viernes, 1 de octubre de 2010

Ocho minutos (Consigna 3)

por Katelyn Duncan

(editado 29/10) 

    Ocho minutos, pensó Sofía mientras daba vuelta en la esquina y miraba las puertas del tren de la línea D que se cerraron en frente de los pasajeros pegados. Había perdido el tren otra vez; de verdad estaba volviéndose muy buena en eso. Algunos meses atrás no la habría molestado el tiempo extra, la oportunidad de relajarse y quedarse en un sólo lugar por un rato. La mayoría de los días corría de un lugar a otro sin razón para pararse y disfrutar de sus alrededores. Esos pocos minutos de espera en el subte le dieron la posibilidad de mirar qué libros nuevos tenía Armando en el kiosco, contemplar otra vez su impulso de comprar una copia de los cuentos de Cortázar que quería leer desde siempre.
    Sin embargo, hoy andaba de un lado para otro con inquietud y sus botas de tacones pequeños hacían eco en el túnel. Mataba el tiempo. Debería estar afuera, en el mundo, asimilando la belleza y la tranquilidad de un rosedal, o admirando la mezcolanza de arquitectura histórica en su ciudad natal; o debería estar doblada sobre una hoja en blanco, el pelo como tinta bloqueando sus trazos como siempre, echando al papel los huecos profundos de su alma con un bolígrafo uniball de cinco pesos. Sofía se reprendió a sí misma por no traer un cuaderno con ella en su viaje cotidiano. ¿Qué vale ser escritora si uno no se escribe? Perdía el tiempo. Dentro de poco sus palabras desaparecerían. Valdría los dolores de cabeza y náusea en el tren si pudiera hacer algo útil en vez de estar aquí esperando.
    Estaba de pie cerca de la línea amarilla y mordió sus labios para no gritar. Un hombre cercano la miró con preocupación y lujuria en los ojos. Ella tiró de su bufanda gris con rosas negras y miró arriba a la pantalla de la televisión. Ya habían pasado tres minutos. Acabaron de pasar tres minutos sin hacer nada. Ese pensamiento hacía que su estómago se retorciera en pánico. ¿Iba a volverse loca en ese andén con veinti-algo otras personas esperando, como lo hacían cada día de la semana, la llegada del siguiente tren? Para todos ellos, ya sabía, era sólo un día normal.
    Y no podía ser para ella. Ya nada era normal, desde que había dicho el doctor las palabras que Sofía temía tanto, desde que ella había empezado a contar cada momento precioso como regalo de un Dios en el cual de todos modos jamás había creído ni creerá. Se preguntó cómo era el mundo de ellos, ahora, ese “ellos” amorfo que se separó amargamente de la otra gente en la estación. Las dos mujeres más cercanas miraban las publicidades en el televisor, más por aburrimiento que por interés real. Un hombre de traje parecía estar enojado y sin paciencia. Quizás él estaba tan frustrado como ella; se preguntó qué perdía por la demora. Tal vez una reunión de la empresa, o un encuentro con la amante secreta, o sólo unos pocos minutos del trabajo porque iba a llegar tarde.
    Cinco minutos gastados. Cada vez más personas venían desde las escaleras y se añadieron a las filas de espera, y ellos que estaban allí desde hace mucho ya se inclinaron hacia la izquierda, buscando ansiosamente las luces blancas al final del túnel. Sofía se acercó más a la línea amarilla. Al otro lado del andén paró un tren hacia Catedral, y ella miró a la gente dentro del coche y ellos le devolvieron el favor. Las personas empujaron para entrar y salir con una serie continua de perdones y permisos. Una vieja le dio una sonrisa, pero Sofía no respondió, y entonces el tren se había ido.
    Cerró los ojos y sintió el cansancio que amenazaba el cuerpo. No había nada que hacer. Un tictac imaginado contó cada segundo mientras ella trató inútilmente de no pensar, de perderse en el silencio de su propia mente y la esperanza del subte.
    Abrió los ojos.
    La escritora miró el reloj. Acabaron sus ocho minutos.

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