martes, 28 de septiembre de 2010

Grupo 1. Tp 1. Hecho histórico. Antonella Orlando

Chicos: Finalmente la inspiración salió y subo todos los trabajos. Quería tenerlos todos juntos, para subirlos concatenadamente y no marear. Besos!!!

Basta para mi, basta para todos


Ayer empecé segundo grado. Mi mamá estuvo arreglándome la corbata a cada rato. Esa actividad duró toda la mañana, hasta que ella pensó que estaba lo suficientemente derecha como para poder formar fila en el acto del colegio. El sábado mi papá me compró una mochila gigante. Lo bueno es que pude elegirla, no como el año pasado que mi mamá me había comprado una negra y roja. No, no. Azul y verde para mi ma, que me gusta soñar con mares y largas expediciones y no pelear y jugar a Dragonball, como Guille, que el año pasado rompió varias camisas y pantalones tanto ajenos como propios.

En el acto del colegio traté de cantar completa “Aurora”. Pero cuando Maricel, la nueva maestra, me dejó de ver pude callarme. Primero, porque odio “Aurora” y segundo porque ya me la había olvidado desde diciembre del año pasado. Diciembre.



Mientras jugábamos a la bolita en el primer recreo (azules y verdes para mí), todos contaban sobre sus vacaciones. Yo no me había ido a ningún lado porque mis papás estaban ahorrando para un hermanito. Eso fue lo que a mi me dijeron. Mucho no los creo, porque desde noviembre que están gastando y comprando muchas cosas. No me dejé desanimar ni por Martín y los lagos de Bariloche, ni por Maxi que anduvo en cuatriciclo nuevo. Yo tenía una historia mejor para contar.

Recuerdo que fue cerca de los días de Navidad, porque en esos días mi mamá va probando distintas recetas de turrones de un libro viejo de mi abuela. La casa se impregna de olor a caramelo y fruta. Tenía dolor de panza, porque hacía dos días que venía robando turrones de prueba de las bandejas escondidas de la cocina. No tenía otra cosa que ver la tele. Yo me aburro demasiado rápido. Según mi mamá, cuando nazca mi hermanito voy a tener con quién jugar. Pero capaz que sale como Guille, ese chico malo del colegio, y no quiero jugar con él. Mi papá siempre se atrasa para armar la pelopincho y como no íbamos de vacaciones, iba a tener todo enero y febrero para disfrutarla. Así que mis tardes consistían en turrones y esperar los dibujitos de las cuatro de la tarde. Todavía no teníamos cable. Sí, se imaginan. Otra vez por culpa de mi hermanito.

Resulta que desde el día anterior a ese, los dibujos de la cuatro de la tarde me los habían sacado. Estaban todo el tiempo pasando imágenes de gente molesta, como mi abuelo cuando se pelea con mi otro abuelo por cosas de grandes. Yo no sé hasta que punto son cosas de grandes porque siempre en esas discusiones dicen “cuando yo era chico”. Entonces, no sé como me pueden echar de una conversación que me involucra porque yo también soy chico y quiero saber a cuál de mis dos abuelos me voy a parecer cuando sea grande. Por las dudas.

La tele no paraba de mostrar esas imágenes de esa gente molesta. Cada vez eran más, a medida que también me iba creciendo el dolor de panza. Me pareció raro, porque generalmente mi mamá cuando veo cosas así (cosas que son de verdad) me hecha del living o apaga la tele. Pero pasaba que ella dejaba los turrones quemarse en el horno y se quedaba conmigo viendo, agarrando fuerte el trapo que usaba para sacar las bandejas. Y siempre llamaba por teléfono a mi abuela y a mi tía preguntándoles cómo estaban. Cuando le preguntaba qué pasaba, me mandaba a callar. Mi mamá nunca fue buena dando explicaciones y menos arreglando corbatas torcidas. Y mi papá estaba llegando tarde de trabajar, porque según ella, la gente que aparecía en la tele estaba en las calles y no dejaban que otra gente volviera a sus casas. Así que tampoco le podía preguntar a él.

Al día siguiente, la televisión estuvo prendida desde temprano. La televisión y la radio también. Mi mamá iba de la cocina al living. Parecía mi perro Tomy, cuando se desespera porque hay dos personas en habitaciones separadas y va de una a la otra constantemente hasta que se cansa y se tira. Yo me empecé a asustar con lo que estaba viendo. Era como si muchos Guilles grandes hubieran salido a la calle. Las personas golpeaban cosas, puertas de negocios cerrados, quemaban gomas. Todos se juntaban en una plaza grande. Mi abuelo me llevó a esa una vez y me acuerdo que mientras me ayudaba a darle garrapiñada a las palomas, me contó algo así como que en esa plaza muchas mamás y abuelas como las mías, estuvieron dando vueltas sobre una pirámide blanca que estaba en el centro. No me acuerdo por qué. Supongo que no debe haber sido un juego muy divertido porque las mujeres hacen juegos aburridos.

Cuando eran más o menos las tres de la tarde (me acuerdo porque es la hora en que tomo el medicamento viscoso para el asma), aparecieron en esa plaza muchos caballos y tanques como de guerra. Era la primera vez que los veía por tele, en vivo y en directo. Le tiraban agua a la gente. Los hombres que estaban arriba de los caballos, les pegaban a sus animales para hacerlos enojar. Como el botellero que pasa por mi casa, pero más fuerte. Los caballos se enojaban y salían a correr a la gente que estaba en la plaza. Ahí pensé que los de los caballos eran más malos que Guille, y no sé, me dio la sensación que la misma gente que antes me había dado miedo, eran como yo en el recreo cuando me pegaba Guille. Que me lastimaba y me dejaba sangrando el labio, y yo iba corriendo a la seño y le mostraba y no me creía. A pesar de que ese día no había robado ni un turrón de la cocina, ya me dolía la panza. Cosa rara.

Mi mamá empezó a cambiar de canal constantemente y a llamar dos veces por minuto al trabajo de mi papá. Estaba como si todo el tiempo se fuera a largar a llorar. Ahí me mandó a la pieza. Yo me fui medio renegando porque me daba pena la gente de la televisión y quería saber cuándo los Guille se iban a ir de la plaza.

Me quedé un rato en mi pieza, pero después no pude aguantarme y me asomé por el pasillo para ver qué estaban mostrando. La directora del colegio, la señora Balbina, se hubiera enojado mucho si hubiera visto a ese chico que mostraba la tele. Casi desnudo sosteniendo una cruz y arrodillado. Estaba solo en medio de una avenida gigante y esos tanques de guerra, le tiraban chorros de agua. Como esos que usa el jardinero de mi colegio para lavar las paredes. No sé por qué le tiraban agua. Parecía que lo estaban lastimando. Pero el chico se mantenía de rodillas y en silencio. Si le hubieran querido quitar la cruz, para mi hubiera sido más fácil que alguien fuera y se la sacara de la mano y no gastar tanta agua y mojar la calle. Recuerdo que en ese momento escuché a mi mamá largarse a llorar.

Mi papá llegó más temprano del trabajo. O hacía mucho calor o tenía mucho miedo, porque recuerdo que estaba todo transpirado como cuando yo tengo pesadillas y me voy corriendo a despertarlo. A mi mamá no la despierto nunca. Porque como dije, no es buena dando explicaciones y menos consolando o arreglando corbatas torcidas. Mi papá me mandó a que me cambiara de ropa y cuando me di vuelta, le dijo a mi mamá: “Vamos a la plaza”. Mi mamá empezó a gritar. No lo quería dejar ir. Que no viste la televisión, que estás loco, que el país esto y lo otro. Yo mucho no entendía. Lo que si sabía es que los Guille se habían ido de la plaza para esa hora y que si aparecían, si estaba con mi papá no tenía miedo, porque no solo era bueno para consolarme, sino también para explicarme las cosas y arreglarme las corbatas torcidas.

Entre los gritos de mi mamá que decidió quedarse en casa, nos fuimos con mi papá en el auto. Agarramos Hipólito Irigoyen derecho y después el puente. Fue raro, porque generalmente a esa hora siempre hay muchos coches. Pero la calle estaba casi vacía. Yo ya veía el Obelisco pero estábamos todavía bastante lejos. Mi papá estacionó el auto y me avisó íbamos a ir caminando. Que me subiera a sus hombros, que no iba a pasar nada. Yo le hice caso. A medida que íbamos llegando al Obelisco, aparecía más gente de las calles de los alrededores. Había muchos chicos como yo en los hombros de sus papás. Muchos llevaban cacerolas y hacían ruido. Esa no la había visto nunca, salvo en el patio de mi casa cuando jugábamos con mi vecino Tincho a tocar la batería. Otros llegaban banderas argentinas en las espaldas, en las manos.

Doblamos por una calle grande y me di cuenta que nos dirigíamos a la plaza de la tele, porque me acordaba del camino que habíamos hecho con mi abuelo cuando me había llevado el año pasado. Cada vez nos empezó a rodear más gente que caminaba a la par nuestro. Era como cuando entrás a la cancha. Yo nunca había ido por culpa de mi mamá, que le tiene prohibido a mi papá llevarme. Pero supuse que entrar a la cancha era algo similar.

Quisimos llegar más cerca del centro de la plaza pero no pudimos de la cantidad de personas que había. La gente golpeaba las cacerolas de forma más desesperada que Tincho en el jardín de mi casa. Como si quisiera romperlas. Y gritaban “que se vayan todos”. Yo supongo que le gritaban a los Guille de la tarde, pero como yo no había ninguno en la plaza, no entendía mucho para qué lo hacían. Pensé que era para darles miedo. Yo nunca podría gritarle a Guille eso en el recreo porque siempre estoy solo. Para toda esta gente era más fácil.

A cada rato se cantaba el Himno Argentino. Yo me lo sabía más o menos. Nunca tuve buena memoria y en primer grado cuando quise aprenderlo, me costó bastante. La gente lo cantaba con fuerza y agitaba las banderas. Me dio la impresión, no sé por qué, que todos los que estaban con las banderas sobre sus cuerpos eran personas que cuando eran chicos habían jurado a la bandera, como los grandes de cuarto grado de mi colegio. Tenían una mirada extraña en el rostro. Una especie de “yo te voy a cuidar y no sé cómo”. La misma mirada y sentimiento que habré tenido el día que me regalaron a mi perro Tomy, porque era tan chiquito que me daba miedo agarrarlo.

No recuerdo con precisión cuanto tiempo estuvimos. Lo que si me acuerdo es que sentí una sensación de tranquilidad media rara: como si la gente se estuviera protegiendo de muchos Guille, y cada vez se apretaba y se ponían más cerca. Recuerdo que otro papá que andaba con una nena en los hombros, lo agarró fuerte al mío del hombro y le dio una palmada en la espalda. No sé qué habrá sido eso. Algún código medio entre papás del mundo.

Cuando volvimos a casa, Ernesto, un vecino de mi barrio, estaba armando una especie de fuerte en una de las esquinas. Estaba con otros dos señores que mi papá jamás saludaba y a mi me daban miedo. Hombres grandotes de cejas gordas y negras, como mi tío Alberto, que era tucumano y se peleaba a los cabezazos (según lo que contaba mi abuelo). Apilaban maderas y habían prendido unas gomas. Ernesto lo miró a mi papá y le dijo: “avisaron que hoy a la noche va a hacer más saqueos. Yo te diría que cierres todo bien.” Acto seguido, se levantó la camisa y vi que tenía un arma. No podía ser de juguete, porque Ernesto no tenía hijos, tampoco sobrinos que yo conociera. Además, no podría haber sido de juguete porque mi papá me agarró fuerte de una mano, me atrajo hacia si y apretó el paso. Sentí que me estaba protegiendo de otro Guille y no le pedí explicaciones. Entramos a casa.

1 comentario:

laura dijo...

Antonella, menos mal que la isnpiración llegó, ja ja. mañana conversamos sobre los trabajos