Consigna: Historia que suceda en un espacio referencial cuyo final pueda ser leído en
clave fantástica
Raúl
llegó hasta donde estaba el resto de su grupo. Cargó con el peso de su bolso y
el portafolio en el que llevaba papeles y un grabador. Viajó con unas cuantas
personas y tres guías en un pequeño barco que se abrió paso en el agua del
Amazonas. El barco llegó a una especie de puerto y los pasajeros descendieron. Luego,
los guías dividieron el grupo en dos canoas que los llevaron hasta el
campamento donde recibiría a Raúl el jefe de la tribu. El grupo se dirigió a
una reserva natural. Raúl esperó en la oscuridad a que lo buscaran. Luego de
unos minutos apareció un hombre que se acercó hasta él. El hombre sostenía un
faro pequeño y le hizo una seña para que lo siguiera.
Caminaron
durante unos minutos, el descampado se transformaba en selva mientras
avanzaban, hasta que llegaron al campamento, en el cual vio de cerca las llamas de fuego que había visto desde el
otro lado del río.
El
hombre le dirigió unas palabras en español y en seguida habló en su lengua a
otros dos hombres que pasaban por al lado. Uno de ellos cargaba sobre sus
hombros una niña de unos diez años. Raúl siguió con su mirada el trayecto de
los tipos, acompañó con un movimiento de su cabeza de izquierda a derecha los
ojos de la niña, que giró su cabeza para no perderlo de vista. Una trenza larga
anudaba el pelo de la niña, el cual se extendía hasta la cintura. Las pupilas
negras casi le ganaban todo el espacio a la esclerótica. En ese instante, Raúl
sintió un ardor seco en su brazo derecho. Algo lo picó. Él se había jurado a sí
mismo que ninguna cosa rara de la naturaleza le arruinaría su viaje, nada
evitaría que cumpla con su trabajo. Debía marcharse de ese lugar con las
entrevistas e imágenes necesarias para escribir el artículo que le encomendaron
en la redacción. A sus treinta y ocho años, Raúl nunca se había fracturado un
hueso ni había estado internado. Le tenía demasiado miedo a los hospitales como
para pasar una sola noche allí.
El
hombre que lo recibió cuando llegó al campamento le dijo que esas picaduras
producían fiebre. Raúl trataba de concentrarse en las actividades planeadas
para el día siguiente para olvidar que ese bicho había entrado en contacto con
su cuerpo. El hombre le mostró el lugar para dormir. Era una pequeña tienda
alejada de las demás. Entró y acomodó el bolso y el portafolio en una esquina.
Sacó unos papeles que pretendía leer antes de dormirse pero sentía que se
desmayaba. Se acostó y apagó el farol que le habían entregado. De a poco, su
vista se acomodó a la oscuridad y toda su atención se concentró en el brazo de
la picadura. Llevó sus dedos hasta allí y rozó un bulto. Sintió algo húmedo y
supuso que era sangre o agua. Escuchó unos pasos e inmediatamente ingresó en la
tienda uno de los integrantes de la tribu con un recipiente que acercó hasta su
cara.
_Bébalo_
Raúl
no llegó a responder y el hombre se alejó. Bebió un sorbo grande de la vasija.
No podía distinguir el sabor del líquido pero le recordaba a perfume de flores.
Escuchó gritos agudos que venían desde alguna de las tiendas. Le costaba darse
cuenta si eran risas de adultos o si era el quejido de una niña enferma. Por
momentos parecía el sonido de niños desvelados. Luego de unos minutos
aparecieron voces graves en tono de reto.
Al
otro día se levantó y se sintió un poco mejor. Otro hombre le acercó una bebida
que Raúl ingirió con desesperación. El calor era más intenso por las mañanas.
Salió de la tienda. Pasaron tres hombres, uno de ellos llevaba una víbora
muerta colgada de su cuello. Lo miraron y se dijeron algo entre ellos.
Raúl
se acercó hasta la orilla del río y comenzó a observar las relaciones que
entablaban los habitantes del pueblo. Por momentos deseaba volver a la tienda
pero se convencía que eran el calor y la resaca de la picadura que le hacían
sentir náuseas. Notó como todos los habitantes del lugar lo miraban con
desconfianza. El hombre que lo había guiado hasta el campamento se acercó y le
preguntó si sentía mejor. Caminaron por la orilla del río y Raúl sacó fotos a
un pez gordo que, por momentos, parecía ser de color violeta bajo el brillo del
sol.
A
la noche, volvió la fiebre. Otro hombre le acercó una bebida.
_Usted
estaba gritando_ le dijo
Raúl
se incorporó y le aseguró que él no estaba gritando. Se rascó la barba y se
tocó la frente con la mano, sudaba y se sentía un poco confundido. Bebió del
recipiente mientras el hombre lo miraba fijo.
_Duerma_
le dijo, juntó el recipiente y salió de la tienda.
Raúl
salió atrás de él y se quedó parado detrás de un árbol. El hombre se metió en
otra tienda. Raúl escuchó que hablaban en voz alta pero no entendía lo que
decían. A la derecha de la tienda, el fuego que había servido para la cena ya
era cenizas. Escuchó gritos similares a los de la noche anterior. Esta vez,
pudo distinguir el quejido de una niña. Seguían hablando en voz alta, parecían
coincidir en sus palabras, todos los sonidos se acomodaron y se escuchó un rezo
en conjunto. El coro era el quejido de la pequeña que, por momentos, se
confundía con el sonido de un animal. Regresó a su carpa y se quedó dormido.
Cuando
se despertó no había nadie en el campamento. Decidió recorrer el lugar. Se
acercó hasta el río, comenzó a alejarse del campamento y se sentó en un tronco.
Escribió en su talonario de apuntes la fecha. Le costó recordar el día con
facilidad. Cuando levantó la cabeza para pensar se encontró con la mirada de
aquella niña que lo miró el día que llegó. Los ojos grandes negros eran inconfundibles.
El cuerpo de la pequeña tenía algunas marcas que parecían
símbolos. Raúl creyó que esa era la niña que se quejó las noches anteriores y
su cuerpo mal tratado comprobaba que era así.
Él
le hizo un gesto para que se acercara. Ella salió corriendo y desapareció en la
selva. Raúl llegó a escuchar el trote y el consecuente ruido de las plantas.
A
la noche, comenzaron a llegar los habitantes que habían estado ausentes todo el
día. Uno de los hombres que le alcanzó la bebida la noche anterior cargaba algo
sobre el hombro, envuelto en una manta. Raúl miraba fijo la escena desde su
tienda. Los hombres hablaron y el que cargaba con el saco empezó a caminar
hacia la tienda más grande. Cuando se dio vuelta, Raúl vio que una mano pequeña
salía del saco. Se convenció de que la fiebre había vuelto y esa sería la causa
de su confusión. No podía ser una mano humana. Decidió salir de la carpa y
logró ver que el saco estaba cerrado. Se mareó y otro de los hombres le alcanzó
una vasija para que beba. La bebió y regresó a la tienda y se recostó. Se
sentía cansado. Escuchó el trote de un animal que se acercaba cada vez más a su
tienda. Se asomó, unos hombres corrían en la misma dirección que el animal.
Decidió esperar a que regresaran. Unos minutos después pasó el hombre que
cargaba el saco y Raúl vio que sobresalía una pata fuera de la manta. El
agotamiento y el calor lo tumbaron a un sueño profundo.
Al
día siguiente, Raúl se levantó y guardó todas sus cosas. Creyó que no era un
buen lugar para realizar su trabajo, ya que no se acostumbraba a ese clima tan
caluroso. Necesitaba volver a la ciudad cuanto antes. Caminó hacia el lugar
donde se había despedido de los primeros guías, para dirigirse a la reserva
donde estaría el grupo con el que cruzó el río. En el camino se cruzó con la
niña que tenía los dibujos en el cuerpo. Lo miró y produjo unos sonidos que
Raúl no comprendió. La niña sonrió e hizo un gesto con la mano. Él se alejó
lentamente y caminó sin devolverle la mirada.
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