por Katelyn Duncan
[Bueno, este cuento no responde a ninguna consigna específica... pero lo escribí para otra clase y me resultó así hablando de muchos de los temas que suelo discutir en los cuentos de nuestro taller.]
Hoy vos, fotógrafo, vas a la Galería Güemes, quién sabe por qué; tal vez porque estás aburrido de salir siempre a los mismos lugares, tal vez porque leíste un artículo el otro día que hablaba del proceso de recuperación de las cúpulas de la misma galería. Quizás es sólo que querés sacar fotos y hacer arte de un lugar donde nadie mira hacia arriba, donde nadie se da cuenta de la maravilla a su alrededor. No importa de verdad el porqué. Te encontrás con vos mismo en las puertas de la galería con la máquina fotográfica en la mano a las once de la mañana, un lunes de noviembre como cualquier otro.
Entrás por una puerta sin adornos. Podés relajarte un poquito, acá, fuera de la masa peatonal y turística de la calle Florida. Acá caminás por un lugar privilegiado, un jardín secreto que solo se puede encontrar si uno sabe precisamente donde buscarlo. Si no se presta atención, es mucho más fácil perderse en el olvido. Pero vos, fotógrafo, observás; tu trabajo es orientarte en las zonas profundas del alma y de la vida cotidiana, tu trabajo consiste en ver y capturar lo que los otros ignoran. El pasillo infinito se abre en frente de vos y de tu cámara.
Pasás un kiosco de recuerdos que se llama Rayuela y una tienda carísima de perfumes importados, y seguís hasta la primera cúpula, donde te parás en el medio del paseo y mirás todo: los diseños delicados del mármol y las curvas precisas y doradas de las estatuas que custodian ese hermoso lugar, el techo alto por el cual los rayos del sol brillante inundan la sala, las personas que te pasan y se preguntan a sí mismos, ¿qué cosa extraña hace ese hombre en medio del paseo? ¿Por qué mira hacia arriba? Pero nadie toma la iniciativa de seguir tu mirada. No tienen el corazón de artista. No quieren descubrir lo que está escondido a la vista de todos. Vos, fotógrafo, sacás fotos de ellos también, con cierta sutileza y suave vergüenza. Mirás las caras confundidas e inocentes, mirás la expresión del guardia que está delante del ascensor lujoso, mirás los ojos oscuros de una mujer joven que sube por las escaleras.
Y mirás el espejo, y las luces infinitas que se reflejan y se refractan en infinitos paneles de vidrio, mirás las frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas, mirás las paredes hexagonales y todos los libros que pueblan la biblioteca.
Te das vuelta con una sonrisa y empezás a tomar fotos de esta galería, donde desaparecen las personas que caminan lentamente y sin razón. Estás solo ahora, en la paz del hexágono. Ves todo a través del visor de tu cámara, moviéndote por el cuarto y tratando de capturar cada fotografía ya enmarcada. No sabés cuánto tiempo pasa mientras vas y venís por los estantes, salís de un hexágono y entrás en otro que es igual al primero, pero que tiene un espíritu delicadamente diverso (y por eso, pensás, fotógrafo, tenés que empezar de nuevo a encuadrar el sitio en el rollo).
Al final, cuando te cansás de limitarte a la mirada fotográfica, te quitás la correa de la cámara y ponés la máquina por encima del estante al lado de un libro carmesí con un título ilegible. Tomás un libro al azar y lo abrís, lo empezás a leer, te sentás en el piso y tratás de descifrar las palabras incomprensibles. Te quedás allí mucho tiempo, horas y días y meses en los que no ves el sol y no comés nada, hasta que finalmente llegás a la última página del libro y mirás una frase completa en castellano familiar y entendible:
Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?
Vos, fotógrafo, temblás. Cerrás el libro y estás por recoger tu máquina fotográfica cuando ves repentinamente otro volumen. Tiene un lomo gris con caracteres blancos que deletrean dos palabras: El fotógrafo.
Lo tocás, lo tomás en tu mano y lo abrís en una página cualquiera.
La galería infinita, lees con horror, con placer, con un hambre terrible que de repente araña tu estómago. Hoy vos, fotógrafo, vas a la Galería Güemes…
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