Por Nayla Simeone
“Una sonrisa a veces esconde mucha tristeza”… eso siempre me decía mi papá, cuando todavía era parte de mis días. Hubiera dado la vida por pasar más tiempo con él, con todas esas historias que siempre tuvo. Esas luchas que llevó a cabo desde su poesía. Supongo que los años con mamá antes de regresar de España, allá por el 84, deben haber sido fantásticos. Incluso la llegada mía y de mi hermana, ambas producto del mismo embarazo. Miro fotos, y veo tantas sonrisas sinceras, que no encuentro explicaciones. En ese entonces, éramos una familia.
Las circunstancias habían llevado a mis papas y a varios de sus amigos a viajar en barco al viejo continente en el año 1976. Tras escapar de los horrores que se vivían en el país, embarcaron miles de sueños e ideales con el objetivo de seguir manteniendo la alegría de esa hermosa pareja, y familia. El grupo de amigos funcionaba como tal. Pero cuando llegamos nosotras, prefirieron volver. El horror había terminado, y el hogar tiraba para que nos criáramos por estos pagos. Así fue que todos, en familia, fuimos a vivir a la parte de atrás de la casa de la abuela.
Sin embargo, poco después del regreso, algo cambió. Papá dejó de ser gracioso. O al menos eso veía yo en el rostro de mamá, desde nuestra inocente perspectiva. Ese loco matrimonio feliz y compañero, dejó de serlo. Y pronto, mamá, mi hermana y yo nos mudamos de casa. Las 3 solas, sin papá.
Yo nunca dejé de sonreír, a pesar de todo, y tampoco de ver a papá. El pasaba a buscarnos por nuestra casa, nos llevaba a la plaza, y nos hamacaba una por vez, para que nos peleáramos. Nunca fue fácil ser dos de la misma edad. Competíamos hasta por el cariño y la atención de papá. Durante años fue así. Hasta que crecimos, y empezamos a visitarlo nosotras por nuestros propios medios. El seguía viviendo en la casa de la abuela, en la parte de atrás. Mamá no nos decía nada de él.
Ya más grandes, comenzamos a cruzarlo en otros sitios. Ya no en su casa, sino en bares, esos mismos a los que íbamos con mi hermana y mis amigos. Ellos nunca lo quisieron, ni lo aceptaron como era. Yo, en cambio, siempre traté de abrazarlo, y entre copa y copa compartida, le recordé que no necesitaba dejarme nada material en la vida. Que su locura y alegría me hacían feliz. Pero el siempre me repetía que “detrás de una sonrisa, a veces se esconde mucha tristeza”. Como yo siempre lo veía feliz, no le creía. De hecho, prefería verlo en los bares a los que iba habitualmente, porque sentía que precisamente lo único que lo incomodaba o ponía triste, era cuando mi hermana y yo lo visitábamos en su casa. En esos momentos, siempre lloraba. Por eso, con el tiempo mi hermana empezó a verlo menos, hasta que prácticamente dejó de ir. A partir de eso, cuando yo iba lloraba cada vez más. Nunca supe si de alegría o de tristeza. Pero no me gustaba verlo así. Además, tampoco me gustaba el olor que había en su casa, todo estaba sucio, y ya no estaban los portarretratos con fotos de la familia que tanto me gustaban. Ese rechazo me daba mucha tristeza, y hasta una gran culpa. Pero al fin y al cabo, él no se había ocupado mucho de mí en los últimos años. Tampoco de mi hermana. Por eso, mis amigos ya no soportaban verme tomar un trago con él en los bares donde nos cruzábamos.
Mi mamá no decía nada. Nunca opinaba. Después que se separaron, ella dejó de hablar de cuán gracioso fue durante tanto tiempo, como sí lo hacía antes. Ella también guardó las fotos. Las puso en un álbum y las metió en un cajón. Ya casi ni las vemos. Lo que me acuerdo es que cuando velaron a papá, mi mamá se reía todo el tiempo, y yo que recién llegaba de Mar del Plata, no podía atender cómo había terminado su vida de una forma tan horrenda. Que egoísta. Igual, supongo que habrá llorado mucho antes de hacerlo. Pero no creo que se haya acordado de nosotras. Realmente no lo creo. Y mi mamá, no sé si se reía de los nervios, de nosotras, o de la patética vida que nos había dado.
A partir de la muerte de papá, mi mamá, mi hermana y yo, decidimos vivir en casa separadas. Yo de todas maneras, las necesitaba mucho, y a mi papá también. Fue muy triste no encontrarlo más, siquiera en los bares. A partir de eso, yo me empecé a sentir muy sola. Solo me rio cuando no me queda otra, y realmente no me es fácil. Me cuesta entender y encontrar el amor. Porque aunque dicen que se encuentra en diversas formas, yo lo perdí. Perdí al más sincero y directo. ¿Entonces? Trato de estar alegre pero es cada vez más tedioso.
Anoche soñé que volaba, y por eso hoy estoy escribiendo estas líneas en el balcón. Volar debe ser hermoso. Se debe olvidar todo. Y creo que eso es lo que yo necesito. Abajo el asfalto me llama. Pero el aire y el cielo, son muchos más bellos.
Ayer lloré mucho. De hecho, sin darme cuenta, cuando quise acordar, tenía en casa a mi psicóloga y a mi hermana. Le pedí si podía irme a dormir a su casa, pero no quiso. Por eso creo que hoy voy a intentar conectarme con otra dimensión. Esta ya no va. No encuentro alegría ni amor. Sólo soledad. Tal vez en aquella otra, las sonrisas dejen de esconder tristezas, y realmente sean sonrisas sinceras.
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