jueves, 11 de noviembre de 2010

Antonella Orlando, Consigna 5, Argumentos del cuento.

La región del “Más allá de dónde”
I


Gris en mi paleta


Pareció una broma del destino. Yo que había corrido mi ropa monótona del placard para que ella depositara sus flores estridentes, sus polleras lánguidas, sus blusas de seda fría y con bordados, sus zapatos pintados a mano. Yo que había descolgado varias de mis fotografías en blanco y negro. Mis lentes, de marco también de color negro, específicamente diseñados para mi astigmatismo agudo se mezclaron con sus lentes de leer rojos, que terminaban en dos puntas. Puntas que al principio me parecieron graciosas, pero que luego me empezaron a molestar cuando yo intentaba dormir boca arriba (como siempre me gustó) y ella leí incansablemente con la luz encendida dándome en los ojos y, decidía ante mi fastidio darme un beso para calmarme. Que ya terminaba. Pero me lastimaba los cachetes con las puntas de sus lentes y cuando los empecé a ver con otros ojos, solos sobre la mesita de luz, me dieron deseos de tirarlos a la basura. Llegué a pensar que ella veía perfectamente, pero solo se los ponía para molestarme.


Supongo que la broma que siempre me hacía Agustín, uno de mis mejores amigos, sobre ella terminó por ser cierta un día. Él dijo que nunca pude verla bien y jamás logré hacer el foco de lejos ni de cerca porque mi astigmatismo no me lo permitía. Que si quería verla mejor, que fuera el oculista y le pidiera nuevos lentes.


La conocí en una fiesta de Navidad del trabajo, esas reuniones pensadas para agrupar a gente sola e hipócrita que festeja el nacimiento de un dios hecho hombre, hijo de un dios que ni siquiera saben si existe (o no le interesan saber). En ese tiempo trabajaba en un estudio de diseño gráfico. Ezequiel, uno de mis grandes rivales, muy histriónico él, hasta diría muy femenino, llegó del brazo de una rubia caoba que quería llevar sin gracia (para llevarlo con gracia) un vestido violeta, azul, verde y celeste. Tendría que haber pensado que nada bueno podía salir de la acompañante de un enemigo. Constantemente competíamos por trabajo, competíamos por nuestras distintas “visiones”. Era la primera vez que competíamos por la misma visión. Ella se me acercó en uno de los bailes, inclinó si cabeza hacia mi oreja. Tenía un aliento raro: mezcla de frutilla, cigarrillos, chocolate y café. Me resultó extraño porque su aliento no tenía indicios de que hubiera comido. Luego lo comprobé; posé mi mano en su espalda y pude sentir los huesos. Pasaron menos de seis meses y ya estaba viviendo conmigo.


Las primeras semanas fue como si se hubiera mudado el circo a una cuadra de mi casa y yo tuviera cinco años: todo me parecía fascinante y pagaba la entrada para ver las atracciones una y otra vez. Y luego, como todo niño el circo me aburrió. Recuerdo que fue el día que volví del oculista con mis lentes nuevos. Entré a mi casa y la vi acostada en el piso. Los lentes parecían haber mejorado mi visión, ya no me llorarían tantos los ojos cuando intentara mirarla de noche mientras durmiera. Dejé las llaves en la mesa de entrada y me acerqué despacio. La noche anterior habíamos tenido una pelea. Capaz que ahora que miraba mejor, la perdonaba. Pero no. Tenía sobre el regazo uno de mis libros favoritos de fotografías en blanco y negro. Había arrancado varias hojas y las había estaba pintando con unos acrílicos que guardaba debajo de la cama. Como un chico que hace travesuras (o se queda llorando hasta altas horas de la noche, como había sucedido la noche anterior) se había dormido en el piso. Le miré las manos: las uñas descuidadas, todas pintadas de distintos colores. Unos gritos míos. Bastantes más gritos de su parte. Horas más tarde armó una valija con algunas de sus cosas y se fue dejándome con todo lo demás: sus delantales coloridos para cocinar, su colección de calcomanías viejas. Ni siquiera se dignó a vaciar el cenicero en el tacho de basura; todas las colillas de cigarrillos estaban manchadas por distintos labiales. Todos de ella, de distintas ella. Volví al living para recoger las fotos pintadas que habían quedado en el piso y la vi. Una impresión gris sobre el piso de porcelanatto blanco (una de las pocas cosas de la casa que ella no había podido modificar). Tenía la forma del vestido que llevaba puesto antes de irse, el dibujo de las ondas que producía la seda cuando se la aplanaba contra el piso. En el extremo superior la forma daba la impresión de una cabellera desordenada. En el extremo inferior unos pies hechos de viento gris. Ahí había quedado su sombra. Como si debajo del piso estuvieran adheridos miles de imanes que atrajeron limadura de hierro y contorneó el calor que ella dejó. Me acosté sobre su sombra. Ya estaba fría.


II


Cómo borrar la sombra


Llegamos al departamento y tocamos timbre. Gabriel no nos atendía. Nos preocupamos porque había llamado llorando al teléfono de Agustín, pero solo lo suficiente: las constantes peleas con ella estaban a la orden del día. Ninguno de nosotros la toleraba, su manera de tratarlo, de haberle arrancado la identidad. Lo había convertido en un autómata, le había quitado la individualidad. Y todo por capricho, ni siquiera por una causa justa. Era como si el deseo de pasar las vacaciones junto al mar hubiera sido desterrado por constantes días de tormenta. Sí, la idea del mar había sido linda, pero en verdad no había sol asomándose, ni mañanas claras ni espuma blanca (a lo sumo la revuelta, la que trae el mar enojado con una ola para volver a agarrarla de un latigazo con otra ola).


Agustín tocó la puerta y probó haciendo girar el cerrojo. Como era de suponerse ella se había ido (como tantas otras veces) sin siquiera cerrar la puerta. La dejaba abierta como si quisiera que la fueran a buscar.


La imagen que tuvimos al ingresar fue patética. Gabriel acostado en el piso, rodeado de papeles pintados. Cuando nos acercamos mejor vimos que esos aparentes dibujos eran en verdad páginas arrancadas de uno de sus libros favoritos: “Modern Photography-New York 1900-2000”. Nos vio acercarnos a él, se secó las lágrimas rápido (como si no hubiéramos visto esas y tantas otras) y se levantó.


-Miren lo que dejó.- dijo mientras se arreglaba la camisa arrugada y se la volvía a alisar.


Era su sombra. Agustín y yo nos paramos frente a ella (la no-ella) sin saber qué hacer. En verdad, creo que todos sabíamos que algunas nos habían dejado una sombra. Lo sabíamos para nadie hablaba de eso. Cuando ella me dejó su sombra al lado del espejo de nuestra habitación fue como una burla; cada vez que tenía que acercar a peinarme, arreglarme la corbata, abotonarme la camisa, me acordaba de las épocas viejas cuando ella me hacía el nudo perfecto, me miraba como se mira a un cachorro nuevo y me besaba la frente. Me había quedado la sombra de ella y la había tapado con un cuadro. No quería borrarla porque siempre esperé a que viniera a recuperarla. Jamás había vuelto y ahora tenía un espejo y un cuadro. Linda dinámica armaban: me miraba al espejo, me acordaba de sus ojos verdes (con líneas cortitas marrones), se me hacía un nudo en la garganta (y no tenía ninguna corbata), le sacaba el alma al recuerdo que del espejo venía y la depositaba debajo del cuadro donde estaba la sombra. Seguramente, la no-ella (mi no-ella) se fue haciendo cada vez más oscura de tantas almas de recuerdos que se comió.


La diferencia es que Gabriel la quería borrar no por gusto sino por pudor. No podía permitir que la gente viera esa mancha en el piso. Qué le iban a preguntar, qué iba a responder. Mejor ahorrarse el trabajo de la omisión diaria si siguiera existiendo. Él podría (tal vez) no prestarle atención todos los días, pero cuando tuviera visitas la sombra tomaría cuerpo, entidad y qué mejor manera que no olvidarla que responder a qué novia correspondía esa sombra. Porque todos teníamos una, lo sabíamos.


Intentamos con un cepillo de lavar la ropa y jabón blanco. Nada. Alcohol y algodón. Tampoco. Tal vez quitaesmalte. Menos que menos y ya nos empezaba a doler la cabeza. La sombra se iba pintarrajeando, absorbiendo la mezcla de cosas que le habíamos puesto sobre ella en su intento de desaparecerla. Como toda mujer sin maquillaje, había metido hacia dentro de sus poros las mil y un sustancias que se le presentaban y las acomodaba a su medida.


Gabriel no quería siquiera tocarla, estaba sentado en el sillón al costado de la biblioteca, mirando. ¿Mirando qué? Parecía que repasaba los otros objetos que ella había dejado que (quizás) volvería a buscar, ponerlos en una caja y llevárselos. Es increíble lo que hace el olvido del cuerpo. En su intento por hacerlo desaparecer, deja alguna huella de variada existencia en una casa, en un jardín, en un monumento, en un edificio, en una nube, en una flor. Como un cuerpo quemado que muere, pero deja su impresión carbonizada. El caso de las sombras es particular. No se sabe si ellas las dejan con un propósito específico o simplemente se van, no vuelven más y, al percatarse que caminan sin sombra, no retornan sobre sus pasos para recuperarla porque no se perturban. No se perturban por caminar al sol y no percatarse de cómo les queda el vestido, si las hace flacas o gordas o si deben enderezar la espalda. La mujer es; no se preocupa por el principio ni el fin y sin su sombra es más presente que otra cosa. No debe preguntarse si la sombra es su inicio o su final, si su identidad empieza cuando termina su sombra o termina cuando empieza su sombra. Cuántas veces me he mareado yo tratando de descifrarlo, caminando en círculos. No obstante, las mujeres no están hechas para tales planteos. Los hombres hacemos filosofía, perseguimos nuestras propias sombras. Y tal vez por eso será que nos dejan sus sombras: para sumarle otro dilema a nuestra existencia. Ellas tan simples. Tan mar soleado deseado, tan tormenta y cielo nublado cuando finalmente las obtenemos. Todo lo que amamos de ella al principio es lo que terminamos detestando luego. Sus impulsos que vienen de vaya uno a saber qué fuente (ni ellas lo saben, no se preocupan por el origen), sus ganas locas de besarnos por todos lados, su afán de cuidarnos, de preguntarnos, de indicarnos. Nos gusta que al principio se nos hagan antojadizas, escurridizas, que caminen rápido, casi corran. Luego nos estabilizamos, balanceamos la ecuación y el encanto de los impulsos se diluye.


Decidimos con Agustín probar con reactivos, cosas ante las cuáles la sombra podría estornudar, llorar e incorporarse, para tomarla de los brazos y sacarla a la calle. Probamos con canela, con anís, con limón, con vinagre, con cebolla, con ají, con pimienta blanca, con pimienta negra. Y nosotros llorábamos y estornudábamos y la sombra seguía inmutable.


Finalmente se hizo tarde. Dejamos varias lamparitas encendidas alrededor de la no-ella; como los sitios de catástrofe que siguen iluminados de noche para chequear sus movimientos junto con la progresiva muerte de las cosas. Lo dejamos a Gabriel sentado en el mismo sillón, le prometimos volver a la mañana siguiente y nos fuimos.


Cuando Agustín me dejó en mi casa, fui a mi habitación, bajé el cuadro y me quedé mirándola durante un rato. Al menos ella me la había dejado en un lugar íntimo, más cerca de donde hacíamos el amor, donde lloró por primera vez, donde se probaba los vestidos y reía hasta ahogarse con las películas mudas de Chaplin.



III


Fortuna fue que fuera imposible mi insensato intento de borrar la sombra


La dejé ahí con un objetivo claro: que pienses en mí y me vuelvas a buscar como hiciste tantas otras veces, pero esta vez con la certeza que querés que me quede para siempre al lado tuyo. Cuando me fui (dejando la puerta abierta como usualmente hago) al principio pensé que iba a ser difícil caminar sin ella. No obstante, me acostumbré. No puedo comprobar si estoy encorvada mientras camino, eso es lo único que me molesta, pero mi sombra era totalmente prescindible para mí, totalmente imprescindible para vos a efectos de que te acuerdes qué acompañaba a esa sombra. No me importa dónde termino yo y dónde empieza mi sombra. Lo que importa es que sepas que yo le antecedo a ella o le precedo. Lo que importa es que yo.


Han pasado dos semanas de aquellos dos intentos consecutivos de Agustín y Fabián de borrarla. Le pedí que no volvieran. La mañana del tercer día con ella en mi living, la vi y la comparé con todas las otras cosas que ella había dejado. Sus cajas de colores, sus perfumes embotellados en distintas formas, sus tejidos de lanas sintéticas. La vi gris y monótona. Gris y monótona como yo. Las otras cosas desentonaban con ella. Entonces, sabiendo que ella no iba a volver a buscarla, que ahora éramos solo ella y yo, agarré una bolsa de basura negra y empecé a tirar dentro todos los objetos que alguna vez le pertenecieron (ahora pertenecían a la bolsa). Finalmente, el departamento quedó limpio. Todo había vuelto a la normalidad. Gris, negro y blanco. Y más gris, negro y blanco.


Sigo esperándote. Hoy, por primera vez extrañé mi sombra. Estaba sola acostada en una plaza leyendo. El sol de las cuatro de la tarde me iluminaba, miré hacia arriba y empecé a buscar formas de animales en las nubes. Sentí la soledad; nadie que me acariciara el pelo mientras encontraba un león exiliado por allá, un conejo de pascua más lejos y una gaviota en atardecer de mar yendo hacia el norte. Levanté la mano hacia el sol para jugar con las sombras que proyectara en el pasto, pero en vez de eso no pasó nada. Alcé la mano al sol y el pasto no sintió la repercusión de ese gesto. Ninguna parcela se sintió más fresca que otra, ninguna hormiga se sintió protegida, ningún durmiente aliviado en su rostro por la oscuridad repentina.


Desde ese tercer día empecé a preguntarme cuál era la conducta que debía adoptar para con ella. La barría todos los días (ahora sí, sabiendo que no se iría a ningún lado) y le dejaba una luz prendida por las noches. Almorzaba y desayunaba cerca de ella para hacerle compañía. Abría todos los días las ventanas para que entrara el sol y se reflejara en el porcelanatto blanco que la rodeaba. Me había devuelto la identidad, las ganas de ser yo y casi sin moverse; tenía que agradecérselo de alguna manera, pero sabía que haciendo solamente eso no era suficiente.


Soy un cuerpo sin repercusión. No hay, más allá de esto que soy yo, un índice de felicidad, tristeza, sollozo, corridas o quietud. No tengo sombra para asombrarme de que existo.


Nada era suficiente hasta que ayer al mediodía decidí regalarle mi sombra. Me acosté a su lado luego de almorzar. Procuré comer bien pesado para dormir tres horas sin interrupción. Recuerdo que soñé con un atardecer soleado en el mar y las gaviotas yendo en fila hacia el norte, como siempre hacen a esas horas de la tarde. Me desperté, me incorporé ansioso (pero confiado) y ahí estaba. Él al lado de ella. Esa noche apagué la luz que siempre había dejado encendida cuando ella dormía sola. Hoy a la mañana me desperté y ni ella ni él estaban. Se habían ido.


























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