Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.
Docente: Di Marzo, Laura
Alumno: Gelmini Juri, Nicolás
Consigna: Contar un hecho histórico desde una mirada infantil.
Original
Allan
Con Julia decimos que en vacaciones nunca se sabe qué día de la semana es, porque no tenemos que ir a la escuela y entonces hacemos todos los días lo mismo. Todas las vacaciones son iguales: levantarse tarde, salir a jugar mucho (hace calor y hay luz hasta tarde), andar en bicicleta, a veces ir a la playa. Pero hubo algunos veranos que fueron distintos, como aquel en el que encontramos a Allan, porque hacía mucho que con Julia pedíamos un perro.
Allan resultó ser un gato, pero nos vino bien igual. En verdad el que lo encontró fue Guille adentro de una caja de zapatos, y como a el sí que no lo dejaban tener ningún animal lo primero que hizo fue traerlo a casa. Para Julia y para mí fue más o menos fácil que mamá lo acepte, porque a ella también le gustan los animales, y el estado de Allan conmovía a cualquiera: tenía el cordón umbilical seco pegado a la panza, los ojos todavía cerrados y no podía caminar, apenas si temblaba y movía las patas, maullaba. Criarlo fue complicado: había que darle leche con un frasco de tintura (tipo mamadera) porque no podía tomar desde un tarrito en el piso (mamá terminó encariñándose tanto que era ella quien lo alimentaba).
Aunque cuando llegó era muy chiquito (yo lo podía sostener con una mano sola), fue creciendo y aprendiendo las cosas de la vida del gato, como dormir de día y trepar a los techos, y se fue haciendo un lugar en la comunidad de gatos del barrio. Lo bueno fue que con Julia siempre lo acariciábamos y jugábamos con él, y cuando a los gatos se los malcría de chiquitos, se vuelven muy mimosos y mamengos, así que cuando creció teníamos un gato muy cariñoso, y nos encantaba.
En invierno se quedaba más tiempo adentro de la casa, pero en verano podía pasarse días enteros sin volver, dando vueltas por ahí. Pasaba hasta tres días afuera y aparecía, flaco y lastimado con arañazos y mordiscones. Gato peleador.
El verano que Allan cumplía dos años en casa también fue distinto. Unos días antes del aniversario de su llegada, Allan desapareció de repente, como era su costumbre. Era un día de verano raro. Hacía mucho calor como siempre en Entre Ríos, lo que era raro era que estaba todo muy silencioso. Ni bien me levanté Julia me dijo que Allan no había aparecido para comer. Salí al patio y mamá estaba colgando la ropa. Le di un beso y le dije que Allan no había aparecido, para ver si ella sabía algo sobre su posible paradero. Sin mirarme me dijo que no sabía nada, y después entró a la casa. Ella también estaba rara. Yo me había levantado con la idea de ir a la playa, porque hacía varios días que no íbamos, un poco porque mamá estaba sin ganas de ir y otro poco por la crisis. Pero después de ver como estaba mamá ni le comenté porque supuse que ese día tampoco tendría ganas de ir (había que sacar el auto, manejar, pagar la entrada al balneario).
Entré atrás de ella y me preparé una leche chocolatada. Mientras revolvía unos papeles mamá nos preguntó a Julia y a mí si habíamos escuchado algo de los saqueos en la ciudad; le dijimos que no. “Parece que ayer a la noche saquearon uno de los supermercados de Riccio, y ahora se estaba juntando gente alrededor de otro”. Yo había escuchado que en Concordia habían habido algunos saqueos, pero me parecía increíble que en Concepción los hubiera. “Sí, y parece que siguen en Concordia y hay algunos en otras ciudades”. Habíamos visto la noche anterior que en Neuquén y en Buenos Aires había gente protestando, pero las protestas y los piquetes eran algo relativamente común desde hacía un tiempo. Mamá había escuchado lo de los saqueos por radio y por los vecinos, así que prendimos la tele, y vimos que los saqueos en Concepción del Uruguay aparecían en los principales noticieros nacionales, y que había otros también en Buenos Aires, y una protesta muy grande.
En eso llegó papá de la calle con noticias: cerca de otro supermercado grande había un gran tumulto, y la policía, que no daba abasto, estaba a punto de liberar la entrada. Decía que había visto gente llevándose comida, pero también cajas registradoras, balanzas, heladeras, juguetes y vinos. Yo estuve a punto de decirle que fuéramos a saquear nosotros también, pero el supermercado de nuestro barrio estaba cerrado y además estaba a punto de quebrar. A mí me parecía una situación que había que aprovechar: hacía un montón que estábamos en crisis, pagando con federales que no se podían usar afuera de la provincia, además de que no te daban vuelto. Todo era un caos con el corralito y el riesgo país, la desocupación, los cacerolazos y la gente protestando frente a los bancos en Buenos Aires, y los paros, las clases que terminaban antes. Aunque tampoco me parecía una situación muy terrible, porque papá nunca nos decía si sus problemas con el negocio eran muy graves. Pero sabíamos que el país estaba mal.
Papá también contó que en el centro los negocios se estaban enrejando de apuro, porque se rumoreaba que desde los barrios más pobres venían grupos de gente a saquear todos los negocios, no solo los supermercados. En eso vino Ana, una amiga de Julia, y las dos salieron en bici a dar una vuelta, aunque mamá les advirtió que tuvieran cuidado y que no se alejaran mucho. Yo me quedé viendo un rato las noticias y me acordé de Allan, así que volví a salir al patio a ver si lo ubicaba: a veces dormía a la sombra en algún rincón fresco.
Lo busqué por todos los lugares donde solía echarse, pero era evidente que se había ido por ahí. Cuando volví a entrar mamá estaba terminando de cocinar, así que puse la mesa y le avisé a papá que estaba pronta la comida. En eso llegó Julia y dijo que en la peatonal y el centro estaba todo cerrado, y que las calles estaban vacías. En las noticias vimos que todo seguía mal, así que después de comer nos quedamos mirando los noticieros un rato.
Entrada la tarde salimos con papá a recorrer la ciudad y los supermercados. La policía se había concentrado en los que aún no habían sido asaltados. En los que habían sido saqueados, no quedaba nada. Papá no iba a ir a trabajar, así que volvimos a casa. En la puerta había algunos vecinos hablando con mamá. Yo fui para el fondo y llamé a Allan haciendo ruido con su plato de comida (que era la forma de avisarle que le iba a dar de comer), pero seguía sin aparecer. Yo sabía que siempre volvía, pero me ponía nervioso igual. Estuve llamándolo un rato y al final volví a entrar.
Cuando los vecinos se fueron, papá, mamá y Julia entraron, y miramos un poco más de las noticias. En Buenos Aires estaba todo el mundo en la calle, tiraban piedras, gases, la policía andaba con caballos, hablaban de muertos. En un momento el presidente anuncia que declara el estado de sitio. Yo no sabía qué era: papá me dijo que cuando había estado de sitio no se podía salir de la casa, y que la policía te podía meter preso sin preguntarte nada. Después de comer, y antes de acostarnos, vimos que en Buenos Aires había cada vez más gente en la calle, y que había renunciado Cavallo. Yo me acosté después de llamar a Allan otra vez, sin éxito.
Al otro día me levanté más temprano que lo normal. Fui enseguida a ver si Allan había vuelto, pero no lo encontré. Me quedé en el patio hasta que mamá me llamó a comer. Comimos y todos hablaban de la situación del país, porque en Buenos Aires había batallas en la calle. Yo no participé de la conversación, sino que volví al patio, y me quedé a la sombra, esperando a Allan. Lo esperé toda la tarde. Mamá me preparó una leche. Desde el fondo escuchaba que los vecinos iban y venían de casa en casa. Yo no esperaba que nadie me fuera a saludar, y nadie lo hizo.
Más tarde mamá me llamó y me dijo que el presidente había renunciado. El dato en sí no me causó mayor impresión, pero por una curiosidad indiferente fui a ver la televisión. Allí vi esa imagen, el presidente subiéndose a un helicóptero para irse de la Casa Rosada; y comprendí. Los saqueos, la represión, la policía, el estado de sitio, todo tenía sentido. Comprendí la política, comprendí a las personas. También comprendí que Allan no iba a volver, que se había ido para morirse, que se había ido para siempre; no volví al patio. Me quedé viendo las noticias: pronto se designaría un nuevo presidente.
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