Por Nayla Simeone
Muerta la madre, el hijo volvió a la Argentina casi como turista: hablaba mal español. Quería levantar el departamento que fue de su padre, de quien tan poco le hablaba la madre, y cuando lo hacía, era con amargura.
Era como retroceder en el tiempo. Estaba tal cual había sido 10 años atrás. Sus paredes grises, y los muebles negros tapados de tierra y cubiertos por telarañas. Dos telas rojas envolvían el sillón que había sido de la abuela. Las copas añejas que tanto alcohol habían sostenido, y los ceniceros de varios países. En la heladera todavía estaban pegados de los imanes de los viajes. Ya no estaban los electrodomésticos en la cocina, pero sí la barra que fue testigo de tantos encuentros.
Hizo ir a un cerrajero para que abriera la caja fuerte. Encontró cartas. Se dio cuenta por el tono de que eran cartas de amor, soeces algunas, sentimentales otras, la autora se dirigía al destinatario con un nombre privado, acaso secreto, y se afirmaba también con sobrenombre. Dedujo que eran cartas de su padre a su madre. Dedujo que se quisieron mucho. Sin embargo, no entendía aquello de “los encuentros ocultos”, ni tampoco a qué se referían cuando hablaban de un secreto compartido. Hubo algo que nadie supo, o que no se debía saber. Sobre todo su entorno más cercano. Eso hacía que ninguno de los dos fueran felices. De hecho, la falta de libertad era un tema recurrente a lo largo de cada línea.
Yo fui la que escribió esas cartas. La ficción me permitió cambiar detalles de la historia. Su hijo lo sabe sin saberlo, y no me conoce ni me imagina. Yo siempre supe de él, y a pesar de eso, no deje de amar a su padre. Nunca lo logré, ni lo lograré. Nadie más supo de él. Ni siquiera su hijo. Ni siquiera este cuento.
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