martes, 9 de noviembre de 2010

Parque Chacabuco-TP 6- Final en clave fantástica / Espacio público



Cada noche Isabel pasea con sus 2 perros por el Parque Chacabuco uno de los pocos parques que quedan en Buenos Aires sin enrejar. Luego de un largo día no hay nada que le resulte más relajante que salir con un termo y un mate a dar una vuelta por el parque con Camorra, Piñataí.

En realidad los 2 perros vivían en el parque e Isabel iba sola a dar su vuelta y en dos de esas ocasiones Isabel no volvió sola a casa.

Camorra es un pendenciero, busca pelea en cada esquina, corre gatos y perros de tamaño superior al suyo, es una suerte de foca con mucho pelo que según Isabel se cree perro pero tiene hasta el ladrido y el lamento de una foca. Camorra se había metido en problemas disputarse una hembra en celo con un grupo de perros grandulones y luego de salir maltrecho de una gran trifulca Isabel fue su salvadora. Ella vio cómo los otros perros lo mordían a camorra y cómo él tan pequeño se resistía, ella de lejos les tiro palos y piedras hasta que se lo dejaron. Luego se le acercó pero la cosa no fue fácil: camorra estaba herido y un animal herido puede ser muy bravo y él lo era. Isabel se dio cuenta que su ayuda había llegado hasta ahí, solo le pidió a un verdulero que le diera un tacho cortado con algo de agua y se lo llevó. Cada vez que se le acercaba el perro gruñía. Dejó el agua y se fue. Para sorpresa suya cuando llegó a su casa aquel bicho la esperaba manso en la puerta de su casa: él fue el primero en seguir a Isabel.
           
En otra ocasión, un año más tarde aproximadamente, Isabel volvía de cenar  con su mamá y sus hermanas, ella volvía con una gran bolsa de pan viejo para hacer budín. De camino a casa hizo su habitual parada en el parque. Se sentó un rato junto a la campesina a descansar y allí descubrió que tenía compañía. Un pequeño perro blanco de pelos parados y duros la miraba debajo de un asiento, algo dudoso agitaba su breve cola en señal de amistad. Isabel que no pudo resistir la tentación de entablar amistad se acercó muy despacio hasta el asiento, se agachó y le tendió la mano lentamente ofreciéndole  un pancito. El perro agitó más aún su rabo, se incorporó dócil y algo dubitativo; tan rápido como pudo esquivó el pancito, le arrebató la bolsa de pan y huyó entre los árboles. Isabel ante semejante sorpresa se echó a reír a más no poder y lo corrió. Estuvo un largo rato buscando al ladrón de pan hasta que lo encontró echado debajo de un arbusto, todo hinchado de tanto comer, “vas a explotar” pensó ella en voz alta. El perro sabía que lo habían atrapado y todo culposo se arrastro hasta sus pies y le mostraba su barriga en señal de disculpas. A Isabel le pareció muy tierno aquel perro de barriga enorme y creyó que sería un buen compañero para Camorra siempre tan solitario y gruñón. Así como con un gesto Piñataí siguió a Isabel.

El devenir de los primeros días entre Camorra y Piñataí es un tema aparte sobre todo porque Piñataí no era perro sino perra. Los próximos 3 años fueron complicados por así decirlo.

Al cabo de esos 3 años las vidas y los horarios de Isabel, Camorra y Piñataí habían cambiado bastante. Isabel había contratado un paseador de perros para que ellos pasearan de día y una vez a la semana les dieran un baño. Lo del paseo resultó durante algún tiempo pero lo del baño no: la primera semana Camorra mordió al chico que intentó darle su baño. En el paseo todo anduvo bien durante esos tres años, Camorra era de los perros pequeños que iban sin bozal hasta que un día no lo admitieron más en el paseo: Camorra le había arrancado un pedazo de oreja a otro perro y si bien el otro dueño no iba a presentar “cargos” nadie quiso que Camorra volviera con el paseador.
Fue una pena que no pudieran pasear a la luz del sol. Volvieron los paseos nocturnos. Y con ellos una tercera y nueva presencia: Satélite.
Satélite era un perrito muy viejo que conocieron frente al yaguareté del parque, esa vieja estatua de bronce. Satélite estaba siempre ahí orbitando la estatua, admirándola, custodiándola.
Satélite era viejito y muy amoroso y si bien nunca quiso irse con ellos compartían los paseos nocturnos por el parque. Un día satélite enfermó, Piñataí y Camorra lo encontraron echado debajo de un ligustro escondido para morir. Isabel se entristeció mucho ante tan penosa escena, sabía que el perrito agonizaba; de todas maneras se lo llevó a un veterinario amigo.
Su amigo la recibió, revisó al perrito, pero solo pudo darle algunos calmantes y un poco de suero para hidratarlo: no había nada que hacer, le quedaban pocas horas de vida al Satélite. Isabel se lo llevó de nuevo para el parque. Al ir llegando más o menos por Picheuta se escuchaban sirenas a las  que se sumaron Camorra y Piñataí  y todos los perros del barrio. Ese lamento perruno hacía todo más triste. Isabel pensaba que lo mejor era que el Satélite se despidiera de este mundo junto al yaguareté su gran admiración.
Isabel llegó a la plaza y se dio cuenta que algo más terrible aún había pasado. Estaba lleno de policías, luces por todos lados y hasta un helicóptero sobrevolaba el parque. Inexplicablemente se había robado la estatua del yaguareté.
Isabel trató de preguntarle a la gente que estaba ahí si se sabía como había sido pero nadie tenía idea de nada, todos tejían suposiciones y supersticiones. Satélite murió en brazos de Isabel.

La noche fue larga y triste. Isabel regresó a casa junto a sus otros dos amigos y enterraron a Satélite en el patio. Se sentaron los 3 juntos en un sillón viejo en el patio como velando al amigo que se va. Allí había un techito y debajo un sillón donde tomaban siesta los sábados pero la noche ameritaba la intemperie.

Se escuchaban de lejos aún las sirenas y el helicóptero. Isabel entró a buscar un libro con la historia de las estatuas de Buenos Aires, intrigada a partir del robo. Leyó en voz alta que Fue esculpida en 1935 por el artista Emilio Sarniguet y en 1977 se la trasladó. Fue recuperada a principios del siglo XXI y emplazada nuevamente en el parque.” En medio del silencio se escuchó un ruido contra la puerta de entrada, Camorra gruñó y salió disparado. Piñataí se escondió debajo del sillón. Isabel tuvo miedo que los ladrones anden por el barrio intentado ocultarse. Camorra llegó antes que ella a la puerta y dejó de gruñir sorpresivamente echándose al suelo con la barriga hacia arriba como en actitud de sumisión o culpa moviendo su cola a toda velocidad. “¿Y ahora que le pasa a este?” pensó ella mientras trataba de ver por la ventana. Con un hilo de voz alcanzó a preguntar “¿quién es?” y la puerta fue derribada en un solo movimiento. Isabel cayó al piso con las patas de la bestia sobre los hombros permaneció inmóvil uno segundos hasta que la bestia pasó su enorme lengua de bronce por la cara de Isabel, ella  le sonrió, acarició su morro y pensó qué complicados serían  los paseos nocturnos por el barrio a partir de ese día.

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