Por Nayla Simeone
Se despertó como cualquier día soleado. Abrió su ojo derecho, y el sol resplandecía de tal forma, que sintió un pinchazo. Sin embargo, no percibía el calor a sus pies y el peso del cuerpo dormido. Oriundo no estaba presente.
Luego de meditar durante unos minutos sobre qué sería de su día, y de pensar la conveniencia de despertarse del todo, logró elevarse sobre la cama, pero ahora sus ojos estaban cerrados. Se sentó, y estiró sus brazos hacia arriba. Sintió un profundo dolor en su espalda y pecho. Miró hacia adelante, y él ya no estaba.
Se destapó, y bajo sus pies al suelo. El piso estaba frío, así que se apoyó sobre sus pantuflas verdes. Miró el techo, y tiró su cabeza hacia atrás. El dolor ahora estaba en su estómago. Eran puntadas bien identificables. Se paró, y tomó el saquito rojo que estaba sobre el escritorio. Caminó hacia la puerta, salió de su cuarto y recorrió el pasillo. Tras atravesarlo, se dio cuenta que tampoco estaba allí.
El dolor se transformó en nauseas, y comenzó a sentir frío en su cuerpo. Cerró su saco, y se dirigió al living. Se sentó en el sillón pequeño, y descansó unos instantes. El sonido de los pájaros calmó por un momento su malestar. Sin darse cuenta, su mente se trasladó a aquellos días en que el cariño y el amor eran moneda corriente. Recordó lo suave de sus caricias, y el tiempo compartido gran parte del día. Él había sido incondicional hasta ese día. Su calidez y ternura serían inolvidables. Luego de unos instantes de bellas imágenes, retornó al presente. Se asustó con la figura de su madre enfrente. La miró a los ojos, y no pudo evitar que se le llenaran de lágrimas. Las nauseas ahora eran un nudo en la garganta.
Ambas se dirigieron a la puerta. Caminaron lentamente. Su madre quitó la traba, y ella la abrió del picaporte. Asomó la cabeza y gritó:
- ¡Oriundo!
El silencio fue la única respuesta a sus oídos. No pudo sostener más la postura, y su nudo se quebró en un mar de lágrimas. Sus piernas se aflojaron, y su madre la tuvo que sostener para que no cayera al suelo.
- ¡Es un gato! Sólo es una mascota – dijo su madre, y agregó – sólo hace 5 meses que comparte la casa con nosotros, y tu habitación con vos.
Ella no lograba emitir sonidos. Su llanto era constante e insostenible. Le dolía el pecho, aunque ya no lograba determinar cuál de todos los órganos por los que esa puntada había pasado anteriormente, era el más afectado en ese instante.
Se incorporó. Su madre la miraba atónita y a la vez expectante de cada gesto y movimiento. Dio media vuelta y volvió a ingresar a su casa. Retornó al dormitorio, y volvió a acostarse. No encontraba consuelo, ni ideas para contrastar su huracán interno. Sentía que ya nunca volvería a sonreír, que ya nada volvería a ser como antes. El grado de dramatismo le hacía recordar a las telenovelas de la tarde. Esas tristes y bizarras. Se sentía hasta ridícula. Pero no podía evitarlo. Pensaba que se quedaría sola para siempre. Que él era su única compañía, y que si las cosas se daban como todo aparentaba, ya nada volvería a ser como antes. La tristeza sería la protagonista de sus días a partir de hoy.
Se paró nuevamente de la cama. Caminó hacia su silla roja, y se sentó frente al escritorio. Miró la notebook durante unos instantes. La encendió, y controló cuánto mensajes nuevos había en su casilla. El marcador decía cero. Abrió su Facebook, y nada estaba dedicado a ella entre las novedades del día. Abrió su otra cuenta de correo, y nada. Se volvió a levantar, y caminó hacia la biblioteca. Primero tomó un libro: “La insoportable levedad del ser”, leyó. Luego, un disco: “Amor seco”. Que insoportable le resultaba saber la levedad de ese amor que se había secado. Dejó ambas cosas, se dirigió hacia la cama y se volvió a recostar. Sentía que le faltaba el aire. Y en su mente no paraba de retumbar la idea de que ya nada volvería a ser como antes. Se sentía desesperada. La soledad, el miedo, la angustia, el amor… todo parecía pincharle cada uno de sus órganos.
Luego de luchar unos instantes consigo misma, logró poner su atención en la respiración. Nariz, garganta, pulmones, garganta, nariz nuevamente. El aire entraba y salía en forma cada vez más lenta. Comenzó a pensar en sus logros. Sabía que pronto sería licenciada, que tenía una familia hermosa, que sus amigas eran fantásticas, que tenía muchos planes y futuro por delante, bellos lugares por conocer, y fabulosas sensaciones por experimentar. Pero el nudo volvía, y no podía más que intentar nuevamente con el proceso de concentración en la respiración. Luego de varios intentos, su corazón comenzó a latir normalmente. Comenzaba a entrar en una ensoñación profunda. Sentía que la paz había ingresado nuevamente a su cuerpo. Respiraba, lenta y pausadamente. Ya ni siquiera sabía si había alguien en el interior de la casa. Continuó respirando.
- ¡Teléfono! – gritó su madre – Atendé que es tu celular. Está arriba de la mesa.
Su corazón se aceleró nuevamente. Se levantó en forma brusca y corrió a la cocina. Miró el visor de la pantalla y leyó “sujeto”. Apretó el botón verde y corrió a su cuarto.
- Hola
- Hola bonita
Era él. Su panza comenzó a hacer una serie de ruidos insoportables. Pero hambre no tenía.
- Te llamo porque la verdad que dejar de vernos me parece una tontería. Sos lo más lindo que me pasa en este momento y perderte sería una boludez.
Respiró, y vió que Oriundo saltaba del tapial trasero a su ventana. Se recostó en su cama, y un rayo de sol pinchó sus pupilas. Sintió que el día recién comenzaba, y que una briza de paz volvía a recorrer su cuerpo.
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