domingo, 28 de noviembre de 2010

¿Por qué viste de negro?


Clara Mendez

Consigna: Cómo se enciende una historia, fragmentos de Chejov. Tomé de Notas del cuaderno de notas de Antón Chejov: Cuando, junto a su esposa vestida toda de negro, tan graciosa, él dijo adiós a su hermana, la idea de que debería viajar en el mismo compartimiento de su mujer comenzó a pesarle e inquietarlo.

¿Por qué están vestidos de negro?

La mujer era gorda. Hacía ruidos con su boca todo el tiempo. Era alérgica. ¿Eso era lo que le molestaba?, ¿Que sea gorda y ruidosa? Ella era una buena mujer, lo quería, era amable y cariñosa pero extremadamente ruidosa. No tan extremadamente ruidosa,  en realidad él era el intolerante, una vez que notaba un sonido no dejaba de escucharlo, de forma cada vez más intensa. Él era alto, usaba bigote. Se sentía culpable por detestar tanto los ruidos que hacía su mujer, porque ella era buena y lo quería, pero: ¿él la quería? ¿No será que comenzó a sentir aquellos ruidos cuando comenzó a dejar de amarla? Él había dado su palabra ante Dios, él debía amarla y cuidarla hasta que la muerte los separe. Pero había cosas que no controlaba.
Viajaban en tren, ella no paró de sonarse la nariz y de reír sola durante todo lo que duró su viaje, reía a carcajadas para que él le pregunte de qué reía y ella pudiera contarle. Él sabía que ella reía por eso, para que él le preguntara y así comenzar una conversación vacía como todas las conversaciones que mantuvieron en aquel viaje en tren. Ella le decía, entre carcajada y carcajada, “Julio…” para llamar su atención  y enseguida le contaba  alguna  anécdota que había pasado con su hermana sin que Julio siquiera la mirase.
El tema; ¿por qué fueron para ese pueblo en el campo? ¿Por qué vestían de negro? ¿Por qué ella sonreía? ¿Por qué ella podía disfrutar y él no? ¿Por qué Julio sentía tantas ganas de gritarle,  de golpearla? Julio no la golpeaba ni la insultaba, solo apretaba la mandíbula, se clavaba las uñas en las palmas de las manos, se mordía los labios y ella, cuando lo notaba, le decía “Perdón, te estoy hablando mucho para ser tan temprano a la mañana”  y se volvía a sonar la nariz. Julio pensó, cuando la miró aquella mañana, que tal vez si no tuviera pañuelos no se sonaría tanto, pensó que tal vez ella lo hacía por inercia, pensó que nadie podía tener tanta flema. Julio no le decía nada, no le quitaba los pañuelos, ni le pedía que deje de sonarse solo seguía con su mirada las manos de su mujer cada vez que se dirigían a la cartera y sacaban un pañuelo y lo llevaban a la nariz y se humedecía con aquél líquido que escurría de los orificios nasales como cascadas irritantes.
Entró el guardia del tren, pidió los boletos. Ella sonrió, metió las manos en su cartera y hurgó. ¿Por qué sonreía ante aquel acto tan rutinario? Julio sabía, él sabía que ella le iba a decir algo, que iba a hacer algún comentario amistoso, que iba a sonreír hasta que se le hagan hoyuelos en los cachetes rechonchos que conforman su rostro. Por eso miró hacia la ventana, abstrayéndose de la situación.  
-Bello comedor tienen.
Julio escuchó mirando por la ventana, se mordió los labios, pensó que era absurdo ese comentario, el comedor es un comedor, en todo caso puede ser agradable. Bellas son las flores o un vestido. Le irrita la interminable capacidad de asombro de su mujer. Su compulsión para  hacer siempre un comentario positivo, aunque sea idiota.
-Cuando quiera me avisa y le enseño la cabina del conductor del tren. Siempre llevamos a los niños, así que no creo que haya problema.
- Eso sería genial- Respondió ella llevándose el pañuelo a la cara. Se sonrojó, pestañeo repetidamente mirando al guardia. Julio pudo haber pensado que parecía una niña, pero que eso era patético, no tierno. El guardia se fue. Cerró la puerta corrediza de vidrio y saludó con la mano desde afuera
-Qué buena atención, qué hombre tan amable. ¿Sabías que es un tren de 1880? Estamos en un tren del otro siglo. Lo han restaurado este último mes.
-Los trenes duran mucho.
-Sé que los trenes duran mucho ¿Qué cosas dices? – Lanzó una predecible carcajada.
Julio sabía a dónde iba su mujer, lo sabía. No era tan necio como ella pensaba, pero no quería alimentar una charla amena, no quería que ella piense que él se estaba esforzando. Prefería que todo parezca más real, aunque si se estaba esforzando, desde adentro y por él. Nada tenía que ver el viaje ni aquella tarde en la cafetería de ese pueblo remoto que ya ni sabía por qué existía.
El tren se detuvo. El compartimiento donde estaban sentados se llenó del silencio invasor que llena los ambientes donde no se sabe qué hacer. Cuando el cuerpo sobra y no se sabe dónde meter las manos ni dónde dirigir la mirada. Se sentía el silencio, el motor había perturbado a todos los pasajeros durante ya 4 horas pero en este momento sentíamos la necesidad de que algo sonara para no escuchar nuestros propios pensamientos. Julio gritaba en silencio. Yo estaba ahí y lo escuchaba. Estaba atado a aquel asiento, miraba por la ventanilla. Había un puesto de diarios y el canillita dormía la siesta del medio día. La mujer no cesaba de sonreír, sonreía una y otra vez, las puntas de su boca apuntaban al cielo infinito. Julio clavó sus uñas en la palma de su mano por última vez. Humedeció sus labios, iba a hablar.
-¿Estás despierto? Julio, ¿Me escuchas?
-Si- Dijo Julio y abrió los ojos que se habían demorado en un pestañeo.
-Bajo a recorrer la estación, parece que vale la pena.
Y era una pena, era una maldita pena lo que iba a ocurrir. Julio sabia, sabía cómo iban a transcurrir los hechos.
La mujer se bajó, casi provocando la situación que les relato en este momento, el hecho que hace que valga la pena siquiera contar la existencia de Julio. Julio era un pobre hombre, sumiso a su irritante mujer. Pedía en gritos mudos que lo salve de aquella situación.
La mujer bajó, caminó flameando su holgada falda negra por el andén, como los gatos que caminan por las medianeras tentando a los perros que ladran e intentan atraparlo. Julio miraba por la ventana, se mordía el labio inferior. Transpiraba. La mujer saludó con la mano el tren que ingresaba a la estación, unos niños revoltosos se asomaban por una de las ventanillas.
Por lo menos hoy las puntas de su boca no apuntan más al cielo, por lo menos el negro de su ropa hoy significa duelo. Lo cierto es que Julio sube nuevamente al tren en este momento, no sé dónde viaja, pero veo que viste de negro otra vez.
Dicen que la situación hace al ladrón. Dicen que la mujer se tropezó, dicen que Julio tenía problemas motrices. Él y yo sabemos que no los tenía, que hoy los tiene porqué él cree conveniente tenerlos. Cuando los hechos resultan tan convenientes parece que fueron provocados, no hijos del azar. Dicen que no fue doloso, ¿Cuál es la diferencia después de todo? Culposo, doloso, crimen de todas formas.
Cuando la policía llegó todos estábamos en nuestros lugares pero las puntas de su boca ya no apuntaban al cielo, ni al infinito cielo azul.

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