miércoles, 17 de noviembre de 2010

Betina ( TP 4 Objeto ) - Deborah Valado


        Juan Ramón espió el reloj, faltaba todavía media hora para volver a su casa. Las tablas de números se le mezclaban con las ansias de salir de esa puta oficina. Aunque lo pensaba dos veces y era su segundo hogar. Horas y días enteros dedicaba a llenar planillas, a contar, a sumar, a ocultar. La vida de un contador podía resultar interesante a los 20 años, pero luego a los 40 ya no lo era tanto. Pero era así, esa era su vida, así que la apreciaba como tal. De chico cuando le preguntaban qué iba a ser de grande nunca sabía responder. Tenía el sueño de atravesar el mundo, ser un marinero con todas las sirenas disponibles sólo para él. Sí, la eterna condena del egoísmo también había llegado a su cuerpo, pero no sabía si le había traído problemas, más bien - según él - lo alivió de muchas mujeres que sólo quisieron joyas de su billetera. Aunque, siempre en boca de otros, ellas ni se habían acercado por su aspecto de sequedad.

         Hizo un recuento de las tareas pendientes antes de volver, no se tenía que olvidar bajo ninguna circunstancia de comprar el nuevo alimento balanceado para Félix, ni tampoco de las piedritas, ya había mucho olor en la habitación, creía que los dos se iban a desmayar sí ese día no las cambiaba.

       Pasó Marcela, siempre indiferente, pero aún así se mostró toda con su escote fatal. La semana anterior luego de tantos mails tirados en su casilla, Juan Ramón se había acercado con total seguridad al escritorio de ella, había pensado – al no recibir ninguna respuesta - que se hacía la difícil porque de verdad él le atraía. Aunque, cuando a penas le quiso preguntar le lanzó: “Sos un pelotudo. No me molestes más.”, y se fue hacia la cafetería. Esa agresión, no obstante, lo calentó más, pero sabía igual que ella era de otro hombre y nada más que eso podría expresar por él.

         Juan Ramón volvió a su escritorio, puso la cabeza frente a la computadora, cerró el programa, apagó todo, guardó los papeles en el maletín, saludó en general, bajó por las escaleras y al fin respiró, aunque aire contaminado, pero más que eso no podía pedir.

           Caminar por la ciudad debía ser una de las cosas que más le encantaba, no obstante, lo tenía que hacer rápido, Félix, tal vez, empezaría a rasguñar las almohadas, no toleraba que él llegara tarde. Siempre se preguntaba cómo sabía la hora exacta que volvía y nunca se respondía, sólo llegaba antes que pasara algo.

        Abrió la puerta, lo encontró sobre la cama, fue hacia él. Lo miró fijo y lo saludó con las palabras de siempre, se agachó y se dejó lamer las manos. Dejó el maletín, puso la comida, cambió las piedritas, prendió la radio, destapó la cerveza, se echó al sofá. Félix terminó de comer, le gruñó con afecto y se subió a sus piernas, se quedaron dormitando hasta el final del programa de jazz.

          Antes que sonara la melodía china del despertador Félix saltó de la cama. Juan Ramón se asustó y también pegó un salto. Se cambió y sus pasos hasta el baño fueron automáticos. Se miró al espejo, se sacó las lagañas, abrió la canilla, se mojó las manos y el rostro, se cepilló los dientes, volvió a refrescarse, se peinó, se puso gel, se sonrió y fue a preparar el desayuno para los dos. Como a Félix también le encantaba la leche con cereales, sólo tuvo que dividir las partes y servir directo. En esa mañana no quería escuchar noticias, así que apretó play al disco de jazz. Mientras trataba de cantar sobre las pistas, sonó el timbre. Pensó quién podría visitarlo y no llegó a ninguna conclusión. Atendió, era el cartero. La sonrisa más grande de su vida se hizo dueña de sus pómulos. Recibió la caja, pero ya era tarde para abrirla. Otro día de resignación lo esperaba. Guardó la reliquia, se despidió de Félix y salió.

         No había nada peor que viajar en el subte como una sardina en una lata a punto de cerrarse. No sabía por qué había tomado la decisión de hacerlo, sólo lo hacía por una estación. Pero, en verdad, la noche anterior había soñado de nuevo con ella y entonces pensó cruzársela por mera casualidad. Pero no tuvo dicha oportunidad.

       La oficina, siempre tan pálida como sus mejillas. Nada fuera de la común. Las agujas volvieron a marcar la hora de salida y se fue.

      Gritó para sus adentros: “¡Qué alegría! ¡Hogar de nuevo!” Antes que nada se dirigió hacia la caja y a penas lo saludó con un gesto a Félix. Y ahí estaba ella, toda desinflada. “¡Sí, al fin tengo a mi muñeca Betina!”, exclamó. Tal vez encargarla había sido una de las incontables decisiones que muchos años tardó en concretar, sin embargo, tanto lo gratificaba que, en ese mismo momento, borró el tiempo de su ausencia.

        Buscó el inflador de la bicicleta. Recordó haberlo dejado arriba del lavarropas. No lo encontró y ya se ofuscó. La preocupación lo desorientó en su propio espacio y convirtió a la memoria en un ente inalcanzable. Pero por suerte, mediante un giro corporal su atención visual ganó la partida y descubrió el inflador entre la ropa para lavar. Mientras la fue inflando, Félix miraba desentendido. Juan Ramón la palpo hasta que sintió que estaba tan robusta como le fascinaba y para no ser descortés los presentó mutuamente.

         Betina era rubia como una de esas alemanas de revistas y 100-65-95 eran sus medidas, ella era perfecta para él. Pero la miró y le faltaba algo, estaba pálida y hasta le dio la sensación que en cualquier momento se le ponía la piel de gallina, tenía que ir a comprarle maquillaje y ropa. Todavía el shopping no había cerrado así que aprovecho para hacerlo de inmediato. Trató de hacer el menor ruido posible, Félix ya se había quedado dormido. La besó en el frente y con lástima la encerró en el placar.

        Las calles resultaban otras, su alegría las pintaba. Llegó al shopping, entró al primer local de etiqueta femenina que encontró, le compró un precioso vestido azul, mintió y dijo que era un regalo para su novia. Salió pensando qué más podía comprarle, pero sin que por ello lo absorbiera demasiado. Ingresó al supermercado, fue al sector de ropa interior, sabía que los precios estaban más bajos que en cualquier otro comercio. Volvió a cambiar la destinataria de las prendas, ahora , ante una encargada del sector, trató de evitar cualquier gesto que lo delatara, pero tampoco entendía por qué tenía que estar pendiente de la mirada ajena, sin embargo, lo estaba. Pidió todo muy rápido y caminó hasta la zona del basar, el changuito sólo llevaba - hasta ese momento- un camisolín de encaje, un conjunto de corpiño y tanga, unas medias y un portaligas. Su cabeza estaba más baja de lo común, no podía dejar de sonrojarse ante el supuesto cruce con una señora mayor. Tomó una caja de copas y continuó hacia la fiambrería, tenía ganas de comer – a la noche - una buena picada. En fin, terminó de tachar la lista de compras y ya estaba parado enfrente a las cajas. Otro tramite fastidioso el de pagar, pero ya resuelto volvió a la casa con más ganas de verla.

      Estaba delante de él, bella. Juan Ramón le puso sólo el vestido azul, le pintó los labios de marrón brillante, la dejó recostada en el sillón y empezó preparar las cosas para la cena. Félix maullaba, también ya tenía hambre. Descorchó un vino, lo sirvió en las nuevas copas, brindó por ambos. Su atención estaba en Betina, se olvido de servirle la comida a Félix y se recostó al lado de ella. Se preguntó: “¿Tan atractiva puede ser?” Para él era mágica, lo atrapaba como el juego a un niño, para dejarse ser otro personaje. Y en eso se había convertido, en otro. Un otro que se exponía sin pedir nada a cambio más que vivir.

           Una gran velada fue la noche, al otro día se despertó al lado de ella. A Félix no lo había dejado subir, se quedó – a pesar de su voluntad – en la alfombra de entrada. La rutina se impuso, otro día de oficina lo esperaba y no podía saciar su deseo de quedarse.

        El trabajo era un caos a contraposición de las plazas de Buenos Aires que, a penas subía la temperatura, se hacían más plenas para disfrutar unas cervezas allí. Se propuso que, antes de ir al departamento, iba a pasear un rato.

       Luego de muchas vueltas, ya eran ya eran las once de la noche cuando llegó al departamento. Su vista se dirigió al sillón. Percibió que Betina estaba un poco más flaca, se acercó para corroborarlo. Creyó que al final no era de tan buena calidad sí tan rápido se desinflaría. Pero al acercarse, se sorprendió con lo peor que podía esperar: tenía la espalda toda rasguñada. Furia, mucha. Bronca, mucho más. Llamó a Félix, pero no aparecía. Abrió el placard, y nada, Por debajo de la cama, tampoco. Félix estaba acurrucado en las toallas del baño. Allí lo encontró y sin control le clavó la cuchilla que minutos previos había tomado de la mesada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, tal vez si no se nombra que Betina es una muñeca de entrada , le da más fuerza( aunque se sobreentienda).
Lo que me resulta un poco apresurado es el final. Quiz´s puedas ir haciendo crecer la rivalidad de Felix y Betina antes de legar a aese desenlace ...
Laura

Deborah Valado dijo...

Sí.. es verdad... lo de la muñeca no sabía bien como hacer que sea sin nombrarla y que se sobreentendia.. lo voy a reever.. y lo del final apresurado, fue el tiempo el que hizo hacerlo así... pero lo voy a revisar y agregar.. Gracias por el comentario.
Pd: Nicolas.. esperame a que lo revise de nuevo para la crítica jaja.Yo te aviso...