miércoles, 8 de septiembre de 2010

Con la sopa a otra parte

  A las 10 de la mañana la temperatura era de 30º C. Mi mamá, haciendo uso de su rutina, me llevó a la colonia. Y es así: en invierno a la escuela y en el verano a la colonia; nunca estoy en casa. Mi papá es un hombre muy ocupado y a mi mamá siempre le encanta anotarse en un curso nuevo. Pero esa mañana, la temperatura era tan alta que podía sentir como la ropa se me pegaba al cuerpo. Y solo era una simple remerita y el short, eh. Yo lo miraba a mi papá con ese traje y me daba más calor, pero él siempre quería estar lindo para ir al trabajo o cuando venía alguien de visita. Su rutina siempre era la misma: se levantaba a las 7am, se duchaba, se cepillaba los dientes, se vestía con el traje que, cuidadosamente había colgado en la primera percha del lado derecho del placard la noche anterior y se perfumaba. Luego desayunaba tostadas (“bien quemaditas”, le pedía a mamá) con manteca y dulce de frutilla y con dos tazas llenas de café con leche. “Es que papá es un hombre de negocios y necesita estar bien despierto para hacer bien las cuentas, hija”, me repetía cada vez que yo intentaba hacer alguna pregunta. Más tarde algunos llamados de rutina y se iba a trabajar. Entonces mamá me llevaba a la colonia y tenía el día disponible (de 10am a 6pm) para hacer sus cosas. Qué cosas exactamente nunca me enteraba, porque ella siempre me decía que eso era cosa de adultos y no debía preguntar. Pero al final todo era cosas de adultos y mi curiosidad era aún más invasiva cuando obtenía un “no” como respuesta.
   Pero esa mañana fue distinta. No seguimos la misma rutina que hacíamos todos los veranos en casa. Y eso despertó mucho más mi intriga. Papá no se había separado de su rutina hasta que sonó su celular justo antes de mover su silla con mucho cuidado y sentarse en ella en el minuto exacto. Fue en ese momento que atendió su teléfono. El ring ya lo descolocó porque no esperaba ningún llamado. Atendió. Era su abogado. Papá siempre tiene contactos: contactos en el trabajo, en el club, en el gimnasio y hasta en el bar. Rodeado de contactos y yo supongo que debe ser algo bueno porque siempre me dice que para triunfar en la vida y no estar desprevenido hay que tenerlos. Este llamado también era un contacto. Sin ninguna duda. Mamá que en ese segundo exacto iba a llenar la taza de café, quedó paralizada. Como si estuviera jugando al juego de las estatuas. Pero yo no escuchaba la música por ningún lado. Me quede quieta, miré a los costados y todo parecía haber perdido su tiempo. El reloj marcaba la misma hora que hace unos pocos minutos. Papá colgó, la cara de preocupación habían transformado su mañana y su rutina. Aunque apenas tengo siete años, siento que lo conozco hace como veinte. Y sé de sus reacciones; y eso es fácil porque pone la misma cara todos los días y, si la ceja va para abajo, algo anda mal, eso creo que lo aprendí viendo la tele, no lo leí en ningún lado.
  Apenas colgó el teléfono, se levanto, dejó su taza de café con leche humeando en la mesa, tomó su abrigo y salió. Mamá no sabía que hacer, si llevarme a la colonia o dejarme en casa de mis tías (segunda opción cuando las cosas se ponían bravas, ya que ahí me podía dejar hasta tarde). Al final fui a la colonia, y pase el día entre pileta y mancha congelada. Cuando volví a casa, pensé que ya todo estaba bien, sólo algún negocio que atender y que papá ya lo había atendido, aunque no se haya tomado la tazas de café. Al llegar me mandaron al cuarto, típica reacción de los adultos, cuando tienen que hablar algo privado. Pero yo pude escuchar por la rendija de la puerta. Parecía que habían acorralado a papá, pero ¿si él estaba ahí?, o algo de papá, muy bien no pude escuchar porque hablaban muy bajito como cuando mi compañero me pide una respuesta en la prueba de la escuela, y yo no lo escuchó, porque si me ve la maestra me reta. Luego prendieron el televisor y había un hombre pelado que hablaba de plata, de retenciones, no entendí muy bien, era complicado lo que decía como le gusta hablar a los adultos. Pero bien pude entender que las cosas no estaban bien. Papá se agarro la cabeza como si quisiera sacársela del cuerpo, miraba al televisor con las dos cejas hacia abajo y mi mamá no quería ni moverse. En ese instante, papá dijo una palabrota que nunca antes había escuchado decir de él y me sorprendí; mis ojos se abrieron hasta que me dolieron y me agarre la boca con la mano para no gritar. Esa noche papá no pudo dormir, lo escuchaba ir del cuarto a la cocina. Yo dormía de a ratos, y me preguntaba que pasaría mañana con nuestra rutina.
   Pasaron unos días y el calor iba en aumento, mamá me decía que era porque estaba por llegar el verano, pero para mí el verano ya estaba con nosotros y no se quería despegar de mi ropa. Los siguientes días al llamado del abogado papá volvía muy tarde de trabajar, apenas comía y se acostaba. Su café con leche a la mañana quedaba sin tocar, y él se excusaba que ya era tarde. Siempre tarde, a las corridas. Nosotros vivimos en una casa grande con un gran jardín y pileta, por eso digo que no quieren que esté en casa, ya que si quiero meterme a pileta la tengo más cerquita y no me tengo que tomar ninguna combi o mamá no tiene que llegarme a ningún lado. Ni me tengo que pelear con algunos de mis compañeros y llamar la atención de la profesora cuando algo no me gusta; haciendo mucho ruido, como dice mamá. Ahora la frase que me dijo, tal cual, no me la acuerdo. Pero ese día, fuimos a la capital, a la gran ciudad, a comprar un vestido para el casamiento de mi prima Camila. A mí no me gusta ir de compras, caminas, caminas, cargada de bolsas, y después mamá usa la mitad de lo que compra. Pero a ella le encanta; se perfuma y se viste linda para ir al shopping, porque dice que es un paseo. Yo no veo que lo sea, para mí no es divertido y los paseos son siempre divertidos como ir al pelotero o al laberinto. Ese día hacía otros 30º C desde temprano, pero por suerte en el shopping hay aire acondicionado, fue lo único que me gusto del paseo. Después es siempre más de lo mismo: ponerte un vestido, sacarte otro, recorrer todos los locales, hasta que a mamá se le ocurre que fue el primero que me probé el más lindo de todos. Finalmente salimos del lugar sin la alegría de ir al pelotero, pero con la alegría de mamá cargada de bolsas. Me costaba ver su cara entre tantas bolsas y repetía una vez y otra vez “¿Cuándo vas a tener un poco de fuerza en esos bracitos para ayudarme con las bolsas?, mami no puede con todas”. Entonces, me invadía una sensación de no querer crecer nunca, si esa sería mi tarea por siempre. Cuando íbamos en el auto camino a casa, pasamos por una calle en la cual no nos dejaron entrar. Estaba con una gran puerta de hierro, con policías del otro lado y veíamos mucha gente gritando y corriendo en una plaza. Mi mamá se asustó, yo no entendía lo que pasaba. También vimos unos hombres a caballo que le pegaban a la gente “¿Habrían hecho algo malo?”, pensé. Le pregunté a mamá que pasaba y no supo responderme, quiso dar marcha atrás e ir por otro camino pero había una serie de autos que nos impedían el paso. La gente gritaba, corría, y atrás los policías con armas. En ese momento se escuchó como una bomba y todos salieron corriendo, volaban piedras y palos. Mamá no sabía que hacer, se asustó tanto que nunca la había escuchado gritar tantas barbaridades juntas. El lugar proyectaba una imagen muy triste. No entendía que pasaba, pero algo malo seguro. “¿Qué habrían hecho estas personas para que les pegue la policía?”, capaz no querían seguir una rutina todos los días como hace mi familia, capaz las bolsas del shopping eran tantas que ya no podían aguantar más sus pobres bracitos, capaz no querían comer sopa otra vez; y protestaron y los castigaron. Pero no los mandaron al cuarto, esta vez les pegaron. A mí nunca me pegaron, a lo sumo un grito, pero nada más. “Pobres” pensaba, “hagan lo que dice el señor policía, sino va a ser peor”. Cuando conversaba con mi mente, mi mamá encontró un hueco por el cual escabullirnos como hacían las demás personas corriendo. Se escondían. Yo soy una genia jugando a las escondidas. Pero esto era diferente. El miedo de la gente en sus caras me hizo acordar al miedo que sentía cuando no quería hacer la tarea, o cuando no quería ir a casa de mis tías. Siempre venía un gran reto después.
    Al llegar a casa mamá me mandó al cuarto como otras veces esos últimos días. Papá llegó más tarde y ella le contó nuestra experiencia en la gran ciudad. Yo no iba muy seguido, a nuestros familiares los tenemos desparramados por el mapa, como dice mamá. Y comencé a preguntarme si siempre era así la capital, con gente gritando, corriendo, tirando piedras y siendo golpeadas. Entonces pensé que suerte que teníamos al vivir tan lejos de ahí porque no nos pegaban con palos. Pero papá no estaba tan contento. Volví a escuchar detrás de la puerta y el quería hacer algo, quería que el presidente se vaya. ¿El presidente tenía que ver con los palos? Yo no lo vi en la plaza. Aunque mucho su cara no me acuerdo. Mamá parecía lista para cocinar porque tenía una olla en la mano. Salió afuera de casa y yo pensé que iba a buscar verdura a la huerta. Me puse triste, no quería comer sopa de verdura otra vez. Miré por la ventana que da a la calle. Mamá y papá estaban golpeando unas ollas con mucha fuerza junto a otros pocos vecinos del barrio. “Para que se escuche en capital, que nosotros no queremos ser rehenes de ningún gobierno” dijo Eduardo, el vecino de enfrente. ¿Cómo para que los escuchen desde capital? Es imposible eso, estamos lejos, hasta yo se que el sonido no llega muy lejos. En aquel momento recordé la frase que me dijo mamá en la colonia y que antes no me acordaba: “Si alguna vez no te gusta algo y quieres protestar por ello, alza bien alto la voz y haz mucho ruido para que te escuchen, por lo menos llamarás la atención del otro y le podrás explicar tu enojo”. Entonces decidida bajé a la cocina y tomé una olla, esa noche yo no quería tomar sopa y se lo haría saber a mamá. Salí afuera, me puse al lado de ella y comencé a golpear la tapa con la cacerola para que mamá me escuchara. Ella me miró, primero se sorprendió pero luego al verme con la olla me sonrió. Yo pensé: “Gané la batalla. Por fin hoy no voy a comer sopa, hoy algo cambió en mi vida” y orgullosa seguí golpeando la olla junto a los vecinos que tampoco querían tomar sopa.

María Luz Gianni Bosse

3 comentarios:

Natalia Romero dijo...

chicos el que escribió esto olvidó poner su nombre! (no olvidemos aclarar autoría para poder hacer los análisis por grupo) besos!

Seminario La Narrativa de Ficción dijo...

perdón ya puse mi nombre! se me paso totalmente

Clarita dijo...

y ahora tampoco lo pusiste! jajaja!