jueves, 30 de septiembre de 2010

G1 TP4: Un par de bandejas

Por Daniel Francisco


Él siempre tenía la bandeja a mano. Una bandeja de acrílico de forma rectangular y con paredes lo sobradamente altas para contener el gran miguerío que siempre quedaba suspendido en su base y que se fusionaba con escurridizos chorros volcados de té con leche o de algún café improvisado en las madrugadas. A veces, pasaba días apoyada contra los azulejos de una pared de la cocina, reposando y esperando que alguien la usara. A veces estaba sucia, a veces muy limpia y otras pocas veces tenía olor a humedad, la misma humedad que contagia el trapo de cocina o repasador cuando permanece mojado en algún rincón de la mesada por mucho tiempo.
Él iba y venía. Trabajaba, viajaba y disfrutaba de noches de ocio. Usaba su computadora portátil en todo momento; de vez en cuando miraba un poco de televisión y trataba de sonreír con el mismo contenido nocturno que ella ofrece sistemáticamente todos los días; se bañaba y aprovechaba a cantar a los gritos pero siempre con fina entonación; y ejecutaba diariamente el lavarropas para tener siempre sus pilchas a punto. La bandeja siempre estaba ahí.
La base, donde se posan los objetos, tiene un delicado dibujo que va del blanco al negro y juega con los distintos matices del gris. En los lados posee pequeñas rendijas para que uno introduzca las manos y así poder moverla por los distintos ambientes. Va al living y está horas sobre una mesa ratona de cuerina. Va al dormitorio y se acuesta sobre un acolchado de tela clara, y ahí jamás pierde la estabilidad, porque el colchón es firme y la sostiene a la perfección.
Él amaba su bandeja y a mí me gustó desde que la vi, porque es grande, es moderna y porque, esencialmente, entra todo lo que uno quiere pasear al momento de desayunar, cenar o lo que fuera. Tanto se percibía que yo había comenzado a tomarle cariño a la bandeja, que él me regaló una igual aunque con un dibujo distinto.

Con el paso del tiempo algunas cosas fueron cambiando radicalmente. Yo me fui a vivir a su pequeño departamento ubicado en la mejor zona de Colegiales, y entonces fueron dos las bandejas que vagaban por todos los rincones del gran cubo de 35 m2. Su bandeja siguió haciendo de soporte de cientos de cosas. Vasos, cubiertos y platos dejaban como resultado manchas, rayones, migas y restos de comidas. Está de más decir que su bandeja fue perdiendo encanto, al menos para él quien vio en la mía a la panacea de sus placeres y poco a poco comenzó a darle uso.
No entiendo bien porqué me incomodaba que hiciera eso, después de todo él me la había comprado y antes de eso, había caminado hasta el bazar indicado con la idea de que yo tuviera lo mismo que él. Pero me molestaba que invadiera mi bandeja siempre limpia y con olor a nada. Seca y brillosa. Me fastidiaba que la golpeara contra el mármol lleno de azúcar que de alguna taza él había derramado o que la apoyara sobre las hornallas recien apagadas. Nunca la dejaba en su sitio y nunca se podía usar.
Ahora, que pasaron un par de años puedo reconocer que mi irritación ya no existe. Somos felices como podemos y queremos, pero la bandeja no es motivo de malestares anímicos. Debo reconocerles que aquella bandeja de duro acrílico y con dibujos monocromáticos él no la usa más porque la tengo ocultada tras unos bastidores en el placard y envuelta en una enorme bolsa de esas que te dan en las cadenas de electrodomésticos cuando comprás alguna pequeñez. Cuando él viaja, la saco para mirarla, lustrarla y delicadamente llevarme a la cama un té con leche y una magdalena de limón.

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