En un recóndito recoveco del planeta tierra un astro rojo se alzaba con fuerza en el cielo anunciando a esa mitad del mundo que ya era hora de levantarse. El cuerpo breve del señor Gunter prolijamente estirado en su cama de nogal descansaba plácidamente hasta que el reloj cu-cú comenzó a sonar. De inmediato un equipo de música se encendió de la nada y paseó a Mozart por toda la habitación. Con uno de sus brazos el señor Mr. G. atinó a apagar el despertador, mientras que con el otro ubicaba sus pantuflas correctamente estacionadas debajo de su cama.
Dos minutos mas tarde se dirigió hacia la cocina con su pijama escocés y sacó del freezer una bandeja cuya rótula decía: “martes 7/11 desayuno”. La colocó en el microondas sin dejar de bostezar y al rato encendió la cafetera y también la tele. Nada nuevo para ver: un hombre había asesinado a su vecina a golpes, un niño había robado un kiosco…cosas que pasan. Escuchó el informe meteorológico y empalideció ¡Lluvia para toda la semana! “La pucha”, pensó.
Salió corriendo de la cocina, subió las escaleras con sus piernas cortas, sacó las botas de lluvia que tenía guardadas en el cuartito viejo y las colocó al lado de la puerta de entrada junto con el paraguas que parecía sombrilla y el piloto negro. Cerró luego todas las ventanas por si la lluvia se adelantaba, puso baldes en los lugares donde había goteras y pegó en la heladera una nota que decía: “Alquilar cuatro películas: dos de terror, un documental y una de suspenso”
Sacó las medialunas del microondas y desayunó como dios manda. Peinó luego su espeso bigote que no tenía contacto con las tijeras desde hacía varios años; con un pequeño rodillo quitó minuciosamente las pelusas de su traje gris recién lavado; se puso perfume detrás de las orejas y se miró con objetividad frente al espejo. Por tercera vez en la mañana limpió con una franela los vidrios de sus lentes diminutos y se fue a trabajar después de trabar todas las ventanas, apagar las luces, el televisor y cerrar la llave de gas.
Cerró la puerta de roble con dos vueltas y se quedó paralizado en la vereda sintiendo que se le hinchaba la yugular. El pasto del vecino de enfrente lleno de yuyos, las veredas de la loca de al lado totalmente cubierta de hojas secas y papeles de caramelo ¡Y ni hablar de las colillas de cigarrillos! “Definitivamente, el país se viene a pique” pensó. Emprendió su trayecto hacia el trabajo mirando con desaprobación la calamidad en la que se había convertido ese barrio de gente bien, como uno.
Entre paso y paso se cruzó con un joven deportista que tenía una toalla colgada en el cuello. Mr. G. se detuvo. El corazón le latía con fuerza. Se quedó sin aire. Entonces corrió y corrió hasta su hogar pasando al joven deportista, pasando a una madre desquiciada que arrastraba a su hijo para llevarlo al colegio. Fue directamente hacia el patio, levantó la toalla que había colgado la tarde anterior y la colocó en el cesto de la ropa para planchar. “Llegué a tiempo” pensó. Miró por tercera vez el reloj y otra vez las dos vueltas a la puerta de roble, y otra vez a caminar. Ahora con más prisa.
Pensaba con placer que si trabajaba en la hora del almuerzo y no se tomaba sus minutos de descanso llegaría a su casa media hora más temprano. Tal vez podría ganarle a la lluvia. Un cartonero que pasó a su lado tiró un papel al piso. El señor Gunter lo miró de reojo, y siguió sacando sus cálculos. Al rato llegó a la parte de su barrio que más le agradaba. Una casa con su fachada teñida de celeste haciendo juego con la pequeña puerta cancel pintada de azul; vecinas madrugadoras con ruleros y delantales baldeando la vereda; el aroma agradable del desodorante en las baldosas mezclándose con el olor a la ligustrina recién cortada; los canteros llenos de flores vivas; otra casa excelentemente pintada, simpáticos cestos de basura anclados en cada esquina. “Que bueno”, pensó. “Todavía en este barrio hay personas que conservan las buenas costumbres”.
Miró por cuarta vez su reloj y salió de su estado de letargo ¡Eran las ocho y cuarenta tres! Con el olvido de la toalla había perdido 13 minutos con 30 segundos. Iba a llegar tarde al trabajo. Llegó a la avenida dispuesto a elegir entre el subte y el taxi. Pero ni subte ni taxi. Paro de transporte público. Calles colapsadas de autos. El viento comenzaba a soplar fuerte, el Señor Gunter entró en pánico y empezó a sudar. Estaba por largarse a llover y él en la calle. Zamarreaba su portafolio hacia delante y hacia atrás como si eso le diera alguna respuesta. Luego de mirar por quinta vez el reloj que tenía atado a su mano izquierda respiró profundo y se dispuso a tomar un taxi, pelearse por el si fuera necesario.
Esperó a la indicación del semáforo y comenzó a cruzar la calle. Un joven pasó a su lado empujándolo apresurado. El Señor Gunter lo vio. Quiso decirle que era un maleducado, que tenía los cordones desatados y que no era apropiado que los caballeros anden en cuero por la calle, pero un Renault azul salió de la nada, embistió el breve cuerpo del señor Gunter y lo dejó tirado en plena calle con un hombro dislocado y un gran chichón en la frente. El Renault había atropellado a cinco personas más. Los niños lloraban. El cuchicheo de las personas amontonadas en el cordón de la vereda no paraba de sonar, las sirenas de la policía tampoco. El viento se calmó, y una leve llovizna comenzó a caer despreocupadamente sobre el rostro de Mr. G quemado por el asfalto.
Por suerte había trabado las ventanas de su casa. Por suerte había traído su paraguas.
Calvo Gisele
1 comentario:
Me gustó mucho, sobretodo el final.
Habla de una lucha (las luchas cotidianas de Mr G), sin ser trágico ni hablar de grandes luchas y termina de manera trágica pero con aquellas pequeñas luchas ganadas. "Por suerte había trabado las ventanas de su casa. Por suerte había traído su paraguas." Es irónico, me encantó.
Publicar un comentario