Él siempre tenía la bandeja a
mano. Una bandeja de acrílico de forma rectangular y con paredes lo
sobradamente altas para contener el gran miguerío que siempre quedaba
suspendido en su base y que se fusionaba con escurridizos chorros volcados de
té con leche o de algún café improvisado en las madrugadas. A veces, pasaba
días apoyada contra los azulejos de una pared de la cocina, reposando y
esperando que alguien la usara. A veces estaba sucia, a veces muy limpia y
otras pocas veces tenía olor a humedad, la misma humedad que contagia el trapo
de cocina o repasador cuando permanece mojado en algún rincón de la mesada por
mucho tiempo.
Él iba y venía. Trabajaba,
viajaba y disfrutaba de noches de ocio. Usaba su computadora portátil en todo
momento; de vez en cuando miraba un poco de televisión y trataba de sonreír con
el mismo contenido nocturno que ella ofrece sistemáticamente todos los días; se
bañaba y aprovechaba a cantar a los gritos pero siempre con fina entonación; y
ejecutaba diariamente el lavarropas para tener siempre sus pilchas a punto. La
bandeja siempre estaba ahí.
La base, donde se posan los
objetos, tiene un delicado dibujo que va del blanco al negro y juega con los
distintos matices del gris. En los lados posee pequeñas rendijas para que uno
introduzca las manos y así poder moverla por los distintos ambientes. Va al
living y está horas sobre una mesa ratona de cuerina. Va al dormitorio y se
acuesta sobre un acolchado de tela clara, y ahí jamás pierde la estabilidad,
porque el colchón es firme y la sostiene a la perfección.
Él amaba su bandeja y a mí me
gustó desde que la vi, porque es grande, es moderna y porque, esencialmente,
entra todo lo que uno quiere pasear al momento de desayunar, cenar o lo que
fuera. Tanto se percibía que yo había comenzado a tomarle cariño a la bandeja,
que él me regaló una igual aunque con un dibujo distinto.
Con el paso del tiempo algunas
cosas fueron cambiando radicalmente. Yo me fui a vivir a su pequeño
departamento ubicado en la mejor zona de Colegiales, y entonces fueron dos las
bandejas que vagaban por todos los rincones del gran cubo de 35 m2. Su bandeja
siguió haciendo de soporte de cientos de cosas. Vasos, cubiertos y platos
dejaban como resultado manchas, rayones, migas y restos de comidas. Está de más
decir que su bandeja fue perdiendo encanto, al menos para él quien vio en la
mía a la panacea de sus placeres y poco a poco comenzó a darle uso.
No entiendo bien porqué me
incomodaba que hiciera eso, después de todo él me la había comprado y antes de
eso, había caminado hasta el bazar indicado con la idea de que yo tuviera lo
mismo que él. Pero me molestaba que invadiera mi bandeja siempre limpia y con
olor a nada. Seca y brillosa. Me fastidiaba que la golpeara contra el mármol
lleno de azúcar que de alguna taza él había derramado o que la apoyara sobre
las hornallas recien apagadas. Nunca la dejaba en su sitio y nunca se podía
usar.
Ahora, que pasaron un par de años
puedo reconocer que mi irritación ya no existe. Somos felices como podemos y
queremos, pero la bandeja no es motivo de malestares anímicos. Debo
reconocerles que aquella bandeja de duro acrílico y con dibujos monocromáticos
él no la usa más porque la tengo ocultada tras unos bastidores en el placard y
envuelta en una enorme bolsa de esas que te dan en las cadenas de
electrodomésticos cuando comprás alguna pequeñez. Cuando él viaja, la saco para
mirarla, lustrarla y delicadamente llevarme a la cama un té con leche y una
magdalena de limón.
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