jueves, 9 de septiembre de 2010
La luna
- Miráme cuando te hablo. –dijo Rita mientras hacía el ademán ese que a Luis no le gustaba.
Subían por una escalerita angosta que bordeaba la montaña. Los pies de Luis estrenaban unos borcegos de nuevo montañés que él lucía con orgullo. Rita no le había hecho caso y se había dejado sus zapatillas de suela gastada.
- Me duelen un poco los talones- dijo.
- Claro que te van a doler, te dije, ese calzado no es para subir por la montaña.
- Ay es que son tan cómodas… me cuesta sacármelas.
Llegaron rápidamente a la cima. El acantilado, visto desde abajo, mostraba el rompevientos verde flúor inflado de Rita que agitaba los brazos.
- Acá en donde estamos parados ahora, dicen que desde acá se ve la luna más de cerca. – sentenció Rita.
- La luna más de cerca… ajá…
- Allá al costado está. ¿La ves?
- ¿Dónde?
- Allá, cerca de la nube gorda del medio.
- ¿Esa es la luna?
- Si, está chiquita porque todavía está el sol.
- Vení más acá Rita, podés resbalarte.
- Por favor Luis, dejáme sentir el viento.
Luis se aleja, se sienta sobre unas piedras lisas y se queda unos minutos en silencio.
- ¿A qué hora reservaste para la cena?- preguntó Rita.
- A las diez creo. ¿Por qué?
- Quería saber si puedo quedarme hasta que suba la luna.
- La luna ya está arriba.
- Qué gracioso, me refiero a que esté más arriba en el mismo cielo. Una vez que oscurece la luna se agranda.
- Está bien.
- Además… no importa la hora. No debería importarnos la hora.
- Sólo si tenemos una reserva en el mejor restaurante de la zona, elegido por vos. Parecía que tenías muchas ganas de probar ese tiramisú tan famoso ¿no?
- Ahora eso no tiene importancia.
- Está bien. Es que no me gusta la idea de que estés tanto tiempo en las alturas.
- La presión no tiene nada que ver.
- Eso no lo decís vos, lo dice un médico.
- Vos no sos médico Luis.
- Pero soy conciente y cuidadoso.
- Demasiado quizás.
- Vos siempre pensando en vos. No te das cuenta ¿no? O te das cuenta de lo que te interesa entonces. No se trata de ir con el agua de la corriente como si uno fuera sólo un pez.
- Los peces fluyen. Vos deberías intentarlo.
- ¿Sabés? Cada vez que te veo pienso que estoy loco. Que me volviste loco desde el primer día en que te vi. Me acuerdo que tenías los dedos llenos de pintura, que miré tus manos de dedos largos llenas de colores, mientras vos me hablabas de algo que yo no entendía. Porque vos…
- Luis… quiero estar sola.
Luis no dice nada y comienza a bajar la escalerita angosta que bordea la montaña. De golpe se escucha un grito agudo casi un chillido y Luis escucha que algo cae con fuerza haciendo un ruido hueco bajo el precipicio.
- ¡Rita! ¡Rita!
- ¿Qué pasa?
- ¿Qué hiciste? ¿Y ese grito?
- Dejame. No entendés, nunca entendés. Qué fue, decime qué carajo pasó, ¡donde estaba yo! Porqué así… Porque todo tan de golpe… no sabemos ni quienes somos. ¿Vos sabés quién sos? Yo solamente quiero ver la luna Luis. Casi que puedo caerme ahora al suelo y no volver a levantarme, me arrastraría para no irme nunca de este lugar. Casi no se quien era, ni quien soy.
- ¿Cómo levantaste esa piedra tan pesada?
- ¿No me escuchas Luis? ¿No me ves Luis? Cuándo me ves de verdad vos, cuándo me ves…
- Siempre te veo.
- Hace tiempo que ni yo me veo. Mira todo esto. Mira a tu alrededor, este cielo abierto, mirá todo el océano profundo ahí abajo.
Ella abre los brazos, su rompevientos verde flúor se infla con el viento. Luis se acerca para besarla. Ella se aleja.
- No se si este es el amor.
El no la mira. Se saca los borcegos, los deja uno al lado del otro, se deja las medias puestas, camina lento hacia la punta del acantilado.
- ¿Vos creés que puedo volar? O nadar ahí abajo… hace tanto que no nado…
- Es muy alto esto Luis.
- ¿Te parece? Pero quizás puedo ser un poco menos calculador ¿no? Más espontáneo… como él.
- Quién es él.
- Los dos sabemos de qué estamos hablando Rita. Ya se lo que no te di, no creas que no lo veo, que no te veo, que nunca vi. Pero así me formé, duro, fuerte como el hierro. No me entrego porque si me entrego me destruyen.
Luis da un salto limpio desde el borde del acantilado. El rompevientos de Rita se infla más. Desde abajo se ven los brazos color verde flúor que señalan al cielo. Estaba subiendo la luna.
Natalia Romero
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2 comentarios:
Traté de subirlo en formato diáologo como lo escribí en Word, pero no me deja...
A mi me paso lo mismo la primera vez que subí un texto, fijate que en una de las opciones te aparecen como unos codigos que tenes que poner cuando se termina un p+arrafo, como para dejar establecido y avisarle al blog que ahi tiene que habe run espacio
es una fiaca porque tenés que hacerlo en cada final de diálogo o párrafo, pero en ese momento para mi fue la unica solución.
Sino fijate con una de las opciones de HTML o algo asi que yo no entiendo mucho pero es probar.
Muy bueno el cuento, pero no sos de mi grupoo asi que me reservo los comentarios, los lindos comentarios!
Beso,
Clarita
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