jueves, 11 de noviembre de 2010

Antonella Orlando, Consigna 7, Transformación

"De cadáveres exquisitos y no tan exquisitos"

Recuerdo que era esa hora antes del amanecer que se asemeja a esa hora antes del atardecer. Esa hora especial donde si uno se encuentra en una ruta, autopista o avenida ancha, puede ver el cielo prácticamente dividido en dos: una porción más oscura y otra más clara. Una más cerca de las tinieblas y otra más cerca de la luz, como una especie de Tweedledum y Tweedledee de “Alicia en el país de las maravillas”. Podría llegar a precisar la hora exacta, casi sin exagerar. Eran pasadas las cinco de la mañana. Lo recuerdo porque esa es la hora en la cual me agarra la ansiedad de todos los cigarrillos que no fumé durante la noche. Y recuerdo que tenía uno en la boca. Boca que no sabía a nada especial: aliento de mañana sin dientes limpios y alguna bocanada de aire fresco que no alcanzaba a mitigar el asco que sentía por prender ese cigarrillo. Recuerdo también que el asco se mezcló con un olor particularmente nauseabundo; el de un perro muerto en descomposición.
Estábamos en la plaza de Ezeiza con Martín, esperando el colectivo que nos llevara de vuelta a nuestras casas. Él protestaba sin cesar y yo lo escuchaba medio entre sueños, una mezcla de sopor de siesta en una tarde de verano en Santiago del Estero y la calma de la noche fresca que siempre llega para que el cuerpo descanse. Se notaba que iba a ser un día de calor seco, de viento del norte, pero aún el sofocón no llegaba y la plaza se envolvía en el aire fresco de la mañana. Mientras yo me imaginaba todo tipo de lugares y posiciones para dormir (porque estaba muy cansada) Martín se seguía quejando. Interrumpió mi más tranquila postal de una siesta en hamaca paraguaya en Colonia del Sacramento. Que para qué habíamos venido. Que tenía las manos cansadas y olor a vieja (y viejo) en la ropa. Otro olor nauseabundo para sumar al repertorio del olfato. O yo estaba muy acostumbrada a los geriátricos (donde mis abuelos estaban internados con el olvido respectivo –y despectivo- de mis padres y la culpa respectiva –y despectiva por el olor que emanaban sus dentaduras en vasos de vidrio y sus compresas para los achaques- de sus nietos) o Martín era un exagerado. Probablemente, las dos opciones eran justificadas. Habíamos crecido en el mismo colegio de monjas que parecían no tener la mejor idea (todos los días) de hacer sopa de cabello de ángel como almuerzo. Sopa de cabello de ángel podrido cuyo olor salía de la cocina del convento y se filtraba por todas las ventanas de las aulas. “Sopa de vieja”. Así la llamábamos nosotros cuando éramos chicos. Cuando fuimos creciendo aquella sopa de vieja dejó de oírse graciosa en nuestros oídos porque las monjas, cada año más viejas, se iban muriendo. Veíamos los cajones salir por la puerta de la iglesia, mientras sonaban las campanas de las doce del mediodía y el olor a sopa seguía filtrándose por las ventanas. Cosa curiosa que a medida que pasaban los años el olor a sopa se hacía cada vez más fuerte, como si cada vez hubiera más bocas para alimentar, cuando en verdad eran cada vez menos las caras arrugadas y con verrugas peludas de vieja encerrada y sin sol. Jamás vi la cocina del convento, pero siempre me imaginé un caldero custodiado por Matilde (la celadora del colegio) donde se vertían los despojos de las difuntas (chucherías, rosarios, medias, bultos desconocidos) y se los cocinaba a fuego lento. A muchos esa idea les repugnaba. A mi me fascinaba.
Será por esa razón que cuando Alejandra me pidió que la fuéramos a ayudar a limpiar y embalar las cosas de su abuela fallecida recientemente, no tuve ningún problema. Al contrario, estaba a la espera de encontrar un caldero de otro tipo, pero caldero al fin. Martín, por esa estúpida costumbre de amigo culposo (amigo que en verdad no le gustaría estar vinculado a todo eso, y precisamente por eso siente culpa) había decidido acompañarme. Alejandra no tenía hermanos. Sus padres estaban viviendo en Barcelona. Su abuela ya no tenía esposo. Su abuela no tenía hermanos menores, ni hijos que le limpiaran la jaula del canario verde y azul. Alejandra solo tenía a su abuela. Su abuela solo tenía a Alejandra.
Llegamos a Ezeiza un sábado al mediodía. Nos fuimos un lunes a la madrugada. Ese lunes del olor a perro muerto. Con la excusa de que habíamos terminado con los finales de la facultad, que no teníamos compromiso, que todos éramos mantenidos por nuestros viejos y no trabajábamos, Alejandra nos retuvo dos días enteros en esa casona de estilo colonial español ubicada a veinte cuadras de la estación de tren. Cuando arribamos al lugar, ella nos abrió la tranquera blanca de la entrada. El olor a vieja encerrada se percibía desde la calle y se mezclaba con el olor a pasto mojado por la lluvia del viernes anterior. Olor a vida creciendo mezclado con olor a muerte anunciada. Bonita combinación, pensé. Martín entró con una expresión de mínimo (máximo en su interior) desdén. Supe que estaba incómodo cuando entró mirando y fiscalizando por donde pisaban sus zapatillas de lona blanca. En todos lados había pasto y barro, muchas opciones no le quedaban. En los diez metros que separaban la tranquera de la puerta de la casa pude ver que un mohín de desprecio iba creciendo en su rostro. La lluvia del día anterior no había mitigado el calor y estaba húmedo, pegajoso. La ropa se pegaba y la boca parecía llena de arena. A Martín le caían grandes gotas de sudor por la frente. Le alcancé un pañuelo blanco que siempre llevaba en el bolso. Se lo pasó por la cara y el blanco se tornó marrón y amarillo mojado.
-Mierda de tren. Mierda de pueblo.- dijo por lo bajo sin mirarme y tirándome el pañuelo de vuelta, atento a que Alejandra no escuchara.

Cómo voy a decir “mierda de tren. Mierda de pueblo”. Me siento como un pelotudo. Más pelotudo me sentí cuando Marina se encontró conmigo en la parada del 51 para esperar el ramal que nos llevara a Ezeiza y me dijo mirándome los pies:
-¿Zapatillas de lona blanca? Ayer llovió, se te van a embarrar todas. La casa de la abuela de Alejandra debe estar hecha un pantano. ¿Querés que corra a mi casa y le pida prestadas unas a mi hermano?- me preguntó Marina ya dispuesta a emprender carrera.
-Si se ensucian, se ensucian. Ya fue.- le respondí con desgano moviendo el pie izquierdo. En la suela de la zapatilla había un agujero bastante grande. El barro seguramente iba a filtrarse por ahí. Y yo solo no llevaba zapatillas blancas, sino que también llevaba medias blancas.
Hacía días que estaba nervioso. Desde que Alejandra me había llamado por teléfono llorando y entre espasmos me había dicho que había fallecido su abuela. Ya se habían acabado los finales y estaba planificando mis vacaciones. De repente sentí culpa al pensar que me sentiría culpable si fuera de vacaciones. No me gustaba esta nueva actitud, esta nueva predisposición al cambio que sentía cada vez que Alejandra estaba cerca de mío. Jamás me gustaron las morochas. Menos las de pelo lacio. Y ella usaba esas ridículas binchas forradas en encaje que pertenecían a aquella parte de la historia de su abuela, cuando había sido joven.
Recuerdo el momento exacto en el que pensé que tal vez mi misión era sacarle más sonrisas. Llenarle la vida de colores y mostrarle una realidad más apacible. No apacible en términos de inercia (porque su vida bien inerte era), sino despojada de menos sobresaltos de dolor. Fue esa fiesta a la fuimos todos los del grupo de la facultad, el año pasado, el día anterior a la primavera.
Marina y yo cursábamos juntos hacía cuatro años Sociología. El mate, los apuntes, las charlas y las peleas eran compartidos. Había pegado buena onda con su hermano menor (que por ser menor me llevaba casi dos cabezas de estatura) y pasaba muchos fines de semana en su casa. Durante esas estadías empecé a conocer a Alejandra. Llegaba siempre en el mismo horario, a las cuatro de la tarde. Su rutina era monástica: empezaba a ver el reloj con una mezcla de nerviosismo y timidez a partir de las cinco, y a las seis en punto se iba para Ezeiza. Al principio pensé que en Ezeiza tenía un novio, igual de tímido y nervioso como ella. Sin embargo, una noche de cerveza en el jardín Marina me contó la historia de Alejandra. Ezeiza y su abuela y esas cosas. Siempre se vestía de colores oscuros y no frecuentaba las salidas nocturnas con Marina. Mis pocas oportunidades de verla, se circunscribían a estas dos horas cada sábado y alguna que otra reunión con más invitados (solamente Alejandra acudía a aquellas reuniones que eran a la tarde y se iba llegando la hora de cenar).
La fiesta del día anterior a la primavera fue toda una revelación. Marina había convencido a Alejandra de que saliera con nosotros. Fuimos a un bar. Tomó un vaso de cerveza y la mitad de otro. Nada más. Marina insistía en que bailara con ella, la agarraba del suéter (que estaba cerrado hasta arriba a pesar que hacía muchísimo calor dentro del bar), le hacía muecas, le suplicaba. Alejandra no se movía de su silla y finalmente Marina desistió y se fue a bailar con alguno por ahí. En la mesa quedamos Alejandra y yo.
-Yo tampoco se bailar. Así que me quedo y te hago compañía.- le dije totalmente arrepentido al segundo que terminé la frase. Otra vez mi pelotudez. Frase trillada. Ella se pasó el pelo por la oreja izquierda, se limitó a sonreír y se quedó en silencio.
Cuando salimos del bar, cruzamos la barrera de tren y pasamos por una florería. Ya era 21 de septiembre. Desde el día anterior se podían ver los puestos repletos de ramos de todos los tamaños y colores. El mediodía del 20 había pasado por la cuadra de las flores cerca de mi trabajo, ahí en la calle Sarmiento pasando la Avenida Medrano y quise detenerme para comprarle un ramo chiquito a Alejandra. Sabía que iba a llegar más temprano a lo de Marina para la fiesta. Yo ya iba a estar ahí. Entonces no me exponía ante nadie, no iba a recibir la burla de todos. Pero me arrepentí. Una señora carona y transpirada, con un delantal verde todo lleno de restos de hojas y pétalos me preguntó cuál quería llevarme y si me daba una tarjeta para escribir una dedicatoria. Me fui sin responderle.
Javier que quería de Marina más cosa que apuntes y salidas de compañeros, se detuvo en puesto. Le compró un ramo de fresias bastante grande. Fresias y no rosas, para que no se pensara que estaba tan interesado. Pero las fresias son las flores de los novios principiantes. Alejandra miraba los ramos desde lejos. Yo me moría por comprarle uno. Finalmente se acercó al tacho repleto de jazmines blanquísimos, tomó uno, lo olió y sonrió como nunca antes la había visto. Sonrió como para sí misma, cuidándose que nadie la viera. Ese fue el momento en que pensé que mi misión era llenarle la vida de colores. Había algo ahí, detrás de esa superficie que se movilizaba por las pequeñas cosas. Pagó $10 y empezó a caminar delante del grupo. Yo me adelanté y le pregunté:
-¿Para quiénes son?
-Para mi abuela. Son sus flores favoritas.
Fui corriendo de vuelta hacia la florería, compré otro ramo de jazmines. Regresé a Alejandra corriendo aún más rápido y cuando se lo iba a entregar y decirle “otro para tu abuela, de mi parte”, me callé. Pero que pelotudo, de vuelta.
Al mediodía cuando me desperté mi vieja me agradeció por los jazmines que le había puesto en el jarrón. Claro, se pensó que se los había comprado para ella.
Ahora estábamos entrando a la casa de su abuela. Ya sentía el barro atravesando mi zapatilla de lona y un olor intenso a jazmines que llegaba desde adentro. Me recordó el día que la vi sonreír. La miré y casi me resbalo con el barro. Ella se acercó, me agarró de los hombros justo a tiempo:
-No te vayas a caer ahora. Necesitamos un hombre en buen estado para que sacuda las alfombras y corte el pasto. – me sonrió tímidamente. Esa única sonrisa compensaba todo lo que podía pasar durante el fin de semana. Mi alergia al polvo y mis zapatillas ya arruinadas.

 
El fin de semana que le sucedió al traspaso de esa tranquera, fueron los días más extraños de mi vida, aquellos que rememoro una y otra vez. Martín se dedicó a las tareas más difíciles. Sacó las cortinas y todas las alfombras para sacarles el polvo. Bajó las cajas más pesadas del altillo. Cortó el pasto. Yo me dediqué a las cosas más pequeñas, pero creo las que encerraban mayor importancia. Alejandra dejaba hacer y deshacer a Martín como deseara. No se preocupaba por nada de lo que él hiciera, estaba sumamente tranquila. En vez conmigo, me perseguía por toda la casa, tratada de indagar qué cajita de porcelana estaba embalando, qué foto había encontrado con moho, etc.
Hurgar en cajas y pensamientos ajenos. Mirar fotos ajenas. Comentar recuerdos ajenos. Tocar cosas ajenas. Cortar plantas y desmalezar malezas ajenas. Era como si la carga que había dejado Lydia, la abuela de Alejandra, fuera tomando cuerpo en mi interior. Me hice cargo de las historias que portaban (o no) sus broches para el pelo, sus encajes de los años 30. Me hice cargo del llanto de Alejandra que sin rencor, pero con un dolor profundo, tiraba las fotos de su abuela y su hija Fernanda, es decir, su mamá. La vida había creado esas tres mujeres y les había otorgado una identidad distinta, según la generación. No obstante y aparentemente, según lo que escuché desde ese día en que estábamos en quinto grado (y todos los siguientes) en que la mamá de Alejandra le tiró su muñeca favorita porque según ella “ya estaba vieja y podrida por dentro”, la bondad había salteado a la mamá de Alejandra formando un alelo aparte en la cadena familiar. Hoy, más bien pienso que Alejandra y Lydia eran los alelos alejados de esa cadena. Así como sucedió con Paca, la muñeca preferida de Ale, sucedió con Lydia, abuela que a pesar de sus 86 años se seguía pintando como muñeca. La madre de Alejandra no hizo caso a los síntomas de Alzheimer que experimentaba Lydia. Tampoco les hizo caso a los médicos cuando se lo confirmaron. Al menos hubiera esperado a que su madre la dejara de reconocer para irse a vivir a Barcelona, pero en vez de eso se fue precisamente cuando su madre más la necesitaba. Y Alejandra le daba de comer a su abuela y ella no reconocía a su nieta, pero seguía preguntando por su hija Fernanda.
Jamás fui impresionable. El olor a monja vieja había construido una especie de resistencia en mi. En el polo opuesto se encontraba Martín, que se ponía verde de las náuseas que sentía al sacudir las alfombras y sábanas en el jardín repleto de maleza, mientras estornudaba sin parar. Digo nuevamente: jamás fui impresionable. No obstante, el canario verde y azul de Lydia, muerto en su jaula, creó un polo magnético alrededor del cual todas mis sensaciones se iban armando en espiral mientras intentaba tragar saliva varias veces. Alejandra entre los trámites de la cremación y sucesión se había olvidado del animal, y aparentemente este había muerto en su jaula esperando ser alimentado. Ella había llegado el día anterior para intentar poner un poco en orden las cosas y a pesar que lo primero que debería haber hecho era arrojar el cuerpo a una bolsa y tirarlo, Alejandra se había ensimismado con los otros objetos no animales muertos de su abuela. Su cajita de música, su set de jardín oxidado. En un arranque de vaya a saber qué cosa, había juntado veinte jazmines silvestres del fondo del jardín y los había puesto en una jarrón en el centro de la mesa del living. En el mismo cuadro se podían ver los vestidos viejos de Lydia plegados en los sillones, el jarrón con los jazmines que exudaban un olor intenso y la jaula con el canario muerto dentro.
Lo más descabellado de todo (descabellado para mí y para Martín, razón oculta y capaz que ni siquiera tramitada en el interior de Alejandra) fue que el canario se quedó ahí hasta el mismo lunes a la madrugada que nos fuimos de la casa y ella decidió tirarlo con el resto de las bolsas de basura. Durante todo el fin de semana, la jaula y su contenido permanecieron inmutables ante nuestros ojos (y narices). Tanto Martín y yo no queríamos tocar al canario en señal de respeto (y asco). Era como echar a un perro fiel de la puerta del hospital donde había fallecido su dueño. La gran diferencia era que el animal también estaba muerto, pero no sé, posiblemente a los ojos de Alejandra daba la sensación de una cierta presencia, de una prueba fehaciente que su abuela no había fallecido sola sino escuchando el canto de su canario macho. Durante esos días recordé algo que nos había contado Karina, profesora de historia del secundario, en relación con las condiciones extremas de vida de los obreros y mineros en los inicios de la Industrialización: los canarios eran usados como alarmas animales. Se los tenía en jaulas debajo de la tierra, junto con los trabajadores. Sensibles a los escapes de monóxido de carbono u otros gases cantaban desesperadamente hasta que morían. Siempre morían antes que los humanos y eso les daba la posibilidad de salvarse.
Internarse en esa vida vieja me hizo pensar en cosas que estaban pasando en la mía. Que mi manía de tirar cosas viejas (viejas es un decir, cosas que no tenían más de cuatro años de antigüedad, pero viejas para mí) y no decidirme nunca a ponerme en contacto con mi papá, formaban parte de la misma idea, del mismo sentimiento: el temor a la caducidad de las cosas. La noche del sábado, luego de haber ordenado todo en las categorías “desechable”, “para dar”, “para quedarse” y “veremos”, me senté en la galería que daba al enorme jardín con pastos medianamente altos. En ese momento eran medianamente altos, porque Martín había estado macheteando como un loco desde las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche y había reducido su tamaño. La fortaleza verde había pasado del metro sesenta a los cincuenta centímetros.
Me senté en la galería y empecé a sorber el mate con cuidado, intentando no producir el mínimo ruido que perturbara la estática del silencio y el olor a jazmín. Alejandra estaba ¿durmiendo? en la habitación de su abuela, Martín estaba tirado en el único sillón vacío del living con una toalla fría en la cabeza (le había dado un golpe de calor de tanto estar macheteando). Unas luciérnagas vinieron a girar a pocos centímetros míos. Quería levantarme para intentar agarrar una, pero me quedé inmóvil en la silla de hierro. Las miraba y pensaba que también en este jardín derruido, en esta casa repleta de olores y recuerdos y abandono y canario y fotos, en este sincero y silencioso rincón dedicado a la vejez, podía existir la belleza. Las lucecitas intermitentes era como si los días que se murieron las monjas de mi colegio, el olor a sopa hubiera estado acompañado por un coro armónico de chicos. En ese momento pensé que práctica indiferencia a los olores horribles relacionados con la podredumbre y el asco, con el paso del tiempo y el fin, era la compensación (¿o al revés?) de mi obsesión por el despojarme de las cosas. Como si hubiera querido preservar un solo tipo de sensación de un fenómeno multisensorial. Me acordé de mi hermana que le tenía miedo al agua (porque mamá cuando era chica la calmaba en sus arranques caprichosos poniéndole la cabeza debajo del agua). No se acercaba ni a la orilla del mar, pero tomaba excesivas cantidades de agua por día. Algo así me pasaba con mi manía. No me acercaba a aquella que le tenía miedo, pero trataba de suplir mi cobardía aspirando más fuertes los olores más horribles. Era totalmente cierto; cuando iba a visitar a mis abuelos a los geriátricos generalmente el ochenta por ciento total del tiempo que pasaba dentro del lugar, deambulaba por los pasillos oliendo, pero a mis abuelos los visitaba solamente por diez minutos y cuando la enfermera me preguntaba si le quería leer algo a Benito, mi abuelo o quería ayudarla a acomodarle la cama a Susana, mi abuela, yo me negaba con una sonrisa displicente.
Repasando todo esto me encontré nuevamente sentada en el cordón de la plaza de Ezeiza, esperando el colectivo de las cinco y media. Martín por fin se había calmado y estaba sentado al lado mío. No recuerdo el momento exacto en que se calló y vino a acomodarse a mi izquierda.
-Bueno ya me acostumbré al olor.- dijo chasqueando la boca.
- ¿A qué olor?- le pregunté, volviendo del sopor de la siesta, de la sopa de vieja, de Lydia.
- El olor a perro muerto, boluda.
Yo jamás había sido impresionable y jamás había tenido asco por los olores. Había soportado el olor al perro de la esquina hasta el momento anterior a mi inmersión dentro del mundo que había conocido y explorado el fin de semana. Jamás había sido impresionable y jamás había tenido asco por los olores. No obstante, la boca se me cerró, la saliva se me hizo espesa. Martín alcanzó a agarrarme el pelo suelto, cuando puse la cabeza entre medio de las piernas y vomité.
Cuando llegué a mi casa, decidida a llamar a mi papá, escuché un canto que provenía del fondo. Fui caminando hasta la cocina, mientras tomaba un vaso de Uvasal que mi mamá me había dejado con autoridad (y mucho ruido de vaso de vidrio apoyado sobre madera noble) en la mesa de luz de mi habitación.
-¿Qué es ese ruido?- pregunté mientras miraba como dividía en presas un pollo descongelado.
- ¿Ruido, Marina? No es un ruido, es un canto re lindo. ¿No escuchás? Andá a fijarte, lo compré hoy en el vivero a la mañana.- me respondió mi mamá, señalando con el cuchillo con tripas la puerta del jardín.
Salí al patio. En el limonero del fondo de mi casa había una jaula. Me acerqué. Dentro cantaba un canario verde y azul.


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