Limpia la sangre de los botones, se pone los auriculares y vuelve a encender la radio pero no funciona. La niña llora arrancándose los pelos -¡tiene muerte cerebral!- le grita a la maestra que baja corriendo las escaleras.
La niña pasa las horas escuchando la radio. En los recreos se sienta en los bancos de material en el fondo del patio. Pone las manos debajo de sus piernas que se balancean dibujando círculos en el piso. En el primer recreo va a la biblioteca, elige entre los libros más viejos y arruinados, abre sus tapas si es que tienen, toca las hojas, ásperas y se los lleva. En el segundo recreo se sienta en su banco de material a escuchar la radio.
Tres de sus compañeros forman un círculo en medio del patio, nadie los mira. Se acercan a la niña, la miran en silencio. El rubio comienza a reírse, el flaco se ríe, se ríe, se ríe, el petiso se encorva entre carcajadas. La niña recorre con la punta del pie los contornos de las sombras en las baldosas. El rubio abre la boca, gesticula, un hilo de agua se deshilacha de su nariz filosa. La niña mira las sombras de las siluetas de los niños bufones, mira los hombros. Ratas huidizas caminan y desaparecen debajo de algún brazo, cuello o pierna. La niña sube el volumen de su radio para escuchar el informativo. La boca bufona del rubio ya no emite sonidos sino que se mueve como una gelatina. El flaco se acomoda el escudo del colegio que le pende de cuatro o cinco hilos del sweater azul ratón. El petiso mete las manos de los bolsillos, dobla la punta de los pies para adentro y se retuerce entre carcajadas.
La niña levanta una mano y mira el reloj a contra luz, ve una sombra redonda y negra en su muñeca y dos agujas. Suena el timbre. La niña vuelve a poner su mano debajo de las piernas y sigue escuchando las noticias en la radio. Saca la otra mano y acaricia el walkman que descansa sobre su pollera gris de escuela. Dibuja con el dedo las letras que dicen SONY WALKMAN WM – FX251 FM / AM sobre la tapa plástica.
El patio se vacía. Los niños bufones siguen delante de la niña esperando que se levante para subir las escaleras detrás de ella. La niña no se mueve. Sube el volumen de la radio una vez más. Pasan música. Pasan una milonga que le gusta a su abuelo. La niña ya no dibuja círculos en el piso, sus pies cuelgan sin balancearse. El rubio se retuerce, ya no se ríe, el flaco y el petiso miran al rubio, tampoco se ríen. El rubio sacude la cabeza de la niña, le arranca los auriculares y grita. Le da la espalda saltando con los auriculares en la mano. El flaco y el petiso alzan los brazos y saltan con el rubio. El walkman cae al piso. La niña lo levanta, se le salió la tapa, se le rayó un botón. Acomoda la tapa, la cierra, acaricia los botones y le da un beso. Levanta el brazo con el walkman en la mano y descarga un golpe sobre la melena rubia. El rubio se agarra la cabeza, otro golpe, otro y otro. El flaco y el petiso son figuras de cartón pintado. Las baldosas grises se empañan en rojo.
María Luján Tilli
1 comentario:
Qué genialidad! Un hallazgo via twitter! Me encantó, la prosa, el ritmo y ahora que sé a quien está dedicado - a la mejor banda del mundo según Aristoteles =) - me gusta más.
Gracias,
un abrazo
G.
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