domingo, 14 de noviembre de 2010

Retrato, Natalia Romero


Insisto. Fue pura casualidad. Hacía años que había decidido no pasar más por esa calle. Siempre doblaba por la esquinita de Dorrego para tomar la Avenida y llegar a casa a salvo. No sea  cosa que justo estuviera asomada a la ventana  y qué más iba a decirle yo entonces.
Es que de repente todo se trató de Lidia. Un giro y nuestras vidas alrededor  de esa criatura. Cuando nació ya estábamos grandes y la pobre Regina que finalmente iba a ser madre. Era mucha emoción junta. Así que el día en que nació, todos en la puerta de la casa de mis tíos. Porque Regina ya era mujer grande decía mamá, pero ella quiso parir en su casa, para que Lidia naciera en el mismo lugar en donde ella había nacido.
Al año me tocó hacerle el retrato. Porque  claro, Robertito con lo bien que dibuja, con esa mano para el arte que Dios le dio. Tan linda tan pequeña y extremadamente dulce Lidia. Ella era especial. Tanto.
Cuando llegué a la casa del tío Juan la vi a Lidia sentadita de vestido blanco comiendo una galletita de esas de vainilla que comíamos cuando éramos chicos. Regina en el patio. Siempre en el patio. Al lado de la hamaca celeste que ya estaba oxidada. Ya no hablaba la pobre, ya tenía la mirada perdida quién sabe en qué mundo. Es que después del parto algo malo le pasó,  nunca nadie me dijo bien qué, pero la tía se fue a algún otro mundo. Eso me decía mamá, la tía está con nosotros pero a la vez no. En fin. Bastante difícil era verla, darle un beso, ella con la mirada perdida,  Lidia ahí solita sentada.
 Juan tomaba sus aperitivos desde bien temprano, con la excusa del calor y la deshidratación no tenía límites. Yo nunca tomé alcohol, no me gusta.
Llegué a la casa de Lidia a eso de las cinco y media y ya estaba Juan con el vaso de Cinzano y soda sentado bajo la sombra de la parra.
Me senté en el banquito que me gustaba y Lidia me miraba posaba sus ojos sobre mi y sonreía. La dibujé como dibujando algo de mí. Algo adentro mío latía cuando estaba frente a Lidia. Tan chiquita. Alguna vez llegué a pensarlo claro, después de todo cuando ella creciera… pero nunca me animé a hacerme cargo de semejante locura, por Dios. Prefiero ahora esta calma soledad.
Ese invierno, después de lo que pasó dejamos que Regina tuviera lo que quisiera. Pidió una sola cosa. El retrato enmarcado se iba para el geriátrico, con la madre, como debe ser decía mamá, que siempre velaba por la justicia.
Así y todo, siempre había sido igual, pensar en Lidia era pensar en razones para estar. Y yo también pensaba, yo la pensaba tanto; yo la quería la imaginaba de grande. Pero y después qué. Nunca dije nada. Y al final cuando Juan tuvo el accidente con el caballo Lidia quedó sola de verdad.
Ahí tuve el impulso, pero lo contuve.
Supongo que algo de Regina de su madre tendría adentro quien sabe dónde. Regina su madre ausente su madre cuerpo no espíritu. Quizás esa extrañeza, esos silencios prolongados en medio de una conversación. No era chica normal Lidia decía mamá. Fue difícil la etapa escolar. Cuando Lidia quedó sola ya estaba en el secundario y ahí mamá la trajo a vivir a casa porque ya Regina estaba vieja y Juan había muerto pobrecito después de meses en el hospital tras su accidente.
Ahí sentí que mi mundo se llenaba de felicidad. Lidia corría por la vereda con sus polleritas de volados y flores y  que manera de chirriar al sol. Qué manera de dar cuenta de poder ser eterna.
El día que Lidia se fue, dejó su retrato sobre la cama. Con una carta a Regina, una carta que mamá nunca me dejó leer y que si le fue leída a Regina quien sabe si algo entendió. Yo creo que sí, porque ese día mandó a pedir el retrato de su hija.
Se lo llevaron, se llevaron lo poco que quedaba de Lidia cerca mío.
El geriátrico donde está Regina queda cerca de casa. Mamá quería sentirse menos culpable entonces buscamos un lugar cerquita así la visita casi a diario a la pobre vieja. La pobre vieja que cada vez que me veía pasar me preguntaba por su Lidia.

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