jueves, 30 de septiembre de 2010

Trabajo 4. Grupo 1 (Laura Di Marzo).

Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.

Docente: Di Marzo, Laura

Alumno: Gelmini Juri, Nicolás

Consigna 4: Escribir un relato con un objeto como factor de tensión o condensación narrativa.

Original


Tema del héroe

Las situaciones más extremas que Mario había imaginado que alguna vez tendría que afrontar no pasaban de incidentes más bien elementales, no muy apartados de su vida cotidiana de trabajador rural. En todo caso, no incluían manejar la Grand Vitara del patrón por la ruta 39 a 160 kilómetros por hora, con la hija del patrón en el asiento trasero desangrándose por una herida en la pierna. Sin embargo, y a pesar de la indiscutible peculiaridad de esa situación, Mario la había encarado con relativa frialdad, y se sentía sorprendido y hasta orgulloso por la forma en que había reaccionado. Eran las nueve de la mañana (él estaba en el galpón de pollos desde las siete y media) cuando escuchó los gritos de dolor y de auxilio, incluso oyó su nombre (después dudaría si lo había oído o no). Sabía que ese día iba a estar trabajando solo, que en la casa estaría solo Valeria, que el patrón y su mujer volverían de la ciudad después del mediodía. Los gritos lo sacaron del galpón y vio a Valeria parada en una sola pierna, con la otra sobre el alambrado, con las púas clavadas más o menos a la mitad del muslo. Lloraba y pedía ayuda. Mario corrió y la ayudó a zafarse del alambre de púa. La sentó en el pasto; la sangre salía en grandes gotas, como sale el agua de un caño agrietado. Mario le hizo un torniquete con su camisa. Luego corrió a la casa, tomó las llaves de la camioneta (el patrón se había ido en el auto) y subió a Valeria en el asiento trasero. Se dirigió veloz al hospital de la ciudad.
Valeria, la hija del patrón, había ido de visita una semana y desde que había llegado daba vueltas por la estancia. Sus padres la habían retado para que no se moviera tanto (había dicho que iba a descansar), pero ella parecía activa y despreocupada y se burlaba de los consejos que le daban; suponía que la trataban como a una niña de la ciudad, siendo que ella había vivido su infancia y adolescencia en el campo, y que estaba casada y viviendo con su pareja desde hacía cuatro años.
Mario y Valeria no tenían contacto entre sí más allá de saludarse por las mañanas; la veneración que Mario sentía por los patrones, transferida a Valeria (a quien no había conocido de niña; hacía tres años que él trabajaba allí), lo llevaba a una timidez humillante en su trato para con ella: apenas si la miraba a lo ojos, apenas si le dirigía la palabra. Valeria, por su parte, había aceptado ese trato, más por comodidad que por aspereza de carácter.
Mario pensaba en todo eso mientras manejaba a gran velocidad por la ruta 39, semidestruida por años de abandono estatal y falta de políticas públicas. Esquivaba un pozo, una deformidad del asfalto en forma de montañita, y miraba por el retrovisor la figura ya pálida de Valeria, que respiraba con dificultad, tocándose la panza; la miraba un segundo y apartaba la vista. No hablaban: incluso en esa situación, el código implícito de no-contacto que habían establecido seguía vigente. Mario había mirado de reojo la pierna lastimada de Valeria y el piso del auto: la sangre seguía goteando, a pesar de la presión con que había ajustado el torniquete (lo había atado bien), y todavía faltaban veinte kilómetros por esa ruta rota. Pensó en llamar por teléfono al patrón, pero no tenía celular, ni sabía como usar uno. Pensó que ella podría tener; en ese caso, ella llamaría o a lo sumo le pediría a él que hablara. A Mario le preocupaba mantener la distancia, así que dejó en manos de Valeria la iniciativa para la interacción.
Al atravesar Villa Horacio Mario percibió, por su respiración, que Valeria se debilitaba. Por mirarla, no pudo esquivar un cadáver de zorro aplastado sobre la ruta, cerca de la banquina, y el pequeño volantazo que dio desestabilizó levemente el auto, aunque sin mayores complicaciones. Mario se percataba de que era buen conductor, otra habilidad que poseía y que desconocía.
El trecho desde el campo hasta la ciudad Mario lo hacía al menos una vez a la semana, así que tenía establecida la sucesión de lugares por los que pasaría: después de Villa Horacio venía el hipódromo, después el rulo, el bulevar, el ciervo, el monumento. Ahora llegaban al hipódromo, y Valeria tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Mario aceleró, pasó el hipódromo, el puente sobre la ruta 14, entró al bulevar y esquivó tantos vehículos como pudo, hasta llegar a la rotonda del monumento y enfilar al hospital. En la explanada de la entrada entró la Grand Vitara tocando bocina; estacionó en la puerta cuando salían ya algunos médicos de guardia.
-Una señora herida en la pierna… en el asiento de atrás –dijo, y sin entender por qué, se quedaba sin aliento.
Los médicos se apuraron a ingresarla con una camilla. Mario estacionó la Vitara, llamó al patrón, que llegó a la media hora, y se quedó afuera del hospital, fumando. Tras otra media hora de espera, el patrón salió a la explanada.
-Perdió mucha sangre, pero zafó. La trajiste a tiempo. No se como agradecerte.
-No tiene que hacerlo, patrón. Faltaba más. -el patrón le dio las dos manos, mirándolo con ojos húmedos.

Valeria volvió al ¬campo dos semanas más tarde. Del accidente sólo le quedó el trauma y la pierna vendada. A Mario, por su parte, le quedó una sensación de satisfacción, de héroe anónimo que le sentaba bien. El patrón le había agradecido ya muchas veces y le había dado un aumento, que Mario humildemente había intentado rechazar.
Ni bien llegó, Valeria pidió que la lleven con Mario. Éste estaba en el galpón de pollos. Valeria pidió que la dejen ir sola. Entró rengueando y lo llamó por su nombre. Cuando la vio, Mario, se quitó la boina y se quedó mirando el piso.
-Señora –dijo con timidez.
-Gracias, Mario –dijo tiernamente Valeria, acercándose.
-Por favor, señora. Faltaba más.
-Tengo un regalo –Valeria se quitó un rosario que llevaba.
-No es necesario, señora –Mario tomó el rosario con su mano derecha.
-Decime Valeria.
-Valeria.

Trabajo 3. Grupo 1 (Laura Di Marzo).

Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.

Docente: Di Marzo, Laura

Alumno: Gelmini Juri, Nicolás

Consigna 3: Escribir un relato usando las tesis sobre el cuento de Piglia (dos historias).

Original



Una hoja en Arial 10

Luz está en el baño arreglándose el pelo y la blusa. Andrés, que solo tiene puesto el pantalón, entra en la habitación con el mate recién preparado. Se sienta frente a la computadora. Abre una carpeta en la que hay cuatro archivos. Elige al azar uno de los cuatro y lo imprime.
Luz entra en la habitación y acomoda una silla junto a la de Andrés. Lo abraza, besa su hombro. Andrés le corresponde el abrazo, y toma el primer mate. Le da a Luz la hoja recién impresa, y dice:
-Es un cuento que escribí. Quiero que lo leas. Pero no hagas ninguna lectura rara, no trates de leer mis deseos ocultos, como querés hacer siempre que te muestro algo de lo que escribo. Es un cuento, nada más.
Luz sonríe intrigada y toma la hoja, que dice en Arial 10:

Flor está en el baño arreglándose el pelo y la blusa. Gabriel, que solo tiene puesto el pantalón, entra en la habitación con el mate recién preparado. Se sienta frente a la computadora. Abre una carpeta en la que hay cuatro archivos. Elige al azar uno de los cuatro y lo imprime.
Flor entra en la habitación y se sienta junto a Gabriel. Lo abraza, besa su hombro. Gabriel le corresponde el abrazo, y toma el primer mate. Le da a Flor la hoja recién impresa, y dice:
-Escribí este cuento ayer. Leelo, pero sin hacer lecturas raras, sin buscarle el sentido oculto; no lo tiene. Es sólo un cuento.

A Luz se le escapa una risita. Se detiene, mira a Andrés con sorpresa y alegría.
-¿Qué es esto? ¿Cuándo lo escribiste?
-Seguí leyendo –dice Andrés con amabilidad.
Luz sigue leyendo, sonriente:

Flor sonríe con intriga y toma la hoja, impresa en Arial 10. El cuento se llama Una hoja en Arial 10. Lee; está en el medio del primer párrafo cuando de repente se detiene. Mira a Gabriel.
-¿Y esto? ¿Cuándo lo escribiste? –pregunta Flor.
-Seguí leyendo –responde Gabriel después de reírse. Flor está seria; vuelve a leer. A medida que avanza, su expresión se va volviendo difusa, extrañada. Sobre la mitad del texto, su gesto es de preocupación. Finalmente se lleva una mano al pecho, y luego mira a Gabriel sin mover la cabeza.
-¿Qué te pasa? ¿Querés asustarme? –pregunta Flor, con la voz entrecortada. Gabriel se ríe de un modo sordo; y dice entre risas:
-¿Me tenés miedo? Vos también pensás que estoy loco, claro. No me sorprende.
-No pienso eso… -dice Flor con timidez-. Pero no entiendo qué me querés decir con este cuento, por qué me lo das para que lo lea… No sé de dónde sacás que yo tengo algo con Iván.
-Te dije que no hicieras lecturas raras –dice Gabriel, metiendo una mano en el bolsillo.

Luz se endereza con la hoja entre las manos, mira el piso.
-¿Vos pensás que yo tengo algo con Iván? –pregunta con un hilo de voz.
-Te dije que no hicieras lecturas raras.
-Si sospechás algo me lo preguntás y ya –dice Luz temblando.- Yo no tengo nada con Iván. Y además, darme un cuento, así, ¿qué te pasa? –Luz está a punto de llorar.
-Vos también pensás que estoy loco. Todas piensan lo mismo, no me sorprende –Andrés mete las manos en los bolsillos. Luz se da cuenta. –Seguí leyendo –dice Andrés, como dando una orden. Luz lee:

Gabriel saca del bolsillo un frasco, lo abre y moja a Flor con el líquido que tiene adentro. Flor trata de cubrirse, cae al piso, siente el olor y no sabe si es kerosene u otro combustible. Tampoco sabe si gritar, o qué hacer. Gabriel se levanta y saca del bolsillo una caja de fósforos, y enciende uno.

-Termina ahí –dice Luz, y llora. No sabe por qué, pero llora. Andrés está serio; se levanta de la silla y saca las manos de los bolsillos. En la mano derecha tiene un frasco.
-Sí, termina ahí. Pero podría terminar de otra forma –dice Andrés. Su cuento tenía tres versiones más: en una, Gabriel apaga el fósforo y le dice a Flor que se vaya; en otra, en lugar de un frasco, saca un revólver; en otra, Gabriel apunta el revólver hacia su propia cabeza.

G1 TP4: Un par de bandejas

Por Daniel Francisco


Él siempre tenía la bandeja a mano. Una bandeja de acrílico de forma rectangular y con paredes lo sobradamente altas para contener el gran miguerío que siempre quedaba suspendido en su base y que se fusionaba con escurridizos chorros volcados de té con leche o de algún café improvisado en las madrugadas. A veces, pasaba días apoyada contra los azulejos de una pared de la cocina, reposando y esperando que alguien la usara. A veces estaba sucia, a veces muy limpia y otras pocas veces tenía olor a humedad, la misma humedad que contagia el trapo de cocina o repasador cuando permanece mojado en algún rincón de la mesada por mucho tiempo.
Él iba y venía. Trabajaba, viajaba y disfrutaba de noches de ocio. Usaba su computadora portátil en todo momento; de vez en cuando miraba un poco de televisión y trataba de sonreír con el mismo contenido nocturno que ella ofrece sistemáticamente todos los días; se bañaba y aprovechaba a cantar a los gritos pero siempre con fina entonación; y ejecutaba diariamente el lavarropas para tener siempre sus pilchas a punto. La bandeja siempre estaba ahí.
La base, donde se posan los objetos, tiene un delicado dibujo que va del blanco al negro y juega con los distintos matices del gris. En los lados posee pequeñas rendijas para que uno introduzca las manos y así poder moverla por los distintos ambientes. Va al living y está horas sobre una mesa ratona de cuerina. Va al dormitorio y se acuesta sobre un acolchado de tela clara, y ahí jamás pierde la estabilidad, porque el colchón es firme y la sostiene a la perfección.
Él amaba su bandeja y a mí me gustó desde que la vi, porque es grande, es moderna y porque, esencialmente, entra todo lo que uno quiere pasear al momento de desayunar, cenar o lo que fuera. Tanto se percibía que yo había comenzado a tomarle cariño a la bandeja, que él me regaló una igual aunque con un dibujo distinto.

Con el paso del tiempo algunas cosas fueron cambiando radicalmente. Yo me fui a vivir a su pequeño departamento ubicado en la mejor zona de Colegiales, y entonces fueron dos las bandejas que vagaban por todos los rincones del gran cubo de 35 m2. Su bandeja siguió haciendo de soporte de cientos de cosas. Vasos, cubiertos y platos dejaban como resultado manchas, rayones, migas y restos de comidas. Está de más decir que su bandeja fue perdiendo encanto, al menos para él quien vio en la mía a la panacea de sus placeres y poco a poco comenzó a darle uso.
No entiendo bien porqué me incomodaba que hiciera eso, después de todo él me la había comprado y antes de eso, había caminado hasta el bazar indicado con la idea de que yo tuviera lo mismo que él. Pero me molestaba que invadiera mi bandeja siempre limpia y con olor a nada. Seca y brillosa. Me fastidiaba que la golpeara contra el mármol lleno de azúcar que de alguna taza él había derramado o que la apoyara sobre las hornallas recien apagadas. Nunca la dejaba en su sitio y nunca se podía usar.
Ahora, que pasaron un par de años puedo reconocer que mi irritación ya no existe. Somos felices como podemos y queremos, pero la bandeja no es motivo de malestares anímicos. Debo reconocerles que aquella bandeja de duro acrílico y con dibujos monocromáticos él no la usa más porque la tengo ocultada tras unos bastidores en el placard y envuelta en una enorme bolsa de esas que te dan en las cadenas de electrodomésticos cuando comprás alguna pequeñez. Cuando él viaja, la saco para mirarla, lustrarla y delicadamente llevarme a la cama un té con leche y una magdalena de limón.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Grupo 1 (Laura),consigna 4. Manuela Iaciofani Saiz

Mirá que no se ve


Sonó el despertador y Andrea estiró el brazo para apagarlo. Decidió que se quedaría en la cama, agudizaría su oído (el que no estaba pegado a la almohada) y correría a atender cuando llegara la encomienda; total si tenía los ojos hinchados diría que estaba resfriada.

Los ruidos de los vecinos levantándose no la dejaron retomar el sueño y cuando tocaron el timbre, maldijo por no haberse levantado antes. Se dejó el pijamas y se cubrió con un saco, colocó la mano en su pecho para mantenerlo cerrado y parecer algo enferma.

-Disculpá la demora, es que estoy en cama haciendo reposo, por eso tarde- dijo Andrea a pesar de que el hombre no había hecho ningún comentario al respecto.

-No se preocupe señorita una firmita y la dejo en paz- contestó el empleado.

Subió los dos pisos por ascensor mientras se preguntaba “¿la gente le dará propina a los carteros?... Igual no tengo un mango, al pedo pienso”. Se apuró a entrar para evitar que los del “A” no la vean, parecía que siempre salían cuando ella entraba o al revés; en especial el padre, ese gordo que siempre colgaba unos calzoncillos inmensos y con corazones rojos en el balcón que daba a la casa de Andrea. Ella odiaba sus calzoncillos, y odiaba que su departamento fuera un interno, siempre que alguien venía de visita, hacía un chiste al respecto para evitar la vergüenza ajena que le causaba.

Lo que había en la caja no era sorpresa. Hacia unos días, ella había llamado a su abuela para contarle que tenía problemas económicos, esperaba que ella una vez más le diera una mano. Pero en esa ocasión no pareció prestar demasiada atención, empezó a decirle, que no podía ser que nunca haya puesto cortinas en ese departamento, que los vecinos ven todo, que le iba a mandar unas cortinas que había encontrado y que eran justo de la medida de las ventanas de la pieza y el comedor. Ese mismo día dos, horas más tarde, su abuela le devolvía el llamado para decirle que ya había mandado las cortinas, que llegaban al día siguiente y que le sacara una foto cuando las pusiera así ella las veía.

Efectivamente, al día siguiente estaban ahí, la foto la sacaría en otro momento porque no tenía plata para imprimirla y menos para mandarla; Internet, lamentablemente no era una opción. Le pareció raro que solo estuvieran las cortinas, pensaba que con ellas vendrían unos pesos de regalo también, pensó que no podía ser tan desagradecida con su abuela, y se dispuso a poner primero las que eran para su habitación.

Su excusa siempre había sido la misma, además de la falta de dinero para comprarlas, Andrea alegaba que la persiana estaba rota, no subía del todo y con cortinas, la poca luz que entraba iba a ser nula. Al verlas colgadas, pensó que se veían muy bien ahí, era increíble el ojo que tenía su abuela, estaba en todos los detalles, quedaban perfectas, incluso vestían la habitación. Las miró un rato y se lamentó de no tener a quién mostrárselas.

Colocó las del comedor, estas ya no le parecieron tan lindas, no decían mucho, ni tampoco tenían un estilo con el que ella se sintiera identificada, pero bueno, al menos la puerta de vidrio que daba al balcón del gordo de los calzoncillos iba a quedar tapada. El gordo y su familia no iban a ver si comía o no, si tenía cable o no.

A la noche su abuela llamó, siempre controlaba que las cosas lleguen en tiempo y forma.

-Hola abue ¿vos llamaste recién? No, porque me estaba bañando y escuche que sonó el teléfono. Las cortinas quedaron hermosas, en estos días te mando las fotos. A que no sabés que tengo puesto… el camisón de la vaca que me regalaste hace un montón ¿te acordás?, si, ya sé que esta todo agujereado, pero a mí me encanta. No quedate tranquila, ya tengo las cortinas, que miren todo lo que quieran los vecinos total no se ve.

martes, 28 de septiembre de 2010

Grupo 1. Tp 4. Objeto. Antonella Orlando

Este texto está inspirado en una foto. Este viernes la voy a llevar para que la puedan ver!
Besos!!!

TAPIAR



“Entonces, y además cuando da miedo
ser hombre, y estar solo es estar solo,
nada más que estar solo, sorprenderse
de ser hombre, ajenarse: ahogarse sólo.
Cuando el llanto, parado ante nosotros…”


ENTONCES Y ADEMÁS, Blas de Otero


Ya había caído la noche. Sabía que debía volver a casa. Tomarse la línea “C” hacia la estación de trenes y abandonar la ciudad que estaba perdiendo el frenético encanto de todos los días. Cuando las calles se vacían uno se encuentra finalmente solo. Transita y gasta sus zapatos por el asfalto deseando desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde que nadie lo roce (imposible). Y cuando las bocas de subtes dejan de vomitar gente, cuando las bocinas se callan, cuando la ciudad parece más vulnerable y desnuda que nunca, nuestro deseo se ha cumplido. ¿Pero ahora? No hay rostros en los cuales buscar un parecido, no hay voces que creemos que nos llamen. No está más la indiferencia compartida, el desencuentro cotidiano que es lo único que encontramos. Solo queda la soledad.



Había estado leyendo algunos pasajes de Blas de Otero, sentada en la pasto de Plaza San Martín. Poeta ensangrentado de la época del franquismo. Su viejo odiaba los gallegos, pero si leyera a estos, los amaría.



Recogió sus cosas; el bolso que le pesaba y le hacía pensar que la escoliosis (de exactamente 32° de desviación) le iba a pasar factura a la mañana siguiente, como si su columna tuviera voz propia. Dobló por Esmeralda y se encontró en la misma esquina de Marcelo T. Alvear que tanto conocía. Hacía ¿cinco? años que no franqueaba esa calle, que no cruzaba los límites de Plaza San Martín, el Círculo Militar y el viejo café París (que ahora, después de cincuenta años, lo habían cerrado). Se encontró frente a la misma puerta doble de madera que de chica le daba tanto miedo como excusas para despertar su imaginación. Increíble que aquella puerta de roble oscuro, con molduras y cerraduras de bronce originales (aún) siguiera siendo tan imponente, incluso más que hace algunos años. Cuando cursaba el primario, esa puerta de siete metros de largo y diez de alto le parecía enorme. Creció y cuando estaba finalizando el secundario (mientras ayudaba a su abuelo a sacar las últimas cajas de la mudanza) la puerta le parecía pequeñísima. Tan conocida era que ya no infundía miedo. Pero ahora, cinco años más tarde la puerta parecía más imponente que cuando era pequeña.



La recorrió con la mirada. Todos los detalles estaban ahí. Las flores caladas, los círculos definidos. La tocó; hacía un frío que calaba los huesos pero la puerta estaba caliente, como si hubiera recogido todo el calor de los veranos desde hace noventa años (en verdad lo hizo).



Ella respiró profundo y un nudo grueso hecho de saliva y dolor (y vaya a saber cuántas cosas más) se lo hizo en la garganta. Apoyó la frente sobre la puerta, mientras una señora paqueta (paquetísima) que paseaba con su perro, se detuvo solo un momento para comprobar que la juventud cada día estaba más loca y alimentada por los delirios de la droga.



Sabía todas las cosas que había detrás de esa puerta. Departamentos de pisos enteros no fragmentados. Departamentos para los que aún quedaban de la alta alcurnia de Buenos Aires, que era tan baja y soez como para tirar las sobras de comida por las ventanas (de cristales tan limpios, tan cristalinos esos cristales) que daban al patio interior del edificio. Ese patio donde hacía muchos años había una fuente de agua con una estatua vieja de mármol blanco; una muchacha angelical con un cántaro (bien paqueta la estatua, bien francesa, bien estatua de soy-de-buenos-aires-pero-quiero-ser-europeo. Pero su abuelo, el portero, era descendiente de aborígenes, así que no le encontraba belleza a la estatua). Detrás de esa puerta había dos ascensores: el del servicio, de rejas verdes, viejas y oxidadas y con olor a basura, colonia de tren y trapos quemados con plancha y el de los residentes, que tenía un sillón de pana verde oscuro, con botones dorados…un sillón para sentarse y esperar subir cinco pisos nada más.



La puerta parecía tomar vida sobre su frente, pero era una vida muerta. Sus oídos no escuchaban más las vibraciones de los coches que pasaban. El silencio a su alrededor era absoluto. ¿Qué intentaba decirle la puerta con su silencio? ¿Qué otros secretos cancelaba y escondía ella, cerraba tras su cerradura de bronce original, secretos que ya la otra apoyada en su intento de escucharla desconocía?



En su afán por sentirla sin mirarla no se percató que la puerta estaba unos milímetros entornada. Ella sabía por experiencia (cuando volvía de tomar helado con su abuelo, en la media hora que tenía libre a la tarde) que no estaba mal cerrada, sino que estaba directamente abierta, pero era tan pesada que ni el viento fuerte la movía. Entonces, cuando la puerta estaba abierta siempre se quedaba así, estática (como la vida de su abuelo) a la espera de que alguien la moviera. No sabía si empujarla o no. Podía sentir que los pisos no habían cambiado, que si abría la puerta, la gran galería de mármol blanco, espejos y candilejas antiguas iba a iluminar sin reparo la oscuridad de la calle. Sabía que ese blanco inmaculado, ese blanco de yo-no-tuve-nada-que-ver-querida la iba a lastimar más que el silencio de aquella puerta que no le respondía sus preguntas.



Su abuelo se había pasado la vida cerrando y abriendo puertas, pero más que nada cerrando. Cerrando cuando venían los vientos huracanados en su Sunchales natal y su madre le pedía que pusiera la tapia para que los soplos de Dios no le llevaran la casilla (por más que su madre le rezó a Dios todos los días desde que pudo caminar, Dios se llevó la casilla igual). Cerrando ésta puerta ante la cual estaba parada hoy. Cerrándola para que los vecinos no vieran las armas que entraban de contrabando en la época de Menem, para que no vieran a la policía traer a las hijas de sus patronas bajo coma farmacológico, para que no vieran a los amigos de represores entrar con carpetas angostas (pero abultadas).



Se separó unos metros de la puerta para poder mirarla mejor. Sus pies casi tocaban el cordón de la angosta vereda. Podía delinear sus contornos y rellenos con los ojos cerrados, pero quería mirarla una vez más, porque ahora sí, esta iba a ser la última vez que iría a verla.



Tenía ganas de llorar. No obstante, las lágrimas no salían, no lograban abrirse paso a la dureza y el temple que su abuelo le había enseñado a forjar. A la dureza del silencio. Al temple a pesar de la humillación. Las lágrimas dentro de ella parecían dibujar los mismos círculos tallados en la puerta. Pero no. Ella no dejaría que la historia se repitiera. Tantas veces lo había visto agacharse, rezar para que Dios no le llevara la casilla (de sueños, esta vez), lastimarse las manos con ácido para limpiar bronces (los mismos que ahora relucían…es decir, que había otro abuelo y padre agrietándose las manos mientras el mundo vivía como si nada de eso supiera). Se decidió a entrar, a gritarle a los fantasmas de aquellos que lo habían maltratado, que lo habían dejado sin un peso (sin casilla, sin sueños, ni ácido para limpiar bronces) en la calle. Ella una vez escribió en su cuaderno: “el día que te mueras, la estatua del edificio llorará sangre y el mundo será menos noble, más triste, menos honesto”. Quería comprobar si al menos la estatua se había acordado de él y había llorado sangre. Puso la mano sobre la puerta, la empujó y pudo ver las baldosas de mármol blanco (ese mármol blanco). Pero alguien o algo empujó más fuerte del otro lado y la puerta se cerró.

Grupo 1. Tp 3. Dos historias. Antonella Orlando

MAR DE FONDO





-¡No te escaparás fácilmente!- gritaba Gabriel mientras corría con un arma de juguete en la mano.

-¡Nos tienen rodeados!- exclamó de manera exagerada, pero convincente Julio, mientras se escondía tras un tronco gigante con su hermano Nahuel.

Las risas de los chicos se mezclaban con los sonidos ficticios de armas disparando, de cosas volando por los aires. La inocencia jugaba a la lucha y a la persecución.

Era un domingo soleado como cualquier otro, en cualquier casa de clase media del conurbano bonaerense. Las puertas de los patios abiertas, los manteles meciéndose con el viento y los ravioles de la abuela o el asado de papá, aguardando ser degustados (según la preferencia de cada familia).

Julio y Nahuel jugaban hacía tiempo con su primo Gabriel. Las pistolas que les habían regalado sus abuelos, representaban en su mente la manera perfecta de pasar un día lejos de los cálculos de área y superficie y la geografía argentina de sexto grado. Mientras, en la mente de la tía Maruca, las fotos de sus vacaciones en el Ribera Maya que le mostraba a todas las mujeres de la familia mientras cortaban tomate, hacían la picada y servían el fernet para los hombres que estaban en el living, eran la manera perfecta de deslindarse del resto de sus parientes, de ascender de escala social. Ya se había comprado el auto último modelo y el televisor de plasma. Ahora, mostrar esas fotos de aquel mar tan azulino y verde, tan calmo (que en verdad no disfrutó mucho, porque su matrimonio estaba en las últimas), eran la comprobación que ella era más.

Nahuel entró corriendo por la puerta de la cocina, sin mirar ni a los costados ni al frente. Entró corriendo con su arma de juguete apuntando a la nada. Desafortunadamente para Maruca (afortunadamente para el resto de las mujeres) la tromba producida por Nahuel, hizo que ella se cayera al suelo, desparramando las fotos de la Ribera Maya por el piso frío de color negro que ahogada los recuerdos de la arena caliente.

-¡Mamá, mamá! ¿No me dejás ponerme el gorro del tío que el otro día encontré en la caja del comedor?- dijo Nahuel casi sin tomar aire y sin atender a los protestas de Maruca.

Su madre, Cecilia, dejó de cortar el tomate sanguinolento y jugoso que tenía entre las manos. Con un gesto automático, apoyó el cuchillo sobre la mesada y gritó:

-¡Francisco! ¿Podés venir un segundo?

Francisco entró a la cocina con paso relajado y sereno, pero al ver la expresión de su esposa, su cuerpo se puso en estado de alerta intentando no enviarle a sus expresiones faciales las mismas señales. Debía mantenerse aparentemente calmo, que pocos o nadie se diera cuenta.

-¿Qué pasa Nahuel?

-Le pregunté a mamá si podía usar el gorro de boy scout del tío. ¿Me dejás?- a Nahuel se iluminó la cara.

-¿Dónde viste el gorro?- Francisco intentaba no ponerle presión a su mirada, desviando los ojos hacia Maruca que aún juntaba del suelo las fotos de aquel mar lejano.

-En la caja que tenés con tus cosas del secundario y de cuando eras chico. El otro día con Julio estábamos buscando una foto vieja del abuelo para poner en un trabajo que me pidió la señorita sobre la familia, y estuvimos buscando en la caja.- dijo serenamente Nahuel, agregando por lo bajo como en tono de confesión- No le preguntamos a mamá porque no nos deja, viste.

Cecilia hizo caso omiso a la confesión de su hijo menor, volvió a tomar el cuchillo y a cortar el tomate, mientras Maruca se reincorporaba del piso con sus fotos.

-Esa caja tiene cosas mías que son secreto.-Francisco con un nudo en la garganta, intentó sonar lo más convincente posible y no ajusticiar a su hijo por una curiosidad sana. Debía crearle (seguir creándole) un mundo de fantasía en torno a esos pocos objetos de su hermano mayor que guardaba en su caja. Crear un juego como el que seguían jugando Julio y Gabriel en el patio. Los sonidos de los disparos y frases como “¡estás muerto!”, “¡no, dará batalla, lucharé, no podrás conmigo!” entraban como viento de tormenta por el corredor de la cocina. Las demás mujeres de la familia parecían de cera. Casi no se movían, solo daban imperceptibles cortes a una lechuga, imperceptibles pasadas a las copas de vidrio que depositaban en una bandeja. La única que se movía constantemente de un lado para otro era Maruca que había reemprendido la ardua empresa de mostrarles a las otras que ella sí tenía suerte.

-¡Pero nooo paaa!- protestó Nahuel- Las cosas que tenés en esa caja están re buenas y Julio y yo las queremos usar para jugar.

-¿Qué cosas? El gorro de boy scout del tío se los presto si quieren, la remera de básquet mía también…- Francisco no quería continuar la lista, intentaba construir un muro alrededor de esos otros objetos.

-Si, esas yo las quiero. Pero también quiero la navaja antigua, la cantimplora esa verde y una bandera re copada con una estrella roja. Pero está media quemada pa. Tiene olor feo, como a viejo muerto. O la tirás o me la das a mí. ¡Es mejor! Julio no la quiere, dice que es fea y le da miedo. Los libros viejos del tío no los quiero yo tampoco. Tienen nombre muy difíciles y son muy largos, con letra chica. No me gustan.

Julio y Gabriel entraron corriendo y gritando a la cocina, tirando a Maruca de vuelta al suelo y lastimándola con las armas de juguete en alto. Alguna risa de alguna de las mujeres de cera de la familia se escapó, de manera casi imperceptible. Luego, el silencio y las fotos del mar otra vez en el piso.

-¡Te tengo! ¡Estás muerto! ¡Decí tus últimas palabras!- exclamó Gabriel apuntándole al pecho a Julio.

-¡Hasta la victoria siempre!- gritó Julio. Y se hizo el muerto.

-Eso lo leyó en una de las cartas que tenías en tu caja, papá…shhhh- le dijo por lo bajo Nahuel a su padre.

Su madre se cortó el dedo índice izquierdo con el cuchillo. La sangre se mezcló con la pulpa del tomate. Todos los adultos fueron a buscar pervinox, incluso la tía Maruca. Los chicos se quedaron con las armas en las manos y las fotos del mar en los pies.



Grupo 1. Tp 2. Diálogo. Antonella Orlando

Hacia el sur


Como era costumbre cuando llovía torrencialmente en la ciudad de Buenos Aires, la estación de trenes Plaza Constitución se encontraba inundada y los pasajeros del tren Roca repetían el viejo dicho “llueve más adentro que afuera”. El techo de chapa de la estación, un colador gigante abatido por años de sol, dejaba que las cataratas de agua cayeran sobre la gente que tenía sus paraguas abiertos como si estuviera en la calle aguardando (¿el tren o qué, quién?). Mientras en los carteles las partidas de las formaciones se iban anunciando en color naranja neón y el vendedor de pañuelos descartables cambiaba (por la astucia típica de todos los vendedores callejeros) su canasta de paquetes blancos y de plástico, por paraguas que salían diez pesos (y por eso se doblaban con el primer viento), el frío del invierno húmedo le calaba los huesos a ella. Sufría hacía años una lesión en la rodilla izquierda que le había impedido bailar profesionalmente. Tal vez esa fue la razón por la cual, ante la imposibilidad de hacer arte, decidió estudiarlo. Se agachó a recoger una moneda que se le había caído de las manos. Se agachó y su rodilla crujió. Crujió su rodilla, protestó por el tiempo mientras limpiaba la moneda mojada y cubierta de la tierra (la mugre) característica de la estación; una mezcla de polvo de zapatos, saliva, arenilla, desperdicios de panchos y hamburguesas y residuos de alquitrán de cigarrillos apagados (voluntaria o involuntariamente). Se incorporó y se arregló la bufanda negra que le cubría la garganta. Siempre le gustaba volver al sur, a dónde había nacido. Le hacía bien alejarse del hollín de los autos que se le pegaba en la cara los días de humedad. Alejarse del olor a transpiración del subte en hora pico. Alejarse de los mil y un desconocidos que la miraban y la juzgaban sin saberlo. En el sur la esperaban sus santa ritas del jardín de la infancia, el aire todavía era limpio y los rostros (remendados, arrugados, cansados pero infatigablemente levantados al cielo) eran los mismos de siempre. Pero hacía un tiempo, ir al sur era como sentir una plancha de acero sobre su pecho. Tomaba el tren a Ezeiza y el tiempo que pasaba dentro del vagón, le permitía que su mente se dispersara, pensara los mil y un finales no felices. Las vías pasaban y pasaban, las estaciones se hacían más grandes, más lánguidas. Iban tomando personalidad, autoridad y dictaminaban la manera que ella debía sentirse.

-El de Ezeiza está anunciado para las 15.36. Ya llega, no te hagas problema. – le dijo él y le pasó la mano por el hombro (que reaccionó con un escalofrío prácticamente imperceptible). Con la otra mano sostenía un paraguas que intentaba preservar la funda de su bajo estrenado hace pocos días.

-Vos también, con este día de mierda y te traés el bajo. Después no te quejes no lo podés apoyar en ningún lado del vagón. ¿Para qué traés el bajo? No lo entiendo, sinceramente- exclamó ella con cierto desdén, con cierto desprecio.

-No quería dejarlo en mi departamento, porque ya sabés como se pone Federico cuando los instrumentos están solos para él. Y además, no sabés cuántos días vamos a estar allá…

-Vos lo elegiste como compañero de departamento, así que no te quejes. ¿Ves? Te quejás todo el tiempo.- le dijo ella, mirándolo a los ojos y corriendo el hombro para que dejara de abrazarla.

-Se que estás nerviosa, pero intentá calmarte. ¿No tomaste nada de lo que te dio tu hermana antes de salir?

-¿Vos estás loco? ¿Querés que termine como ella? Después no se acuerda qué nos dijo el médico, cuánto tiempo estuvimos esperando, cómo salieron los análisis y yo tengo que andar corriendo como una pelotuda porque ella está empastillada…Encima este día de mierda. Si hubiera sol, estaría mejor.

-No. Si hubiera sol, te quejarías porque el día no te acompañaría con lo que tenés que hacer. Al menos así, estamos todos mojados, todos fríos, todos hechos mierda juntos.

-Anoche pensaba que no está bien que me acompañes. Son demasiadas responsabilidades tan pronto. ¿Hace cuanto que dejaste a Valeria?

-Cinco meses, ya lo sabés ¿para qué preguntás?

-No, no me acordaba- le respondió ella abriendo su paraguas rojo. La lluvia había aumentado su intensidad y los charcos en el andén se hacían cada vez más hondos.- Ves, por eso te digo. Nunca la viste, nunca te la presenté y las vas a tener que ver así. No sé, me parece que no es justo para vos.

-¿No es justo para mi o no es justo para vos? Me parece que no querés que te acompañe. Esa puta costumbre tuya de ponerte la vida, los pensamientos y sentimientos de los otros sobre la espalda. Hacete cargo de que lo debas hacerte cargo, no de lo que yo pienso con respecto a todo esto. Además…- se detuvo un momento para recoger la funda con su bajo, que ya estaba siendo tocada por los hilos de un charco que se había ramificado-…si estoy acá es porque quiero. Y no, no tengo lástima por vos, porque ya sé lo que vas a decir. Así que cortala, Sonia. Esperemos el tren.

La gente se iba agolpando en los distintos andenes. La lluvia, se había transformado en tormenta de viento. Sonia volvió una vez más a arreglarse la bufanda, tomó la mano de Julián y dijo:

-Encima este día de mierda.

Sonó la bocina aguda y prolongada del tren que arribaba a la estación. Se mezcló con un trueno que hizo retumbar los techos de chapa y encoger imperceptiblemente a los pasajeros que estaban aguardando subir a la formación.

Grupo 1. Tp 1. Hecho histórico. Antonella Orlando

Chicos: Finalmente la inspiración salió y subo todos los trabajos. Quería tenerlos todos juntos, para subirlos concatenadamente y no marear. Besos!!!

Basta para mi, basta para todos


Ayer empecé segundo grado. Mi mamá estuvo arreglándome la corbata a cada rato. Esa actividad duró toda la mañana, hasta que ella pensó que estaba lo suficientemente derecha como para poder formar fila en el acto del colegio. El sábado mi papá me compró una mochila gigante. Lo bueno es que pude elegirla, no como el año pasado que mi mamá me había comprado una negra y roja. No, no. Azul y verde para mi ma, que me gusta soñar con mares y largas expediciones y no pelear y jugar a Dragonball, como Guille, que el año pasado rompió varias camisas y pantalones tanto ajenos como propios.

En el acto del colegio traté de cantar completa “Aurora”. Pero cuando Maricel, la nueva maestra, me dejó de ver pude callarme. Primero, porque odio “Aurora” y segundo porque ya me la había olvidado desde diciembre del año pasado. Diciembre.



Mientras jugábamos a la bolita en el primer recreo (azules y verdes para mí), todos contaban sobre sus vacaciones. Yo no me había ido a ningún lado porque mis papás estaban ahorrando para un hermanito. Eso fue lo que a mi me dijeron. Mucho no los creo, porque desde noviembre que están gastando y comprando muchas cosas. No me dejé desanimar ni por Martín y los lagos de Bariloche, ni por Maxi que anduvo en cuatriciclo nuevo. Yo tenía una historia mejor para contar.

Recuerdo que fue cerca de los días de Navidad, porque en esos días mi mamá va probando distintas recetas de turrones de un libro viejo de mi abuela. La casa se impregna de olor a caramelo y fruta. Tenía dolor de panza, porque hacía dos días que venía robando turrones de prueba de las bandejas escondidas de la cocina. No tenía otra cosa que ver la tele. Yo me aburro demasiado rápido. Según mi mamá, cuando nazca mi hermanito voy a tener con quién jugar. Pero capaz que sale como Guille, ese chico malo del colegio, y no quiero jugar con él. Mi papá siempre se atrasa para armar la pelopincho y como no íbamos de vacaciones, iba a tener todo enero y febrero para disfrutarla. Así que mis tardes consistían en turrones y esperar los dibujitos de las cuatro de la tarde. Todavía no teníamos cable. Sí, se imaginan. Otra vez por culpa de mi hermanito.

Resulta que desde el día anterior a ese, los dibujos de la cuatro de la tarde me los habían sacado. Estaban todo el tiempo pasando imágenes de gente molesta, como mi abuelo cuando se pelea con mi otro abuelo por cosas de grandes. Yo no sé hasta que punto son cosas de grandes porque siempre en esas discusiones dicen “cuando yo era chico”. Entonces, no sé como me pueden echar de una conversación que me involucra porque yo también soy chico y quiero saber a cuál de mis dos abuelos me voy a parecer cuando sea grande. Por las dudas.

La tele no paraba de mostrar esas imágenes de esa gente molesta. Cada vez eran más, a medida que también me iba creciendo el dolor de panza. Me pareció raro, porque generalmente mi mamá cuando veo cosas así (cosas que son de verdad) me hecha del living o apaga la tele. Pero pasaba que ella dejaba los turrones quemarse en el horno y se quedaba conmigo viendo, agarrando fuerte el trapo que usaba para sacar las bandejas. Y siempre llamaba por teléfono a mi abuela y a mi tía preguntándoles cómo estaban. Cuando le preguntaba qué pasaba, me mandaba a callar. Mi mamá nunca fue buena dando explicaciones y menos arreglando corbatas torcidas. Y mi papá estaba llegando tarde de trabajar, porque según ella, la gente que aparecía en la tele estaba en las calles y no dejaban que otra gente volviera a sus casas. Así que tampoco le podía preguntar a él.

Al día siguiente, la televisión estuvo prendida desde temprano. La televisión y la radio también. Mi mamá iba de la cocina al living. Parecía mi perro Tomy, cuando se desespera porque hay dos personas en habitaciones separadas y va de una a la otra constantemente hasta que se cansa y se tira. Yo me empecé a asustar con lo que estaba viendo. Era como si muchos Guilles grandes hubieran salido a la calle. Las personas golpeaban cosas, puertas de negocios cerrados, quemaban gomas. Todos se juntaban en una plaza grande. Mi abuelo me llevó a esa una vez y me acuerdo que mientras me ayudaba a darle garrapiñada a las palomas, me contó algo así como que en esa plaza muchas mamás y abuelas como las mías, estuvieron dando vueltas sobre una pirámide blanca que estaba en el centro. No me acuerdo por qué. Supongo que no debe haber sido un juego muy divertido porque las mujeres hacen juegos aburridos.

Cuando eran más o menos las tres de la tarde (me acuerdo porque es la hora en que tomo el medicamento viscoso para el asma), aparecieron en esa plaza muchos caballos y tanques como de guerra. Era la primera vez que los veía por tele, en vivo y en directo. Le tiraban agua a la gente. Los hombres que estaban arriba de los caballos, les pegaban a sus animales para hacerlos enojar. Como el botellero que pasa por mi casa, pero más fuerte. Los caballos se enojaban y salían a correr a la gente que estaba en la plaza. Ahí pensé que los de los caballos eran más malos que Guille, y no sé, me dio la sensación que la misma gente que antes me había dado miedo, eran como yo en el recreo cuando me pegaba Guille. Que me lastimaba y me dejaba sangrando el labio, y yo iba corriendo a la seño y le mostraba y no me creía. A pesar de que ese día no había robado ni un turrón de la cocina, ya me dolía la panza. Cosa rara.

Mi mamá empezó a cambiar de canal constantemente y a llamar dos veces por minuto al trabajo de mi papá. Estaba como si todo el tiempo se fuera a largar a llorar. Ahí me mandó a la pieza. Yo me fui medio renegando porque me daba pena la gente de la televisión y quería saber cuándo los Guille se iban a ir de la plaza.

Me quedé un rato en mi pieza, pero después no pude aguantarme y me asomé por el pasillo para ver qué estaban mostrando. La directora del colegio, la señora Balbina, se hubiera enojado mucho si hubiera visto a ese chico que mostraba la tele. Casi desnudo sosteniendo una cruz y arrodillado. Estaba solo en medio de una avenida gigante y esos tanques de guerra, le tiraban chorros de agua. Como esos que usa el jardinero de mi colegio para lavar las paredes. No sé por qué le tiraban agua. Parecía que lo estaban lastimando. Pero el chico se mantenía de rodillas y en silencio. Si le hubieran querido quitar la cruz, para mi hubiera sido más fácil que alguien fuera y se la sacara de la mano y no gastar tanta agua y mojar la calle. Recuerdo que en ese momento escuché a mi mamá largarse a llorar.

Mi papá llegó más temprano del trabajo. O hacía mucho calor o tenía mucho miedo, porque recuerdo que estaba todo transpirado como cuando yo tengo pesadillas y me voy corriendo a despertarlo. A mi mamá no la despierto nunca. Porque como dije, no es buena dando explicaciones y menos consolando o arreglando corbatas torcidas. Mi papá me mandó a que me cambiara de ropa y cuando me di vuelta, le dijo a mi mamá: “Vamos a la plaza”. Mi mamá empezó a gritar. No lo quería dejar ir. Que no viste la televisión, que estás loco, que el país esto y lo otro. Yo mucho no entendía. Lo que si sabía es que los Guille se habían ido de la plaza para esa hora y que si aparecían, si estaba con mi papá no tenía miedo, porque no solo era bueno para consolarme, sino también para explicarme las cosas y arreglarme las corbatas torcidas.

Entre los gritos de mi mamá que decidió quedarse en casa, nos fuimos con mi papá en el auto. Agarramos Hipólito Irigoyen derecho y después el puente. Fue raro, porque generalmente a esa hora siempre hay muchos coches. Pero la calle estaba casi vacía. Yo ya veía el Obelisco pero estábamos todavía bastante lejos. Mi papá estacionó el auto y me avisó íbamos a ir caminando. Que me subiera a sus hombros, que no iba a pasar nada. Yo le hice caso. A medida que íbamos llegando al Obelisco, aparecía más gente de las calles de los alrededores. Había muchos chicos como yo en los hombros de sus papás. Muchos llevaban cacerolas y hacían ruido. Esa no la había visto nunca, salvo en el patio de mi casa cuando jugábamos con mi vecino Tincho a tocar la batería. Otros llegaban banderas argentinas en las espaldas, en las manos.

Doblamos por una calle grande y me di cuenta que nos dirigíamos a la plaza de la tele, porque me acordaba del camino que habíamos hecho con mi abuelo cuando me había llevado el año pasado. Cada vez nos empezó a rodear más gente que caminaba a la par nuestro. Era como cuando entrás a la cancha. Yo nunca había ido por culpa de mi mamá, que le tiene prohibido a mi papá llevarme. Pero supuse que entrar a la cancha era algo similar.

Quisimos llegar más cerca del centro de la plaza pero no pudimos de la cantidad de personas que había. La gente golpeaba las cacerolas de forma más desesperada que Tincho en el jardín de mi casa. Como si quisiera romperlas. Y gritaban “que se vayan todos”. Yo supongo que le gritaban a los Guille de la tarde, pero como yo no había ninguno en la plaza, no entendía mucho para qué lo hacían. Pensé que era para darles miedo. Yo nunca podría gritarle a Guille eso en el recreo porque siempre estoy solo. Para toda esta gente era más fácil.

A cada rato se cantaba el Himno Argentino. Yo me lo sabía más o menos. Nunca tuve buena memoria y en primer grado cuando quise aprenderlo, me costó bastante. La gente lo cantaba con fuerza y agitaba las banderas. Me dio la impresión, no sé por qué, que todos los que estaban con las banderas sobre sus cuerpos eran personas que cuando eran chicos habían jurado a la bandera, como los grandes de cuarto grado de mi colegio. Tenían una mirada extraña en el rostro. Una especie de “yo te voy a cuidar y no sé cómo”. La misma mirada y sentimiento que habré tenido el día que me regalaron a mi perro Tomy, porque era tan chiquito que me daba miedo agarrarlo.

No recuerdo con precisión cuanto tiempo estuvimos. Lo que si me acuerdo es que sentí una sensación de tranquilidad media rara: como si la gente se estuviera protegiendo de muchos Guille, y cada vez se apretaba y se ponían más cerca. Recuerdo que otro papá que andaba con una nena en los hombros, lo agarró fuerte al mío del hombro y le dio una palmada en la espalda. No sé qué habrá sido eso. Algún código medio entre papás del mundo.

Cuando volvimos a casa, Ernesto, un vecino de mi barrio, estaba armando una especie de fuerte en una de las esquinas. Estaba con otros dos señores que mi papá jamás saludaba y a mi me daban miedo. Hombres grandotes de cejas gordas y negras, como mi tío Alberto, que era tucumano y se peleaba a los cabezazos (según lo que contaba mi abuelo). Apilaban maderas y habían prendido unas gomas. Ernesto lo miró a mi papá y le dijo: “avisaron que hoy a la noche va a hacer más saqueos. Yo te diría que cierres todo bien.” Acto seguido, se levantó la camisa y vi que tenía un arma. No podía ser de juguete, porque Ernesto no tenía hijos, tampoco sobrinos que yo conociera. Además, no podría haber sido de juguete porque mi papá me agarró fuerte de una mano, me atrajo hacia si y apretó el paso. Sentí que me estaba protegiendo de otro Guille y no le pedí explicaciones. Entramos a casa.

viernes, 24 de septiembre de 2010

La Topadora

Por María Luz Gianni Bosse

Apenas había conciliado el sueño cuando una topadora la encontró en medio de la calle en un tímido atardecer. Los autos y la gente, el murmullo y los gritos, habían cesado de un instante al otro. Era ella versus la topadora cara a cara, a punto de enfrentarse sin poder alejarse de aquella embestida. Los edificios parecían verla sin apartar sus extremidades del centro de la escena, se agachaban y reclamaban “sangre”, “pelea”, “conmoción”. Susana estaba conmocionada, sin ninguna duda ya que, minutos antes estaba en la conferencia por la venta de los terrenos de Madison, un nuevo barrio privado. Pero ahora no había tiempo para pensar en ventas, diseños, muestrarios o inversores. La topadora estaba ahí y había que hacerle frente o sucumbir en el intento. Sus manos temblaban, claro esta que ella no tenía idea de cómo hacer que la máquina se alejara, pero debía hacerlo; ya que luego tenía un partido de tenis impostergable. Cara a cara la topadora, con su color amarillo pálido, y Susana, con sus medias deportivas apenas estrenadas, se miraban fijamente, con las cejas fruncidas y los puños cerrados. Susana da un paso hacia delante, se agacha como su fuese a correr cien metros llanos, toma impulso y se abalanza hacia la máquina. En ese momento Susana abre los ojos y la noche inunda el cuarto.


Su cara pegada a la almohada, con un rastro de baba en ella, denotaba un cálido silencio de madrugada interrumpido por los ronquidos ensordecedores de su marido Ricardo, que se encontraba en la cama próximo a ella. “La topadora”, pensó. Y con un leve respiro de resignación, se dio media vuelta hacia el otro lado de la cama. A veces era una topadora, otras un coro desafinado, u otras una manada de porcinos a punto de desfallecer encima de ella. Pero una cosa era siempre cierta, una vez que se despertaba de madrugada por los ronquidos del marido, no había forma alguna de volver atrás. Ella siempre trata de dormirse antes, mientras Ricardo mira la televisión, o se queda en la computadora. Sin embargo, una vez que se acuesta en la cama solo él duerme y descansa en paz. “Que descanse en paz para siempre”, pensaba Susana, en aquellas noches de insomnio en la cual la invadía el odio. Sin poder pegar un ojo, pensaba en la conferencia de mañana: en ventas, diseños, muestrarios o inversores; a su vez que escuchaba una cierra eléctrica retumbándole los oídos.

Se levantó y supo que ya no podría volver a conciliar el sueño, ni jugar al tenis. Abrió la heladera, buscó la leche y se sirvió en un vaso. “Capaz esto me permita dormitar”. Sentada en la cocina escuchaba la quinta sinfonía de Beethoven, con años de desafinación incluida en el combo de medianoche. “Mañana me compro un colchón y duermo en el living”, volvió a decirse a sí misma. “No puedo más, años y años así. Le pedí que se compre las tiras nasales y nada, egoísta de mierda. Y yo mañana tengo una conferencia en la cual tengo que ser la más despierta, si quiero vender los terrenos. No es justo” se decía una y otra vez. Luego de unos minutos, decidió volver a la cama. Al dar un paso más que la acercaba al cuarto, iba maldiciendo con los ojos rojos de cansancio y con unas ojeras que lentamente comenzaban a surgir. Se sentó en la cama y lo miró. Parecía tan feliz en su quinto sueño que a Susana le daba ganas de taparle la nariz y la boca y que se ahogara. Estaba cansada, extenuada que cada noche sea igual a la anterior y que a el no le importara. “Bueno a mi ahora tampoco me va a importar, que se vaya al cuerno”. Irradiaba odio por sus venas, se sentía incomprendida. Se acostó boca arriba. Acto seguido le tapo la boca con una media que sacó del placard y le agarró la nariz con el índice y el del medio. Ricardo se ahogó, se levantó inconsciente de un golpe y se dejó caer nuevamente a la cama. “Como una bolsa de papas”, volvió a vociferar. Desistió de la idea, se volvió boca abajo, se tapo los oídos con la almohada. Nada. Nada. Nada. El camión con acoplados no dejaba de bocinar. Lentamente el día se despertaba de un relajado sueño. “Suertudo”, se quejaba. Y volvía a fulminar a su marido con la mirada.

Unos segundos más tarde, como si fuera mágico pero irreal, poco genuino, Ricardo dejó de roncar. “Me quedé sorda”, pensó Susana. Y comenzó golpearse la cabeza con la palma de la mano para destapar sus oídos como si recién saliera de la pileta. Hacia un lado y hacia el otro. Se escucho el sonido de los pájaros. Ella los escucho. ¿No se había quedado sorda? Lo miró a su marido, el se encontraba boca arriba, relajado, después de una noche de calmado e intenso sueño. Ella se acostó y en un instante cerró los ojos y quedó profundamente dormida. Ahora podía dormir y podía jugar al tenis. Hoy y todas las noches siguientes. Por siempre. El sol había salido una vez más para Susana y ella lo vería en pocas horas.

Aldea California



Después de casarse vivieron un año más en el duplex del centro. Habían comprado en Aldea California, una próspera zona de casaquintas, cuando Julio quedó efectivo en su trabajo y Asunción entró en el Juzgado Civil y Comercial de la provincia. Para llegar al Juzgado ella tenía que salir en el auto treinta y cinco minutos antes. Se escurría de la cama, se duchaba, hacía café y antes de partir, durante los primeros días, se detenía un par de minutos para oler los pinos y explorar el paisaje. Después se subía y mientras se calentaba el motor hojeaba los expedientes que idealmente debía despachar antes de regresar. Estaba en eso una mañana en la que vio, a través de la ventanilla, un bicho que se paseaba por la galería. Le pareció que era un alacrán, de modo que bajó a comprobarlo. En dirección al césped, cruzando la galería, avanzaba el alacrán con la cola relajada. Asunción lo pisó, después apagó la luz titilante de la galería y corrió al auto porque se hacía tarde. A veces, Julio la escuchaba acelerar el motor y alejarse.
Así eran todas sus mañanas; ellos se recordaban, uno al otro, que era su triunfo pues, allí, daban ganas de levantarse. Antes de irse a la oficina, Julio solía trotar por las calles vecinas aunque últimamente se había quedado por fiaca, y se había masturbado. Por la tarde era ella la que primero llegaba. Pero la tarde que nos importa había ocurrido lo contrario. Julio no encontró, como era lo normal, a su mujer en el escritorio, de modo que calentó agua y luego se sentó en la galería a tomar mate. Asu llegó al anochecer. Había decidido ponserse al día con los viejos expedientes para evitar que se acumularan con los nuevos; perseguía un objetivo: dejar de llevarse trabajo a casa. Esto se lo comentó a Julio ni bien llegó y cuando él preguntó a qué se debía, entonces, el atado de papeles que traía consigo, ella dijo que eran de Pilar Suárez: le había pedido, como favor, una revisión. A Julio todo le pareció bien, le cebó un mate y le dijo que así podrían dedicarse el uno al otro todo el tiempo que estuvieran en la casa. Asu pensaba igual. Se acercó, le rodeó el cuello y lo besó. Había oscurecido, así que ella fue a encender la luz de la galería y comenzó, nuevamente, a hablar sobre los tribunales con su forma entusiasta y decidida. El foquito de luz titilaba.
– ¡Hoy perdí más tiempo buscando legajos y limpiándolos que resolviéndolos! Casi no hablé con Pilar porque quería terminar todo en el día y sin embargo estuve dentro del depósito de archivos la mitad de la mañana. Esto, aunque no parezca, perjudica la justicia.
– ¿No hay personal que les evite eso?
– Si, pero es difícil encontrarlos. Cuando los veo en el bar y los llamo me toman el pelo, no vienen. Se la pasan ahí dentro. Son empleados estatales.
– En la oficina las chicas de maestranza trabajan bien, hay que reconocerlo.
– ¡Ya empezamos! Bien, me importa un pito, decí lo que quieras de La Oficina de los Copados –dijo Asu, y Julio sonrió; ella tampoco se lo había tomado en serio–. A los archiveros de los otros juzgados tenés que entrar con un barbijo y una linterna, así que el nuestro tan mal no está – sugirió Asu; le devolvió el mate y fue hacia el interruptor de la luz –. Uno de mis legajos se trataba de un hombre que acosaba verbalmente a su mujer, la molestaba pero no tanto con temas sexuales, tampoco la puteaba mucho, al menos esa es la declaración de la mujer, sino que le marcaba sus defectos, la comparaba con otras mujeres, le hablaba de cosas que no entendía – apagó la luz y volvió a encenderla. Seguía titilando –. Ella dijo que lo dejaba y él la frenó, le explicó por qué no le convenía hacerlo, que no le iban a hacer caso, que si se dejaba vencer así daba un mal ejemplo a sus hijas pero sobre todo que ella no podría dejarlo porque él estaba dispuesto a darle todo el placer que quisiera, que él, a su modo, la amaba. No dejó de acosarla, pero ahondó en sutilezas, usaba silencios; así que ella fue a lo de una amiga, después a un psicólogo y finalmente a la policía. En la policía le dijeron que pidiera el divorcio y acá estamos – repitió una vez más la operación con el interruptor sin conseguir nada nuevo –. Hay que cambiarlo –dijo Asu. Entró al comedor y trajo de allí una silla para alcanzar la lamparita que colgaba del techo inclinado de la galería. Julio la siguió con la vista y una vez que ella, erguida, con los brazos extendidos y las tetas que empujaban la blusa, elevándose, a veces, con las puntas de los pies, hubo intentado por tercera vez desenroscar el foquito, se paró y la relevó. Trepó a la silla y al tocar el foco con la mano derecha esta saltó hacia atrás y se contrajo. Se había confiado en que el cristal estaría frío. Se miró los dedos: latían colorados.
– ¿Vos no te quemaste? – ella se miró los suyos y encontró ampollas en las yemas del mayor, del índice y del pulgar. Julio se olvidó de su ardor y del foco, tomó las manos de su mujer, le dijo que esperara allí y entró en la casa. Volvió con una bolsa con hielo y una servilleta, azorado por el accidente.
– No me arden –dijo Asu sin asombro. Julio le apoyaba la bolsa envuelta, a su vez, por la servilleta y la interrogaba mirándola. Dejó de presionar los dedos con el hielo y estos quedaron nuevamente a la intemperie: cada uno de ellos tenía una cúpula de líquido que interrumpía sus huellas digitales. La piel se había extendido y brillaba húmeda. Sin miedo, pero con suavidad, acarició las ampollas y lo invitó a que él también lo hiciera – No me arden –repitió. Julio las tocó con desconfianza y pasó a mirarse sus propios dedos. Tenía las uñas largas, había dicho, durante la mañana, en la oficina, que iba a cortárselas y todavía estaban allí, un poco mugrientas.
– Es raro que te salga la ampolla y que no te hayas quemado –dijo Julio todavía con la mano levantada, los dedos hacia el cielo, como si estuviera sosteniendo un contraejemplo. Asu se reía.
– Es raro, si – el asunto le causaba gracia, pero su risa era de reconocimiento –. Puedo sacar una asadera del horno con las manos desnudas y no pasa nada. Lo descubrí el otro día. Pero sería una estúpida si lo hiciera a cada rato.
El asentía con la cabeza automáticamente. La bolsa con hielo fue a la mano de Julio y este preguntó:
– ¿Dónde hay más bombitas?
Había en el cuartito de afuera. Antes de dejar la galería miró a su mujer, estaba sentada a oscuras e indolente; la oyó sorber el mate. El cuartito era una pequeña habitación que lindaba con el baño, se entraba por el patio y era el depósito de todo lo que no se usaba cotidianamente, y de lo que molestaba dentro de la casa. El lugar estaba aún sin limpiar y tal vez guardaba objetos que, por olvido o desprecio, habían dejado los dueños anteriores; sin embargo había evitado que quedara adentro todo lo que habían mudado. De hecho, aún había cajas y bolsas de consorcio que ni siquiera estaban abiertas, que yacían así desde que habían llegado Aldea California y ninguno sabía bien qué guardaban. Cuando Julio entró pudo sentir un olor repelente, como a veneno, mezclado con el tufo de los anticuarios.
– ¿Vos qué hiciste? –le preguntó ella; lo había seguido y lo esperaba afuera. Hablaban casi todo el tiempo y no les impedía el que uno estuviera ocupado. Ya no era raro que el otro no lo escuchara, aunque no dejaban de hablar.
– Fue un día normal – dijo Julio, sin ganas de contestar, orientándose entre los bártulos.
– Pilar me pasó dos casos para que los mire. Uno se trata de un profesor jubilado que se estaba afeitando sentado en el inodoro y se le cayó la prestobarba sobre la pierna. Estaba en calzoncillos y se cortó con la hoja una várice que le sobresalía de la entrepierna. El viejo, solo en la casa, contuvo la pérdida con un pañuelo hasta que pasó a gotearle, se alertó y por las dudas llamó una ambulancia –hizo una pausa, chupó el mate – ¿Querés un mate? – preguntó Asu.
– No –dijo Julio. Una madera cubierta de polvo, a la altura de su pecho, era el estante de las herramientas. Había frascos con tornillos, un martillo, destornilladores, varillas de metal, correas de caucho, todo esto dentro de una caja de zapatos algo vencida, otro frasco con tuercas y otro con un polvillo colorado, etiquetado, cuya leyenda decía “veneno para bichos”, y entre paréntesis, “hormigas, chinches, alacranes, esposas, suegras, etc.” Julio reconoció su letra y sonrió. Asu continuaba:
– En la guardia del Cullen le preguntaron cómo se había cortado y le dijeron que enseguida lo buscaban, pero tardaron veinticinco horas y el tipo se desangró. Los primos del viejo hicieron juicio contra el hospital y contra los encargados de la guardia.
Julio la oía como si la voz de Asu emergiera de entre las bolsas y las cajas. Corrió algunas herramientas para tratar de encontrar un foquito. Tanteó, luego, el estante superior y tocó unas bolsas, supuso que dentro estaban las botas que le habían regalado en la oficina, era una superficie llana y flexible; avanzó a pesar del polvillo de los viejos estantes que tenía sobre la cabeza; la humedad había brotado la pintura, la madera henchida era irregular y se descascaraba; elevó un centímetro las yemas para no astillarlas y chocó contra un bloque duro, como una maceta, no supo qué podría ser, lo corrió y llegó hasta otra caja de cartón, la bajó y allí había tres bombitas de distinto amperaje. ¿Qué otra cosa no sentía?, se preguntó mientras decidía qué lámpara iba a usar. La risa de Asu resonaba dentro del cuartito al comentar el segundo caso que le había pasado Pilar: era una denuncia de licantropía. Julio no dijo nada. Había que limpiar ese cuarto; no era sofocante, pero ya tenía las manos grises. ¿Qué otra cosa, pensó, creía él que Asu sentía pero que tal vez ella no sintiera? Eligió una de 100 wats, devolvió la caja al estante y al salir del cuarto, esquivando los bártulos, agarró al pasar una careta de lobo que estaba a la vista, se la puso y salió aullando y rugiendo. Asu se reía.
– ¿De dónde sacaste eso? Sos un loco.
– No sé, estaba sobre una de las bolsas. ¡Ah! Me la dieron en una fiesta de la oficina… sí, no me acordaba.
– En La Oficina, veo –dijo Asu.
– ¿Cómo están esos dedos? – le preguntó mientras ella se iba con el termo, olvidándose el mate.
Julio volvió a la galería y subió a la silla. Escuchó la ducha del baño. Recordó que nunca se habían puesto de acuerdo con la temperatura del agua las veces que, en invierno, intentaron bañarse juntos. Sujetó portalámpara, tocó con la otra mano el cristal de la bombita para cambiar, la desenroscó y finalmente puso la otra en su lugar. Tecleó la llave de luz y volvió el parque, los sillones de la galería, las plantas, pero la lamparita seguía titilando. Dedujo que el problema estaba en el portalámparas.

Esa noche cenaron y tomaron vino. Tenían previsto ver una película pero, en cambio, empezaron los abrazos en el sillón;  él intentó con nuevas poses y con trucos viejos, mas en una ocasión Asu debió calmarlo diciéndole que no fuera tan torpe. Finalmente, con los ojos cerrados, dijeron que se amaban, y él la sintió dormirse. A la mañana se despertó y repasó con la mano el ancho de la cama, todavía tibia. Se levantó, se asomó a la ventana y el auto ya no estaba. Fue en calzoncillos hasta la cocina y allí, con los granos marroncitos y usados, la cafetera estaba para lavar. Salió al patio y entró al cuartito. Esa mañana abrió todas las cajas y las bolsas que aún estaban tal cual como las habían dejado al mudarse, registró cada bulto. Encontró objetos que desde la época del departamento del centro que estaban sepultados en cajitas o en bolsas; había fotos, su colección de botellas de licores, libros que había leído antes de casarse; apartó y hojeó el primer tomo del Teatro Completo de Arlt y en el apuro de guardarlo, pues, llegaba tarde al trabajo, se raspó el antebrazo con el filo de una de sus hojas y sintió un leve, pero continuo, ardor.
Asunción llegó a Aldea California casi a la misma hora que el día anterior. Julio la esperaba regando las plantas.
– ¿Terminaste todo el trabajo?
– Casi – dijo y suspiró, maniobrando con la cartera y los expedientes hasta llegar a él para saludarlo con un beso. Sostenía una sonrisa cansada. El atado que traía era aún mayor que el de la víspera – ¿Trabajaste en el patio? Parecés un jardinero con esas botas – dijo. Julio tenía puestas botas de goma bordó, estaba de frente a una sucesión de arbustos e intentaba no desviarse de lo tallos que quería humedecer.
– Lo había pensado, pero ya está oscureciendo; digamos que me las puse para regar – respondió avergonzado. Ella no le sacaba los ojos de encima ni dejaba de sonreír.
– Esas son las que te regalaron en la oficina, ¿no?
– ¡Claro! – dijo, y la miró de reojo, pensando que se venía una escenita.
– Me gusta el color. Yo te voy a regalar el sombrero – dijo Asu y largó unas carcajadas. El también sacó unas risitas, y, desde donde estaba, pasó a regar las plantas del fondo.
– Vení.
Julio largó la manguera, buscó una linterna que había dejado a mano y se la entregó. – Vos dame luz mientras yo cambio el portalámparas.
– ¿Podemos dejarlo para mañana?
Pero él ya había entrado en la casa; de pronto el lugar quedó a oscuras. Asu encendió la linterna y lo vio venir con una silla y con un portalámpara. Lo encandiló hasta que llegó; Julio trataba de evitar el eje de la luz, cabeceando a los costados. La apercibió.
– Creo que voy a agarrarle la mano – dijo Asu en tono afirmativo –. En unos días voy a conseguir darle, en el mismo día que me lleguen, una solución a cada expediente. Cosa que no se acumule nada. Que en cada día se termine el trabajo que se presente en el día.
– Lo mismo podés hacer acá.
– Y si yo puedo hacerlo, todos pueden –dijo como si las palabras de Julio hubieran caído en una grita antes de llegarle a ella.
– Alumbrame, por favor.
Ella estaba inquieta y desatendía su tarea, de modo que Julio debía tantear los cables a ciegas. Tenía que pelarlos y pasarlos por unas arandelas metálicas, bien pequeñas, a los costados de la parte interior del nuevo portalámpara, y, una vez ensartados allí, debía ajustar el tornillo que dejaría conectados los cables a los contactos. No estaba nada cómodo sino que tenía los brazos extendidos al máximo, Asu iluminaba el parque, sus dedos gordos maniobraban mal y fallaban en meter los cables en los agujeros de manera que el peso en los hombros, y en las piernas, crecía y lo iba entumeciendo. Ella se puso a hablar de los casos que había comentado ayer. La mujer acosada verbalmente no consiguió el divorcio; era previsible, dijo, porque el tipo no la trataba mal, sino que era una especie de pervertido que no estaba previsto por el código del divorcio. La familia del hombre que murió desangrado tampoco consiguió nada porque los abogados del hospital dijeron que las ambulancias, a lo largo del día, habían tenido que atender casos más graves a lo largo del día, como heridas de bala, paros cardíacos, embarazos. Extrañamente la denuncia por licantropía había conseguido que se abriera una causa, tal vez sin ninguna intención seria, y esto era algo indignante para ella y su concepto del derecho. Una vez que Julio tuvo los cables pasados por el ojal y sólo faltaba ajustar los tornillitos, con mucho cuidado para que no volvieran a salirse los alambres, advirtió que había olvidado el destornillador. Asu, harta, dijo:
– Tengo que ir al baño. Te dejo la linterna acá.
– Me olvidé el destornillador. Haceme un favor, a la vuelta traeme un destornillador del cuartito. Llevate la linterna.
Ella giró y apagó la linterna. No había luna ni luces en la casa, ni en todo el patio, de modo que Julio quedó prendido a las arandelas, procurando que no se escaparan los cables, con las piernas que se dormían y a oscuras. Una vez más, en ese largo día, pensó en su Asu. No hizo ninguna escena, se dijo. ¿Eso quería decir algo? ¿Algo más que no se había mostrado celosa, como siempre? A medida que la vista se le acostumbraba aparecían algunos objetos cercanos, pero la puerta de entrada estaba doblando la esquina, en el otro lado de la casa, y no la veía. ¿Debía creer que ella, su Asu desde hacía por lo menos tres años, cuando se casaron, no había tenido celos esa tarde? ¿Ni sería, en adelante, nunca más celosa? ¿Y qué debía pensar de la noche anterior? ¡Cómo le ardían los hombros y el cuello!
– Están organizando una nueva fiesta para este fin de año – dijo con voz temblorosa pero asegurándose de que ella escuchara. Sin embargo, no tuvo respuestas. Se oían ruidos dentro de la casa. Julio se concentraba en no soltar los contactos, aún cuando empezaban a sudarle los dedos. No quería perder el trabajo que le había costado llegar hasta ese punto en el que los cables esperaban enhebrados. Escuchó abrirse y cerrarse la puerta de entrada y supuso que iba hacia el cuartito. Tal vez ahora se asuste con la careta, pensó. Pero no hubo gritos ni nada, aunque ya no podía afirmar que no se hubiera asustado. No menos que si un grito lo hubiese tumbado de la silla. Acaso porque acababa de aprenderlo, decidió lo siguiente: la querría como si ella fuera sólo la imagen que él se hacía, confiaría sólo en lo que él veía, y en nada más. ¿Se había quemado Asu con la lamparita? No. ¿Y las ampollas? Pero no era ella, su Asu, la que se había quemado. Lo veía claro. Pasaron unos minutos en los que Julio no supo otra cosa de su cuerpo más que estaba dormido, el ardor se había transformado en otra sensación, una especie de taconeo de hormigas continuo que sentía a lo largo del cuerpo, toda su atención estaba puesta en sostener una respiración constante y corta para contrarrestar las vibraciones en las piernas y en los brazos, hasta que finalmente, anunciada por un redondel movedizo de luz, apareció Asunción. Blandía el destornillador como si fuera un chupetín, y sonreía. Cuando Julio le tendió la mano sintió que toda su sangre cambiaba, en ese mismo instante, la dirección que llevaba en sentido contrario; empezó a correrle el agua. Ajustó los contactos.
– Subí el disyuntor.
Asu entró, abrió el paso de electricidad y a la vuelta puso a prueba el trabajo de Julio. Los 100 wats del foquito iluminaron, de una vez por todas, la galería y el patio; él estaba sentado, pálido y desorientado.
– ¡Se hizo la luz! – dijo ella.
El hormigueo del cuerpo ahora circulaba alrededor de su cabeza en forma de nube. Pero la oscuridad se fue abriendo y apareció nuevamente su Asu, ella lo felicitaba, le decía “mi electricista” o “mi jardinero”, se reía, le revolvía los pelos, decía que se había ganado el derecho a una cena. Julio asentía calladamente. Se paró, dio unos pasos y detuvo la mirada sobre una mancha en la nuca de Asunción. Le pareció que era un bicho, un alacrán. Se preguntó qué sentiría su Asu si un alacrán le picara en la nuca. ¿Gritaría? Pensó que no. ¿Aguantaría hasta mañana? La vio entrando. Acaso ya fuese tarde, y aún se guardó el decirle: tenés un alacrán en la nuca.

Javier Yanantuoni

Elba

Elba barría las flores caídas del Cerezo Japonés que habían comenzado a marchitarse y dejaban una pigmentación rosácea en las baldosas del patio. Con cierta violencia agitaba el palo de madera para que las pajas unidas logren despegar la mugre del suelo. Después echaba un poco de agua a los Pensamientos y rociaba rápidamente el pasto. Todas las mañanas de sol y también las nubladas baldeaba primero el frente y el jardín, antes de empezar con la limpieza interior, así no despertaba a la señora quien los lunes dormía hasta las diez después de recibir visitas los domingos por la noche. Ya en el tren, que iba desde La Ferrere hasta la estación y de ahí en el colectivo que se tomaba para terminar el viaje en casa de los Estevez, Elba jugaba a adivinar con què cosas se encontraría arriba de la mesa del comedor. Por lo general acertaba: el cenicero de cristal con tres o cuatro colillas de cigarrillos, cenizas por todo el mantel, copas con restos de vino tinto, algunas con rastros del rouge rojo de la señora, sin olvidar que cada tanto había uno que otro papel de bombón de chocolate y licor. Antes de poner el lavarropas dejaba el café preparado en la cafetera para la señora y las tostadas sobre un plato decorado con flores chinas, que ya habían perdido su gracia debido a innumerables lavados. Elba ya sabía con claridad que la ropa oscura iba toda junta, y jamás se debían mezclar con colores claros, lo había aprendido a raíz de los retos de la señora que tenía un particular desprecio por las prendas desteñidas. Mas tarde las colgaba al sol, porque la señora creía que de esa manera la ropa captaría energía, y si ella así lo consideraba, así debería ser. Claro que Elba también tenía sus creencias, como esconder debajo de la alfombra la pelusa que no recogió el escobillón, nunca limpiar debajo del microondas, o probarse de tanto en tanto algún vestido que la señora había puesto a lavar. Para Elba estas conformaban algunos de los desafíos de su día, le encantaba arriesgarse con esos pequeños peligros, y nunca olvidaba después de tender la cama de tomar el pote de crema francesa y pasarse un poco en su rostro. La untaba con adictiva desesperación sobre la grasitud de su nariz y frente, y lo que sobraba se lo pasaba entre las manos, corroídas por el amoníaco y la lavandina.


Pero esa mañana de lunes cuando cerró la puerta de entrada y colgó las llaves en el llavero se encontró con la señora sentada en la mesa de la cocina, portaba su deshabillé de seda desatado y restos negros de pintura corrida por debajo de sus ojos, hinchados de tanto llorar. “El señor se fue de casa, me dejó.” Elba, que no era buena para consolar a nadie, se sentó a su lado, le tomó la mano y le dijo que lo sentía mucho, pero que ella era una mujer fuerte y estaría bien. La noticia no le había sorprendido demasiado, los señores discutían permanentemente, Elba conocía todos sus odios y miserias, pero jamás había pronunciado palabra al respecto. Si ellos discutían en el living, ella se iba a limpiar el baño, siempre paraba la oreja, pero evitaba que la vieran. Esa mañana le preparó un té negro bien cargado, pero la señora apenas mojó sus labios en el borde de la taza. “Dichosa sos vos Elba, que tuviste a tu marido al lado toda tu vida, bueno se que falleció, y lo siento mucho, pero ¿A caso no fueron felices mientras vivieron juntos? A veces me pregunto de qué sirve tener todo, si al fin de cuentas cuanto menos se tiene más feliz se és”. Elba la escuchaba con atención, mientras juntaba la taza de té y la lavaba con detergente. Ese día le resultó más largo de lo que esperaba, antes nunca había tenido que escuchar a la señora ni tratar de consolarla. Elba vivía en La Ferrere, en una casa muy precaria, hacía poco se había quedado sola, sola al fin. Hacía diez años que trabajaba en lo de los Estevez, un matrimonio sin hijos, sin juguetes que ordenar, ni guardapolvos para planchar. Los días en la casa eran muy tranquilos, el señor se iba temprano a trabajar, antes de que ella llegara, y la señora después de desayunar se iba a hacer mandados o a casas de amigas. Elba estaba generalmente sola, y a ella eso le encantaba, por eso disfrutaba tanto cuando se iba de su casa a lo de los Estevez. Nadie le gritaba, nadie la insultaba, ni nadie le levantaba la mano. Cuando la señora la dejaba encender la televisión, veía Rosa de Lejos, su novela preferida, eso sí, siempre y cuando lavase ropa de mano, cociese, o planchase mientras tanto.

Mientras cambiaba el agua a las violetas, la señora, que cada vez se pegaba más a Elba, como si tuviera miedo a que se le escape, se lamentaba: “Y ahora me quedo sola, ¿Vos no te irás verdad? ¿Vos nunca me dejarás sola no? Yo ya estoy vieja, ya no puedo encargarme de una casa tan grande”. Elba pasó sus brazos, fuertes y seguros por el cuerpo de la señora, frágil y delgada a la que casi se le podía sentir los huesos de las costillas y le dijo que al día siguiente volvería como siempre, que nada cambiaría y que ella nunca la iría a abandonar. Tomó su cartera de cuero marrón, que alguna vez perteneció a la señora y se marchó. En el tren se compró una barra de chocolate Toffler y se bajó en su estación. El sol ya caía lentamente, se podía ver el cielo rojizo, y Elba que entendía de meteorología, predijo que el día siguiente sería despejado y caluroso. Caminaba despacio por las calles de tierra, sentía las gotas de sudor en su frente, decidió que al llegar se tomaría un baño. Entró a su casa, cerró la reja con mucha fuerza, debido a que estaba bastante deteriorada y costaba calzar la traba para pasar el candado. Sus dos ovejeros le festejaron como todas las tardes, dejó la cartera arriba de la mesada y se sentó mirando a la ventana del jardín. Por primera vez después de mucho tiempo se puso a pensar qué sería de la vida de la señora cuando ella ya no fuese más para su casa, también reflexiono cómo era que las cosas cambiaban de un momento para el otro, cómo un ataque de furia desataba hechos imprevistos, por último pensó que las personas tenían dos caras, que había cosas que se ocultaban a otras, que todos guardaban sus pecados, escondían su mugre debajo de la alfombra, barrían la tierra que les molestaba y no los dejaba ser felices, y enterraban aquello que les hacía mal, que los condenaba, que los maltrataba, en el fondo del jardín.


Lucìa Grasso.