miércoles, 29 de septiembre de 2010

Grupo 1 (Laura),consigna 4. Manuela Iaciofani Saiz

Mirá que no se ve


Sonó el despertador y Andrea estiró el brazo para apagarlo. Decidió que se quedaría en la cama, agudizaría su oído (el que no estaba pegado a la almohada) y correría a atender cuando llegara la encomienda; total si tenía los ojos hinchados diría que estaba resfriada.

Los ruidos de los vecinos levantándose no la dejaron retomar el sueño y cuando tocaron el timbre, maldijo por no haberse levantado antes. Se dejó el pijamas y se cubrió con un saco, colocó la mano en su pecho para mantenerlo cerrado y parecer algo enferma.

-Disculpá la demora, es que estoy en cama haciendo reposo, por eso tarde- dijo Andrea a pesar de que el hombre no había hecho ningún comentario al respecto.

-No se preocupe señorita una firmita y la dejo en paz- contestó el empleado.

Subió los dos pisos por ascensor mientras se preguntaba “¿la gente le dará propina a los carteros?... Igual no tengo un mango, al pedo pienso”. Se apuró a entrar para evitar que los del “A” no la vean, parecía que siempre salían cuando ella entraba o al revés; en especial el padre, ese gordo que siempre colgaba unos calzoncillos inmensos y con corazones rojos en el balcón que daba a la casa de Andrea. Ella odiaba sus calzoncillos, y odiaba que su departamento fuera un interno, siempre que alguien venía de visita, hacía un chiste al respecto para evitar la vergüenza ajena que le causaba.

Lo que había en la caja no era sorpresa. Hacia unos días, ella había llamado a su abuela para contarle que tenía problemas económicos, esperaba que ella una vez más le diera una mano. Pero en esa ocasión no pareció prestar demasiada atención, empezó a decirle, que no podía ser que nunca haya puesto cortinas en ese departamento, que los vecinos ven todo, que le iba a mandar unas cortinas que había encontrado y que eran justo de la medida de las ventanas de la pieza y el comedor. Ese mismo día dos, horas más tarde, su abuela le devolvía el llamado para decirle que ya había mandado las cortinas, que llegaban al día siguiente y que le sacara una foto cuando las pusiera así ella las veía.

Efectivamente, al día siguiente estaban ahí, la foto la sacaría en otro momento porque no tenía plata para imprimirla y menos para mandarla; Internet, lamentablemente no era una opción. Le pareció raro que solo estuvieran las cortinas, pensaba que con ellas vendrían unos pesos de regalo también, pensó que no podía ser tan desagradecida con su abuela, y se dispuso a poner primero las que eran para su habitación.

Su excusa siempre había sido la misma, además de la falta de dinero para comprarlas, Andrea alegaba que la persiana estaba rota, no subía del todo y con cortinas, la poca luz que entraba iba a ser nula. Al verlas colgadas, pensó que se veían muy bien ahí, era increíble el ojo que tenía su abuela, estaba en todos los detalles, quedaban perfectas, incluso vestían la habitación. Las miró un rato y se lamentó de no tener a quién mostrárselas.

Colocó las del comedor, estas ya no le parecieron tan lindas, no decían mucho, ni tampoco tenían un estilo con el que ella se sintiera identificada, pero bueno, al menos la puerta de vidrio que daba al balcón del gordo de los calzoncillos iba a quedar tapada. El gordo y su familia no iban a ver si comía o no, si tenía cable o no.

A la noche su abuela llamó, siempre controlaba que las cosas lleguen en tiempo y forma.

-Hola abue ¿vos llamaste recién? No, porque me estaba bañando y escuche que sonó el teléfono. Las cortinas quedaron hermosas, en estos días te mando las fotos. A que no sabés que tengo puesto… el camisón de la vaca que me regalaste hace un montón ¿te acordás?, si, ya sé que esta todo agujereado, pero a mí me encanta. No quedate tranquila, ya tengo las cortinas, que miren todo lo que quieran los vecinos total no se ve.

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