Clara Mendez
Consigna: Cómo se enciende una historia, fragmentos de Chejov. Tomé de Notas
del cuaderno de notas de Antón Chejov: Cuando,
junto a su esposa vestida toda de negro, tan graciosa, él dijo adiós a su
hermana, la idea de que debería viajar en el mismo compartimiento de su mujer
comenzó a pesarle e inquietarlo.
¿Por
qué están vestidos de negro?
La mujer era gorda. Hacía ruidos con su
boca todo el tiempo. Era alérgica. ¿Eso era lo que le molestaba?, ¿Que sea
gorda y ruidosa? Ella era una buena mujer, lo quería, era amable y cariñosa
pero extremadamente ruidosa. No tan extremadamente ruidosa, en realidad él era el intolerante, una vez que
notaba un sonido no dejaba de escucharlo, de forma cada vez más intensa. Él era
alto, usaba bigote. Se sentía culpable por detestar tanto los ruidos que hacía
su mujer, porque ella era buena y lo quería, pero: ¿él la quería? ¿No será que
comenzó a sentir aquellos ruidos cuando comenzó a dejar de amarla? Él había
dado su palabra ante Dios, él debía amarla y cuidarla hasta que la muerte los
separe. Pero había cosas que no controlaba.
Viajaban en tren, ella no paró de sonarse
la nariz y de reír sola durante todo lo que duró su viaje, reía a carcajadas
para que él le pregunte de qué reía y ella pudiera contarle. Él sabía que ella reía
por eso, para que él le preguntara y así comenzar una conversación vacía como
todas las conversaciones que mantuvieron en aquel viaje en tren. Ella le decía,
entre carcajada y carcajada, “Julio…” para llamar su atención y enseguida le contaba alguna anécdota que había pasado con su hermana sin
que Julio siquiera la mirase.
El tema; ¿por qué fueron para ese pueblo
en el campo? ¿Por qué vestían de negro? ¿Por qué ella sonreía? ¿Por qué ella
podía disfrutar y él no? ¿Por qué Julio sentía tantas ganas de gritarle, de golpearla? Julio no la golpeaba ni la
insultaba, solo apretaba la mandíbula, se clavaba las uñas en las palmas de las
manos, se mordía los labios y ella, cuando lo notaba, le decía “Perdón, te
estoy hablando mucho para ser tan temprano a la mañana” y se volvía a sonar la nariz. Julio pensó,
cuando la miró aquella mañana, que tal vez si no tuviera pañuelos no se sonaría
tanto, pensó que tal vez ella lo hacía por inercia, pensó que nadie podía tener
tanta flema. Julio no le decía nada, no le quitaba los pañuelos, ni le pedía
que deje de sonarse solo seguía con su mirada las manos de su mujer cada vez
que se dirigían a la cartera y sacaban un pañuelo y lo llevaban a la nariz y se
humedecía con aquél líquido que escurría de los orificios nasales como cascadas
irritantes.
Entró el guardia del tren, pidió los
boletos. Ella sonrió, metió las manos en su cartera y hurgó. ¿Por qué sonreía
ante aquel acto tan rutinario? Julio sabía, él sabía que ella le iba a decir
algo, que iba a hacer algún comentario amistoso, que iba a sonreír hasta que se
le hagan hoyuelos en los cachetes rechonchos que conforman su rostro. Por eso
miró hacia la ventana, abstrayéndose de la situación.
-Bello comedor tienen.
Julio escuchó mirando por la ventana, se
mordió los labios, pensó que era absurdo ese comentario, el comedor es un
comedor, en todo caso puede ser agradable. Bellas son las flores o un vestido.
Le irrita la interminable capacidad de asombro de su mujer. Su compulsión para hacer siempre un comentario positivo, aunque
sea idiota.
-Cuando quiera me avisa y le enseño la
cabina del conductor del tren. Siempre llevamos a los niños, así que no creo
que haya problema.
- Eso sería genial- Respondió ella
llevándose el pañuelo a la cara. Se sonrojó, pestañeo repetidamente mirando al
guardia. Julio pudo haber pensado que parecía una niña, pero que eso era
patético, no tierno. El guardia se fue. Cerró la puerta corrediza de vidrio y
saludó con la mano desde afuera
-Qué buena atención, qué hombre tan
amable. ¿Sabías que es un tren de 1880? Estamos en un tren del otro siglo. Lo
han restaurado este último mes.
-Los trenes duran mucho.
-Sé que los trenes duran mucho ¿Qué cosas
dices? – Lanzó una predecible carcajada.
Julio sabía a dónde iba su mujer, lo
sabía. No era tan necio como ella pensaba, pero no quería alimentar una charla
amena, no quería que ella piense que él se estaba esforzando. Prefería que todo
parezca más real, aunque si se estaba esforzando, desde adentro y por él. Nada
tenía que ver el viaje ni aquella tarde en la cafetería de ese pueblo remoto
que ya ni sabía por qué existía.
El tren se detuvo. El compartimiento
donde estaban sentados se llenó del silencio invasor que llena los ambientes
donde no se sabe qué hacer. Cuando el cuerpo sobra y no se sabe dónde meter las
manos ni dónde dirigir la mirada. Se sentía el silencio, el motor había
perturbado a todos los pasajeros durante ya 4 horas pero en este momento
sentíamos la necesidad de que algo sonara para no escuchar nuestros propios
pensamientos. Julio gritaba en silencio. Yo estaba ahí y lo escuchaba. Estaba
atado a aquel asiento, miraba por la ventanilla. Había un puesto de diarios y
el canillita dormía la siesta del medio día. La mujer no cesaba de sonreír,
sonreía una y otra vez, las puntas de su boca apuntaban al cielo infinito.
Julio clavó sus uñas en la palma de su mano por última vez. Humedeció sus
labios, iba a hablar.
-¿Estás despierto? Julio, ¿Me escuchas?
-Si- Dijo Julio y abrió los ojos que se
habían demorado en un pestañeo.
-Bajo a recorrer la estación, parece que
vale la pena.
Y era una pena, era una maldita pena lo
que iba a ocurrir. Julio sabia, sabía cómo iban a transcurrir los hechos.
La mujer se bajó, casi provocando la
situación que les relato en este momento, el hecho que hace que valga la pena
siquiera contar la existencia de Julio. Julio era un pobre hombre, sumiso a su
irritante mujer. Pedía en gritos mudos que lo salve de aquella situación.
La mujer bajó, caminó flameando su holgada
falda negra por el andén, como los gatos que caminan por las medianeras
tentando a los perros que ladran e intentan atraparlo. Julio miraba por la
ventana, se mordía el labio inferior. Transpiraba. La mujer saludó con la mano
el tren que ingresaba a la estación, unos niños revoltosos se asomaban por una
de las ventanillas.
Por lo menos hoy las puntas de su boca no
apuntan más al cielo, por lo menos el negro de su ropa hoy significa duelo. Lo
cierto es que Julio sube nuevamente al tren en este momento, no sé dónde viaja,
pero veo que viste de negro otra vez.
Dicen que la situación hace al ladrón.
Dicen que la mujer se tropezó, dicen que Julio tenía problemas motrices. Él y
yo sabemos que no los tenía, que hoy los tiene porqué él cree conveniente
tenerlos. Cuando los hechos resultan tan convenientes parece que fueron
provocados, no hijos del azar. Dicen que no fue doloso, ¿Cuál es la diferencia
después de todo? Culposo, doloso, crimen de todas formas.
Cuando la policía llegó todos estábamos
en nuestros lugares pero las puntas de su boca ya no apuntaban al cielo, ni al
infinito cielo azul.
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