Finalmente, llegamos a Punta del Diablo. Yo quería sentarme sobre las rocas y ver el mar. Él quería… no sé lo que él quería.
—
¿No querías venir acá desde el año
pasado acaso?
—
Sí, pero no es ese el punto
Ignacio.
— Si querés yo te digo cuál es el punto
— A ver
— Y, que el lunes tengo que estar en la discográfica a las 8 de la mañana y sin embargo vine acá sabiendo que voy a volver más cansado de lo que vine y no me quejo
— Si querés yo te digo cuál es el punto
— A ver
— Y, que el lunes tengo que estar en la discográfica a las 8 de la mañana y sin embargo vine acá sabiendo que voy a volver más cansado de lo que vine y no me quejo
Casi no le veía el
rostro, coloreado por los últimos rayos de sol. Anaranjados los dos si alguien
nos mirase desde una piedra más alta.
—
Vos no sabés lo que se siente, se
me ocurrió decirle de la nada.
—
Claro que no lo sé, pero creo que
estuve bastante.
—
¿Y qué significa eso?
—
Que no me borro, para mi tampoco
es fácil eh.
El sol lanzó los
últimos rayos, aferrándose al horizonte casi como un pedido de auxilio, como si
fuera arrastrado por el otro mundo. Ese sol estuvo en alguna de mis pinturas.
—
Estás enojada con todos, Ana.
—
Porque a veces no sé como manejarlo.
Es injusto lo que decís.
Respiró profundo.
Prendió un cigarro. El olor del tabaco me devolvió a las tiendas húngaras donde
mi padre compraba pipas. Tal vez tendría que estar en Budapest. La barba de
Ignacio se tiñó de dorado y el humo que largó se acumuló todo delante de sus
cejas marrones y su figura espigada, de la misma forma en que se acumulaban en fila esas
vírgenes cantantes para conseguir un contrato musical con él. Estábamos solos.
Algunos pájaros disfrutaban del fuera de temporada.
—
Sé que para vos debe ser terrible,
pero siento que estás esperando que esto se termine
—
Basta Ana. No digas esas cosas
—
Las pienso, esa es la
verdad
—
Porque no tenés otra cosa en qué
pensar
—
Puede ser
—
Antes te alcanzaba con los
cuadros, ahora eso tampoco te llena
—
Estás vos en los cuadros
—
¿Qué decís?
—
En serio, no tu cara, digo…
—
Bueno, tendrías que pensar menos
en mí
—
¿No ves que es lo que yo digo?
—
No Ana
—
Todos estarán esperando que pase
de una buena vez.
El flujo y reflujo
de la marea carcomía las rocas y les asignaba formas caprichosas, así como las
sales impuras del diablo deformaban los bordes de mis células que se
multiplicaban eufóricas por esparcir la mala noticia.
Él ya no podía
esperar más. No soportó ver cómo los gusanos nacían de mis órganos y se convertían
en señores de cada cubículo vital hasta contaminar todos mis flujos corporales,
antes aún de que me tapen con tierra.
—
¿Por qué temblás? Me dijo.
Destellos de luz
blanca chocaban contra las rocas, como si miles de espejos reflejaran desde el
anonimato. Por momentos reflejaban sobre la cara de Ignacio, sus pómulos redondeados,
su barba marrón. Cambié de posición mi mano derecha que se había adormecido de
estar casi bajo mis nalgas. Reflejos. Ignacio me corrió el pelo, que apareció en mi campo
visual más negro que nunca.
—
¿Cuántas veces pensaste en
dejarme?
—
Ay Ana, por dios
—
Por dios, por dios, ¿cuántas
veces?
—
¿A dónde querés llegar?
—
¡¿Cuántas veces?!
—
Yo sabía que iba a terminar así.
—
¿Cuántas?
—
¡Miles!
Los
ojos de Ignacio sudaban sangre.
—
Miles. ¿Y qué?
—
Bueno, perdonáme
—
Esto es una tortura
—
¡Qué egoísta!
—
¿Qué buscás?
—
Basta, Ignacio
—
Me estás enterrando con vos ¿no te
das cuenta?
—
Basta, Ignacio
—
Enterrando
—
¡Basta!
—
¡Miles!
Pintura por todos
lados. Mezclé rojos y negros. Volví sola de la playa y me adentré en el pueblo.
Me sostuve contra una pared por unos segundos. Le impregné mis colores. El
pueblo es demasiado tranquilo para tolerar mi deambular flotante. Como si me
deslizara empujada por el aliento de un cadáver que me sopla en la espalda.
Como si aún me persiguiera para rogarme que lo devuelva a las rocas con su
cigarro. Como si yo tuviera la voluntad de hacerlo. Como si yo tuviera las
fuerzas para llevar a cabo semejante empresa.
—
¿Se encuentra bien señora?
— ¿Señora, está bien? Voces.
— ¿Señora, está bien? Voces.
Quería llegar
rápido a la casa. En la entrada, junto al cerco blanco que al pasar silencié con rojo, la vecina.
—
Ana, ¿que te pasó querida?
A ella tampoco le
contesté. Entré a la casa, atravesé el corredor que llevaba a mi habitación. Tomé
unas piezas de metal que habían salido de la oscuridad gracias a una extensión
de luna que traspasó la ventana y se depositó sobre la mesita. En esa mesita
tenía todos los instrumentos para mis pinturas. Mis materiales color metal, mis
pinturas color metal, como el metal que impregnaba mis lienzos y arruinaba mis
trazos y que no podía dejar de incrustar en mi propio cuerpo.
1 comentario:
Muy buena utilización de la elipsis, se logró el clima de tensión, la última parte de los diálogos tiene muy buen ritmo. En general me encantó el ritmo.
Describiría un poquito más, obviamente sin decir mucho, la parte en que mezcló negros y rojos.
Muy buen final.
Clarita
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