Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.
Docente: Di Marzo, Laura
Alumno: Gelmini Juri, Nicolás
Consigna: Relato sin consigna (está en el lugar de la consigna 7)
Original
El vestido con rayas diagonales blancas, negras y verdes lucía mejor afuera que adentro del boliche. Daniel lo divisó por primera vez desde lejos, al otro lado de la plaza; luego, sentado en el bar, lo pudo apreciar en toda su voluptuosidad al pasar Meli frente a la mesa donde él se había pedido, a contramano de sus amigos, un amargo whisky nacional. El vestido era perfecto para el cuerpo de Meli, las rayas anchas y continuas le marcaban los pechos, los pezones, las nalgas; en la fila para entrar al boliche los colores resaltaban entre las demás vestimentas. Sin embargo, una vez adentro y en medio de la pista, agitándose y oculto por el humo, el vestido no hacía grandes diferencias, y Meli pasaba por una chica más de esas que bailan en grupo y a las que hay que atacar en grupo a eso de las tres, tres y media.
Daniel había llegado tarde a la previa, por lo cual debió arrancar directamente por las bebidas fuertes, ya que no tendría tiempo para estirar con la cerveza. Apenas le alcanzó para un whisky en casa de Lucas y otro en el bar antes de ir todos para el boliche. Daniel esperó serio a que la fila para entrar se moviera. Unos cuantos metros adelante veía a Meli, suelta y entretenida.
Entraron y fueron todos a la barra a comprar para tomar. Daniel ya tenía año y medio de salidas nocturnas y su necesidad de alcohol aumentaba mes a mes. Desde la barra mantenía los ojos sobre Meli. Hacía varios fines de semana que quería encararla, había averiguado que estaba sola, y ese sábado se había prometido que la sacaría a bailar. Su problema era que era tímido, y con razón: no era un chico agraciado, su cara no era proporcionada, tenía la frente muy grande y los pómulos salientes, y usaba el pelo siempre corto, lo cual no le aportaba nada de onda a su aspecto. Tampoco se vestía bien. A nivel levante, las salidas eran para él un fiasco tras otro; por eso las rellenaba con alcohol, y por eso tenía que tomar cada vez más.
Pidió un whisky, y luego otro. Meli desaparecía cada tanto de la pista para volver con un vaso de Gancia. Daniel notaba como ella se iba excitando, como bailaba cada vez más frenética. Miraba cada movimiento, los momentos en que levantaba los brazos o la cabeza, la forma coordinada y erótica de mover su cuerpo. Se hicieron las tres de la mañana y los dos amigos más facheros del grupo se fueron solos, dejando a Daniel con Lucas y Fernando. Daniel se dijo que a las tres y cuarto sacaría a bailar a Meli.
Sabía que lo más probable era que ella lo rechazara, pero se negaba a resignarse a las chicas feas, las cuales parecían ser su destino inevitable. Sabía que físicamente no le daba para pretender una chica como Meli, pero pensaba que podía suplantarlo, quizás, con chamuyo. Lo cierto es que tampoco le alcanzaba con eso, y en ese punto se le manifestaba de modo cruel su falta de experiencia, porque ya tenía dieciocho y continuaba siendo virgen, el único del grupo, lo cual no solo lo humillaba ante los otros sino que le provocaba inseguridades y alimentaba sus posibilidades de fracaso. Y no solo no había debutado aún, sino que tampoco había besado realmente a una chica, apenas si le habían dado un piquito, pero no un beso real.
A las tres y diez un grupo de chicos (más grandes) se acercó al grupo de amigas de Meli. En un instante estaban todos en pareja. A Meli la sacó a bailar un chico robusto de camisa a cuadros, que la rodeaba con su brazo y la apoyaba, acercándose cada vez más, hasta besarla. Meli se veía a gusto. Daniel se resignó, como todas las noches, y pidió otro whisky. Justificó su infortunio pensando que a cada persona le toca lo que le toca, que el mundo está ahí, y limita las posibilidades. Leyó las etiquetas de las bebidas al fondo de la barra: Fernet Branca, Tía María, Hiram Walker, Breeder’s Choice, Old Smuggler. Olfateó con fuerza el whisky de su vaso, y sintió un placer lejano pero real. Las chicas seguirían distantes, las contemplaría a la distancia. A una pija de distancia.
No le quedaba mucho por hacer. Se dispuso a emborracharse y a mirar algunos cuerpos femeninos apetitosos; luego los mezclaría en su imaginación con la pornografía bajada de Internet y se dedicaría con vigor a masturbarse.
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