jueves, 2 de septiembre de 2010

La serenata de la estación (Consigna 2)

por Katelyn Duncan

    Voces. A la izquierda una madre castiga a su hijo, a la derecha un hombre de negocios corre con su valija a remolque y habla con furia a quienquiera está al otro lado de su conversación de teléfono. El claqueteo de ruedas que golpean las baldosas en el suelo de la estación. Una voz electrónica anuncia la llegada del tren hacia la costa. El rumor mezclado de gente charlando, peleando, viviendo.
    El músico cierre sus ojos y el llanto sutil de una viola comienza a susurrar en su mente. Debe tocar una canción más feliz, debe olvidar de las preocupaciones. Andante: adv. Mús. Con movimiento moderadamente lento. Ojos abiertos, arco listo, voz agradable.
    – ¿No vas a tomar algo? – pregunta a la artista.
    – No. Dejá de preguntarme ya. No tengo sed.
    – Pero siempre tomás un café antes de viajar.
    – ¿Qué decís de “siempre”? ¿Es que sabés vos lo que hacía cuando era niña?
    – Puedo adivinar.
    – ¡Adivinás! Qué lindo.
    Caesura: f. Mús. Un callamiento imprevisto; una pausa o un descanso. Las palabras de la artista contienen tonos de cansancio y de frustración: su voz es melodiosa pero dura, como un instrumento de metal. Entre el silencio pesante de la conversación y el sonido indiferenciado del ambiente, los restos de una canción que acaba de parar atraviesan el aire húmedo.
    – Tenés miedo de algo – el músico dice finalmente.
    – ¿Me preguntás, o me decís?
    – Pregunto.
    – Sí.
    Trémolo: m. Mús. Sucesión rápida de muchas notas iguales, de la misma duración.
    – ¿Tenés miedo? – repite.
    – Dije que sí.
    El camarero pregunta si ellos quieren algo y la respuesta brusca de “no” viene como un ataque contra el músico, como un eco de otro “no” que había roto su corazón ya desde hace unos días.
    Adagio: adv. Mús. Con movimiento lento.
    – ¿Vas a decirme por qué?
    Nada. La pareja en la mesa más cerca habla de la familia y el hombre queja de su suegra. Alguien en la cocina del bar tararea el himno nacional. La campana del reloj de la estación señala la hora: son las quince. Media hora más.
    – Corazón, quiero ayudarte – el músico suplica.
    – No podés.
    – ¿Cómo que no?
    – Ya sabés por qué.
    Un suspiro. Piano: adv. Mús. Con sonido suave y poco intenso.
     – Esto.
    – Sí, esto.
    – Sabes que yo me preocupé también – y ahora mucho más, piensa pero no dice el músico.
    – Claro.
    – En serio. No lo hice sin pensarlo bien.
    – Pero lo hiciste, y ahora todo va a cambiar – dice la artista con un crescendo doloroso, su voz amarga con las ganas de llorar.
    – ¿Por qué tiene que cambiar? Podemos tomar el tren, regresar a la casa, seguir viviendo igual como antes. Olvidálo si querés.
    Pizzicato: adj. Mús. De un sonido, que se obtiene en los instrumentos de arco pellizcando las cuerdas con los dedos.
    – No puedo olvidarlo.
    – ¿Por qué?
    – No sé.
    – Pero no es gran cosa, no...
    – Ahora ¿no tiene importancia?
    – No quería molestarte.
    – Entonces ¿por qué lo hiciste?
    – Porque te amo.
    Diminuendo hasta un largo silencio que contiene todas las esperanzas del mundo. El músico ya no puede oír nada más que los respiros de la artista, los latidos de su propia corazón, el dulce susurro imaginado que dan las gotas de agua cuando salen de los ojos de su mujer. La serenata de la estación ha desaparecido, la música en su mente se acabó.
    Da capo: adv. Mús. Usado para indicar que debe volverse al principio cuando se llega a cierta parte del trozo que se ejecuta. Un intento más, otro esfuerzo para recuperar la normalidad.
    – ¿No querés tomar algo?
    El susurro de la falda de la artista cuando ella se pone de pie y da vuelta, el sonido de sus tacones altos contra el suelo, y la imagen persistente de sus ojos, celestes como el mar, llenos de lágrimas saladas.



1 comentario:

Nora Zicovich Wilson dijo...

WOW!! Me encantó! Buenísimo el recurso de ir contando la historia con las definiciones musicales! Cuando sea grande quiero ser vos!