viernes, 29 de octubre de 2010

No arranca mi walkman

Limpia la sangre de los botones, se pone los auriculares y vuelve a encender la radio pero no funciona. La niña llora arrancándose los pelos -¡tiene muerte cerebral!- le grita a la maestra que baja corriendo las escaleras.

La niña pasa las horas escuchando la radio. En los recreos se sienta en los bancos de material en el fondo del patio. Pone las manos debajo de sus piernas que se balancean dibujando círculos en el piso. En el primer recreo va a la biblioteca, elige entre los libros más viejos y arruinados, abre sus tapas si es que tienen, toca las hojas, ásperas y se los lleva. En el segundo recreo se sienta en su banco de material a escuchar la radio.
Tres de sus compañeros forman un círculo en medio del patio, nadie los mira. Se acercan a la niña, la miran en silencio. El rubio comienza a reírse, el flaco se ríe, se ríe, se ríe, el petiso se encorva entre carcajadas. La niña recorre con la punta del pie los contornos de las sombras en las baldosas. El rubio abre la boca, gesticula, un hilo de agua se deshilacha de su nariz filosa. La niña mira las sombras de las siluetas de los niños bufones, mira los hombros. Ratas huidizas caminan y desaparecen debajo de algún brazo, cuello o pierna. La niña sube el volumen de su radio para escuchar el informativo. La boca bufona del rubio ya no emite sonidos sino que se mueve como una gelatina. El flaco se acomoda el escudo del colegio que le pende de cuatro o cinco hilos del sweater azul ratón. El petiso mete las manos de los bolsillos, dobla la punta de los pies para adentro y se retuerce entre carcajadas.

La niña levanta una mano y mira el reloj a contra luz, ve una sombra redonda y negra en su muñeca y dos agujas. Suena el timbre. La niña vuelve a poner su mano debajo de las piernas y sigue escuchando las noticias en la radio. Saca la otra mano y acaricia el walkman que descansa sobre su pollera gris de escuela. Dibuja con el dedo las letras que dicen SONY WALKMAN WM – FX251 FM / AM sobre la tapa plástica.

El patio se vacía. Los niños bufones siguen delante de la niña esperando que se levante para subir las escaleras detrás de ella. La niña no se mueve. Sube el volumen de la radio una vez más. Pasan música. Pasan una milonga que le gusta a su abuelo. La niña ya no dibuja círculos en el piso, sus pies cuelgan sin balancearse. El rubio se retuerce, ya no se ríe, el flaco y el petiso miran al rubio, tampoco se ríen. El rubio sacude la cabeza de la niña, le arranca los auriculares y grita. Le da la espalda saltando con los auriculares en la mano. El flaco y el petiso alzan los brazos y saltan con el rubio. El walkman cae al piso. La niña lo levanta, se le salió la tapa, se le rayó un botón. Acomoda la tapa, la cierra, acaricia los botones y le da un beso. Levanta el brazo con el walkman en la mano y descarga un golpe sobre la melena rubia. El rubio se agarra la cabeza, otro golpe, otro y otro. El flaco y el petiso son figuras de cartón pintado. Las baldosas grises se empañan en rojo. 

María Luján Tilli

Epitafio

Tu alma es ahora mía, aseguraba el graffiti.
Frío abrasador en el colectivo, los pasamanos pegoteados de humedad maloliente se adhieren a las yemas moradas, heladas. Son las siete menos cuarto pero las luces callejeras ya están encendidas hace rato. Los autos dormitan inmóviles en la chillona avenida, una fila interminable serpentea el asfalto hasta el semáforo en rojo. Apoyo la cara sobre mi brazo que cuelga desde el pasamanos del techo. Mi cabeza es una caja de madera hueca. Entre sueño y sueño repaso lo pendiente para mañana. La charla con el imbécil de Víctor, las quejas por contestar de los clientes que se amontonan, se amontonan, se apilan, se acumulan. Como los autos, que dormitan esperando salir de la chillona avenida. Víctor es un idiota, repasé todas las quejas, no tengo como defenderlo, tampoco me preocupa, es un idiota. Mis ojos apenas asoman por el borde de la bufanda. La luz del semáforo en rojo, las gotas de lluvia comienzan a caer, va a cerrar el supermercado de los chinos, no tengo nada para cenar y Ofelia tampoco, va a maullar insoportablemente, ya la estoy escuchado. Los autos dormitan en la avenida brillante, roja, naranja, gris, negra. Las luces de los mercurios caen y se duermen en el asfalto. Se me acalambra el brazo que cuelga del pasamanos del techo, le pesa mi cabeza, las quejas de los clientes contra Víctor. Mis ojos apenas asoman por el borde de la bufanda, apenas se asoman, apenas. Fue suficiente para leer la sentencia en el paredón de la vereda de enfrente. Tu alma es ahora mía. La pintura brilla pegajosa, probablemente su autor recién terminó la obra o tal vez la bruma del asqueroso atardecer le otorga un marco particular.

La oscuridad y el aire adoquinado, cierran el paso a la vista, apenas se distinguen las figuras caminando por la vereda, las siluetas de los autos esperando la luz verde del semáforo. Los mercurios de la calle son un chasquido frío de electricidad en cada poste. Sin embargo, leo claramente, no hay otro destinatario, tu alma es ahora mía. A la derecha del paredón, una cuerpo plano, un recorte. Por la vereda angosta y vacía al final de la pared, se fuga una sombra negra, amorfa se aleja. Se detiene y gira. Fija sus ojos amarillos en los míos. Grito. Mis oídos son un manojo de moscas que zumban. Caigo de espaldas en el pasillo del colectivo pero los pasajeros me ignoran. Una nena vestida de rosa, sonríe, me ayuda a levantarme sin dejar de sonreír. El semáforo da luz verde, el colectivo no acelera.
Apenas veo sobre la bufanda. La frase brilla pegajosa pintada en el paredón, los ojos amarillos se clavan sobre mí, caigo de espaldas, la niña que sonríe vestida de rosa me levanta, ríe a carcajadas. La frase pegajosa se adhiere a mi cara, me tira contra el suelo en la vereda angosta, la niña de rosa ríe a carcajadas, salta sobre mí y me clava sus ojos amarillos. Los pasajeros me ignoran. La niña de rosa, amorfa, recorte de la noche, me mutila con sus ojos amarillos. Mi cara se desangra, mi epitafio dirá tu alma es ahora mía.

Dejarás en tu visita un ramo de fresias rosas, llevarás a casa un gatito negro con ojos amarillos que encontraste durmiendo sobre mi tumba.

María Luján Tilli

El retrato del músico (Consigna 6)

 por Katelyn Duncan

[Editado 01/12]

    Es una noche de martes en el Subte, su noche preferida de toda la semana. Cuando la artista está sentada en la clase estos últimos minutos frenéticos mientras la profesora explica la tarea, se siente cansada y piensa en el estrés de un día lleno de ir a varias clases en varias partes de la ciudad; pero el momento que entra en el tren casi vacío, todo el agotamiento desaparece. Hay algo tan pacífico, tan extraño sobre el Subte cuando no está ocupado. Alguna parte profunda de ella hace retratos de las escenas momentáneas que la rodean: el hombre que se inclina hacia la izquierda para tocar la mejilla pálida de su novia con los labios, la mujer de negocios que lee seriamente un libro de psicoanálisis, la extranjera – con piel tan blanca que no puede ser argentina – que hojea una colección de las ficciones de Borges. El varón al lado de ella tiene un cuaderno en las rodillas, y garabatea un poema, una red interminable de línea, palabras y manchas negras donde ha quitado y repuesto las cosas muchas veces.
    Piensa en la manera en que los niveles de pintura funcionan en el lienzo, y que cuando ella cambia su mente sobre una pincelada cualquiera puede poner otro color por encima del primero. Se pregunta qué dirían sus compañeros si hiciera una serie de retratos del Subte, se pregunta cuál combinación de pigmentos podría usar para capturar el tono exacto de plata y gris para las paredes, cuál rojo daría la textura correcta para representar los bancos suaves.
    Se abren las puertas en la próxima parada y entra un músico, violín y arco en la mano. La artista piensa que tal vez lo ha visto una vez antes; se acuerda del contraste del trapo azul que pone en el hombro cuando levanta el instrumento al cuello. Su boca se mueve con una sonrisa mientras dice algunas palabras introductorias al público – ella no escucha, sino mira, se queda fascinada con el juego de la luz artificial en la madera prístinamente lustrada del violín y con la ternura con la cual su dueño pone las manos en su puesto. Ella trata de no mirar fijamente, y se obliga a mirar por el rabillo del ojo mientras el músico roza el arco sobre las cuerdas para empezar la canción.
    Él dobla las rodillas para moverse con el tren y mantener el equilibrio mientras salen de la estación, los recién llegados toman su asiento, caminando con desinterés; parecen ignorantes del espectáculo tan cercano. Sus dedos saltan por las cuerdas, como flechas, y el arco da brincos en el aire. De vez en cuando, cuando llega a una nota larga, los dedos delgados y finos vibran contra el ébano en una manera que parece al mismo tiempo imposible y completamente natural. Hay algo encantador en todo eso, algo hace que ella quiera ser bailadora; la artista imagina que están en un lugar dentro del bosque, debajo de las estrellas y al lado de una fogata, libres de la ciudad.
    Pero cuando aparta la mirada del músico, ve que nadie lo está mirando, que las personas del otro lado del coche siguen leyendo los libros, que el varón de al lado sigue garabateando poesía y mordiendo el bolígrafo. Nadie mira hacia arriba, o si lo hacen, es para asegurarse en qué parada están, mirando detenidamente por las ventanas y agachándose para alcanzar a ver los carteles por encima de los pasajeros que esperan afuera.
    Nadie lo mira, y esta comprensión entristece el corazón de la artista. Terminada una canción, asombrada ella se da cuenta de que nadie aplaude (¡qué vergüenza! piensa mientras algunas adolescentes suben al tren con faldas muy cortas y copias del libro más reciente de Stephenie Meyer); empieza a aplaudir a solas, la gente a su alrededor la mira con una expresión de irritación y rareza, que ella devuelve con una mirada feroz, y el músico sonríe. La artista se pone colorada por la atención, pero corresponde la sonrisa, mirando abajo a su cartera en las rodillas cuando no puede soportar más la sensación de perderse en sus ojos.
    Trata de ser un poquito más sutil ahora, y lo mira sólo a veces. Ha visto suficiente para poder imaginar la maestría de sus manos y la expresión tranquila de su cara, y entonces deja que su mente rellene los espacios vacíos de su visión.
    Cuando el tren llega a la próxima estación, ella mira a la gente que sale y de repente reconoce alguna de las nuevas personas. – ¡Sofía! – exclama, y besa a su amiga en la mejilla. – ¿Estás de regreso del hospital?
    – Claro – dice la otra mujer, tomando un asiento al lado de ella. – Voy para mi casa. ¿Y vos?
    – Igualmente – dice la artista. Mira al músico, que está en medio de una canción alegre en la que su arco dibuja diseños elegantes en el aire. –¿Qué dicen los doctores? – pregunta a Sofía.
    – Nada nuevo, sólo más o menos las mismas cosas. Yo creo que me siento mejor, pero el doctor Gómez parece pensar que es sólo el efecto placebo. Es difícil saber. ¿Entregaste hoy el proyecto en el que estabas trabajando?
    Charlan del día por un rato, y la artista le hace un cumplido sobre la bufanda nueva, y entonces dejan que la conversación se desvanezca, y las dos miran el movimiento de la gente cercana.
    Sofía toca el hombro de la otra mujer cuando el tren empieza a reducir la velocidad. – Che, vamos, esta es nuestra parada, ¿no?
    – Un momento – dice la artista, y se da vuelta, camina rápidamente hacia el músico, y tira algunas monedas desde su cartera hacia el gorro que está bien equilibrado en el suelo del coche. Comparten una sonrisa prolongada más antes de que ella salga de prisa del tren.
    Sofía está de pie en el andén con una expresión extraña en el rostro, y al principio la artista piensa que tal vez su amiga se sienta mal. – ¿Estás bien?
    – ¿Qué hiciste? – Sofía pregunta como respuesta.
    – Nada, sólo di algunas monedas al violinista. Siempre me asombra que la gente puede tocar así con todas las distracciones y dificultades del Subte.
    Sofía toca el brazo de su amiga. – No había ningún músico en el tren, Isabela. – Otras personas en la estación, aquellas que hacen su rutina normal, las miran con fastidio.
    Confundida, Isabela empieza a caminar hacia la salida. – ¿Que decís? Lo vi... y lo he visto antes, Sofía, siempre cuando regreso de mi clase...
    – ¿Viste el mismo músico dos veces? – Sofía niega con la cabeza y entonces se ríe. – Tal vez sos vos que debe ir al doctor, nena loca. Si alucinás un músico en el Subte… un hombre elegante y romántico, ¿no es cierto? – Pone la mano en el hombro de la otra mujer mientras suben por la escalera mecánica. – Isabela, mi querida – dice honestamente – creo que debemos buscar un novio para vos. Preferentemente uno de carne y hueso.
    Isabela sonríe con esfuerzo, pero no logra reírse. Se siente que la sangre drena de su rostro, y cuando sale de la escalera casi tropieza.
    Por fortuna su amiga la ayuda. – Cuidado, ¿eh?
    La artista asiente con la cabeza. – Vamos, quiero regresar a mi casa.

    Cuando lo pinta esa noche en su departamento, la artista puede oír el eco de la canción del músico, que ahora la rodea con la dulzura de unas notas contaminadas por su miedo. Los dedos tiemblan cuando dibuja la curva del violín.
    Repentinamente siente un hormigueo y la sensación de que alguien la observa. Cuando se da vuelta, el sujeto de su retrato le devuelve la mirada fija.
    – Hola, Isabela.

La Ella-sin-sombra (Consigna 5) -- Nueva versión 01/12

por Katelyn Duncan

(Nueva versión 01/12) 


“La mancha sobre el piso”

Todo acabó en un solo instante. Todavía resonaba en el aire el sonido de la vieja puerta de madera temblando, y casi podía oler el persistente aroma del perfume de la novia: flores de cerezo con apenas un toque de vainilla. Con movimientos lentos y espasmódicos entré en la cocina, tomé un vaso del armario, me serví el whisky. El alcohol quemaba mi garganta cuando tragué. Esta vez, pensé vanamente, sentía como si fuera la última. Habíamos peleado muchas veces antes, siempre sobre cosas insignificantes; esta lucha no parecía muy diferente, salvo la sensación misteriosa de irrevocabilidad.

Mujeres, pensé a mí mismo, y puse el vaso – ahora vacío – en la mesa con demasiado fuerza. Estaba harto de aguantarla a aquella mujer. Andrea podría guardarse las quejas necias y peculiaridades de comportamiento.

Regresé al living, otro vaso de whisky en la mano, y me senté en mi silla favorita – la que, me recordé a mí mismo con no poca satisfacción, ella desde siempre había querido tirar a la basura. El armazón ruinoso crujió. Cómodo ahora, cerré los ojos. Ella se había ido. La tranquilidad del cuarto debería ser un cambio estimulante. Controlé mis pensamientos, permitiendo solo aquellos positivos. Ahora era libre. Tomé otro sorbo largo de alcohol.

Yo, solo.

Mis manos temblaban y las miré con sorpresa, sin saber por qué. La oscuridad del cuarto de repente me molestó y estiré el brazo hacia la mesita para encender la lámpara. Mientras la luz difusa empezaba a diseminarse por la sala, le eché un vistazo al marco vacío en la pared. Cuatro meses antes un dibujo maravilloso había estado allí, un retrato en carboncillo de la mujer de mis sueños, la que en ese momento ya no tenía el nombre de Andrea. Durante los cuatros meses después de conocerla a ella en los bosques de Palermo, la imagen perfecta de la cara que veía cada noche cuando me ponía a dormir, mi deseo de dibujar se había ido completamente. Pensé un momento, y giré otra vez hacia la mesita, abriendo el cajón debajo de la superficie. Revolví varias cosas (una vieja revista pornográfica, los recibos de una cena con los padres, notas adhesivas en diversos colores con bosquejitos de caras y ojos) hasta encontrar el cuaderno de bocetos y uno de mis carboncillos antiguos.

Los tomé en la mano y empecé a acomodarme en la silla otra vez, poniendo el cuaderno sobre mis rodillas. Mientras buscaba alrededor de mí mismo una fuente para inspirarme y ajustaba el lápiz entre los dedos, mis ojos se pararon repentinamente y miré fijamente el suelo del living. Ese lugar era donde Andrea había estado de pie hacía no muchos minutos, donde yo había sentido las curvas suaves y cálidas del cuerpo de la mujer contra el mío antes de perderlo todo en un momento, antes de que el caos hubiera destruido el cuento de hadas y ella me hubiera rechazado (¿o era mía la culpa? ¿Había sido yo quien la rechacé? Era difícil recordar ahora, en la soledad o libertad de la casa vacía). Pude ver el perfil tan familiar de su figura en la sombra que ella había dejado: allí el rizo de pelo que siempre caía en frente de la cara, el vestigio perfectamente formado de la mano, la silueta revoloteando del vestido que llevaba. La negritud profunda de la sombra se derramaba por el suelo de madera, y sus pies se atrevían a tocar la alfombrilla debajo de la mesa ratona. Extendí el pie descalzo sigilosamente hacia el suyo, y la sombra fue subiendo poco a poco a mis dedos de pie, y podría haber jurado que había algo cálido en ella.

¡Cómo se atrevía! Retiré el pie como si hubiera sido quemado y la curiosidad pasiva de mi mente cansada cedió a la furia. Ella no tenía ningún derecho de dejar a una invasora, una espía, una parte de sí misma, una... me levanté sin preocuparme por el cuaderno y el carboncillo que se cayeron al suelo, empujé la mesa ratona fuera de su lugar y arrojé la alfombrilla fuera del alcance de ella, lanzándola por el cuarto; golpeó las estanterías y se deslizó hacia el suelo. – ¡Dejame en paz! – grité mientras miraba la cara ausente de la sombra. Empujé los demás muebles para alejarlos de ella, pensando que en cualquier momento quizás iba a extenderse una mano y tomarlo todo. Nos quedamos así bastante tiempo, mirándonos el uno al otro. Regresé a la silla, cuidadosamente – sin volverle la espalda por miedo de lo que haría.

Tomé el cuaderno y el carboncillo otra vez e intenté pensar en una cosa para bosquejar, pero no llegó a mi cabeza nada que no fuera la sombra negra y odiosa que me miraba. Después de un rato apagué la lámpara y me quedé en la oscuridad, preguntándome a mí mismo qué hora era y si la sombra dormía o no.
  

“Cómo borrar la sombra”

Encendí la luz otra vez más y hurgué en la mesita hasta encontrar el teléfono.

Un timbrazo, dos timbrazos, y el sonido de una voz masculina bien conocida que decía “Hola”.

– Tenés que venir acá – dije. Trataba de no mirar la cosa, pero era difícil de resistir. Por fin cerré los ojos para no ceder a la tentación.

– ¿Álex? Che, ¿qué te pasa? Sonás alterado.

– Andrea y yo nos peleamos, pero está bien, no me importa. Hay sólo un problema: la bruja dejó su sombra.

– ¡No me digas! Las mujeres, por cierto, tienen todo tipo de hechicerías en su poder... ¿querés salir, tal vez a tomar algo?

– Quiero borrarla – dije sin alterar la voz, con los párpados juntados con fuerza. – Tiene que existir alguna manera de hacerlo.    Mi amigo vaciló. – Sí, claro, supongo que podemos probar, por lo menos. Puedo hablar con los otros, a ver si quieren ayudar también.

– Claro.

– Bueno. Llamaré a todos. ¿Seguro que estás bien?

– No te preocupes – insistí, y colgué el teléfono.

Juan fue el primero en llegar, y cuando le mostré la mancha de la sombra mi amigo burlón no tuvo nada que decir excepto una exclamación de sorpresa y compasión. Otros cinco muchachos llegaron, todos tomaron alcohol y se sentaron en el living para mirar la sombra.

– Tengo que decirte, Álex, nunca supuse que nos llamarías para salvarte de una sombra.

– ¡Pero por favor! – exclamé. No quería tomar más a causa de mi desesperación, y mirando a mis amigos más cercanos beber y charlar sin ninguna preocupación me inspiró no poca ira. – ¿Alguien tiene una idea?

– Diría que debemos lavar el piso, pero eso es trabajo de mujeres, no de nosotros – dijo uno de los amigos con una fuerte carcajada.

No sonreí. – No estoy para bromas. En serio, chicos, traten de imaginar cómo sería tener la sombra de una ex-novia en su piso.

Por un momento hubo silencio. – ¿Ya has apagado la luz?

– Sí, pero todavía vuelve cuando la enciendo.

– Podés llamar a Andrea…

– ¡No! – exclamé.

– Trabajo de mujeres o no, creo que debemos tratar de limpiar el piso – sugirió otro. Pero aunque fregaron con el trapo, la mancha se quedó.

– ¿Hay una manera de encenderla? – preguntó Juan. Todos lo miraron con sorpresa. – En serio. Sin destruir la madera, supongo, pero si se prende fuego seguramente se va, ¿no?

– No sé – respondí. – No tengo idea de cómo hacerlo sin quemar toda mi casa.

– Yo creo – dijo Marco, el más viejo de los amigos –, que deberías descansar y dejarnos pensar en una solución. Pero por ahora, no hay nada que hacer.

– De acuerdo. No podemos ayudarte, amigo, pero vamos a ver, ¿eh?

– Es mejor si duermes un poco.

Lentamente mis amigos salieron, y otra vez estaba solo en la casa. Yo y la sombra.


“Fortuna fue que fuera imposible mi insensato intento de borrar esa sombra”

No podía dormir. Cuando cerré los ojos ella siempre estaba allí: una imagen de sus ojos celestes brillando cuando se echaba el pelo para atrás y se reía, o el sentido recordado de los brazos delicados rodeando mi cuello cuando me besaba. A veces no estaba seguro si era un recuerdo verdadero o solo otro sueño, una nueva adición a la serie de sueños que había tenido desde hace un año y que se habían parado sin explicación cuando conocí a Andrea. Eventualmente dejé de intentarlo y deseché las sábanas. Me puse de pie y fui al baño mientras pensaba en la sombra que vivía en el piso de mi living. Me lavé las manos y me pregunté qué debía hacer. ¿Cuál era la regla a seguir en ese tipo de situación? No sabía si la sombra requería comida o si necesitaba algo más para sobrevivir. Y bueno, no estaba seguro si yo quería darle alimento o quemarla, quemar todo, pulverizar la memoria y las sombras del pasado.

Caminé por el pasillo hacia el living y regresé a mi puesto en mi silla preferida. La sombra parecía sonreír como saludando en la oscuridad, y los latidos de mi corazón se aceleraban. El odio y el enojo lentamente desaparecieron mientras miraba esta sonrisa pequeña, mientras pensaba en toda la historia de amor que habíamos escrito juntos. Tomé el cuaderno y empecé a dibujar otra vez su cara, tratando de capturar en el papel la curva elegante de los labios suaves. Me seducía una vez más la perfección que representaba su figura y su rostro y cada parte de ella, y si nuestra relación no había sido el ideal, pensé mientras mis dedos trazaban la línea de su cuello en la hoja de papel, sí era la culpa mía. No podía echarle la culpa a esta mujer tan maravillosa.

Terminado el bosquejo, inmediatamente di vuelta la página y comencé con otro. Esta vez dibujé su cuerpo entero. Ella estaba sola en medio de una vereda, llevaba su vestido favorito, tenía una flor grande encima de su pelo. Lo hice rápidamente, sin pararme ni un solo momento, y cuando lo concluí tenía la sensación de que algo estaba equivocado.

Después de pensarlo un tiempo me di cuenta: aunque el sombreado de la calle y de los edificios indicaba que el sol debía estar en frente de ella, mi mujer ideal no tenía una sombra.

Miré de nuevo la sonrisa de la sombra en mi living.

– ¿Por qué estás aquí? – le pregunté, pero no recibí una respuesta. – Creo que te extraño un poquito ya, – seguí sin pensarlo demasiado, – no puedo dejar de pensar en vos. Teníamos muchos momentos dulces, muchas experiencias que no quiero olvidar ni borrar. Tal vez no te quiero borrar tampoco.

– Por lo menos ahora no estoy solo. – Cerré el cuaderno y lo puse en la mesita. – ¿Te molesta si me quedo acá por un rato?

Imaginaba o soñaba oír un “no, no me molesta para nada” que venía desde el suelo.


“El retrato cuadrado”

Cuando me desperté, ya era mañana y la luz del sol se infiltraba en el living por las ventanas de mi departamento. Abrí los ojos sin prisa, y disfruté por fin de la sensación de estar verdaderamente despierto y listo para el día.

La sombra me sonrió y yo respondí de la misma manera. – Buen día – dije.

La mañana era tranquila y calma, decidí prender la televisión para romper el silencio. Pero cuando estaba por tomar el control remoto, de pronto miré la pared del cuarto y vi que durante la noche había aparecido de nuevo mi obra maestra dentro de su marco.

Vi el retrato cuadrado de Andrea, de mi musa, de la mujer ideal, vi las líneas delicadas y finas en las que había trabajado tantas horas. Vi los trazos fuertes que representaban sus ojos grandes. Pensé en esa época de mi vida, cuando fingía ser artista y trabajaba todo el día para llenar solo un pedacito del papel. Pensé en los días tormentosos cuando pasaba toda la tarde intentando capturar precisamente la imagen que había visto dentro de mis sueños. Todo esto, con el resultado de estar sentado perezosamente en el living de mi departamento sin amigos, sin una vida normal, sin nada salvo esta obra en la pared y la criatura de oscuridad en el piso.

De repente vino a mi mente la sugerencia de mi amigo Juan. Y pensé en lo que había dicho a Marco, cuando llamé a Andrea “la bruja”. Seguramente me había encantado, me había robado el retrato y las ganas de dibujar durante nuestra relación y ahora esto era el castigo, una manera de vengarse. Temblaba y casi no podía respirar, y la ira subía dentro de mi cuerpo. Fui a la cocina con una prisa inesperada y empecé a tomar cosas del armario frenéticamente, tirándolas en la mesada al azar. Por fin encontré lo que buscaba y caminé con cierto peso solemne de regreso hacia la sala donde la sombra dormía.

Raspé el fósforo contra el lado apropiado de la caja. No encendió. Tiré el primer fósforo al suelo y tomé otro, rascándolo contra la superficie rugosa. Esta vez el fuego nació, y puse la pequeña luz junto al margen del retrato. Di un paso hacia atrás y miré con placer mientras las llamas comenzaban a extenderse por el papel.

Me puse en mi silla preferida una vez más, satisfecho y calmado, para mirar como si fuera una obra de teatro la pared que se quemaba, sonreí a la sombra, y escuché el eco de su grito que salía desde el piso de mi departamento.

Sentía un gran cansancio y cerré mis ojos, respiré el humo y me fui tranquilamente hacia el mundo de los sueños.


“La Ella-sin-sombra”

Mientras ella camina por las calles al mediodía la gente gira la cabeza para mirarla: algunos no saben precisamente por qué la miran, pero saben que hay algo extraño en la mujer que lleva el vestido negro y sencillo; otros, más observadores o con mentes más abiertas, ven lo que a ella le falta y se hacen la señal de la cruz cuando la pasan. Ella no los mira a la cara, tiene su mirada fija hacía adelante con una confianza que hace que su vaivén incesante por la ciudad parezca aun más siniestro. De vez en cuando sonríe mientras piensa en la parte de ella que ha dejado atrás.

Fue una decisión consciente para torturarlo, para alimentar una obsesión, para garantizar que se enamorará de ella otra vez más.

Algún día, se dice a sí misma, su sombra y el amor de él serán suyos nuevamente.

jueves, 28 de octubre de 2010

G1 TP6: Los días de Federico

Por Daniel Francisco

Esta es la historia de un hombre común; un hombre que no tenía sueños, que su vida era un ida y vuelta inquebrantable entre la sencillez de la rutina y la comodidad que implica vivir en lo justo, ni más ni menos.

Federico González se había recibido de ingeniero electrónico. Toda su carrera universitaria la transitó en el ostracismo más duro para llegar a sus 24 años con el título que lo habilitó para comenzar a trabajar al momento en la misma empresa donde hoy permanece. Durante todo este tiempo, Federico viajó desde Avellaneda hasta San Isidro y religiosamente siempre llegó a horario a la oficina; excepto por esa vez que, víctima de una fuerte gripe, pasó toda la mañana en una clínica y no fue a trabajar por tres días.
Al principio, cuando su economía no era la mejor, se trasladaba en trenes que combinaba en Retiro y lo hacían atravesar la capital dos veces durante cada día de la semana. Con el paso de los años, Federico logró comprarse un auto que ahora lo sacude por las autopistas de la ciudad, por los parques de la zona norte y entre las fábricas del sur. El auto es color celeste; tiene un parabrisas quebrado pero que, según Federico, puede aguantar un tiempo más; las gomas están gastadas y por dentro el tapizado, sin embargo, parece nuevo. Una cuerina que resplandece al sol o ante cualquier vestigio de luz que se avecine por sus ventanas con vidrios sin polarizar.

Todas las mañanas ocurre lo mismo. Federico bien lo sabe. A las 6.41 suena su celular alarmando con que es la hora de despertarse y comenzar la jornada laboral, la misma desde hace nueve años. Antes su día empezaba a las 6.40 pero tras varios años de hacer siempre lo mismo, pensó que sería bueno ir regalándose poco a poco un minuto de sueño. Luego, sigue un baño de cinco minutos donde intercala contagiosamente chorros de agua caliente y fría con el objetivo de despertarse bien. Mientras se viste –camisa blanca o celeste y pantalón siempre azul-, desayuna unas tostadas de gluten, un té con canela y leche para salir siempre a las corridas rumbo al auto que a unos metros de la puerta del edificio donde vive, está siempre estacionado. Los vecinos lo conocen, no ocupan ese espacio con otros coches.

Entretanto viaja, va enumerando las cuadras para salir de la zona fabril del sur de Buenos Aires y, aunque no prefiere tampoco el hormiguero que simboliza el centro de la ciudad, reconoce en todo momento que su humor se renueva cuando intempestivamente entra a Vicente López por Avenida Del Libertador y el olor de los azares se irrumpe en el auto y lo hace sonreír. Todos los días.
También siente esa felicidad, que se vislumbra en sus ojos y en la forma en que agarra el volante, cuando ve las calles invadidas de calma y a las casas pequeñas con tejados rojizos escondidas entre grandes árboles.
El camino a su puesto de trabajo tiene esas cosas, esos matices que lo transportan desde el desprecio hasta la comodidad; pero cuando regresa a su casa, siempre comprende por que aún no se ha mudado de Avellaneda: es el barrio que lo vio nacer, donde sus padres vivieron y donde sus amigos aún están cerca para hacerle compañía cuando es necesario.

En los pocos ratos de ocio o incluso cuando fantasea con unas merecidas y no tanto vacaciones, imagina como sería meter sus pies en las aguas costeras de Uruguay. Nunca ostentó con un viaje lejano y conocer culturas diferentes a la suya, pero sí sabe con certeza que Nueva York no le interesa. Tampoco aquellas ciudades de Europa y toda su historia. Anhela conocer Uruguay, perderse entre las playas, caminar en silencio por las callecitas de Montevideo y echarse al sol en alguna plaza mientras lee alguna de esas novelas que siempre recibe de regalo y nunca encontró el momento para plasmar la lectura de sus hojas, que aún huelen a nuevo.

Él es Federico. Ya no tiene familia. Tiene unos pocos amigos y nunca estuvo en pareja. No conoce el amor y nunca sufrió por la pérdida del mismo. Es un hombre muy blanco, casi pálido. Su altura es promedio y todas las pilchas las usa en talle médium. El número de su calzado es 42 y cuando le hacen las típicas preguntas de pseudo test psicológico el responde: el azul es mi color favorito; me gusta el jazmín y alguna que otra flor amarilla sin perfume; amo las milanesas pero no me quedan bien; no fumo y cada tanto puedo tomar un vaso con vino pero blanco.
Federico sabe que no lo tiene todo pero lo que posee es parte de su mundo y eso le alcanza. Ama el color de su Avellaneda y los olores de la zona norte de Buenos Aires. No toma casi nunca mate, pero cuando lo hace disfruta del sabor de alguna yerba saborizada con cola de caballo. No usa crema de enguaje porque le da caspa. Su trabajo es lo mejor que le pasó en la vida y aspira a un gran puesto en un futuro no tan lejano.

Una de las tantas noches de su vida, llegó a su hogar. Tras cerrar la puerta, apoyó lentamente el juego de llaves de la casa y las del auto en una mesita de madera muy precaria que tiene en un pasillo. Con un poco de cansancio se dirigió a la cocina; mientras calentaba en el microondas un plato con pollo hervido y algunas verduras, se lavó la cara en la pileta y con un repasador se la secó. Minutos después estaba sentado cenando en una pequeña mesa redonda y con mantel a cuadros que se ubica en el ambiente inmediato y donde también está la cama. Esa noche, luego de probar sólo unos pocos bocados, Federico pasó por el baño, hizo algunas muecas frente al espejo mientras buscaba caries en sus dientes y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, Federico no despertó. Su respiración estaba completamente apagada y su piel mantenía un color rosado. Tampoco amaneció la alama de su teléfono celular.
Esa noche, Federico había decidido cambiar esa opaca vida que mantenía hasta el momento, eran los tiempos de dejar su Avellaneda, cruzar el río y leer alguna novela en los pastos bien cortados de una plaza. Eran tiempos de soñar.

Debo reformular algunas cuestiones: Esta fue la historia de un hombre común; un hombre lleno de sueños, que su vida era un ida y vuelta inquebrantable y que había logrado vivir con lo justo para morir y tener todo lo que le faltaba.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Grupo 1 (Laura),consigna 6. Manuela Iaciofani Saiz

El gallo del ocaso

-¡No te preocupes nena!...pero por favor, si ayer fui sola también y no me pasó nada. Mejor quedate a descansar y recuperate que el mes que viene tenemos el viaje…un beso grande- dijo Mirta y cortó el teléfono. Acto seguido, se miró en el espejo, se acomodó el peinado y salió disimulando el apuro (aunque nadie la veía).


Caminó unos metros por Avenida de Mayo hasta llegar al café de la esquina, eligió una de las mesas con vista a la plaza Congreso. El mozo le hizo el gesto de “espéreme un minutito” y le regalo una sonrisa. Mirta se sentó y colgó la cartera en la mesa, con ese gancho en forma de flor que le regaló una de sus nietas; le había costado entender el mecanismo, el temblor de sus manos hacía más difícil la tarea, pero como todo era cuestión de práctica, se había encargado de practicar bastante en la casa antes de usarlo en público. Hoy prestaba el doble de atención porque además de colgar la cartera no quería quitar los ojos de la plaza.

-¡Buen día doña! Aquí tiene su café con leche con tres medialunas; le dejo también el Clarín, sé que la que lo lee siempre es la señora Antonia, pero como hoy vino sola de nuevo por lo menos se puede entretener leyendo.

-Gracias querido, oíme…vas a decir que soy una vieja loca, pero sabes que ayer vi un gallo en la plaza…justo ahí donde esta ese árbol enorme con las raíces que sobresalen de la tierra. Me pareció raro, además estaba ahí solito, nadie le prestaba atención. Y ¿podés creer que no se fue a pesar de que por las rejas le sobra espacio?- Dijo Mirta.

-Jamás pensaría mal de usted aunque debo reconocer que en mis veinte años acá he visto de todo en esa plaza pero creo que nunca vi un gallo. Vaya uno a saber, capaz que fue un guisito para los muchachos que viven ahí vió- respondió el mozo siempre amable.

-En el campo teníamos un gallo hace muchos años, era la mascota de mi marido, Mateo…tenía nombre y todo, yo al principio lo rechazaba y me quejaba pero le terminé tomando cariño...- Comenzó a decir la mujer con la mirada fija en aquél árbol.

El mozo notó que venía para largo el cuento, y aprovechó el momento en el que hizo una pausa para decirle que se iba porque el jefe lo estaba mirando con cara mala.

-Perdonáme querido, te entretuve con mis historias- contestó sonriendo, tenia los dientes manchados con lápiz labial bordó; Mirta que era tan coqueta parecía olvidar siempre el mismo detalle- Te pagó ahora así no me olvido, quedate con el vuelto.

Con la lengua se mojaba la yema del dedo y pasaba las hojas del diario. Subía y bajaba la cabeza mirando una página, el árbol, otra página, el árbol, el árbol. Ni siquiera tenía los lentes de lectura puestos, pero no le importaba. No dejaba de gesticular, de vez en cuando decía alguna palabra, es que no podía dejar de pensar en ese gallo. Cómo la había hecho rezongar Mateo, recordaba Mirta con una sonrisa más de tristeza que de alegría. Y toda la culpa se la echaba al marido por haberlo llevado a la casa; “¿sabrán los chicos de Mateo?” se preguntó. Cómo lo extrañaba, a su esposo más que a Mateo. Ella nunca les decía a los chicos, no porque no quisiera, sino porque creía que los aburría, se conformaba con usar desde siempre la alianza y decir que hacía tanto que la tenía puesta que ya no le salía. Igual los chicos nunca preguntaban.

De repente…vio que algo sobresalía a los pies del árbol, se dio cuenta que era el gallo porque de lejos no veía tan mal y porque entre las palomas era evidente que era un cuerpo mas grande. Se apuró a tomar el último trago de café (que ya estaba más que frío) y dejó la silla con decisión. Cruzó la angosta calle y se dirigió directamente a las rejas, comenzó a bordearla a paso firme, agarrándose de los barrotes y buscando con movimientos de cabeza. Dio más de una vuelta, al cuadrado que rodeaba ese árbol enorme y solitario. Ya caminaba con apuro, buscando mas algo perdido el animal en sí. Piso los tres colchones que vivían junto a la reja. Mirta jamás se había acercado ahí, pero ahora, no le hubiera importado que haya alguien durmiendo en los colchones. Hasta que con alivio lo encontró, saltando de raíz en raíz, de modo tranquilo, estaba aquél gallito de patas flacas. Con colores que iban desde el marrón al verde tornasolado y una cresta indudablemente roja, se quedó quieto y silencioso.

-Mateo, mateo...- Mirta se fue acercando hasta perderse entre las raíces, pero como a aquél gallo, nadie la vió.

lunes, 25 de octubre de 2010

Problemas limítrofes, Javier Yanantuoni

Al sol, como su madre había estado cuando era niña, dormían los mellizos de Eva Cabral. El berrido de uno hubiera alertado al otro, pero la mañana que rezumaba en su sueño era sólo cálida y silenciosa, domaba sus cuerpos imprevisibles y el de todos los que aún babeaban las sábanas más el de los vagos y los dormilones. Eso se lo debían a la mansedumbre de las aguas que sin otro motivo que la excepcional compasión del río corrían lentas y bajas y permitían las cosechas y esperaban la próxima simiente. El patio daba a la plaza. La plaza no era el centro de El Arrojadizo sino uno de sus vértices. Que no hubiera nadie a la vista era un mal signo; allí nunca faltó el trabajo, justamente porque se lo promovía desde todos sus ángulos y a toda hora. Máximo Cabral echó su enorme cuerpo al patio, se juntó a sus mellizos, les acarició la cabeza como a dos pequeños lobeznos y reprimió un saludo. No había ni un perro; sólo un alma cruzaba la plaza. Y ya se iba a lo de Oblatter, pensó.
Además, era una mañana transparente. De una mirada se llegaba hasta Aldea California, aunque era mejor no mirar en ese sentido. Afilados e invasivos, güiros de cumbias venían desde la whiskería, abierta el día entero para que los californianos no salieran del trabajo sin dejar de entrar a lo de Oblatter, el encargado, a enfriarse tomando porrones y a pelearse por nada, y de allí al puesto de CD’s truchos, a la financiera o a Le Galerie, donde nunca faltaban de iniciados a reconocidos expositores que bailaban en lo de Oblatter, precisamente, mientras algún otro cuidaba sus obras para las que Yon Azario, con total normalidad, había emitido préstamos por quinientos mil albures en lo que iba de la Bonanza; buenas pinturas de Don Bonfi, pero carísimas. No gastaban todos sus ahorros en la muestra de máscaras minimalistas, cuyo autor, Emilio Azario, hijo del financista, adornaba con cutículas que rebanaba de su propio rostro y justo el día de la exposición, un éxito en ventas, moría en el dispensario por la infección de una picadura de mosquito en la viva piel, ¡porque no conocían de qué se trataba eso del ahorro! ¡Bah! Máximo y sus vecinos se agarraban la cabeza; eran así de absurdos. Gritos irracionales, como aullidos, desgarraban la plácida mañana, quebraban su perfil estático. También provenían de allí. Pero ahora, al menos, estaban de su lado. Hubo un tiempo, antes de la Bonanza, en que, empujados por la creciente, arrojadizos y californianos convivieron, ora en el pueblo de uno, ora en el del otro, dependiendo de si el arroyo Arrojadizo desbordaba o crecía la laguna Setúbal. Franquedos y mecidos por sus cauces, los habitantes vivían tiempos de Bonanza o migraciones debido a las inundaciones. Pero como si los rigiera una especie de ley elástica, una enemistad más vieja y flexible que el sauce,  nunca dejaban de volver a sus casas, barbadas de camalotes, lamidas por el río y alfombradas con cieno marrón. Ya no había llantos. Eso ayudaba enormemente; y la cantina de Oblatter, claro. O las misas para los arrojadizos.
Por el mismo motivo, no había un límite exacto entre los pueblos. Esto, igual que la aparición de pequeños pero significativos excesos, como en las horas de sueño, no había sido nunca problemático porque los separaba la Hondonada. Esto era una depresión del terreno, imperceptible si uno paraba en ella, de trescientos metros de ancho, no más. Se inundaba si crecía la Setúbal, si no, se poblaba. Una continuidad vinculaba, entonces, ambos poblados y esto no podía seguir así. Como la iniciativa de marcar un límite claro y preciso fue de Máximo, suya fue también la responsabilidad de trazar la frontera. La ley matemática del punto medio resolvió en breve el asunto. De paso se acordó un código de migración y de vagabundeo: quedaron dos cabos sueltos: los perros de la calle y Vili, el vagabundo que vivía unas veces en El Arrojadizo y otras en Aldea California, según lo llevara o lo trajera el vino.
Sesudas tardes envolvieron a Máximo hasta que dio con el plan. Llevó a Vili a vivir a su casa y al tercer día de ascetismo le habló. Vili, temblando en una cama, apenas lo oía. Se ganaría cien albures, de la billetera de Máximo, si se deshacía de todos los perros callejeros de la zona. Hasta no conseguirlo, tenía cortado el fiado en lo de Oblatter y sus ostias serían sólo rodajas de pan duro en cambio de bocaditos humedecidos en torrontés de guarda. Los vientos desérticos que le raspaban la garganta le movieron el . Máximo sabía que era una empresa delicada, los arrojadizos eran sensibles y una serie de disparos hubiera causado una revuelta capaz de destronarlo. La tarea, que desplazó como un mazazo en Vili, era llevar a los perros, cuando todos durmieran o bebieran en lo de Oblatter, al galpón del ferrocarril, atarlos afuera y entrarlos para matarlos a palazos. Nunca nadie supo lo que esa noche Vili sudó.
Antes de salir de lo de Cabral, Eva le llevó un jarrito. Era agua. Ella lo miró fija y dulcemente, hasta que el berrido de uno de los mellizos, y luego el del otro, la llamaron. Dijo “suerte”… ¡con aliento a cerveza! ¡Mil arañazos le surcaron el cuerpo! Caminó, como tísico, por las calles de El Arrojadizo sin rumbo y atenazado por la presión; y acosado por los labios húmedos de Eva. Anochecía; sin darse cuenta del cambio de color en el follaje de los arbustos ni del encuentro de vahos costeros con la humedad de una madreselva, un perro, mezcla de ovejero con cóquer, dormía en la plaza. Daban a la calle principal la carnicería del “Filo” Solari, el locutorio de Mabel y la Imprenta Comunista del pueblo. En todos esos lugares había trabajado un poco o mendigado, conocía sus pisos y sótanos, recordaba el olor de los baños y la grasa de las cocinas; tenía para ellos sólo sentimientos de gratitud; con el Filo, después de cierta carneada (sus manos eran blancas y certeras), habían tomado sangre porcina con gin e invocado espíritus. Pero eso era antes de la Bonanza. Sentía las piernas débiles, temblequeba. Dos perros se turnaban en montar una pointer de manto blanco manchado, hermosa, que vivía con Mabel, y lo hacían respetando el tiempo de cada cual, sin mezquindades. Derivó por una diagonal dejando atrás, por el momento, al trío que se abría a los aportes de otros canes; llegaban y se abrazaban entre gruñidos y lengüetazos y la infinita alegría que había en ellos le daba latigazos. ¡Si él mismo, al despertarse de una borrachera, había tenido un acercamiento con la terrier Rita!; pronto no pudo ni siquiera recordar, lo enceguecía la ansiedad de un vaso. La diagonal lo llevaba hacia Aldea California. Se detuvo en una bocacalle, casi sin aire, y sintió que dos bloques de densa oscuridad se desplazaban uno contra el otro, estrujándolo, haciéndolo arenilla. Derribado en la calle de tierra, con alguna esperanza, lamió el jugo estancado de un hoyuelo. 
En lo de Oblatter lo vieron entrar y salir, sin consumir nada, como si al llegar le hubiese quemado la cumbia, los güiros, los grupos de mujeres mezclados con hombres, el vino y el pasamanos de miradas que esperaban verlo en la punta de la barra o mangueando. Una soga de tender sirvió para hacer varios lazos. La amistad que le tenían, su olor, que ahora aparecía lejano pero no dejaba de identificarlo los llevó confiadamente a su lado; le jugaron, le rondaron, le montaron la pierna; todos ofrecieron su cuello para que los guiara. Ninguno mereció más caricias ni atenciones que otro. Dos lebreles hermanos, en la cercanía de un cuzquito debilucho y desconfiado, comenzaron a gruñir, le ladraron molestos por sus gestos de temor; el cuzquito marrón, de pelo cortado por la sarna y barbita, se alejaba todo lo que podía de los hermanos; un fuerte sacudón del manojo de sogas calmó la jauría. No era el mismo Vili que se había arrastrado por la calle en la tarde, era evidente. Caminaba con decisión, quebraba ramitas y éstas crujían como cruje el fuego que debía apagar a pisotones para no ceder al incendio, para soportar la aspereza de las tenues brisas de la noche que sentía, otra vez, como si lo desmenuzaran, como si le hollaran la piel, como si las manos blancas del Filo estuvieran cambiándole el pellejo en el camino. Circundado por la jauría iba enhiesto hacia los galpones; ni se retorcía ni perdía de vista que era un traidor. En la zurda llevaba un garrote. Con la punta le empujó el culo al cuzquito de barbita; el perrito giró y lo miró e inmediatamente corrió hacia atrás, en pánico, donde uno de los lebreles le mordió el rabo que no obstante recuperó entero pero molido en la punta, el barbincho chilló y huyó hacia un costado, refugiándose contra un perro regordete de pelo graso, enrulado y gris, indiferente de la pelea, un paseante. Éste fue el primero en cobrar.
Cortaban el aire ráfagas calientes que de haber sido violetas hubieran fileteado la mañana con símbolos extraños. Sin embargo la calle principal salía de la plaza, cruzaba el pueblo y llegaba a Aldea California sin novedades y donde, igual a una mañana cualquiera, aún se bailaba en lo de Oblatter como en el último día, Yon Azario se reunía con sus bravos cobradores, Don Bonfi, desdeñoso de sus deudas, dormía junto a tres mujeres, una de las cuales era la amante de Azario, y nadie tenía seguro un albur más que Oblatter, pero él era sólo un fiel encargado, lo suficientemente cuidadoso, sobrio y vulgar para oponer apenas una mínima resistencia a los impulsivos californianos que de estar muy ansiosos también contaban con fiado, salvo Vili, claro; una mañana más y recién pintada, con el óleo aún húmedo, blando, de olor agrio y profundo como el sexo de Eva, tufiento y profundo como el cuello de Rita o como las habitaciones enlodadas luego de que la creciente lo hubiese mezclado todo y fuera necesario agarrar un cuchillo y empezar a desprender el barro de los muebles y de las paredes, quitando, si es que saltaba, la pintura, abriendo las ventanas.
Un alma, pues, cruzó la plaza y era la de Vili. Pasaron dos horas de silencio en las que se puso de manifiesto la mala influencia en los arrojadizos. Luego se oyó un aullido, lloró un niño, siguió un ladrido aflautado, y chilló el otro mellizo. De alguna parte provenían alaridos, llantos y gemidos. Máximo se arrimó preocupado al patio, calmó a los niños; otros vecinos salieron a la puerta, todos con la misma pregunta en la mano. De pronto entraron en la plaza casi muertos, heridos, agonizantes, sangrientos animales; perros con un solo ojo, arrastraban piernas quebradas, pedían auxilio sin aliento y horrorizaban al barrio hasta lo indecible. En general la golpiza, antes de matarlos, los había desmayado. Se armó una gran movilización en socorro de los perros callejeros que llegaban como zombis. Entre ellos estaba la pointer de Mabel, y ésta, que también se había asomado por el bochinche y había dormido poco o mal, algo extrañada por la ausencia de su perra, había enmudecido o entrado en shock: y la pointer la miraba de lejos.
Máximo enfiló a lo de Oblatter. Al llegar ya tenía el puño caliente. En su lugar de la barra, Vili estaba casi dormido, en una ebriedad redentora, inimputable, se había tomado dos botellas de ginebra y naufragaba entre los bajos y la dulce voz de Gilda. No sirvieron los apretones en el cuello (que era el de una gallina) ni los bifes ni los gritos; Vili se quejaba un poco, pero en general lo dejaba hacer. Cuando vio sangre en la nariz de Vili, Oblatter pidió a Máximo que se fuera, y como éste le respondió a puteadas, el cantinero sacó una vieja Colt, le repitió el consejo y acudiendo a una frase prestada, apuntándole a la cabeza, dijo que dentro de la whiskería, tanto él como Vili, eran lo mismo. El vago siguió durmiendo. Pensaba que tenía cumplida la tarea, que había recuperado su lugar en la barra, que había vuelto del infierno.

domingo, 24 de octubre de 2010

El podólogo


-Yo solo te digo que si vas a dormir con ella, tenés que hacer algo con esos pies.
Marta tenía puestos unos shorts azules con pequeñas manchas desteñidas por lavandina. Sus manos siempre olían a lavandina, se la pasaba diciendo que no importaba qué fuera lo que inventaran, nada iba a ser mejor que la lavandina para lavar y desinfectar. Juan odiaba el olor a lavandina, odiaba que ella se ponga esos shorts aunque sea para estar entre casa y sobre todo odiaba que tomara todo lo que él le contaba y lo usara en su contra. Inmediatamente luego de hacerle una confesión íntima, se arrepentía. Contarle que pasaría la noche con Laura fue claramente un error. Debería haber hecho como siempre, pensaba Juan, y mentirle, decirle que dormiría con algún amigo en capital y punto.
-Ma, ya me hice los baños con agua de alibur, como me dijiste. No pienso ponerme lavandina.
-No soy tan bruta Juan, dejá de atacarme. Tenés el número del podólogo pegado en la heladera hace semanas, es acá a la vuelta. Podrías ir, la vas a raspar toda a la pobre chica.
-Para un poco con ese tema, ¿querés?
-Te hacés el moderno y después te quejás cuando toco el tema- Dijo Marta por lo bajo mientras sintonizaba la radio. Se estaba preparando para tomar sol.
Era casi el medio día, la radio acababa de anunciar que hacían 28 grados. Marta no había dejado que los años ni los 3 hijos que había parido la hicieran engordar, siempre se había cuidado con la comida, con los dulces, nunca comía lo mismo que el resto de la familia cuando se sentaban a comer y ponía cierto gesto de asco arrugando la nariz y levantando el labio superior cuando Juan comía la piel del pollo, esa sustancia llena de grasa, tan sabrosa y tan nociva. El gesto era casi imperceptible pero Juan lo veía, hacía de cuenta que no, pero lo notaba.  Juan siempre pensó que era absurdo cuidarse tanto la silueta si se descuidaba tanto el resto de los aspectos estéticos como la vestimenta y el peinado o incluso la higiene. A veces le divertía pensar que su madre se vestía mal a propósito y que pasaba largos minutos frente al espejo probando las peores de las combinaciones antes de ir a preparar el adelgamate.
La casa era fresca, las persianas se mantenían bajas todo el día y se levantaban de noche, para ventilar. Las cortinas eran floreadas y largas hasta el piso y hacían que Juan se acuerde, cada vez que las miraba, del día que fueron a comprarlas. Habían pasado casi 15 años de aquel día en el shoping donde las vio por primera vez en el sector de ofertas y le parecieron espantosas. No se había cumplido la profecía de Marta de que con el tiempo se iban a acostumbrar a ellas. Eso no pasó. Eran feas, no había vueltas. A Juan le deprimía verlas, sentía que era domingo cada vez que las veía.
-Si, yo creo que puede hoy a las 3 de la tarde, es que no sabe lo que son esos pies… incluso tiene hongos, ¿eso no importa?- Marta entró al cuarto de Juan, tenía puesta una bikini atada con banditas elásticas. Hizo un gesto de interrogación. Juan no sabía de qué estaba hablando. --Juan- exclamó impaciente Marta.- ¿Podés ir hoy? Estoy hablando con el podólogo, para que vayas hoy. ¿Podés?- Tapaba con la mano derecha el micrófono del inalámbrico y hablaba levantando las cejas y el mentón.
-¿Qué?- Juan estaba escribiendo en la computadora con el ventilador apuntándole directo a la nuca.
- Tomá, hablá vos,  que sabés mejor tus horarios que yo- Marta le dió el teléfono inalámbrico y se fue al jardín para seguir tomando sol. Media hora de frente, 15 minutos de costado, media hora de espaldas, 15 minutos del otro costado que se acalambraba más rápido y todo se repetía otra vez.
Juan salió al jardín, el sol le molestaba en los ojos y le molestaba mucho ver a su mamá en esas poses raras para quemarse cada recoveco del cuerpo. Le parecía absurdo el esfuerzo porque nunca salía, nunca se vestía con escotes o lo que fuera que mostrara su bronceado, siempre estaba dentro de la casa, siempre estaba limpiando con lavandina, o matando las hormigas con ese producto que le cerraba la garganta y lo dejaba sin poder respirar con los ojos llenos de lágrimas por algunos minutos.
-Me voy.
- Para, para, no te vayas ¿Dónde vas? ¿Comés acá?
-Mamá son las 3 de la tarde, por suerte no sé si como acá.
-¿Dónde vas?
-Al podólogo mamá.
-Si… gracias, ¿no?
-¿Eh?- Juan se dio vuelta y la miró fijo.
-Si, que yo me encargué de llamar, de pedirte el turno, al final nunca me agradecés nada, sos piola vos.
-Chau ma.
Juan caminó por Roca, que era la calle donde estaba su casa, hizo 3 cuadras y llegó a la avenida principal. Tenía puestas las zapatillas de correr porque eran las únicas que no le hacían apretar los pies. Las durezas, los juanetes y todas las protuberancias que le habían salido hacían que su talle de calzado aumentara casi 2 números y le daba vergüenza usar ojotas.
Se escuchaba la cumbia que salía del parripollo que había justo en la esquina. La temperatura aumentó 6 grados cuando pasó por enfrente de esa ventana que despedía humo y olor a pollo, a grasa de pollo. Sintió como la remera que tenía puesta se le pegaba a la espalda, empapada de transpiración. Caminó 2 cuadras por la avenida principal, buscó la panadería porque en diagonal debía estar el local del podólogo. Juan pensó que no tenía nada de malo dar la dirección exacta del lugar, la persona que le había hablado se había resistido amablemente a darle el número y la calle, le dijo que era en diagonal a la panadería, asumiendo que Juan reconocería un despacho de podólogo inmediatamente lo viera. Encontró la panadería “La Europea” y pensó que debería estar, entonces, enfrente del podólogo. Se sintió en una absurda búsqueda del tesoro, y volvió a preguntarse por qué aquel hombre no le había dado la numeración. Giró en su eje y observó las vidrieras que tenía enfrente. Había una verdulería con canastos de tomate y moscas volando en derredor, una librería convertida en Maxikiosco que estaba cerrada porque era la hora de la siesta y una puerta de vidrio, con un toldo marrón. Le llamó la atención una de las esquinas del toldo. Estaba vencida, caída hacia abajo, tanto que molestaba el paso, había que moverse y esquivar en un gesto casi ridículo la esquina del toldo marrón para seguir caminando por la vereda. Juan pensó que necesariamente debía ser ese el lugar. Se acercó y leyó detrás de la puerta de vidrio un cartel escrito a mano que decía “Pedicura de escuela Scholl”. Miró para adentro, había una estantería de vidrio llena de adornos chicos y fotos y plantas que incluso viéndolas desde el otro lado de la puerta Juan podía distinguir falsas. A la derecha había una un cubículo con una cortina pero se podía ver que había alguien del otro lado sentado en una silla. Tocó la puerta de vidrio con las llaves que tenía en las manos. Inmediatamente se abrió la cortina y vió pararse al podólogo. Era un hombre de pelo cano y de poca estatura, tenía puestos unos jeans claros y una camisa de manga corta blanca, usaba anteojos. Pudo ver que estaba atendiendo a alguien, pudo ver solo los pies de esa persona. El podólogo abrió la puerta. Antes de que Juan cruce el umbral el podólogo le extendió la mano. Juan lo saludó, sintió su mano firme, el codo extendido y el brazo tenso.
-Tome asiento, en 5 minutos termino con un paciente y lo atiendo a Usted.
Juan pensó que la palabra paciente era inapropiada, pero tomó asiento en una de las dos sillas que había junto a la puerta frente a la estantería de vidrio. Sintió un olor muy fuerte, un olor que  lo obligó a llevarse la mano a la nariz. No entendía aquel olor, no entendía que pudiese ser tan invasivo. Agarró una revista pero no pudo leer nada, ni una palabra entera. El olor no lo dejaba concentrarse. No lo dejaba pensar. Pensó en salir, esperar fuera, pero adentro había aire acondicionado, la temperatura era agradable. Apoyó la cabeza en la pared, cerró los ojos e intentó dormitar unos segundos, o pensar en ella así el tiempo pasaba más rápido pero en lo único que pensaba era en aquel olor invadiéndole el cuerpo, entrando por sus fosas nasales, abrazando sus pulmones, se sentía ahogado porque le daba miedo respirar y que aquel olor infecte sus órganos, o sus ojos, sus retinas le ardían.
La cortina se abrió, el podólogo pasó por enfrente de Juan y se metió detrás de la estantería de vidrio. Juan pudo ver que había una pequeña mesa y que el podólogo escribió algo en un papel. Del cubículo que tapaba la cortina salió un señor grande, vestido de shorts y ojotas, que siguió al podólogo hasta detrás de la estantería, recibió el papel y le dio dinero. Luego le extendió la mano y se dirigió a la puerta. Esperó que el podólogo le abriera con la llave que estaba puesta y se fue caminando por la calle principal.
-Puede pasar Señor
Juan se sorprendió de que el podólogo no se tome unos minutos entre unos pies y los otros, que no se relaje un segundo. De todas formas pasó detrás de la cortina. Había una butaca de cuero color celeste con un apoya pies y una silla al frente. Se sentó en la butaca. Luego de unos segundos comprendió que debía sacarse las zapatillas y las medias. Se volvió a parar, riendo tímidamente se desató los cordones, se sacó lentamente las dos zapatillas y luego los zoquetes blancos, húmedos por la transpiración. Volvió a apoyar los pies en el apoya pies. El podólogo se sentó en la silla enfrente de la butaca y comenzó a arrancar pedacitos de algodón de un recipiente de acero inoxidable. Luego tomó un frasquito de plástico que llevaba un líquido transparente dentro, humedeció los algodones y comenzó a ponérselos entremedio de los dedos de los pies. Juan identificó aquel frasquito como la fuente del olor que tanto le había molestado cuando ingresó al local, ese olor que lo asfixiaba desde que llegó y que ahora no solo ingresaba a través de sus fosas nasales sino que penetraba por los poros de la piel de sus pies que el podólogo no cesaba de humedecer.
-Que olor tan fuerte- Dijo al fin Juan, arrugando la nariz y achinando los ojos, como quien expulsa algo que le molesta en el pecho.
El podólogo miraba hacia abajo, su vista se posaba en los pies de Juan, en el tachito transparente y luego en los pies de Juan otra vez. Sonrió, corrió suavemente el dedo chiquito del pie izquierdo hacia afuera, puso el último algodón húmedo, y miró a Juan.
-Con esto afloja todo- Volvió a bajar la vista y la dirigió a la mesita de madera que tenía a su derecha. Tomó un bisturí.
-Lo tiene que dejar un tiempo para que haga efecto, ¿no?
-Yo me tengo que cuidar también, ¿ves?- El podólogo sostenía el bisturí con la mano derecha, la mano le temblaba y Juan lo notó inmediatamente- Vos sabés que ya casi no hacen este producto, yo mismo le tuve que explicar al farmacéutico cómo prepararlo para poder comprarlo. Ahora todo lo que venden tiene olor a vainilla, coco, son re modernos y ricos pero no sirven nada y no te protegen, no desinfectan nada, y uno no se puede confiar. Menos tratándose de pies. ¿Sabés? Yo me preocupo más que nada por mí, es peligroso.
-Claro- Juan sentía como el pie se le movía al compás del pulso del podólogo, sus piernas estaban tensas, sus glúteos duros. El podólogo había comenzado a extraer las durezas de su talón derecho con el bisturí que no se veía cuando lo tomaba entre sus dedos pero que se abría paso entre las capas de piel muerta de su talón.
-Lo bueno es que el tipo se sienta y hace su laburo sin hablar, sin decir ni mu.-Había dicho la madre de Juan una de las tantas veces que le había recomendado ir. Pero no era el caso. Juan nunca se cruzaba con gente callada, o simplemente nadie era callado con él.
-Como puede ver tengo unos problemas importantes en los pies, creo que piso mal.- Juan sentía que debía excusarse- ¿Me recomendaría algún lugar donde pueda hacerme unas plantillas? Pienso que corrigiendo eso…
-Sinceramente no me atrevería a recomendarle ningún lugar.- El podólogo interrumpió su trabajo y miró a Juan a los ojos.- Lo cierto es que si, con una plantilla correctora, se mejora mucho pero hoy en día no hay ningún local serio ¿Sabés? Ahora solo les interesa vender.- El podólogo movía las manos mientras hablaba, hacía círculos en el aire con el bisturí.- Hace veinte años, yo le hacía las plantillas a mi hija, que como vos, pisaba pésimo, se le gastaban todos los zapatos en el talón, yo le preguntaba siempre en chiste, ¿Viste? Si andaba taconeando por todos lados. Yo se las hacía en la capital, la ortopedia alemana, ellos si que eran dedicados, pero se ve que vendieron el local y los nuevos dueños nunca le cambiaron el nombre ¿viste? Se aprovecharon de la fama que los alemanes tenían, eran gente seria, profesional.  Pero hoy en día cualquiera se pone un local y vende, porquerías.
-Claro, hazte la fama y vende la marca- Juan intentó hacer un chiste pero no logró abstraer al podólogo de su monólogo.
-Vos sabés que con mi mujer, los dos, ya éramos pedicuros cuando entramos a la escuela de Scholl pero igual así tuvimos que empezar el curso de cero, como si no supiésemos nada, ellos si que eran gente seria, profesional. Hoy en día cualquiera se pone un local y atiende, antes se certificaba. Yo tengo los diplomas ahí expuestos, pero nadie los mira, a nadie le importa.
-Si, la verdad que hay mucho chanta.- Juan se maldijo a sí mismo por haber comenzado la charla, el podólogo no tocaba sus pies desde que había comenzado a hablar.
-¿Sabés hace cuantos años que se fue Scholl de Argentina?- No esperó a que Juan responda- Quince años, quince años hace que se fueron, entonces yo me pregunto cómo puede ser que todavía haya gente que abre locales de pedicura Scholl. Son todos truchos, eso pasa en este país, todos son truchos y no importa porque si no lo sos, ni importa, nadie pregunta ni se fija. Desde Perón, ahí empezó todo…
Juan dejó de escuchar, recordó las técnicas de escucha activa que su madre aprendía en sus cursos de la biblioteca e hizo todo lo contrario. No miró a los ojos al podólogo, nos asintió con ningún sonido para demostrar interés y respondió solo con monólogos en los momentos en que le hizo una pregunta. Se sorprendió al ver que había funcionado, porque al cabo de unos minutos el podólogo volvió a su labor sin quitar la vista de los pies de Juan.
-Esto no se cura ¿No? Me va a volver a salir ¿No?- A Juan le preocupaba.
-Y… no se cura. Tenés que cuidarlos mucho.
-¿Me paso la piedras pómez en la ducha?
-Si, son paliativos. Ponete mucha crema.
Juan pagó y salió de aquel lugar. Cuando estaba en la calle se dio cuenta que había olvidado sus llaves. Volvió a tocar la puerta y el podólogo le abrió con sus llaves en la mano y se las entregó. Juan volvió a sentir la oleada de olor a desinfectante.
-Cabeza de novio.- Dijo y cerró rápido, para que no se pierda el frío del aire acondicionado.
Juan se preguntó si acaso su madre le había dicho que esa noche dormiría con Lau, si el podólogo también sabía eso, se preguntó porque no podía vivir aquel evento de forma natural. Pensó en ella. Ella lo desconcertaba, no entendía como podía estar interesada en él. Recordó su mano en su pierna, cómo ella lo miró a los ojos, puso la mano en su pierna, en un contacto que Juan sintió como electricidad y le dijo “Pero te quedás a dormir”. Juan sonrió, simulando seguridad y confianza.
-¿Qué pasó?- Dijo la madre de Juan cuando él cruzó la puerta de calle.
-¿Con qué?
-¿Cómo te fue?
-Bien, terminamos hablando hasta de política, no paraba de darle a la lata el tipo.
-Te sonó el teléfono, no me mires así, como sonó tantas veces atendí.
-¿Quién llamó? ¿Por qué atendiste?
-Era ella, me pareció que por ahí era urgente.
-¿Urgente?
-Dijo que la llames. Che, no se puede hacer nada acá que te enojás.
Juan cerró la puerta de su cuarto con un portazo. Buscó su teléfono. La llamó.
-Comisaría 32- Laura siempre le contestaba de esa manera, era una buena señal, su madre no la había incomodado, estaba siendo natural, lo podía sentir.
-Lau
-Soy La Agente Pérez, más respeto. Va a venir, porque debe cumplir con su labor, ¿sabe?
-¿A qué hora me solicita Agente?
-Venite ya si querés, me aburro mucho.
-Dale, no podemos permitir que eso pase.
-Macanuda tu vieja.
-Ah, cierto, perdón por eso.
-No te disculpes y venite. Traé helado.
-¿De que gustos?
-Los que quieras, no es para comerlo.
Cortó y sonrió. Era una chica simple, graciosa, linda y extremadamente sexy. Juan sabía que no importaba de qué hablaran ella siempre iba a poder darle un tono sexual a la charla. Ella tenía 3 hermanos, se había criado entre hombres y eso no le impedía ser femenina, porque lo era, era femenina, simplemente tenía esa chispa para el doble sentido que tanta gracia le hacía a Juan y que su madre nunca entendería. Como tampoco entendería el arito en el ombligo o que masticara constantemente chicle. Pero a Juan no le importaba, Lau era perfecta para él.
-Me voy.
-¿Ya te vas?
-Si, chau.
-Veni, dame un beso por lo menos.- Marta estaba planchando abajo del ventilador, seguía en bikini.- Pasala bien y acordate…
-Basta ma- Interrumpió Juan.
-Yo solo quiero que cuides tu corazón.
Juan salió y tomó el primer colectivo que pasó, Lau vivía cerca.
Tocó el timbre, 6to piso, departamento B.
-¿Quién es?
-Oficial Juan se reporta.
-Ahí bajo lindo.
Lau tenía un short turquesa y una camiseta con breteles muy finitos. Juan pudo adivinar que no llevaba corpiño. Subieron al ascensor y ella le dio un empujón suave contra el espejo, lo abrazó, le agarró la cara y le dió un beso largo. Juan no sabía cómo cerrar los ojos para besar. Le incomodaba que Lau se dé cuenta que los tenía abiertos, que piense que no le importaba, pero no podía cerrarlos.
Entraron al departamento.
-Traje helado.
-Estas muy vestido Juanchu.
-¿Dónde lo dejo?
-Frezzer o microondas, depende qué quieras hacer.
Juan fue hasta la cocina. Cuando estaba adentro escuchó que Lau lo llamaba desde el cuarto.
-Juanchu- Siempre le decía así, y para decirlo arrugaba los labios como haciendo trompita, sus labios eran lo mejor que tenía en la cara.
Juan fue hasta el cuarto y se encontró a Lau con el control del aire acondicionado. Lo miró, le sonrió y se acercó lentamente. Le rodeó el cuello con sus brazos. Empezó a darle besos por toda la cara, alrededor de la boca, en los ojos, en la frente. Juan sentía cosquillas. Lau le desabrochó la camisa, comenzó a desvestirlo. Juan se sentó en la cama y se desató las zapatillas. Ahí lo recordó, en ese preciso instante lo recordó porque lo sintió, lo olió. No podía pensar en otra cosa. Sus pies olían al líquido desinfectante del podólogo. No quiso sacarse los zoquetes. Estaba tenso. No podía cerrar los ojos. Lau lo besaba y él no podía cerrar los ojos, ni sacarse los zoquetes. La apartó suavemente, le puso un dedo entre sus labios como pidiéndole silencio.
-¿Qué pasa Juanchu? Relajate, estamos solos.- Lau se sacó la camiseta, Juan había adivinado, no llevaba corpiño.
Juan temblaba de los nervios, recordó el temblequeo de las manos del podólogo, no podía dejar de pensar en aquel hombre. Sentía aquel olor y pensaba que seguramente Lau también lo estaba oliendo, que podría estar imaginándose cualquier cosa. Debía salir de ahí, tal vez era una señal. La apartó nuevamente.
-No estás listo todavía.
-Perdón-Juan se puso las zapatillas, se ató los cordones y salió de aquel departamento lo más rápido que pudo. Llegó a su casa. Su madre estaba tomando adelgamate mientras veía el noticiero. No le molestaron tanto las manchitas de lavandina en el short, ni las cortinas. Se sintió cómodo, y por fin a salvo.
-¿Comés acá?- Preguntó Marta.

Clara Mendez


viernes, 22 de octubre de 2010

Vueltas


    Sebastián sostuvo el arma en su mano y pudo mantenerla apuntando al espejo sin temblar. Ese control había llevado tiempo de practica al igual que lo había hecho el imaginar la figura de Carlos en el espejo en vez de la propia. Acerco el arma a su nariz y sintió el olor a pólvora. Todo había llevado tiempo, juntar coraje, hablar con el contacto, los tiros de practica en algún lugar perdido del conurbano. Los pasos previos estaban agotados. Solo restaba actualizar la idea que germinaba día a día en su cabeza desde hacia semanas.
    Tomó el taxi en la avenida. Luego de indicarle la dirección al taxista se percato de que eran las once de la noche. Carlos debía estar empezando a preguntarse por qué no había llegado aun.
   Estrechó su mano y sin decirle nada enfilo hacia la biblioteca. Sebastián observo que debía hacer un rato que Carlos estaba esperándolo porque las piezas ya estaban todas en sus correspondientes casillas. Esperando el momento de entrar en acción. Los dos sillones estaban en el centro de la habitación y entre ellos el tablero de ajedrez en una pequeña mesa. Carlos puso sus puños cerrados delante de Sebastián y este eligió de manera afortunada. Blancas. Las piezas empezaron su desfile y empezaron a charlar cosas del trabajo. Las charlas con Carlos seguían siendo irritantes para Sebastián pero no tanto como las otras, las de hacia tiempo ya. Charlar horas y horas acallando miedos, especulando sobre la impunidad. Nada había pasado finalmente, todos habían supuesto un accidente. El superior de Carlos, jefe a su vez de Sebastián, se había esfumado sin problemas para el resto del mundo. Y Sebastián siendo por casualidad testigo, portador de un saber, se había vuelto el psicólogo, cura y cómplice de Carlos. Seis meses después ya no había mucha necesidad de catarsis por lo cual las charlas solo se habían vuelto aburridas y monotemáticas. Fue por eso que Sebastián aumento su estado de alerta,  en el cual ya de por si lo tenia el estar por perpetuar un asesinato,  cuando Carlos de la nada le preguntó:  
-¿Crees en la magia Sebastián?- Ante la pregunta Sebastián aprovecho para reír y liberar algo de tensión pero viendo que Carlos quería una respuesta seria pregunto.
- ¿Qué tipo de magia?
-Magia no es exactamente en lo que estoy pensando…son mas bien lógicas alternativas …- Sebastián puso su mejor cara de no comprender.
-No Carlos, en cosas raras no che.
- ¿Ves el reloj que esta detrás tuyo?- Sebastián obtuvo rápidamente la imagen mental del antiguo reloj de péndulo que se hallaba detrás suyo pero fue entonces que se percato de que no escuchaba el típico ruido que este emitía por lo cual tuvo que voltear y comprobar que el reloj no estaba funcionando.
-Si…una antigüedad…¿un fantasma lo rompió?- Esta vez Carlos lo acompaño en la risa.
-No, y tengo la teoría de que no esta roto. Es un reloj con una historia interesante.- Dijo Carlos con un tono misterioso. Sebastian no quería nada de misterios esa noche pero igualmente preguntó.
-Bueno, esto esta bastante trabado- dijo mirando el tablero- nos tomamos un tiempito y me contas la historia.
-Muy bien- Carlos suspiro y se levanto de su sillón-Ese reloj pertenecía a mi viejo y me lo dejo al morir. A su vez el reloj había sido el regalo de un amigo. Amigo que se había hecho mi viejo como fruto de una desgracia.
-No hay mal que por bien no venga- Dijo Sebastián retándose para sus adentros “¡No parlotees!”. Carlos continuo su historia sin responder nada al comentario.
 -Papa era viajante, había meses enteros en que no lo veía. Una día apareció con el reloj en casa. Yo era muy chico pero algo recuerdo y papá siempre conto la historia en cada reunión social.- Carlos se movía de un lado al otro delante de Sebastian e intercambiaba miradas entre el reloj y Sebastian.
  -Al parecer papá había salvado a un hombre que se había accidentado con su auto en una ruta poco transitada. Facundo se llamaba o llama, no sé que fue de el hoy en día, la ultima vez que lo ví fue en el funeral del viejo hace unos años. De cualquier manera parece que si papá no pasaba en ese momento Facundo habría muerto desangrado. El reloj de péndulo se lo había regalado Facundo como agradecimiento. Con el tiempo se fueron haciendo amigos, se frecuentaban bastante seguido y el reloj adornaba la cocina comedor de casa. Un día dado, aproximadamente seis meses después del accidente papa empezó a sentirse mal, fue al hospital y lo internaron. Hacia la noche de ese día nos enteramos que necesitaba un trasplante de riñón urgente. Volvimos a casa y mientras mamá llamaba a todos los conocidos contándoles el problema me percate de que el reloj de péndulo había dejado de funcionar, se lo conté a mamá y ella asustada porque sabia lo mucho que papá quería ese reloj le intento dar cuerda. El reloj parecía roto.- En ese momento Carlos salió de la vista de Sebastián y se paro frente a reloj de péndulo, mirándolo fijo. Sebastián intento seguir mirándolo pero tenia el cuello tan tenso que la posición se le volvía muy molesta.
    Cuando volvimos al hospital Facundo estaba ahí. Se había hecho unos exámenes y habían averiguado que de manera curiosa Facundo parecía ser un donador perfecto. La operación fue exitosa. Papa estaba como nuevo. Fue recién cuando le dieron el alta y volvió a casa que yo y mama nos dimos cuenta de la novedad. El reloj estaba funcionando sin problemas.
-Linda historia…a vos te parece que significa algo…¿el reloj es mágico?
- Cuando me levante esta mañana de casualidad me di cuenta que el reloj no estaba funcionando. En ese momento me invadió un terror absoluto. Me quede todo el día acá en casa asustado con miedo de que el “karma” tocara mi timbre. Después me percate de que habíamos arreglado para vernos justo esta noche.
-Si…¿y eso?- Fue ahí que Sebastián sintió una leve presión sobre su cabeza a lo que volteo lentamente para encontrarse ante la oscura mirada de ciclope de un arma. Con el corazón latiendo violentamente balbuceo preguntas-¿Qué? ¿Qué haces?
-Tranquilo y no te muevas que te va a  salir una reunión de urgencia con Lopez- Por primera vez en la noche Carlos rio con ganas-No te preocupes, acordate de que vos no crees en cosas raras, solamente quiero revisarte, el día ya esta por terminar

David Pérez

Cuestión de ritmo


   El cursor titilaba impaciente mientras los dedos índices de Facundo subían y bajaban rápidamente sobre las teclas p y s. Retiro las manos del teclado y se inclino hacia atrás para hamacarse suavemente sobre las patas traseras de la silla. Minimizo el Word y volvió a chequear la bandeja de entrada, nada nuevo, nada que lo exonerara de tener que escribir ese mail. Entro al mail de ella y releyó rápidamente sus palabras deteniéndose en aquellas que lo habían hecho respirar profundo. Dejo que esas palabras hicieran eco en su cabeza. “¡Basta, no hay apuro” se dijo, se levanto de la silla y fue a la cocina. El departamento era pequeño pero aun así le comía el sueldo. La cocina era un pequeño cuadrado de baldosas grises con piedritas de varios colores, cuando uno entraba a ella delante quedaba la pileta, hacia la derecha estaba la heladera y hacia la izquierda el horno. Para Facundo el cocinar consistía en hacer un giro completo.  Prendió la hornalla mas chica del cuarteto, lleno la pava de agua y la dejo sobre el fuego manteniéndola agarrada. Tildado. Pensando en ella, en el por qué de su mail. Un clásico ruido lo saco de su letargo. Algunos departamentos tienen tuberías, canillas o calefones que hacen ruido . En el de Facundo, ciertas noches, últimamente  de molesta recurrencia, entre las diez y las doce empezaban a escucharse del departamento de arriba la discusión a gritos de una pareja. El martes se cumpliría el primer mes que Facundo vivía en aquel departamentito sobre la calle Bulnes por lo cual no conocía a ninguno de los dos. Como algún tipo de condicionamiento Pavloviano al tiempo de empezados los gritos se escuchaba un portazo. Ella se sentía particularmente enojada esa noche o con mas fuerzas para gritar. Además de la pequeña cocinita el departamento contaba con un living- comedor un dormitorio y el baño.  Tanto el living como el dormitorio  contaban con una ventana que daba al pulmón del edificio. Facundo cerró las ventanas , necesitaba pensar, volvió a la cocina y puso la yerba y azúcar dentro del mate. Otra posibilidad era no responder. Con Gaby habían vivido juntos por dos años y muchas veces ella había sido la que le había negado una respuesta a el. Volviendo a centrar su atención en los gritos, amortiguados gracias a las ventanas cerradas, se empezó a preguntar cual seria la razón de que a algunas relaciones las mate el silencio y a otras el ruido. Un chiflido agudo, el agua  se hervía. “Puta madre” mediante, le agregó un poco de agua fría, tomó el mate, la azucarera y volvió frente a la computadora. Pensó en contestar primero el “¿Cómo estas?”, volvió al Word e intento hacer una síntesis más o menos de lo que venía siendo la cotidianidad últimamente. Las cagadas a pedo del jefe, la mudanza, el departamento, los vecinos que en ese momento se peleaban, Lucas que se había puesto de novio, su familia que la extrañaba, si, había tema como para zafar uno o dos párrafos. Se sintió un ruido de algo de vidrio que se rompía contra una pared en el departamento de arriba. “Esta noche el portazo va a sacar a la puerta de sus goznes” pensó Facundo. Ahora llegaba el momento mas difícil, ella le estaba pidiendo que le devolviera el cd de Almendra, ese era el verdadero motivo del mail.  Ese cd que tenían en condominio desde una lejana tarde de épocas felices. En la mudanza el lo había tomado sin siquiera preguntar pero ahora se daba cuenta... Había hecho mal, ese cd era de los dos, ambos habían puesto plata para comprarlo. Para cualquier persona hubiera sido fácil rescindirlo, pero Facundo era un melómano resentido. Combinación que volvía difícil el tomar la decisión de que hacer. Se escuchó un golpe fuerte y seco del departamento de arriba pero Facundo ya no le prestaba atención. “Fines ruidosos” pensó…eso no era lo suyo, el idolatraba el ritmo, la combinación, los sonidos justos, los silencios oportunos. Los dedos volaron sobre el teclado, precisos “En cuanto al cd de Almendra, paso el viernes y te lo dejo, como me pediste” Y después silencio. Silencio en el mail. Silencio desde el pulmón. Silencio  

David Pérez


miércoles, 20 de octubre de 2010

La Búsqueda

Por María Luz Gianni Bosse

A rocío le gustaba jugar con su muñeca preferida, Rosita, todas las mañanas. Ella la bañaba, la vestía y le daba de comer. Siempre tenía que estar impecable, con una sonrisa, porque su papá así se lo decía y estos “consejos” los trasladaba a su juego continuamente.


-Es importante guardar las formas, ser correcto en los modales y en las acciones, Ro.

- ¿Qué es eso, pá?

-¿Qué es que?

- Lo que me decís, no te entiendo

-Lo que digo es que debes siempre mantener la sonrisa y hacer las cosas bien, si no queres que la gente hable.

- ¿Qué hablen de qué?

- Ya lo sabrás más adelante; ahora, anda a jugar.

Rocío se quedó pensando en aquellas palabras. Pero más tarde su mente se volvió a ocupar del juego.

Ella tenía una hermana mayor que trabajaba en una panadería y un hermano por terminar la secundaria. Su mamá había fallecido en el parto y ella no llegó a conocerla. Siempre jugaba sola, poco compartía con sus hermanos, no tenía amigos en el barrio, porque su papá decía que no eran buena gente, y en la escuela hablaba con muy pocos. Rocío había desarrollado una gran timidez a causa de la sobreprotección del padre. Él estaba todo el día en casa, ya no trabajaba y la cuidaba de cualquier daño posible, de todos. Buscaba controlar todo lo que hacía y sus pensamientos, y a veces lo lograba.

Una mañana de un día cualquiera, Rocío jugaba con Rosita una vez más cuando miró hacia la puerta de la habitación y allí se encontraba su hermana mirándola.

- ¿Qué ves?

- Nada sólo quería verte jugar. Hoy voy a regresar temprano del trabajo y pensaba si podríamos pasar algún tiempo juntas.

- ¿Cuál es el problema aquí? Preguntó su padre, acercándose rudamente.

- Nada pá- Contestó Daniela, la hermana. – Estaba mirando a Ro jugar

- Déjala tranquila, ella esta jugando, no busques siempre interrumpirla.

- No, no es eso…

-Vamos por favor. El padre cerró la puerta de la habitación y Rosita se quedó sola.

- Igual no podía Rosita, más tarde tengo que llevarte a tu clase de piano. Se convenció a sí misma.

Rocío se había acostumbrado a jugar sola. Sus hermanos pocas veces le prestaban atención y su padre muchas veces aparecía para interrumpir cualquier signo de afecto hacía ella.

Sin atención de sus hermanos, sin madre y con un padre poco afectivo y severo, Rosita tenía la curiosidad de saber más acerca de su familia. De aquellas cosas que poco se hablaban en su casa y ella sabía donde estaba toda la información: En el ático.

El ático de la casa era un lugar sagrado para el padre de Rocío. Ella nunca había podido entrar y aquello le generaba mucha intriga. Allí el padre tenía archivos de sus épocas de oficina, libros viejos, cajas de juguetes antigüos y más papeles. Eso es lo que su padre le decía. Estaba prohibido subir allí. Pero Rocío sabía que había más cosas que a ella, en particular, le interesaban. Alguna foto, carta u objeto que perteneciera a su mamá. Poco sabía de ella y su padre nunca quería hablar de ello. Cada vez que Rocío preguntaba, el padre sólo reafirmaba una y otra vez la misma historia: “Soledad murió cuando naciste”. Después se quebraba y no volvía a mencionar palabra del asunto. A pesar de aquello los años transcurrieron para la pequeña niña y su curiosidad se acrecentaba. Muchas veces le preguntaba a su hermana mayor, cuando ella, escondida, la miraba jugar. Pero tampoco obtenía respuesta alguna de Daniela. La tensión dentro de la niña crecía y explotaba con Rosita: La dejaba en penitencia, no la bañaba o no la llevaba a piano. A veces pasaban días sin hablarle, sin acariciarla.

Una mañana fría de septiembre Rocío espero que el padre, luego del desayuno, se dirigiera a la huerta que tenía al fondo de su casa como lo hacía habitualmente. Era la pasión de aquel hombre gastado por los años, y lo había concretado en su etapa de madurez. Ella sabía que tendría un buen rato para investigar. Entonces, corrió la silla, tomó a Rosita del brazo, corrió hacia el pasillo largo de las habitaciones y se paro en la mitad del corredor. Acto seguido se dijo a sí misma: uno, dos y… ¡tres! Salto todo cuanto su cuerpo le permitió y apenas, pudo rozar con su índice la piola que deslizaba la escalera del ático. Lo intentó una y otra vez. Hasta que por fin lo logró y la escalera se deslizó hacia abajo. Subió uno a uno los escalones con las piernas temblando y estrujando el brazo de Rosita. Sabía que estaba haciendo las cosas y que su padre se enojaría como nunca lo había hecho antes, pero siguió igual y se mantuvo firme en su decisión con los ojos a punto de salir de su órbita. Luego volvió a empujar la escalera para sí y se cerró. El lugar se encontraba apestado de polvo, hacía tiempo que nadie pasaba un plumero por las pilas de cajas abarrotadas. Rocío miró detenidamente los cuadros que había en un esquinero. Eran viejos y mostraban caras de personas grandes, con peinados y ropa rara. “¿Alguno será pariente nuestro?” pensó. Ella quería saberlo. Quería saber algo. Luego giró hacia el otro lado y se dirigió a las cajas. Se sentó en el suelo y dejó a Rosita a su lado. Muchas de ellas sólo contenían papeles viejos, amarillentos y llenos de polvo. Eran papeles de los tiempos de contador de su padre. Las dejó a un costado y siguió con otras. Llegó a una con unas pocas fotos, de apariencia familiar y al fondo de la caja, un cuaderno. Esos objetos también se encontraban en un estado añejo. Rocío ojeo una por una las fotos e intentó adivinar quien sería cada uno. Había una foto de su padre con una mujer al lado, abrazados en el jardín de su casa. Pensó que podía ser su madre y se la llevó al pecho apretándola contra él. Siguió en la búsqueda más fotos: una de sus hermanos cuando eran pequeños. Daniela parada al lado de la cuna con su hermano adentro de ella. Miró una más. Era Daniela parada en el jardín, delante de una planta enorme llamada Corona de Novia, con una sonrisa extraña, que mostraba alegría y pena al mismo tiempo. Estaba embarazada o eso parecía. Rocío miró extrañada la foto. Ella nunca supo que su hermana alguna vez había estado embarazada. “¿Donde estaba ese bebé ahora?” pensó, sin poder entender. Miró a Rosita. La muñeca la miraba con una sonrisa opaca, con un velo en sus ojos. La niña tomó a Rosita y comenzó a golpearla fuertemente, a arrancarle la tela y la guata que se encontraba en su interior. No habló. Sólo siguió golpe a golpe, hasta dejar a la muñeca tirada en el suelo de madera al lado de la foto y de ese cuaderno que nunca llegó a leer. Ahora Rosita pertenecía a ese mundo añejo que nunca volvió a recordar.