lunes, 1 de noviembre de 2010

Polinesia



Alessandro se tomó muy fuerte de los apoyabrazos del asiento del avión. Pensó que en cualquier momento se caería la pequeña avioneta que los trasladaba a la isla. No era que había mucho viento, sino que al ser tan liviana la nave parecía vulnerable a cualquier pozo del nebuloso camino. La mano de Inés logró calmarlo parcialmente, el no veía la hora de estar con los pies en la tierra. Después de unos minutos la avioneta logró estabilizarse, Alessandro comenzó a sentirse más seguro y atinó a mirar por la ventanilla. Debajo lo desafiaba un imponente volcán extinto rodeado por una laguna color turquesa, separada del mar por un arrecife. Una maravilla natural, pensó.

El aterrizaje fue más rápido de lo habitual, la pista era corta y no había espacio suficiente para un descenso suave. Pudo sentir a medida que bajaba por la escalera como iba aumentando su sensación térmica. El aroma a las gardenias refrescaba sus fosas nasales agobiadas de la atmósfera de la cabina. Sus piernas poco a poco iban acostumbrándose a pisar el suelo del aeropuerto, las iba estirando lo más que podía. En el pequeño hall había cinco grandes ventiladores de mimbre cuyas astas regalaban aire fresco, lo más codiciado con tanto calor. En la entrada del aeropuerto, una tahitiana los saludó con un iorana y les colocó una corona de flores en sus cabezas y una más larga en sus cuellos. Una vez mas Alessandro sintió ese fascinante perfume polinésico. Tomaron sus valijas y se dirigieron a la parada de taxis, el cielo comenzó a ponerse gris y creció el olor a lluvia tropical, truenos, relámpagos, lluvia torrencial. Era muy común del lugar la ciclotimia climática, por momentos reinaba un sol radiante que cuajaba la piel, luego se podía avecinar una tormenta que hacía parecer aun más intenso ese particular olor a flores, pero no duraba mucho tiempo, media hora a lo sumo. De pronto llegó una camioneta blanca, tipo Kombi, de donde se bajó una tahitiana de unos cincuenta y tantos años, buscándolos con la mirada. Ya estaban arriba del furgón, la mujer no hablaba nada de español, ni de inglés, lo que les resultó muy difícil comunicarse con ella. El sol había vuelto a aparecer, el paisaje desde la ventana del micro le recordó a Alessandro la paleta de colores que preparaba para pintar en sus ratos de ocio. Verdes, amarillos, azules, y el imponente mar turquesa. Llegaron a una casa que estaba arriba de un cerro, la habitación era sencilla, las paredes cubiertas por cañas oscuras, una cama matrimonial de madera oscura también, y un pequeño closet. El baño se debía compartir con la gente de las demás habitaciones. Dejaron las valijas en el cuarto y fueron para la playa, la arena blanca tenía la textura de la harina, y rozaba las plantas de sus pies tomando la forma del mismo. Alessandro caminaba despacio iba disfrutando cada paso que marcaba, Inés en cambio ya estaba dentro del mar, que tenia forma de pileta y se le podían ver las piernas sumergidas. Él decidió esperarla bajo una palmera, si bien el mar era cálido, le molestaba que se le pegue la arena cuando se mojaba, y el olor a sal que le quedaba en la piel le daba picazón. La miraba, parecía una niña en una inmensa pileta, saltaba, nadaba salpicaba, era felìz. Algunos chapuzones más tarde Inés se golpeó el pie con una roca, él escuchó su grito y corrió a ver que sucedía. Sin darse cuenta tenía casi todo el torso cubierto de agua del mar, nunca antes se había metido tan rápido y con tanta determinación. Ella estaba al costado de un arrecife de corales, todos los peces que la rodeaban desaparecieron cuando llegó Alessandro. La tomó en sus brazos y la llevó a la orilla. No la retó, él nunca la retaba. Esa noche fue a pedir hielo a la recepción porque ella tenía el tobillo bastante hinchado. El dueño del hotel, si bien no era antipático solo hablaba francés, lo que le resultó difícil a Alessandro pedir lo que necesitaba. Por suerte llevaba analgésicos en su botiquín de viaje, junto con muchos otros remedios que siempre llevaba con él por las dudas. Con cierto orgullo fue a buscar la pastilla y le sirvió un vaso de agua. No tuvieron una buena noche, pero al día siguiente ella amaneció mucho mejor. Desayunaron café con tostadas y dulce de guayaba y prepararon las mochilas para subirse a la kombi. Ese día fueron a visitar una plantación de vainilla y una destilería de licores. No hablaron durante la excursión, a Inés aun le dolía el pie pero podía caminar si se sentaba cada tanto, Alessandro todo el tiempo la miraba, tratando de averiguar cómo se sentía o si necesitaba algo. Al final del día el guía los llevó a lo alto de un mirador que estaba situado en el corazón de la isla desde donde podían contemplarse vistas panorámicas de las bahías que rodeaban el volcán. Alessandro observaba a la mujer que los dirigía, le resultó muy familiar, como salida de una pintura de Paul Gauguin. Se acercó a ellos y les ofreció una especie de cerezas caídas de un árbol tropical con sabor a leche condensada. Inés estaba como hipnotizada por la belleza del lugar, por momentos hasta olvidaba que estaba acompañada, la tierra que pisaba tenía una energía demasiado potente, sus pies eran atraídos con una suerte de magnetismo.

Esa noche cenaron pescado crudo al limón servido con salsa de coco, rodeados por indios maoríes que danzaban su baile típico alrededor de un fogón. Luego se fueron hacia la habitación y se durmieron sin pronunciar palabra.

Amaneció con mucha humedad, desayunaron y se dirigieron al muelle de la isla para tomarse una lancha hacia una pequeña isla que estaba enfrente. Desembarcaron, no había olas, el mar como de costumbre era calmo, imitando a un lago gigante. La vegetación de esta isla era inmensa, prácticamente virgen, la presencia del hombre era imperceptible. Inés ya estaba remojando sus piernas en la pecera turquesa, Alessandro decidió ir a recorrer la isla, sin alejarse demasiado antes de que ella lo note. Sus pasos era inseguros, había llevado el repelente de mosquitos y cuidaba cada pisada que realizaba por miedo a clavarse alguna espina del suelo. Las plantas eran cada vez más grandes, y el sol ya no podía entrar tan fácilmente entre las ramas. Alessandro pensó que sería mejor ir volviendo, estaba atardeciendo y la lancha partiría hacia la isla principal. Fue en ese momento que notó cierta pesadez en sus piernas, hizo dos pasos y ya no volvió a avanzar. Entre las ramas de una palmera podía ver la orilla y la lancha. Tomo sus tobillos pero no los sentía. Hizo fuerza, hizo mucha fuerza pero sin éxito alguno. Como vio que los turistas ya estaban abordando la lancha buscó a Inés, no la encontró. Intentó gritar, su voz no tenia tono, no existía. El silencio atroz que pronunciaba hacía latir su corazón a toda velocidad. De pronto un escalofrío helado corrió por su cuerpo, vio a un hombre de su misma altura, contextura física y mismo color de pelo abrazando a su mujer y subiendo a la lancha. La misma encendió su motor y se adentró en el mar, primero con un color turquesa, luego peltre, finalmente azul zafiro. La embarcación se achicó hasta desaparecer. Y Alessandro quedó solo, inmóvil, mudo en la soledad de la isla y del anochecer, en donde pronto solo se oiría el grito de las aves de rapiña.



Lucìa F. Grasso

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