lunes, 6 de septiembre de 2010

La costa brava

por Alejandro Zarlenga

Finalmente, llegamos a Punta del Diablo. Yo quería sentarme sobre las rocas y ver el mar. Él quería… no sé lo que él quería.
    ¿No querías venir acá desde el año pasado acaso?
    Sí, pero no es ese el punto Ignacio.
    Si querés yo te digo cuál es el punto
    A ver
    Y, que el lunes tengo que estar en la discográfica a las 8 de la mañana y sin embargo vine acá sabiendo que voy a volver más cansado de lo que vine y no me quejo

Casi no le veía el rostro, coloreado por los últimos rayos de sol. Anaranjados los dos si alguien nos mirase desde una piedra más alta.
    Vos no sabés lo que se siente, se me ocurrió decirle de la nada.
    Claro que no lo sé, pero creo que estuve bastante.
    ¿Y qué significa eso?
    Que no me borro, para mi tampoco es fácil eh.
El sol lanzó los últimos rayos, aferrándose al horizonte casi como un pedido de auxilio, como si fuera arrastrado por el otro mundo. Ese sol estuvo en alguna de mis pinturas.
    Estás enojada con todos, Ana.
    Porque a veces no sé como manejarlo. Es injusto lo que decís.
Respiró profundo. Prendió un cigarro. El olor del tabaco me devolvió a las tiendas húngaras donde mi padre compraba pipas. Tal vez tendría que estar en Budapest. La barba de Ignacio se tiñó de dorado y el humo que largó se acumuló todo delante de sus cejas marrones y su figura espigada, de la misma forma en que se acumulaban en fila esas vírgenes cantantes para conseguir un contrato musical con él. Estábamos solos. Algunos pájaros disfrutaban del fuera de temporada. 
    Sé que para vos debe ser terrible, pero siento que estás esperando que esto se termine
    Basta Ana. No digas esas cosas
    Las pienso, esa es la verdad
    Porque no tenés otra cosa en qué pensar
    Puede ser
    Antes te alcanzaba con los cuadros, ahora eso tampoco te llena
    Estás vos en los cuadros
    ¿Qué decís?
    En serio, no tu cara, digo…
    Bueno, tendrías que pensar menos en mí
    ¿No ves que es lo que yo digo?
    No Ana
    Todos estarán esperando que pase de una buena vez.
El flujo y reflujo de la marea carcomía las rocas y les asignaba formas caprichosas, así como las sales impuras del diablo deformaban los bordes de mis células que se multiplicaban eufóricas por esparcir la mala noticia.
Él ya no podía esperar más. No soportó ver cómo los gusanos nacían de mis órganos y se convertían en señores de cada cubículo vital hasta contaminar todos mis flujos corporales, antes aún de que me tapen con tierra.
    ¿Por qué temblás? Me dijo.
Destellos de luz blanca chocaban contra las rocas, como si miles de espejos reflejaran desde el anonimato. Por momentos reflejaban sobre la cara de Ignacio, sus pómulos redondeados, su barba marrón. Cambié de posición mi mano derecha que se había adormecido de estar casi bajo mis nalgas. Reflejos. Ignacio me corrió el pelo, que apareció en mi campo visual más negro que nunca.
    ¿Cuántas veces pensaste en dejarme?
    Ay Ana, por dios
    Por dios, por dios, ¿cuántas veces?
    ¿A dónde querés llegar?
    ¡¿Cuántas veces?!
    Yo sabía que iba a terminar así.
    ¿Cuántas?
    ¡Miles!
Los ojos de Ignacio sudaban sangre.
    Miles. ¿Y qué?
    Bueno, perdonáme
    Esto es una tortura
    ¡Qué egoísta!
    ¿Qué buscás?
    Basta, Ignacio
    Me estás enterrando con vos ¿no te das cuenta?
    Basta, Ignacio
    Enterrando
    ¡Basta!
    ¡Miles!
Pintura por todos lados. Mezclé rojos y negros. Volví sola de la playa y me adentré en el pueblo. Me sostuve contra una pared por unos segundos. Le impregné mis colores. El pueblo es demasiado tranquilo para tolerar mi deambular flotante. Como si me deslizara empujada por el aliento de un cadáver que me sopla en la espalda. Como si aún me persiguiera para rogarme que lo devuelva a las rocas con su cigarro. Como si yo tuviera la voluntad de hacerlo. Como si yo tuviera las fuerzas para llevar a cabo semejante empresa.
    ¿Se encuentra bien señora?
    ¿Señora, está bien? Voces.
Quería llegar rápido a la casa. En la entrada, junto al cerco blanco que al pasar silencié con rojo, la vecina.
    Ana, ¿que te pasó querida?
A ella tampoco le contesté. Entré a la casa, atravesé el corredor que llevaba a mi habitación. Tomé unas piezas de metal que habían salido de la oscuridad gracias a una extensión de luna que traspasó la ventana y se depositó sobre la mesita. En esa mesita tenía todos los instrumentos para mis pinturas. Mis materiales color metal, mis pinturas color metal, como el metal que impregnaba mis lienzos y arruinaba mis trazos y que no podía dejar de incrustar en mi propio cuerpo.

1 comentario:

Seminario La Narrativa de Ficción dijo...

Muy buena utilización de la elipsis, se logró el clima de tensión, la última parte de los diálogos tiene muy buen ritmo. En general me encantó el ritmo.
Describiría un poquito más, obviamente sin decir mucho, la parte en que mezcló negros y rojos.
Muy buen final.
Clarita