Insisto. Fue pura casualidad. Hacía años que había
decidido no pasar más por esa calle. Siempre doblaba por la esquinita de
Dorrego para tomar la Avenida
y llegar a casa a salvo. No sea cosa que
justo estuviera asomada a la ventana y
qué más iba a decirle yo entonces.
Es que de repente todo se trató de Lidia. Un giro y
nuestras vidas alrededor de esa
criatura. Cuando nació ya estábamos grandes y la pobre Regina que finalmente iba
a ser madre. Era mucha emoción junta. Así que el día en que nació, todos en la
puerta de la casa de mis tíos. Porque Regina ya era mujer grande decía mamá,
pero ella quiso parir en su casa, para que Lidia naciera en el mismo lugar en
donde ella había nacido.
Al año me tocó hacerle el retrato. Porque claro, Robertito con lo bien que dibuja, con
esa mano para el arte que Dios le dio. Tan linda tan pequeña y extremadamente
dulce Lidia. Ella era especial. Tanto.
Cuando llegué a la casa del tío Juan la vi a Lidia
sentadita de vestido blanco comiendo una galletita de esas de vainilla que comíamos
cuando éramos chicos. Regina en el patio. Siempre en el patio. Al lado de la
hamaca celeste que ya estaba oxidada. Ya no hablaba la pobre, ya tenía la
mirada perdida quién sabe en qué mundo. Es que después del parto algo malo le
pasó, nunca nadie me dijo bien qué, pero
la tía se fue a algún otro mundo. Eso me decía mamá, la tía está con nosotros
pero a la vez no. En fin. Bastante difícil era verla, darle un beso, ella con
la mirada perdida, Lidia ahí solita
sentada.
Juan tomaba sus
aperitivos desde bien temprano, con la excusa del calor y la deshidratación no
tenía límites. Yo nunca tomé alcohol, no me gusta.
Llegué a la casa de Lidia a eso de las cinco y media y
ya estaba Juan con el vaso de Cinzano y soda sentado bajo la sombra de la
parra.
Me senté en el banquito que me gustaba y Lidia me miraba
posaba sus ojos sobre mi y sonreía. La dibujé como dibujando algo de mí. Algo
adentro mío latía cuando estaba frente a Lidia. Tan chiquita. Alguna vez llegué
a pensarlo claro, después de todo cuando ella creciera… pero nunca me animé a
hacerme cargo de semejante locura, por Dios. Prefiero ahora esta calma soledad.
Ese invierno, después de lo que pasó dejamos que Regina
tuviera lo que quisiera. Pidió una sola cosa. El retrato enmarcado se iba para
el geriátrico, con la madre, como debe ser decía mamá, que siempre velaba por
la justicia.
Así y todo, siempre había sido igual, pensar en Lidia
era pensar en razones para estar. Y yo también pensaba, yo la pensaba tanto; yo
la quería la imaginaba de grande. Pero y después qué. Nunca dije nada. Y al
final cuando Juan tuvo el accidente con el caballo Lidia quedó sola de verdad.
Ahí tuve el impulso, pero lo contuve.
Supongo que algo de Regina de su madre tendría adentro
quien sabe dónde. Regina su madre ausente su madre cuerpo no espíritu. Quizás esa
extrañeza, esos silencios prolongados en medio de una conversación. No era
chica normal Lidia decía mamá. Fue difícil la etapa escolar. Cuando Lidia quedó
sola ya estaba en el secundario y ahí mamá la trajo a vivir a casa porque ya
Regina estaba vieja y Juan había muerto pobrecito después de meses en el
hospital tras su accidente.
Ahí sentí que mi mundo se llenaba de felicidad. Lidia
corría por la vereda con sus polleritas de volados y flores y que manera de chirriar al sol. Qué manera de
dar cuenta de poder ser eterna.
El día que Lidia se fue, dejó su retrato sobre la cama.
Con una carta a Regina, una carta que mamá nunca me dejó leer y que si le fue
leída a Regina quien sabe si algo entendió. Yo creo que sí, porque ese día
mandó a pedir el retrato de su hija.
Se lo llevaron, se llevaron lo poco que quedaba de Lidia
cerca mío.
El geriátrico donde está Regina queda cerca de casa.
Mamá quería sentirse menos culpable entonces buscamos un lugar cerquita así la
visita casi a diario a la pobre vieja. La pobre vieja que cada vez que me veía
pasar me preguntaba por su Lidia.
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