sábado, 11 de septiembre de 2010

Ossobuco

El farol municipal, erguido en la esquina, era lo único que iluminaba la última calle del pueblo. Millones de insectos giraban alrededor y buscaban la manera de entrarle. Se había detenido con Nela, camino a Catamarca, donde ella podría encontrarse con un viejo, medio chamán, hijo de una diaguita y un andaluz, que podría ayudarla. El cuarto que habían alquilado estaba a mitad de cuadra, en la penumbra. No se veía el río sino la entrada arbolada de un rancho, unos niños entrando y saliendo a través de la esterilla y por arriba de todo una masa caliente de oscuridad llegaba hasta las nubes que techaban el cielo.
– El despensero dijo que van más de dos meses que no llueve, y que esperan a que uno de estos días, después de tanto amague…
– No va a llover.
– Al Tío, así me dijo que lo llaman, le gustaría saber por qué no iría a llover ─ dijo él, pero ella no respondió y continuó parada e inmóvil contra la ventana abierta.
– No había gasas – continuó – así que traje algo para cocinar – dijo destapando una botella de ginebra –. Tal vez no te importe, y a mi no me importaría si ya estuviéramos en las montañas, pero hasta entonces voy a comer, y, si querés, puedo ofrecerte un plato.
– No me jode hacerlo desde la olla.
– Cierto. Pero en ese caso, y sólo en ese caso, preferiría no estar para verte – dijo él en una sonrisa, sentado a la mesa, sirviendo la ginebra en dos pequeños vasitos. – Es raro que no tuviera gasas; es un garaje, con tres o cuatro estanterías a los costados, lleno de frascos y paquetes, tanto que apenas entra uno. Tenías razón, fue mejor que te quedaras. Me ofreció todo lo que había en el garaje y dijo que la culpable de la falta de gasas era su mujer y su quinto hijo recién nacido – le ofreció la ginebra. Se paró y le llevó el vaso de ginebra; ella se lo echó de un trago, sin muecas.
– Además, le pedí huevos y me dijo: es extraño, y vieras los ojos desconcertados que puso, el Tío parece un carpincho enorme esperando que pase el Apocalipsis – la miró pero no tuvo más respuestas que el mutismo de esa figura por la que estaba allí –después hizo una pausa y siguió: en este pueblo, a pesar de que lo abastecen varios gallineros, vienen faltando huevos; están flojas las ponedoras. Y dijo que esta noche no debía haber ningún huevo en todo el pueblo. Ella se va a enojar mucho conmigo, le dije como para presentarte, en estos días, por más fantásticos que parezcan, sus deseos son incontestables. Él asintió comprensivamente y repitió que lo disculpara, que no tenía – terminó su vaso y lo llenó –. Pero, por otro lado, Nelita, esos datos son los que tenemos que cazar. Y a mí no se me escapan.
– ¿Qué no se te escapa? – dijo ella.
– Veo la oportunidad, sé cuando tirar; y simplemente no se me escapa. Es como un don.
Detrás de la zona que iluminaba el farol debía estar el monte y ella miraba hacia allí; y a veces a las nubes, que por momentos se afinaban y se inflaban de una luz débil; y hacia el rancho del que entraban y salían los hijos del Tío.
– Hablás como si no hubiera, para vos también, una bala.
– Bueno, esto cada tanto pasa, son las reglas y no vamos a decir que no las conocemos. Hoy estamos abajo, o acá, pero nadie, Nela, se muere por una deuda. Familias que han sido comerciantes desde la edad media, igualmente, a veces se funden. Pasa algún imprevisto, la familia se rompe y tienen que empezar de nuevo. A nosotros nos pasó lo mismo. Son malas rachas.
– No fue lo mismo lo que nos pasó – dijo Nela desde la ventana –. Y no va a llover porque hay olor a río, y si el viento viene de aquél lado… debe ser el noroeste… si viene del río entonces va a limpiar porque nosotros viajamos con sol.
– Va a quedarse bien nublado, como dijo el Tío.
– Debiste traer gasas, acá no hay ni alcohol, menos un botiquín – dijo Nela. El, primero, le contestó con unos golpecitos del filo de la cuchilla en la botella. Después dijo:
– Hace dos meses que no llueve – y cortó en dos la primera cebolla; la peló y luego empezó a rebanarla sobre la mesa. A la décima tajada paró y bebió y volvió a tomar la cuchilla –. Mañana voy a caminar por el pueblo para ver qué otra cosa molesta acá. Ahí está el punto. Todos los vendedores vienen a ofrecer algo que creen que hace falta y casi nunca falta nada. Cuando fracasan con lo que traen y por casualidad se toman el tiempo de caminar por el lugar, y, digamos que con suerte encuentran algún agujerito, enseguida quieren tirar de ahí, quieren meter el dedo y agrandarlo para descubrir algo que nadie había visto. Pero eso en realidad no ocurre. No encuentran nada o los echan antes porque enseguida les sienten un olor del que desconfían. – decía él mientras tiraba la cebolla en una olla pequeña y abollada de aluminio, le echaba aceite y la ponía sobre el fuego. Nela, que estaba junto a la ventana, tuvo que moverse hacia la puerta de entrada –. En cambio nosotros no venimos así. Somos buena gente, y ellos lo notan – volvió a sentarse y tomó una zanahoria; Nela regresó al marco de la ventana –. El Tío lo ve así. ¿No?
– Vos sos todo un vendedor – dijo Nela mirándolo un instante.
– Si; ya nos invitó a comer a su casa pero le dije que hoy estábamos indispuestos, aunque mañana tal vez te sentirías mejor y podríamos ir. El también creyó que con la lluvia tan encima lo mejor es aguantarse adentro.
– ¿Con qué pagaste eso?
– Le dije al Tío que yo era periodista y estaba con mi mujer en el pueblo como enviado de El comercio – dejó la cuchilla a un lado y bebió ─. Pedí fiado – y bebió –. El Tío no tiene drama. Siente que somos buena gente. Me dijo que ya lo había notado esta tarde al vernos en el puerto, yo en la rambla y vos yendo de acá para allá.
– Nos recuerda.
– Preguntó por qué no te sentabas – dijo con una sonrisa –. ¡Porque tenía lastimado el rabo, dije! – rió entrecortadamente deteniendo su trabajo. La brisa que venía de afuera abría los cabellos negros de Nela y luego estos se arrimaban de nuevo, lentamente, unos contra otros.
– Me dijiste que íbamos a estar cerca de las montañas para el mes pasado.
– Te lo prometí.
– Y yo te creí.
– ¡También yo te creo! – dijo sin poder contener un rictus. Ella tenía puesta una remera sin mangas, de un azul oscuro, que no se ajustaba al torso. Cuando corría viento o cambiaba el pie de apoyo los pliegues de su ropa, iluminados, de un lado, por un velador, y ensombrecidos del otro, se reacomodaban, variaba el color de la tela y se delataba la ausencia del corpiño.
– Así que mañana – Nela, que estaba dándole la espalda, se volvió y lo encontró mirándola con el baso en la mano –, si la lluvia para temprano, seguimos camino.
– Mañana seguimos hacia el noroeste – dijo, y se alegró. Ella buscó su vaso y lo llenó: el viento que entraba le desprendía un olor profundo y agrio que lo emborrachaba de intriga. – Mañana salimos para la tierra del listillo de Pedro Bohórquez. El viejo chamán tal vez sea un descendiente suyo – pensó.
– Y si llueve por ahí baja un poco este calor…
– Va a refrescar.
– Quiero que refresque, y que pidamos por acá algún mate…
– ¡El Tío seguro que nos presta uno!
– Qué buena gente hay acá…
– En el interior todos son amigables y confianzudos. Son gente de fiar.
– Así mientras vos manejás yo puedo cebarte mates; podés elegir ¿dulces o amargos?
– ¡Dulces! ¡Dulces!
– Mates dulces, entonces; pero vos me tenés que prometer que vamos a ir a cualquier parte de las montañas, porque ya lo dijiste.
– Y mañana, de hecho, salimos para allá. Lo prometo.
– Porque la humedad de este lugar no me gusta. Aún cuando la gente nos invite a cenar, está caluroso, no controlo el pelo, se está todo el tiempo como encerrada, y bueno, quiero que agarremos la ruta, yo cebo mates dulces, pero vos conseguís nafta y hablás con el Tío para que te preste un mate dulce, nos subimos y nos vamos – golpeó con el taco el piso. Había vuelto a la ventana y miraba las nubes. El viento había empezado a correr un poco más rápido y traía los gritos de los chicos de enfrente.
– Podés ir al bar, si querés. Yo dejo la puerta abierta para que entres. En este pueblo no pasa nada.
– Está por llover, es mejor guardarse. Además él puede volver a pedir algo – dijo en tono serio. Nela se dio vuelta para corroborarlo.
– Todavía no sabemos qué prefiere.
– A un estofado como éste, seguro no se resiste.
– Pero no tengo hambre.
– Le cocino a él. Y si se despeja tal vez tengas su apetito.
– Ya me han dicho que no parezco una mujer cuando como.
– Se debe al apetito doble, ¿no?
– Supongo.
– Los gallineros deben estar cerca – dijo mientras tiraba la zanahoria cortada en la olla. Sacó dos papas de la bolsa y las lavó. Echó agua hasta la mitad de la olla. Debajo de la pequeña mesada había una cortina a cuadrillé. Detrás encontró sal y frascos con restos de condimentos –. Los intendentes de estos pueblos normalmente reciben bien a los periodistas, más aún si se trata de una propuesta de El comercio, que muestra su interés en reunir los reclamos de los ciudadanos de la región – tenía a Nela a su izquierda, en cuyos hombros encontró gotitas de sudor sobre su piel oscurecida; él la miró y luego revolvió el contenido de la olla –. Si en la municipalidad consigo un permiso para ir a hablar con los productores, tal vez puedan darme unos cuantos obsequios para llevar al diario; algunos pollos, si pretenden que se hable de ellos – el viento que entraba sacudía la bolsa sobre la mesa que, sostenida con la cuchilla, crepitaba –. Esperemos que deje de llover para la mañana – abrió un paquete improvisado con diario, humedecido, en parte, con sangre, y sacó cuatro ossobucos y los metió dentro de la pequeña olla –. Qué pena, no entran las papas –. De pronto se oyó un fuerte azote en la puerta.
– ¡Disculpen! – gritó la voz de un niño, seguida de las risas de dos o tres – ¡No era para usted!
– Se pueden lastimar así – dijo Nela en voz baja, maternalmente. Pasaron unos segundos y esta vez una piedra entró en el cuarto y dio en la pared detrás de la mesa.
– ¡Disculpen, disculpen! – gritó la misma voz y luego se la oyó retando a los demás; él se asomó a la ventana y vio a uno de los hijos del Tío, como de trece años, llevando a patadas a otro más pequeño que iba corriendo por el pasto, en cuatro patas, precedido por el que llevaba la gomera. Nela fue hacia la puerta y él la siguió con la vista. Cuando la abrió y avanzó para salir, él dejó la cocina, pegó un salto de dos metros y la detuvo atropelladamente y casi tumbándola; ella simplemente se frenó.
– Podías decírmelo – dijo Nela entre sus brazos –. ¿Y qué si le sacan un ojo a un chico con un piedrazo? Iba a decirles que paren como vos podrías haberme hablado, animal.
– Entremos – dijo él. Los chicos habían vuelto a su casa y no había un alma en la calle. Se había levantado viento con olor a río. El sauce de enfrente se doblaba con un balanceo. Cierta claridad crecía entre las nubes, haciéndose un hueco y asomándose tras un tul gaseoso que se fue disipando hasta desocultar del todo una luna llena y brillante, blanca como un hueso. Solo él la había visto. Le acarició el pelo negro que ahora también brillaba. Con la luz blanquecina, al fin del camino, apareció también el monte.
– Con ésta, van tres meses.
– ¿Cómo te sentís? – dijo él, sin dejar de acariciarle el pelo y luego los hombros y a lo largo de su columna, toda su espalda.
– Tres meses que no viene…. tal vez se trate de algo seguro.
– Debe serlo. Le ganó – la tenía apretada contra su pecho; compartían las palpitaciones y el sudor. La apartó un poco y le tomó las manos; buscó su mirada. Nela estaba incómoda y evitaba encontrarse con sus ojos.
– Vamos a estar bien. Mañana voy a ir a la Municipalidad; vos podes buscar el mate en lo del Tío y decirle que no hacen falta las gasas – ella mantenía su vista en él sólo por segundos y enseguida la largaba hacia el monte de eucaliptos, de arbustos tupidos, crecidos, a veces, unos sobre los otros, enlazados con enredaderas infinitas entre las que deambulaban toda clase de vagantes nocturnos y cazadores, aún cuando esta luna sólo le ofreciera apenas una cara del monte –. ¿Cómo te sentís?
– Normal, querido – dijo. Luego miró la luna –. Y supongo que ahora tendremos que esperar – dijo, por decir, con resentimiento.
– Hablo con esos productores para ver a qué se debe su vagancia, ya veremos, y después podemos llevar algo a lo del Tío – le acarició la panza y bajó a las piernas –. ¿Y?
– Me siento bien, querido.
Entraron en la casucha y cerraron con llave. El calor aún crecía y el olor del ossobuco hacía del cuarto una caverna nauseabunda.


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