miércoles, 10 de noviembre de 2010

Colaboración de las cosas ( Tp 5: Argumento) - Deborah Valado


I



               “Alberto, siempre lo mismo… no sé para que me casé con un hombre como vos... por suerte al menos nos cocinas muy rico... sino, no sé realmente para qué servirías en esta casa”. Mientras volvía del supermercado, la conciencia de Alberto explotaba de palabras de su mujer, cualquiera que estuviera cerca de él hubiera escuchado el resonar de ellas. Tal vez había una solución, no podía ser tan difícil un día guardar las cosas en la valija y partir a algún lugar, pero hasta para eso Alberto era cobarde. Aunque no se puede reducir sólo a ello, la causa primera era su desempleo. Se había convertido en “la ama de casa” desvalorizada por todos los hombres. Él era quién tenía que esperar con la cena servida a su esposa, lavar y planchar la ropa, limpiar, hacer las camas, ir a buscar a los chicos a la escuela, preparar las meriendas, hacer las compras, en fin, tener todo el hogar en orden.

             A tres pasos de la puerta principal, Alberto encontró una moneda y creyó que su día podía mejorar. Pero tan sólo la suerte le duró cinco segundos. Al entrar en la casa nadie se dio cuenta de su presencia hasta que luego que ordenó todo lo comprado dio un primer grito. Increíble acto manifiesto del hartazgo de Alberto. Él se aseguraba que la noche anterior había guardado la sartén en el último estante de la cocina. Pero no estaba allí. Sabía que nadie más la usaría, pero sospechaba de algún complot de su mujer. Aunque su mente no podía ser tan malvada para derivar culpas al instante. Sin embargo, el impulso le ganó de mano y largó las acusaciones. Ella estaba tejiendo en su cuarto, era su día de descanso, oyó la voz de Alberto y no quiso molestarse, subió el volumen del televisor para seguir el hilo de los chismes. Alberto revolvió toda la cocina y nada encontró. Ante, también, la negativa de respuestas, se dirigió a la habitación.

          Una batalla entre abejas de distintas colmenas no era nada a la par de la de Alberto y su concubina. En cuanto él más la acusaba, ella más quería sacar las garras para arañarlo, pero el timbre fue más rápido y dio por finalizado el primer round. Carlitos, el hijo mayor, bajó para abrir; habían llegado sus tías, es decir, las dos hermanas de Estela. Los tres se quedaron en el living, mientras que en el cuarto se retomó la pelea por otra sartén también desaparecida. Cada vez, en el ambiente, era peor la molestia auditiva. Recíprocamente se avalanchaban las imputaciones. A la vez, un ruido no preciso se había sumado. Las voces se empezaron a mezclar entre hipótesis de dónde podría estar, recuerdos de platos exquisitos que se habían hecho a penas del reciente estreno y otros tantos reproches de la vida misma. En cuanto ambos se quedaron con los labios cerrados, se desplazaron a la cocina hasta descartar el más insólito rincón. Resignación. Se sentaron, la calma pareció llegar, pero volvió el ruido, ya con alguna definición: “Tac, tac, tac”. La atención se desvió hacía las escaleras, la sartén venía cayendo.



II



          Nadie hubiera pensado que una sartén se deslizara por si misma, tan así, que llamaron a Federico, el hijo menor, para retarlo por estar jugando con las cosas que no debía. Cuando se enteraron que él estaba mirando los dibujitos animados en el cuarto de abajo, brotaron de nuevo las presuposiciones y los asombros en los rostros de todos. Federico salió del cuarto sin entender que travesura había realizado. Su papá, más allá de estar desconcertado, lo miraba enfadado. Federico imaginó estar ante un jurado de la corte, pero no titiritaba, se creía un superhéroe, igual su mamá lo percibió nervioso y le echó toda la culpa a Alberto. Le dijo que era un insensible, pero Alberto todavía no había pronunciado nada. Federico contó que él sí, por la mañana, la había llevado hasta la azotea, pero justo su mamá lo había llamado y la dejó en el primer escalón. El misterio seguía, Alberto pensó que, tal vez, su hijo no había estado mirando la tele y sí la había tirado y corrido a esconderse, pero en ese mismo momento en que las dudas comenzaban a exasperarlo, la sartén dio el último golpe sobre el piso. Todo se congeló.

        No había que reprochar más nada, se había reconfirmado que Federico no había sido el culpable. De inmediato, Estela obligó a su marido a pedirles disculpas a todos, él tuvo que hacerlo y luego levantar la sartén e ir de nuevo a cocinar.





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