martes, 28 de septiembre de 2010

Grupo 1. Tp 4. Objeto. Antonella Orlando

Este texto está inspirado en una foto. Este viernes la voy a llevar para que la puedan ver!
Besos!!!

TAPIAR



“Entonces, y además cuando da miedo
ser hombre, y estar solo es estar solo,
nada más que estar solo, sorprenderse
de ser hombre, ajenarse: ahogarse sólo.
Cuando el llanto, parado ante nosotros…”


ENTONCES Y ADEMÁS, Blas de Otero


Ya había caído la noche. Sabía que debía volver a casa. Tomarse la línea “C” hacia la estación de trenes y abandonar la ciudad que estaba perdiendo el frenético encanto de todos los días. Cuando las calles se vacían uno se encuentra finalmente solo. Transita y gasta sus zapatos por el asfalto deseando desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde que nadie lo roce (imposible). Y cuando las bocas de subtes dejan de vomitar gente, cuando las bocinas se callan, cuando la ciudad parece más vulnerable y desnuda que nunca, nuestro deseo se ha cumplido. ¿Pero ahora? No hay rostros en los cuales buscar un parecido, no hay voces que creemos que nos llamen. No está más la indiferencia compartida, el desencuentro cotidiano que es lo único que encontramos. Solo queda la soledad.



Había estado leyendo algunos pasajes de Blas de Otero, sentada en la pasto de Plaza San Martín. Poeta ensangrentado de la época del franquismo. Su viejo odiaba los gallegos, pero si leyera a estos, los amaría.



Recogió sus cosas; el bolso que le pesaba y le hacía pensar que la escoliosis (de exactamente 32° de desviación) le iba a pasar factura a la mañana siguiente, como si su columna tuviera voz propia. Dobló por Esmeralda y se encontró en la misma esquina de Marcelo T. Alvear que tanto conocía. Hacía ¿cinco? años que no franqueaba esa calle, que no cruzaba los límites de Plaza San Martín, el Círculo Militar y el viejo café París (que ahora, después de cincuenta años, lo habían cerrado). Se encontró frente a la misma puerta doble de madera que de chica le daba tanto miedo como excusas para despertar su imaginación. Increíble que aquella puerta de roble oscuro, con molduras y cerraduras de bronce originales (aún) siguiera siendo tan imponente, incluso más que hace algunos años. Cuando cursaba el primario, esa puerta de siete metros de largo y diez de alto le parecía enorme. Creció y cuando estaba finalizando el secundario (mientras ayudaba a su abuelo a sacar las últimas cajas de la mudanza) la puerta le parecía pequeñísima. Tan conocida era que ya no infundía miedo. Pero ahora, cinco años más tarde la puerta parecía más imponente que cuando era pequeña.



La recorrió con la mirada. Todos los detalles estaban ahí. Las flores caladas, los círculos definidos. La tocó; hacía un frío que calaba los huesos pero la puerta estaba caliente, como si hubiera recogido todo el calor de los veranos desde hace noventa años (en verdad lo hizo).



Ella respiró profundo y un nudo grueso hecho de saliva y dolor (y vaya a saber cuántas cosas más) se lo hizo en la garganta. Apoyó la frente sobre la puerta, mientras una señora paqueta (paquetísima) que paseaba con su perro, se detuvo solo un momento para comprobar que la juventud cada día estaba más loca y alimentada por los delirios de la droga.



Sabía todas las cosas que había detrás de esa puerta. Departamentos de pisos enteros no fragmentados. Departamentos para los que aún quedaban de la alta alcurnia de Buenos Aires, que era tan baja y soez como para tirar las sobras de comida por las ventanas (de cristales tan limpios, tan cristalinos esos cristales) que daban al patio interior del edificio. Ese patio donde hacía muchos años había una fuente de agua con una estatua vieja de mármol blanco; una muchacha angelical con un cántaro (bien paqueta la estatua, bien francesa, bien estatua de soy-de-buenos-aires-pero-quiero-ser-europeo. Pero su abuelo, el portero, era descendiente de aborígenes, así que no le encontraba belleza a la estatua). Detrás de esa puerta había dos ascensores: el del servicio, de rejas verdes, viejas y oxidadas y con olor a basura, colonia de tren y trapos quemados con plancha y el de los residentes, que tenía un sillón de pana verde oscuro, con botones dorados…un sillón para sentarse y esperar subir cinco pisos nada más.



La puerta parecía tomar vida sobre su frente, pero era una vida muerta. Sus oídos no escuchaban más las vibraciones de los coches que pasaban. El silencio a su alrededor era absoluto. ¿Qué intentaba decirle la puerta con su silencio? ¿Qué otros secretos cancelaba y escondía ella, cerraba tras su cerradura de bronce original, secretos que ya la otra apoyada en su intento de escucharla desconocía?



En su afán por sentirla sin mirarla no se percató que la puerta estaba unos milímetros entornada. Ella sabía por experiencia (cuando volvía de tomar helado con su abuelo, en la media hora que tenía libre a la tarde) que no estaba mal cerrada, sino que estaba directamente abierta, pero era tan pesada que ni el viento fuerte la movía. Entonces, cuando la puerta estaba abierta siempre se quedaba así, estática (como la vida de su abuelo) a la espera de que alguien la moviera. No sabía si empujarla o no. Podía sentir que los pisos no habían cambiado, que si abría la puerta, la gran galería de mármol blanco, espejos y candilejas antiguas iba a iluminar sin reparo la oscuridad de la calle. Sabía que ese blanco inmaculado, ese blanco de yo-no-tuve-nada-que-ver-querida la iba a lastimar más que el silencio de aquella puerta que no le respondía sus preguntas.



Su abuelo se había pasado la vida cerrando y abriendo puertas, pero más que nada cerrando. Cerrando cuando venían los vientos huracanados en su Sunchales natal y su madre le pedía que pusiera la tapia para que los soplos de Dios no le llevaran la casilla (por más que su madre le rezó a Dios todos los días desde que pudo caminar, Dios se llevó la casilla igual). Cerrando ésta puerta ante la cual estaba parada hoy. Cerrándola para que los vecinos no vieran las armas que entraban de contrabando en la época de Menem, para que no vieran a la policía traer a las hijas de sus patronas bajo coma farmacológico, para que no vieran a los amigos de represores entrar con carpetas angostas (pero abultadas).



Se separó unos metros de la puerta para poder mirarla mejor. Sus pies casi tocaban el cordón de la angosta vereda. Podía delinear sus contornos y rellenos con los ojos cerrados, pero quería mirarla una vez más, porque ahora sí, esta iba a ser la última vez que iría a verla.



Tenía ganas de llorar. No obstante, las lágrimas no salían, no lograban abrirse paso a la dureza y el temple que su abuelo le había enseñado a forjar. A la dureza del silencio. Al temple a pesar de la humillación. Las lágrimas dentro de ella parecían dibujar los mismos círculos tallados en la puerta. Pero no. Ella no dejaría que la historia se repitiera. Tantas veces lo había visto agacharse, rezar para que Dios no le llevara la casilla (de sueños, esta vez), lastimarse las manos con ácido para limpiar bronces (los mismos que ahora relucían…es decir, que había otro abuelo y padre agrietándose las manos mientras el mundo vivía como si nada de eso supiera). Se decidió a entrar, a gritarle a los fantasmas de aquellos que lo habían maltratado, que lo habían dejado sin un peso (sin casilla, sin sueños, ni ácido para limpiar bronces) en la calle. Ella una vez escribió en su cuaderno: “el día que te mueras, la estatua del edificio llorará sangre y el mundo será menos noble, más triste, menos honesto”. Quería comprobar si al menos la estatua se había acordado de él y había llorado sangre. Puso la mano sobre la puerta, la empujó y pudo ver las baldosas de mármol blanco (ese mármol blanco). Pero alguien o algo empujó más fuerte del otro lado y la puerta se cerró.

No hay comentarios: