasajeros en el andén cuando a lo lejos, tenuemente pero cada vez más fuertes, se oyeron fatales los motores, el griterío.

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