martes, 23 de noviembre de 2010

El reencuentro

Por María Luz Gianni Bosse

Yo no quería mudarme a otra casa, a otra ciudad. Iba a extrañar a mis amigos y a mi escuela, entre otras cosas. Me gustaba mucho mi barrio. Cuando empezaba el otoño las calles se teñían de rojo, marrón y amarillo. Me encantaba subirme a los árboles y pasar horas allí mirando lo que sucedía a mí alrededor, sin que aquellas personas supieran que yo estaba allí. Pero ahora en la nueva casa, el barrio es distinto. Y a mi me produce tristeza. No hay árboles, ni calles de tierra, ni esta el ruido de los pájaros. Es decir, esta todo eso, peor yo ya no lo disfruto; porque esta lleno de gente. Nos mudamos por el trabajo de papá, pero yo no quería. La nueva casa era grande, tenía más habitaciones de las que necesitábamos. Mamá no quiso venir con nosotros, ella necesitaba estar tranquila. Me lo dijo el otro día mientras se despertaba de su siesta. Pero yo no entendía porque nos había dejado, si una madre siempre tiene que estar con sus hijos.


Cuando llegamos al nuevo hogar, acomodé mis valijas en lo que sería mi cuarto, en la planta alta. El lugar estaba muy sucio, por lo que tendría que hacer una buena limpieza sola. Mi papá nunca ayudó con esas cosas. Entre al cuarto y las telarañas se hacían notar como aguas danzantes en pleno parque de diversiones. Los muebles eran viejos, por lo que habría que darles una buena mano de pintura. “Lo compré porque era una ganga. Se hace una pequeña restauración y listo”, se excusó mi papá cuando lo miré desilusionada al cruzar el umbral de la puerta principal. Pero ahora en mi habitación la escena se tornaba aún peor. Quite las telarañas con la mano, y sople el polvo que había en la mesita de luz para acomodar las primeras cosas de mi valija. Pero al soplar, el polvo era tal que entro todo en mi nariz y me hizo estornudar como nunca. Caí al suelo y creo que me pegue la cabeza con el armario que había atrás. Quede unos minutos inconsciente, no se cuantos exactamente. Me desperté cuando mi papá me llamó para ayudarlo con una caja que contenía papeles del trabajo. Cuando bajé las escaleras todo retumbaba en mi cabeza, el rechinar de los escalones partía mi cabeza en dos. “Bravo, Mariana, la próxima vez acórtate que sos alérgica al polvo”, me decía a mi misma mientras intentaba bajar las escaleras con equilibrio. Mi papá me noto rara y me pregunto que me pasaba. “Nada, es tu casa que me pone de mal humor”, le contesté fríamente. No quería que se preocupara por mí, el enojo de la mudanza no se había apaciguado entonces. La noche nos encontró en vela, literalmente, ya que mi papá no había tenido tiempo de pedir la instalación de la luz en la central eléctrica. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, el golpe había sido más fuerte de lo que pensé, y me preocupe un poco. Decidí ir a dormir sin comer, porque el rechinar de la cacerola o el castañar de los dientes, ya retumbaban en mí, de solo pensarlo. No había desarmado la valija en su totalidad por lo que tuve que escarbar en ella para encontrar mi pijama. Agacharme para buscarlo me mareo un poco, esto ya no me gustaba nada. Encontré el rayado, verde y violeta. Me lo puse y me acosté en la cama. Pero unos segundos más tarde sentí náuseas y fui al baño. En el camino me tropecé con unas cajas y muebles que no supe divisar en una noche oscura. Me pasé toda la noche vomitando. Me sentí extraña. Sin duda, mi cuerpo rechazaba este nuevo lugar al cual poco le encontraba de interesante. Miré mis piernas y tenía como cuatro moretones. Maldije la nueva casa y los muebles que no conocía.

Los días que siguieron fueron más tormentosos. Los dolores de cabeza y malestar estomacal eran cada vez más agudos. Vino un médico, pero no me encontró nada grave. “Estas somatizando el cambio”, me dijo. Pero si era solo eso no se porque se quedo tanto tiempo hablando con papá. Con mi debilitamiento constante, comencé a ver a mamá más seguido. Ella venía a verme cuando papá trabajaba y la señora que me cuidaba hacía los mandados. No quería tener roces con él, eso me decía. La subida a los árboles ya eran cosa del pasado, solo podía recordarlo como símbolo de los momentos felices que pasaba cuando estábamos todos juntos en mi casa que tanto me gustaba. Los días transcurrieron y cada vez había más gente en casa, se escuchaban voces en las otras habitaciones, el olor a comida en un horario especial, gritos y mamá comenzó a sentarse en mi cama, ya no se escondía tanto de papá. Pero cuando el venía a mi cuarto, hacía como que no existiera. Yo no sabía que la relación estaba tan mal entre ellos. Empezó a cambiar todo cuando ella se pasó semanas en la cama porque no se sentía bien. El olor de los pasillos había cambiado, y me daba más náuseas. Yo no podía levantarme de la cama, así que tenía un balde cada vez que me sentía mal. La comida de Marta, la señora que me cuidaba, era cada vez más fea, y mi papá estaba muy triste cuando lo veía. Él me decía que eran problemas en el trabajo, pero yo sabía que había algo más. Estaba preocupado por mí, porque no podía jugar como antes. Pero mi mamá me decía que todo iba a salir bien y que pronto estaríamos los tres juntos de nuevo.

Una mañana mi mamá apareció por la puerta de la habitación. Nunca la había visto tan linda. Llevaba un vestido blanco, con detalles en color nácar. Me dijo que era hora de irnos, que ya estaba curada. Yo le creí porque cuando la vi, todos los dolores se me fueron y me sentí en paz después de aquellos días insoportables en la habitación. Me paré, ella me tendió la mano y salimos juntas. Me prometió que papá vendría pronto con nosotras y que yo lo podría ir a visitar cuantas veces quisiera. Al salir de la habitación me dijo “te extrañé hija”.

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