jueves, 2 de septiembre de 2010

El fango de magia negra (Consigna 1)

por Katelyn Duncan

    No era un lindo día. Marzo en Alaska era todavía la parte final del invierno, y el frío vigorizante en el aire hacía que Anna tuviera que abrigarse apretadamente en su impermeable y botas de azul profundo. También de algún modo había dejado sus guantes en la cabaña, para su gran disgusto; puso las manos en el fondo de sus bolsillos en un intento bastante inútil de calentarlas.
    – ¡Vamos, David! – dijo con impaciencia mientras saltaba por una piedra. Miró hacía atrás. – No tenemos todo el día. ¿Querés explorar, o no?
    – ¡Ya vengo, hermana! – gritó su hermanito.
    Anna negó con la cabeza, mirando a él mientras trepaba torpemente sobre las piedras. No debería haberlo permitido a seguirla, pero él había pedido tantas veces, casi rogó, y ella se puso a sentirse culpable por dejarlo allá en la casa todos los días a solas. Se sentó en una roca cercana para esperar. Deben estar bastante cerca de la playa ahora. Ya ha venido acá cada día desde hace unas semanas, desde que se dio cuenta de que el horario del trabajo nuevo de su mamá no iba a permitir a ningún miembro de la casa que durmiera hasta más tarde que las cinco de la mañana. El aire de mañana sentía bueno, siempre fresco; la hacía despertar mejor que cualquier tipo de café. Cuando llegaba la hora para ir a la escuela, Anna siempre estaba dispuesta y ávida con la emoción de aventura y descubrimiento.
    Pasaron gaviotas y ella no pudo resistir una sonrisa. Tal vez un poquito de compañía, alguien con el cual pudo compartir el entusiasmo, no sería tan terrible. Aunque se disfrutó mucho del sentido tranquilo de estar sola, la vida acá muy fácilmente pudo parecer aislado, y no era como si tuviera muchos amigos para llevar con ella. David había casi alcanzado a ella y su cara era roja del esfuerzo. Anna puso los ojos en blanco; dramatizaba el movimiento en exceso y hacía que él se riera tontamente. – ¿Quién sos, una tortuga? – dijo.
    Asintió con la cabeza enérgicamente. – Pero ¡una tortuga intrépida! – hizo una postura de aventurero. A veces era demasiado mono. De realidad parecía un poquito como una tortuga, con su chaqueta verde demasiado grande y su capucha puesto para cubrir su desordenado pelo rubio.
    También parecía tener frío. Ella frunció el ceño. – ¿Estás seguro de que estás bien? El doctor todavía dice que no debes hacer nada de demasiado intensidad.
    Asintió con la cabeza una vez más. – ¡Vámonos! Quiero ver el agua.
    Se tomó de la mano. – Bien, pero quedáte cerca de mí, ¿me entendés? Algunas de estas zonas acá son aún más difíciles a atravesar. – Sería mejor tenerlo cerca de ella, aunque sea necesariamente más despacio, que dejarlo meterse en problemas sin ayuda. Estar en el aire libre ya empezaba a calmar los nervios cansados de ella.
    Pero cuando doblaron la esquina y vieron la playa ella se dio cuenta inmediatamente de que algo había pasado. El agua era el color equivocado. No era una playa por criterios normales, pensó irónicamente, aun en días mejores: el agua lleno de cieno que descendía desde los muchos y grandes glaciares cercanos solía estar un gris aburrido, y los guijarros y pedacitos de piedra que cubrían la orilla del agua no tenía ninguna semejanza con la arena caliente que Anna había visto en algunas fotos de Hawaii. Todavía habían manchas de nieve en algunas piedras, ya que el depósito del invierno no había derretido completamente, y seguramente no había una palma ni un coco a la vista. Pero a pesar de todo eso, hoy el agua parecía atípicamente negro.
    – Está tan silencioso – susurró su hermano. Su cara era llena de sobrecogimiento, y Anna sonrió. Por lo menos David se iba a disfrutar de la experiencia. El cielo solía estar más claro acá, y así era hoy; el celeste contra el blanco de las nubes aisladas hacía subir su ánimo hasta que volvió a mirar la tierra. Sí, estaba silencioso; había anotado la paz y tranquilidad de este lugar antes, pero no creía que hubiera relacionado ese hecho con la falta de máquinas y electrónicos de la edad moderna. Los únicos sonidos acá estaban las ondas sutiles en la costa y a veces el llanto de un ave o otro animal.
    Mientras David estaba distraído por la tranquilidad, Anna se acercó al agua para verlo mejor. Una mancha de algo negro flotaba en el agua, brillaba y reflejaba la luz del sol. Algunas partes ya habían llegado a la tierra y donde tocaba el cieno la playa parecía como un campo de lava enfriada, oscuro como la noche.
    El viento cambió y de repente podía oler el fango. Era petróleo, se dio cuenta, y se estremeció. No. Seguro que nada había pasado a alguno de los tanques. ¡No pudo ser!
    – ¿Anna? – la voz de David vacilaba, y sus ojos estaban bien abiertos. – Hermana, ¿qué es?
    Ay, pobrecito David dulce. Siempre había querido hacerse un hombre de petróleo, como su padre muerto y enterrado. Era una de las mejores maneras para quedarse en Alaska, ya que la mitad o más de la economía del estado tenía que ver con esta industria, y por eso Anna estaba celosa de él; sin embargo, la ecologista incipiente en ella no podía soportar la idea de su hermanito haciendo este trabajo feo. Ella pensó frenéticamente. La inocencia era la única cosa infantil que David había podido mantener a pesar del muerte de su padre y los cambios de la vida. ¡Si tan sólo esto fuera otra aventura divertida! Anna parpadeó; tal vez pudiera ser.
    – No estoy segura – dijo Anna. – Parece muy extraño. Mirá – señalo el brillo negro con el dedo –, parece que hay un arco iris adentro. Se mueve y cambia como una bola de cristal. Se puede ver todos los colores.
    David respiró profundamente, mirando con atención el brillo impresionante. – Parece como algo mágico.
    – Y lo es – dijo su hermana. – Es un fango de magia, magia negra y oscura. Algún hechicero malvado quiere destruir nuestro lugar porque es tan bonito y maravilloso.
    – ¿Cómo podemos luchar contra él? – preguntó David con una voz muy seria.
    – Pues, juntos podemos tratar de hacerlo – empezó Anna.
    Un ruido imprevisto rompió la paz del silencio y Anna volvió su cabeza hacía el cielo.  Un helicóptero volaba sobre el mar, acercando a la costa. Un líquido blanco extraño cayó desde la máquina y dispersó en el agua.
    – Anna – dijo David con miedo –, ¿el helicóptero pertenece al hechicero, o va a ayudar a nosotros?
    Por un megáfono la voz del piloto llegó a los dos hermanos para anunciar la verdad. – Hay un derrame petrolero en esta zona. El tanque Exxon Valdez tuvo un accidente y está goteando petróleo. Por favor, regresen a sus casas y no toquen nada, vamos a resolver el problema y comenzar la limpieza de estas zonas lo más pronto posible...

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